Mi amiga me invitó a una pijamada que lo cambió todo
De los pocos amigos que conseguí en mis años de escuela, hay una persona que vuelve a mi cabeza una y otra vez: Marina, una de las mejores amigas que tuve en la vida, alguien a quien todavía le guardo un cariño que no sé explicar del todo. Era extrovertida, sociable, aventurera. El reverso exacto de mí. Por mil razones acabamos siempre juntas: hablábamos cada día, salíamos, y por supuesto nos contábamos qué chicos nos gustaban.
Una amiga de esas que ya casi no existen. Pero a su lado siempre sentía algo raro. Lo bien que la pasaba con ella no era normal. Cuando por lo que fuera no aparecía por clase, yo andaba apagada el día entero, y aunque tenía otras compañeras con quien matar el rato, no era lo mismo. Estar con ella era distinto, y yo no entendía a qué se debía.
Un día de agosto, casi al borde de las vacaciones, me invitó a dormir a su casa. Yo ya había estado allí muchas veces, y ella en la mía, pero nunca me había quedado a pasar la noche en una casa que no fuera de algún familiar. Nuestras madres se llevaban bien, así que sacar los permisos fue fácil. Llegué por la tarde y me recibió con una alegría enorme, se me echó encima para darme un abrazo apretadísimo.
Su madre, que era un encanto, nos tenía lista una comida deliciosa y una montaña de golosinas. Comimos pasta, charlamos y nos reímos en el salón hasta que cayó la noche. Entonces subimos a su cuarto, que tenía baño propio y me parecía enorme para ser de una chica, o al menos así lo recuerdo. Había una televisión que pensábamos usar para ver películas hasta tarde. Ese era el plan original, al menos.
—¿Qué quieres ver? —pregunté, mientras empezaba a sacar mi ropa de dormir.
Marina siempre fue una devota de la fantasía y la ciencia ficción. Me hablaba sin parar de las películas y las series que devoraba, de los libros que leía. Le encantaban las novelas de terror gruesas, esas que daban miedo de solo levantarlas, y las historias de viajes en el tiempo. Muchas veces yo no entendía ni la mitad de lo que decía, pero verla tan entusiasmada me hacía bien por dentro.
—Salió una serie nueva hace unos días, vi un par de capítulos y creo que te va a gustar —me dijo, sacando su pijama del armario—. Va de un chico que desaparece en un pueblo y, no sé cómo, logra mandar mensajes a través de las luces de la casa. No quise seguirla porque quería verla contigo.
—Ni idea de cuál es. ¿Y da miedo?
—Un poquito, pero del bueno. Confía en mí.
Al principio me resistí. Sonaba a terror, y yo con el terror nunca me llevé bien. Pero al verla tan ilusionada no supe negarme. Encima me prometió que después veríamos algo que eligiera yo.
Decidimos ducharnos antes para dormir mejor. Ella entró primero. A los pocos minutos salió envuelta en una toalla, y yo me agaché a buscar la mía en la mochila. Cuando me di la vuelta, la tenía delante de mí completamente desnuda, y me tapé los ojos de pura vergüenza.
—¡Perdón, no quería mirar, lo juro! —solté, roja hasta las orejas.
—¿Por qué te tapas? Tenemos lo mismo, tampoco es para tanto drama —se rió, mientras se ponía la pijama.
—Ya, ya lo sé. Es solo que no me lo esperaba, verte así —respondí, descubriéndome los ojos poco a poco.
Tomé mi toalla y mi pijama y me metí en la ducha, pero por alguna razón que no entendía la mirada no se me despegaba de ella. Me lavé sin pensar mucho, me puse el pijama de botones al frente, me sequé el pelo como pude y salí. Marina ya estaba recostada en la cama, esperándome para empezar la serie de una vez.
—¿Lista? Ven, vamos a tomar algo —me dijo, dando palmaditas suaves al colchón, invitándome a sentarme a su lado.
Eso hice. Sacó dos vasos de plástico y sirvió refresco. Y de repente apareció una botellita de ron, la destapó y echó un chorro en cada vaso.
—¿¡Qué haces, eso es alcohol!? —dije, asustada.
—No es nada, un chorrito para entrar en ambiente. Con tanto refresco ni se nota, créeme —me dijo, mirándome a los ojos.
Yo dudaba. Siempre me habían repetido que para beber había que tener cierta edad. Pero su mirada me transmitía confianza, y no tardé mucho en ceder. La verdad, el sabor no me enamoró, pero tampoco estaba tan mal. Terminamos el trago y entonces nos metimos bajo las sábanas a ver la dichosa serie de la que tanto me había hablado.
Estábamos en la cama con las luces apagadas, yo del lado de la pared, ella con el pelo recogido y todavía húmedo, con ese olor suyo tan suave, tan limpio, tan femenino que dejaba su champú. En algún momento, sin darme cuenta, estábamos muy cerca. Debajo de las mantas, con las piernas rozándose.
Justo entonces la serie me pegó un susto que me hizo saltar. Ella se rió, mirándome con ternura.
—¿Estás bien? No fue nada, tranquila.
—Sí, sí, solo que no me lo esperaba —contesté, riéndome de mí misma.
—¿Quieres que te abrace? —soltó de pronto.
Me quedé en silencio, pero asentí. Abrió los brazos y me acomodé entre ellos. Sentía su respiración cálida en el cuello.
Seguimos con la serie, y yo notaba cómo me pasaba la mano por la espalda, muy despacio, una y otra vez. Y entonces la bajó, casi hasta la cadera, con los dedos jugueteando en el borde de mi pantalón corto, como si fuera algo de lo que yo no debía darme cuenta.
Empezaba a inquietarme, pero no me moví. No quería que parara. No sabía qué decir ni cómo reaccionar. Solo sabía que el cuerpo me gritaba por dentro.
—Estás temblando —susurró—. ¿Tienes frío?
—No… estoy bien —dije con la voz quebrada.
Siguió acariciándome la espalda. De reojo veía cómo sus ojos buscaban los míos, hasta que decidí devolverle la mirada. Y ahí coincidimos. Nos quedamos así unos segundos, sin decir una sola palabra. Entonces empezó a acariciarme la mejilla, suave, delicada.
Poco a poco se fue acercando, mirándome la boca, y yo la suya. Era una sensación extrañísima, como si fuéramos dos imanes buscando chocar. Su mano subió hasta la comisura de mis labios, y terminó besándome.
Fue un beso largo, hondo, de esos que te sacan el alma y te la devuelven distinta. Me dejé caer hacia atrás y ella se acomodó encima de mí. No había prisa en nada de lo que hacía. Me miraba todo el tiempo, como preguntando sin hablar, y yo asentía con los ojos, con la boca entreabierta, con las manos aferradas a su camiseta.
Se separó un momento, con cara de no entender muy bien qué estaba pasando. No sabíamos si era por el alcohol o por algo que llevábamos posponiendo desde hacía tiempo, pero en ese instante daba igual.
Llevó las manos a mi pijama y empezó a desabrocharlo desde abajo, con una dulzura que me hizo estremecer. Me tocaba como si cada parte de mí fuera frágil, nueva, sagrada. Cuando me descubrió el vientre, se inclinó a besarlo, despacio. Después me miró una última vez.
—¿Quieres que siga?
—Sí… por favor —murmuré.
Siguió desabrochando hasta dejar mis pechos al descubierto. Buscó mi mirada otra vez, en busca de permiso, pero mis ojos ya lo decían todo. Quería sentir su lengua recorrerme la piel, y ella lo entendió enseguida. Era una sensación que no sabía cómo nombrar. No era la primera vez que alguien me tocaba, pero esto era completamente distinto. Se me escapaban los suspiros mientras me rodeaba los pezones, alternando entre uno y otro, con una suavidad y una humedad que me desarmaban.
Subió poco a poco hasta el cuello y volvió a encontrar mi boca. Yo estaba entregada del todo, con su cuerpo sobre el mío, su mano enredada en mi pelo, las dos dejándonos llevar.
Entonces sentí cómo la otra mano empezaba a bajar hacia mi pelvis, y no quise detenerla. Dejó de besarme y apartó las sábanas, descubriéndonos. Sus dedos se colaron bajo mi pantalón, llegaron a mis labios, los rozó con cuidado y empezó a hundirse despacio dentro de mí. Me miraba mientras lo hacía, y yo no podía parar de gemir bajito, tapándome la boca para que nadie nos oyera, deseando que aquello no terminara nunca.
Y de golpe una corriente eléctrica me recorrió entera. Algo totalmente nuevo, que no había sentido jamás, ni siquiera con el chico con el que había estado un año antes. Cerré los ojos, empecé a temblar, le apreté la muñeca entre los muslos sin poder pensar en nada, sintiendo una humedad extraña entre las piernas. Acababa de tener mi primer orgasmo.
Abrí los ojos con la vista borrosa, pero alcancé a ver su mirada desconcertada. Se llevó a la boca la mano que había tenido entre mis piernas y probó lo que quedaba en sus dedos. Esa imagen me sacudió por dentro, no tanto por lo que hacía, sino porque lo estaba disfrutando. Volvió a besarme y después fue bajando por mi cuello, entre los pechos, por el ombligo, hasta el monte de Venus.
Empezó a recorrerme los muslos, tratándolos con cariño, acercándose poco a poco a mi entrada, tan sensible que su aliento me arrancaba pequeños sobresaltos. Cuando estuvo de frente, levantó la vista y me miró sin decir nada. Sabía que pedía permiso para seguir. Yo, todavía con algo de miedo, no pude evitar asentir.
Su lengua, en cambio, no dudó. Me abrió despacio, sin apuro, y me recorrió como si supiera de memoria cómo hacerme perder el control. Grité, y no me importó que nos oyeran. No sé si fue por lo sensible que estaba, pero no pude contenerme. Ella se quedó aferrada a mi cadera a pesar de mis espasmos.
El segundo orgasmo no tardó en llegar. El mundo daba vueltas. Fue más intenso que el primero. Lo poco que alcanzaba a oír y a sentir era cómo recogía con la lengua lo que había quedado en mis muslos.
Cuando logré enfocar, la tenía encima de mí con cara de preocupación, mirando unos arañazos que tenía sobre los pechos. Ahí caí en la cuenta de que me los había hecho yo misma.
—¿Estás bien? —preguntó.
—Sí… ni me di cuenta —respondí, con la voz agitada y empapada en sudor.
Me dio otro beso. Esta vez tenía un sabor raro, pero en ese momento me daba igual. Entonces empecé a tocarla yo, a recorrerle el cuerpo con miedo y con hambre a la vez. Bajé la mano entre sus piernas. Sentía la necesidad de devolverle lo que me había dado. No quería ser la única que disfrutara.
Me acomodé encima de ella, torpe, con los nervios a flor de piel, pero con muchas ganas de hacerle sentir lo que ella me había hecho a mí. Bajé con miedo y con deseo, y cuando la escuché gemir supe que no había vuelta atrás. La recorrí con ansia. Subí una mano hasta sus pechos y se los apreté, uno y otro, mientras ella me empujaba la cabeza contra su cuerpo. Hasta que soltó un grito y una oleada húmeda contra mi boca. Entendí que había hecho bien mi parte.
Me arrastré hacia ella y nos besamos otra vez. Justo entonces oímos que golpeaban la puerta. Era su madre, que la abrió a medias y se quedó en el marco, preguntando si todo estaba bien, que había oído gritos. Entre las dos le dijimos que nos había asustado la serie, que no era nada. Nos creyó. Por suerte no encendió la luz para vernos empapadas y agitadas.
***
Cuando su madre se fue, nos recostamos y nos quedamos así, sudadas y en silencio, pensando en lo que había pasado y en qué significaba. Pero a Marina la venció el sueño y cayó rendida a mi lado. La abracé, y al rato me dormí yo también.
A la mañana siguiente desperté y no la vi en la cama. Estaba sentada a mi lado, esperando a que abriera los ojos para ducharnos juntas. No me negué. A esas alturas ya no tenía sentido fingir pudor. Desayunamos, y un par de horas después llegó mi madre a buscarme.
Nunca hablamos abiertamente de aquello. Seguimos siendo amigas, con toda normalidad, pero con nuestro pequeño secreto guardado entre las dos.
Pasó el tiempo y un día me dio la noticia: se mudaba a otra ciudad. Quería invitarme a una última pijamada para despedirnos, y por supuesto acepté. No iba a dejar pasar la oportunidad de explorar, una vez más, ese hermoso planeta que descubrí aquella noche.