La clienta del probador me hizo perder el control
La boutique Lumière olía a cuero curtido y a perfume caro, esa mezcla que solo se respira en las tiendas donde el precio nunca está a la vista. El mármol del suelo devolvía la luz de los focos como si fuera agua. Mariana llevaba seis años atendiendo allí, vistiendo a mujeres que entraban inseguras y salían convencidas de que el mundo era suyo. Creía haberlo visto todo. Esa tarde descubrió que no.
La clienta entró con un taconeo firme que resonó hasta el fondo del local. Un vestido rojo ceñido le dibujaba el cuerpo como una segunda piel, sin una sola arruga, sin la marca de ninguna prenda debajo. Caminaba despacio, con la barbilla apenas alzada, consciente de cada mirada que arrastraba a su paso.
—Buenas tardes. ¿En qué puedo ayudarte? —preguntó Mariana con su voz de siempre, la de la profesional impecable.
—Quiero algo atrevido —respondió la mujer, deteniéndose frente al mostrador—. Elegante, pero corto. Algo que provoque.
Mariana tragó saliva sin saber muy bien por qué. Se ajustó las gafas doradas, se alisó la falda tubo y compuso una sonrisa.
—Creo que tengo justo lo que buscas. Sígueme.
La condujo hasta el probador del fondo, el más amplio, el de los espejos de cuerpo entero en tres ángulos. Era el reservado para las clientas especiales, las que compraban sin preguntar. Mariana descolgó de un perchero un vestido de seda color marfil: tirantes finos, escote en uve profundo, la espalda entera al descubierto.
—Es una pieza exclusiva —dijo, sosteniéndolo en alto para que la tela atrapara la luz—. ¿Quieres probártelo?
La clienta lo tomó entre los dedos, lo dejó deslizarse como si midiera su peso, y la miró por encima del hombro.
—¿Podrías quedarte? Por si necesito que me ajustes algo.
Mariana asintió. Era su trabajo. No había nada extraño en quedarse. Se repitió eso mientras corría apenas la cortina y se apoyaba contra la pared del fondo, con el metro de costura colgando del cuello.
***
La mujer empezó a desvestirse de espaldas, sin prisa, como quien tiene todo el tiempo del mundo. Bajó la cremallera lateral del vestido rojo y la tela cedió, resbaló por las caderas y cayó a sus pies formando un charco de seda en el suelo.
Mariana no podía ver el cuerpo directamente. Pero los espejos sí. Y los espejos no mentían.
El reflejo le devolvió la espalda lisa, los hombros torneados, la curva exacta de la cintura abriéndose hacia unas caderas redondas. Cuando la clienta se giró apenas para colgar el vestido, Mariana alcanzó a ver el costado de un pecho firme, el pezón ya endurecido, y más abajo, sin ropa interior que lo ocultara, el sexo completamente depilado, brillante.
Se quedó inmóvil. El metro de costura le pesaba en la nuca como una soga.
—¿Te incomoda que no lleve nada debajo? —preguntó la mujer, todavía de espaldas, observándola a través del espejo con una calma demasiado estudiada.
—No… en absoluto —contestó Mariana, y odió el temblor de su propia voz—. Solo que no lo esperaba.
—A veces conviene dejarse sorprender. ¿No crees?
Mariana no supo qué responder. La mujer se deslizó el vestido de seda por encima de la cabeza y dejó que cayera sobre su cuerpo. La tela, fina como un suspiro, se ceñía a cada curva. Los pezones se marcaban descaradamente bajo el marfil, dos puntos que reclamaban atención.
—Ven, mídeme el escote. Quiero saber si baja demasiado.
Mariana se acercó. Las manos le sudaban. Estiró el metro desde el hombro hasta el inicio del pecho, intentando concentrarse en los números, en el centímetro, en cualquier cosa que no fuera la respiración cálida de la clienta a un palmo de su cara. La punta del metro rozó un pezón. La mujer no se apartó.
—Perdón —susurró Mariana, retirando la mano de golpe.
—No te disculpes. —La voz era miel y filo a la vez—. Me ha gustado cómo se siente.
Mariana sintió que el calor le subía por el cuello. Carraspeó, fingió anotar una medida en un cuaderno imaginario.
—¿El largo? —preguntó—. ¿Quieres comprobar el largo de la falda?
—Sí. La quiero más corta. Mucho más corta.
***
Mariana se arrodilló frente a ella. Era la postura natural para medir un dobladillo, la había repetido mil veces. Pero esta vez, al inclinarse para alcanzar el ruedo, el vestido apenas cubría lo justo, y al moverse la clienta la tela se abrió por el muslo.
A pocos centímetros de su rostro quedó el sexo desnudo, depilado, húmedo de una manera que no dejaba lugar a dudas. El olor la golpeó, denso y dulce, y su propia respiración se aceleró sin que pudiera frenarla. El aliento entrecortado rozó la piel más íntima de la mujer.
—Te gusta esto, ¿verdad? —dijo la clienta, sin moverse un milímetro.
Mariana no contestó. No podía. Tenía la mirada clavada donde no debía, las rodillas pegadas al suelo y un nudo apretándole la garganta.
Entonces la mujer se llevó las manos a los hombros y, despacio, se bajó los tirantes del vestido. La seda se rindió por segunda vez y cayó al suelo. Quedó completamente desnuda, de pie, mirándola desde arriba con una sonrisa que no tenía nada de inocente.
—¿No te gusto?
Mariana alzó los ojos. Le temblaba el labio inferior.
—Me gustas demasiado —admitió en un hilo de voz—. Eres preciosa.
—Gracias. —La mujer giró lentamente sobre sí misma, dejando que la viera entera, sin un solo rincón oculto—. Mira bien. Todo esto es tuyo si te atreves.
Mariana seguía de rodillas, incapaz de creer lo que estaba pasando en su propio probador, a metros de la puerta, con la tienda abierta al otro lado de una cortina.
La clienta dio un paso, se inclinó hacia delante y le ofreció las nalgas a la altura del rostro, las manos apoyadas en el espejo. Mariana no resistió más. Con dedos que ya no obedecían a la prudencia, le acarició la parte trasera de los muslos, subió por la piel tibia, por la curva firme de las nalgas. Acercó la boca.
El primer roce de la lengua fue tímido, una caricia apenas. Pero bastó. El deseo, contenido durante seis años de compostura, tomó el control de golpe.
***
Mariana lamió el clítoris hinchado, despacio primero, luego con hambre. Hundió la cara entre las piernas de la mujer, respirando su olor, saboreándola, perdiendo cualquier rastro de la profesional impecable que había entrado esa mañana. La clienta se miraba en el espejo, fascinada con su propio reflejo, viendo a la estilista de rodillas devorándola.
—Así —jadeaba, con una mano enredada en el moño deshecho de Mariana—. No pares.
Mariana no paró. Movía la lengua siguiendo los temblores de las caderas, aprendiendo qué la hacía gemir, repitiéndolo hasta que las piernas de la mujer empezaron a flaquear.
Cuando la clienta no aguantó más de pie, tiró de ella hacia arriba. Le quitó las gafas doradas con dos dedos y las dejó sobre el banco. Luego le desabotonó la blusa blanca, botón por botón, sin prisa, mirándola a los ojos todo el tiempo. Le bajó los tirantes del sujetador y liberó sus pechos.
—Ahora me toca a mí —murmuró.
La empujó con suavidad contra el espejo, que estaba frío, y bajó la boca hasta sus pezones. Mariana gimió, un sonido ronco que ella misma no reconoció. La falda tubo terminó arrugada en el suelo, junto al vestido de seda y al rojo abandonado del principio. Quedaron las dos desnudas, piel contra piel, en el centro del probador.
Se besaron por fin. Fue un beso con hambre acumulada, lengua contra lengua, los cuerpos pegados de tal modo que los pezones se rozaban a cada respiración. Mariana tomó las manos de la clienta y se las llevó a sus propios pechos.
—Agárrame fuerte —pidió.
***
Se dejaron caer sobre el banco tapizado del probador, el mismo donde las clientas se sentaban a probarse zapatos. Entrelazaron las piernas hasta que sus sexos quedaron pegados, húmedos, y empezaron a frotarse una contra la otra en un vaivén que arrancó al principio lento y se volvió desesperado.
Gemían casi a la vez, sincronizadas sin proponérselo. Se besaban entre jadeo y jadeo, se mordían los labios, se lamían el cuello. Mariana enterró los dedos en la espalda de la mujer, marcándola, mientras el banco crujía bajo el peso de las dos.
El orgasmo las alcanzó casi al mismo tiempo. A Mariana le llegó primero, una sacudida que le recorrió la columna y la dejó temblando; a la clienta un instante después, con un gemido largo que tuvo que ahogar contra el hombro de la otra para que no se oyera al otro lado de la cortina.
Se quedaron quietas, abrazadas, los cuerpos sudados subiendo y bajando al ritmo de su respiración. Ninguna habló durante un buen rato.
***
Fue la clienta la primera en moverse. Se incorporó, recogió su vestido rojo del suelo y se lo puso con la misma calma con la que se había desnudado, como si nada de aquello hubiera alterado su pulso. Mariana, en cambio, buscaba sus gafas con manos torpes.
—El de seda me lo llevo —dijo la mujer, señalando el vestido marfil arrugado en el suelo—. Y volveré. Hay otras prendas que quiero probarme.
Mariana asintió, todavía sin habla, mientras se abotonaba la blusa al revés y volvía a empezar.
La clienta pagó en el mostrador como cualquier otra tarde, sin una palabra fuera de lugar, y salió a la calle con el mismo taconeo firme con el que había entrado. La campanilla de la puerta sonó. La boutique volvió al silencio de mármol y perfume caro.
Nadie las había visto. Nadie sospechaba nada. Pero el probador del fondo, durante el resto del día, siguió oliendo a deseo, y Mariana supo que ya nunca volvería a mirar ese banco tapizado de la misma manera.