La comercial no pudo apartar los ojos de mí
Eran cerca de las siete de la tarde cuando volví a casa cargada con las bolsas de la compra. Las dejé en la cocina sin ganas de ordenar nada y me metí directa en el baño. Necesitaba quitarme el día de encima.
Me desmaquillé despacio, frente al espejo grande del lavabo, y cuando terminé me quedé un momento mirándome desnuda. No me daba vergüenza reconocer que me gustaba lo que veía. Tenía el cuerpo firme para mis años, las piernas torneadas, las caderas justas y unas tetas que siempre habían llamado la atención, redondas y con los pezones rosados que se me ponían duros con solo rozarlos. La melena rubia me caía a la altura de los hombros y mis ojos verdes me devolvían la mirada en el reflejo. Me pasé la mano entre las piernas casi sin pensarlo, palpando el coño depilado, y sentí que ya estaba algo húmedo de tanto mirarme.
El timbre me sacó de la contemplación.
Desde que vivo sola no espero visitas a esas horas. Pensé que sería algún repartidor equivocado o, con peor suerte, alguien vendiendo algo. Aun así, la curiosidad pudo conmigo. Me eché una bata fina por encima, sin molestarme en anudarla bien, y fui a abrir.
Era una chica joven, de unos veinticuatro años. Alta, delgada, con un traje de chaqueta y falda azul marino. Llevaba unas gafas de montura fina que le daban un aire entre tímido y aplicado, como de estudiante que acaba de salir de la biblioteca.
—Buenas tardes —dijo con una sonrisa nerviosa—. Me llamo Lucía y vengo a ofrecerle una tarifa para que pague menos en la factura de la luz.
Mi primer impulso fue decirle que no me interesaba y cerrar la puerta. Pero había algo en ella, en su manera de apretar la carpeta contra el pecho, que me hizo cambiar de idea.
—Pasa —le dije, apartándome para dejarle sitio.
La llevé al salón y la invité a sentarse a la mesa. En lugar de ponerme enfrente, acerqué una silla y me senté a su lado. Lucía sacó unos folios de la carpeta y empezó a explicarme su oferta con voz aplicada.
—Perdona, no me has dicho cómo te llamas —comentó de pronto, levantando la vista.
—Marta —respondí, sonriendo.
—Marta, ¿cuánto pagas de luz al mes?
—Depende. Unos sesenta euros. Me parece una barbaridad para lo poco que tengo enchufado.
—Es muchísimo —dijo ella, animándose—. Con nosotros pagarías la mitad.
Lucía empezó a enumerarme las virtudes de su compañía, esas que seguro escondían letra pequeña en alguna parte. Yo intentaba seguir el hilo, pero me distraía más mirarla a ella que escuchar las cifras. Y entonces noté que la que se distraía no era solo yo.
Mi bata no cerraba del todo. Dejaba ver buena parte de mi escote, y Lucía, por mucho que se esforzara, no conseguía mantener los ojos en sus papeles. Cada poco se le iba la mirada hacia abajo, tartamudeaba y se equivocaba en lo que estaba diciendo.
—Disculpa, Marta —se justificó con las mejillas encendidas—. Quería decir cuatro por ciento, no cuatrocientos.
—Ya me lo imaginaba —respondí, divertida.
La notaba cada vez más inquieta. Se removía en la silla, se apartaba un mechón de la cara, volvía a empezar la frase.
—No sé qué me pasa hoy —murmuró casi para sí misma.
—No pasa nada. Habrás tenido un día largo.
Me gustaba demasiado el efecto que provocaba en ella. Tanto, que decidí jugar un poco más. Sin que se diera cuenta, aflojé el cinturón de la bata y separé apenas las dos solapas. El escote se abrió un dedo más, dejando a la vista casi por completo una de mis tetas y una franja del muslo. Lucía tragó saliva y perdió el hilo por completo.
—¿Puedes repetirme lo de la tarifa de noche? —le pedí con inocencia fingida—. No lo he entendido bien.
—Claro —contestó—. Es que si enciendes un electrodoméstico a partir de…
—Ese gráfico no lo veo bien desde aquí —la interrumpí—. ¿Te importa si me acerco?
—No, no… para nada.
Me incliné sobre la mesa hasta que una de mis tetas quedó casi a la altura de su cara. Lucía estaba a un palmo de mí, y por la bata entreabierta podía verla entera, con el pezón asomando y ya duro. Le brillaba la frente de sudor. Se notaba el esfuerzo que hacía por no abalanzarse.
—El ocho por ciento —dije, retirándome despacio—. Ya lo veo bien.
Volví a mi sitio dejándola con la palabra en la boca. Ella balbuceaba sin acertar a formar una frase entera.
—Decías que es un ocho por ciento menos, ¿verdad? —insistí, como si nada.
—Sí… eso es. Un ocho por ciento menos con nuestra tarifa.
Le sonreí mientras ella intentaba reordenar sus papeles. Y entonces, con toda la calma del mundo, terminé de soltar el cinturón. La bata quedó abierta del todo, mis tetas al aire y el coño depilado casi a la vista.
—¡Vaya, se me ha roto el cinturón! —exclamé, levantándome y quedándome de pie justo delante de ella—. Voy a por otra bata.
—Bueno… —fue todo lo que consiguió decir.
No apartaba los ojos de mí, aunque hacía como que volvía a sus folios. Me quedé quieta, dejando que mirara.
—Total, somos dos mujeres adultas —añadí—. No creo que tenga nada que tú no hayas visto. Sigue con la explicación.
—El ochocientos… digo, el ocho, no el dieciocho… —Lucía ya no era capaz de articular nada coherente.
—¿Te pongo nerviosa, Lucía? —pregunté en voz baja.
No respondió. Pero su reacción no fue la que yo esperaba. Se quitó las gafas de golpe, se puso en pie y se lanzó sobre mí. Me empujó contra el sillón y caí sentada, completamente desprevenida. Antes de que pudiera reaccionar, ya estaba encima, besándome el cuello y apretándome las tetas con las dos manos.
Ahora la sorprendida era yo. Aquella chica tímida de gafas, a la que me había divertido provocar, se había transformado por completo.
Intenté decir algo, pero me selló la boca con la suya. Su lengua se abrió paso entre mis labios mientras sus manos recorrían mi cuerpo sin pedir permiso. Nos besamos con una intensidad que me dejó casi sin aire. Cuando por fin nos separamos, ella ya bajaba de nuevo hacia mi cuello.
—Espera un momento —le pedí.
—No pienso parar hasta comerte el coño entero —respondió contra mi piel.
Otra vez me dejaba descolocada. Quién lo diría, con esa pinta de no haber roto un plato.
—Solo quiero que vayamos a mi habitación —aclaré—. Estaremos mucho más cómodas.
Lucía sonrió, se incorporó y me tendió la mano para levantarme del sofá. Así, cogidas, caminamos por el pasillo hasta el dormitorio.
***
Allí volvió a empujarme, esta vez sobre la cama. Me quedé tumbada, mirándola desde abajo mientras ella se desnudaba sin prisa. Se quitó la chaqueta, la blusa, la falda, hasta quedarse en un conjunto rosa de sujetador y braguita que contrastaba con la imagen formal de hacía un rato. Vi cómo la tela de la braguita se le pegaba al coño, dibujando una mancha oscura de humedad en el centro. Estaba tan cachonda como yo.
Se subió a la cama y se colocó sobre mí. Nos besamos otra vez, ahora más despacio, y mientras lo hacíamos le desabroché el sujetador y se lo aparté para que sus tetas rozaran las mías. Nuestros pezones se rozaban, se cruzaban, se ponían más duros con cada movimiento. Nuestras lenguas volvieron a buscarse mientras las manos de las dos recorrían cada centímetro de la otra.
Lucía iba a cumplir su promesa. Me mordió con suavidad el lóbulo de la oreja, luego el cuello, y fue bajando hasta mis tetas. Cuando llegó, empezó a lamerlas con una delicadeza que me erizó la piel, para después chupármelas con hambre, metiéndose el pezón entero en la boca y tirando de él con los dientes.
—Nunca había chupado unas tetas tan ricas, Marta.
—Son tuyas, nena. Chúpalas todo lo que quieras.
Su lengua trazaba círculos mientras sus dedos jugaban con mis pezones, pellizcándolos, torciéndolos justo hasta el borde del dolor. Cada vez que apretaba yo sentía un latigazo entre las piernas, y notaba mi coño cada vez más empapado. Me incorporé un poco para alcanzar las suyas, más pequeñas que las mías pero igual de hermosas, con los pezones oscuros y muy erizados. Tomé uno con la mano y lo lamí, primero entero, después solo la punta, que se endureció enseguida en mi boca. Ella soltó un gemido ronco y me apretó la cabeza contra su pecho. Repetí lo mismo con el otro mientras una de sus manos descendía por mi muslo.
Sus dedos subieron despacio hasta mi coño, que ya estaba empapado, y lo recorrieron de abajo arriba. Los pasó entre los labios mojados, jugó con el clítoris haciéndolo girar bajo la yema, y me metió dos dedos de golpe. Un escalofrío me atravesó entera y no pude contener un gemido largo.
—Estás chorreando, Marta —susurró con la boca pegada a mi oreja—. Toda mojada por mí.
—No pares, Lucía, sigue metiéndomelos así.
Ella obedeció. Empezó a follarme con los dedos, entrando y saliendo con un ritmo que me hacía arquear la espalda. Los tenía largos, los curvaba dentro de mí y golpeaba justo en el punto que me hacía apretar el culo contra el colchón. Con el pulgar me frotaba el clítoris al mismo tiempo, sin parar, y yo sentía que en cuestión de minutos iba a correrme sin remedio.
—Espera —le pedí jadeando—. Quiero probarte a ti también.
Le bajé la braguita rosa por las piernas y se la tiré al suelo. Su coño quedó al descubierto, apenas cubierto por una franja recortada de vello oscuro, con los labios hinchados y brillantes de tan mojada que estaba. Se me hizo la boca agua.
Quedaba claro que Lucía sabía perfectamente lo que hacía con otra mujer. Cada movimiento estaba medido, cada caricia llegaba justo donde tenía que llegar.
Entonces se giró sobre la cama y colocó su coño sobre mi boca mientras el mío quedaba sobre el suyo. Le agarré las caderas y empecé a lamerla al mismo tiempo que ella me lamía a mí. Le pasé la lengua entre los labios, de abajo arriba, saboreando el flujo que ya le corría por los muslos, y me detuve en el clítoris para chupárselo hasta hacerla temblar. Ella hacía lo mismo conmigo, con una lengua rápida y experta que se me hundía en el coño y salía para dar vueltas alrededor de mi clítoris.
—Qué rico sabes, joder —murmuró contra mi coño antes de volver a chupar.
Cada vez que su lengua tocaba mis labios una ola de placer me recorría el cuerpo, y a ella le pasaba lo mismo conmigo. Le metí la lengua todo lo profundo que pude y la moví adentro, y ella respondió metiéndome dos dedos mientras seguía lamiéndome. A veces tenía que parar para gemir, para temblar, y a ella le sucedía igual, apretándome las nalgas con las manos y restregándome el coño mojado contra la cara.
Era una sensación extraña y maravillosa la de dar y recibir a la vez, sin saber cuál de las dos llevaba el ritmo. Nuestros cuerpos se movían como si fueran uno solo, retorciéndose sobre las sábanas empapadas de sudor y de flujos. Perdí por completo la noción del tiempo. Lo único que quería era que aquello no terminara, seguir con su coño en mi boca y el mío en la suya hasta caer rendidas.
Pero todo terminó, y el final fue todavía mejor. El placer fue creciendo, me hizo apretar los muslos contra su cara y morderme el labio para no gritar demasiado, hasta que una oleada enorme me inundó de golpe. Le clavé los dedos en las nalgas, le hundí la lengua una vez más y grité con todas mis fuerzas mientras me corría en su boca. Sentí cómo tragaba, cómo seguía chupando mientras yo temblaba entera. Ella llegó casi a la vez, aplastando su coño contra mi cara y corriéndose sobre mi lengua con un gemido largo, agarrándose a mis tetas como si necesitara sujetarse a algo.
Después vino la calma. Nos quedamos las dos rendidas, con el cuerpo blando, la boca y la barbilla mojadas del coño de la otra, y la respiración entrecortada. Lucía se dio la vuelta, se tumbó a mi lado, me abrazó y estuvimos un buen rato besándonos sin decir nada, saboreándonos la una a la otra en nuestros propios labios.
—Eres maravillosa —le susurré, rozándole los labios.
—Tú también, Marta. Y tienes un coño precioso. Nunca había probado uno tan rico.
Nos besamos otra vez. Me encantaba sentir su piel pegada a la mía, sus tetas contra las mías y una de sus piernas metida entre las mías, todavía húmeda.
—Me quedaría toda la noche follando contigo —dijo con pena—, pero tengo que irme.
Se levantó y empezó a vestirse mientras yo la observaba embelesada desde la cama, con las piernas todavía abiertas y el coño palpitando. Cuando terminó de abrocharse la blusa, se giró hacia mí.
—Una última cosa, cariño —comentó recogiendo su carpeta—. Imagino que te cambiarás a nuestra compañía, ¿no?
—Todavía no lo tengo nada claro —respondí muy seria.
—¿No lo tienes claro?
—No. Necesito que me aclares muchas más dudas. Así que te espero mañana, a la misma hora, para que me las expliques con calma.
Lucía sonrió, se acercó a la cama y me besó una vez más, metiéndome la lengua hasta el fondo, antes de marcharse.