Saltar al contenido
Relatos Ardientes

La doctora me enseñó a desear a otra mujer

El calor de febrero se me pegaba a la piel mientras cruzaba el pasillo de la clínica. Llevaba un vestido de lino color arena, ligero, sin nada debajo. Me gusta sentir la tela rozándome los pezones, el aire fresco colándose entre las piernas cada vez que doy un paso. Es un secreto que cargo conmigo todo el día, una pequeña travesura que solo yo conozco.

Tenía veintitrés años y era la primera vez que pisaba ese consultorio. Mi médica de siempre se había jubilado, y la nueva ginecóloga apenas era un nombre en un papel: doctora Quiroga. Caminé hasta la puerta del fondo con las sandalias resonando contra el suelo pulido, pensando solo en que se me notaba demasiado lo nerviosa que iba.

Cuando la puerta se abrió, me quedé sin palabras.

Ahí estaba ella.

Una mujer de unos cuarenta y tantos, elegante, con una bata blanca que no escondía nada. Bajo la blusa de seda se le marcaba el pecho, y la falda gris le abrazaba las caderas con un descaro que no parecía propio de un consultorio.

—Hola, Renata. Pasa, por favor —me dijo con una voz tan suave que se me apretó el estómago.

La seguí y me senté frente a ella. Crucé las piernas despacio, a propósito, sabiendo que el escote se abriría un poco más. Quería que mirara. Y miró.

—¿Primera vez conmigo, entonces? —preguntó, repasando una ficha en su tablet—. ¿Edad?

—Veintitrés —respondí con una voz que no reconocí como mía. Tenía las mejillas ardiendo.

—Bien —sonrió, anotando algo. Su tono bajó apenas—. ¿Has tenido relaciones sexuales recientemente?

Tragué saliva. La pregunta me desarmó. Crucé los brazos por reflejo, intentando taparme el pecho, pero no servía de nada: los pezones se marcaban contra la tela. Ella lo notó.

—Sí… con un chico —contesté bajito—. Y una vez… con una amiga.

Soltó una risa breve, cálida, como una caricia.

—No hay nada de qué avergonzarse. Tu cuerpo es tuyo —dijo, y me miró a los labios—. Y eres preciosa. No me extraña que la gente quiera estar contigo.

Sentí un cosquilleo entre las piernas. No supe distinguir si era miedo o ganas. Me removí en la silla, incómoda por lo expuesta que me hacía sentir su manera de hablarme.

—¿Y te gustó? Lo de tu amiga —preguntó, sin apartar los ojos de mí.

Asentí, bajando la mirada.

—Sí… pero me dio mucha vergüenza.

Se levantó y caminó hacia mí sin prisa. Cuando llegó, me sostuvo el mentón con dos dedos y me levantó la cara.

—Eso está muy bien, Renata. ¿Te gustaría que hablemos un poco más de eso… mientras te examino?

Me temblaron las piernas. Quería decir que no, que tenía miedo, pero lo único que salió de mi boca fue un susurro.

—Sí… pero me da vergüenza.

Sonrió como si hubiera esperado esa respuesta. Me tomó la mano.

—No vamos a hacer nada que tú no quieras. Solo charlamos, para que te sientas cómoda. Confía en mí.

Y le creí. Dejé que me guiara sin pensarlo más.

***

Su mano era firme y cálida, pero no me apretaba. Me condujo hasta un sillón junto a la ventana y se sentó primero. Después me acomodó sobre sus piernas, de costado, como a alguien a quien se quiere mimar. No opuse resistencia. No podía. Sentía el corazón latiéndome entre los muslos.

Quedé sentada sobre ella, con una de mis piernas entre las suyas. Notaba el calor que subía desde su entrepierna, el mismo calor que reconocía en mí porque lo tenía idéntico.

—Tienes una piel tan suave… —murmuró, apartándome un mechón de la cara—. Y unos ojos que piden cosas que aún no te atreves a decir.

Me mordí el labio. Mis pezones estaban tan duros que casi dolían, marcándose sin disimulo contra el lino, y ella los miraba como si fueran algo que se moría por probar.

—No tengas miedo. Solo quiero ayudarte a conocerte mejor. Vamos a revisarte con cuidado, como mereces.

Sus dedos empezaron a recorrerme la cintura. Apenas me rozaban, y aun así me encendían. Sentía cómo me humedecía, cómo el sexo me palpitaba con cada caricia. Quería abrir las piernas, mostrárselo todo, pero solo me apreté contra ella, pequeña y ardiendo al mismo tiempo.

El vestido se me había subido. Ella lo notó y su mirada bajó hasta quedarse ahí.

—Cuando estás con alguien, ¿sientes molestias… o más bien placer? —preguntó, mientras su mano me acariciaba la parte baja de la espalda.

Me removí. El movimiento hizo que el pecho se me sacudiera frente a su cara. Se me escapó un gemido bajo.

—No me molesta… pero a veces siento mucho calor por dentro —susurré, temblando—. Y los pezones se me ponen tan sensibles…

Cerró los ojos un instante. Su respiración se agitó apenas, y lo entendí: la estaba excitando tanto como ella a mí.

—Eso es de lo más natural —dijo, deslizando la mano hasta mi muslo desnudo—. Lo importante es que aprendas a escuchar tu cuerpo. Yo estoy aquí para eso.

Sus dedos avanzaban por mi piel como si ya la conocieran. Lentos, seguros. Me sentía tan mojada que, si me tocaba ahí abajo, me encontraría empapada.

—¿Puedes mostrarme dónde notas esas reacciones? —me susurró al oído. Su voz me acariciaba más que sus manos.

Me costó reaccionar. Con los labios entreabiertos y la cara ardiendo, llevé una mano temblorosa a uno de mis pechos y lo apreté sobre la tela.

—Aquí —murmuré, jadeando.

Después, sin atreverme a mirarla, señalé mi entrepierna.

—Y… aquí también.

Ella suspiró y me acarició la mejilla.

—Estás tan sensible… tan mojada… —dijo en voz muy baja—. Vamos a ver qué pasa, ¿sí?

Sus dedos fueron directos a los tirantes del vestido. Y yo, en vez de detenerla, abrí un poco más las piernas sin darme cuenta.

***

Deslizó los tirantes por mis hombros y la tela cayó sin resistencia, como si supiera que tenía que abrirse. Me aferré a su bata, temblando, sintiendo mis pechos quedar al aire, pesados, tensos, los pezones duros como nunca.

—Qué bonitos —susurró, con la voz más ronca que le había oído hasta entonces.

No podía sostenerle la mirada. Sentía vergüenza, pero también un fuego que me dejaba sin aire. Ella rodeó uno de mis senos con la mano, lo acarició por el costado, sin prisa. Yo solo gemí.

—¿Te molesta si lo toco? —preguntó, rozando la curva inferior con la yema de los dedos.

—No… no lo sé —dije, entrecortada—. Es como si me ardiera por dentro.

—Tranquila —murmuró, dibujando círculos lentos alrededor del pezón sin llegar a tocarlo—. Vamos a averiguarlo.

Cuando por fin lo rozó, solté un gemido ahogado. Las caderas se me movieron solas, buscando algo que no sabía nombrar. Me apreté contra su pierna.

Se inclinó despacio y dejó un beso suave sobre uno de ellos. Me estremecí entera. Y entonces su boca se apoderó de mi pecho como si le perteneciera. Su lengua recorría cada centímetro de piel, deteniéndose en el pezón, succionándolo con un hambre que me desarmaba.

Yo jadeaba, me retorcía sobre sus piernas. Ya no podía esconder lo mojada que estaba. Sentía los pliegues de mi sexo pegados entre sí, palpitando, pidiendo que me abriera más.

Se detuvo un momento, me miró a los ojos y dijo, con esa voz que ya me derretía:

—Ahora también vamos a revisar lo que pasa más abajo.

Mi cuerpo tembló solo de oírlo. No era una propuesta clínica. Era una promesa, tierna y sucia a la vez.

***

Me ayudó a ponerme de pie. El vestido, hecho un nudo en mi cintura, terminó en el suelo cuando deshizo el lazo. Quedé completamente desnuda. Mis pechos rebotaron levemente, todavía húmedos por sus besos, y entre las piernas notaba la humedad bajándome por la cara interna de los muslos.

Ella me miró sin disimulo, recorriéndome despacio, como quien repasa algo que va a saborear. Se detuvo en mis caderas, en el monte brillante y cálido, y se mordió el labio.

—No llevas ropa interior —dijo, con una sonrisa que me hizo hervir.

—Casi nunca uso —contesté en un susurro, la cara encendida.

Me giró con suavidad, sus manos en mi cintura, y sentí su mirada clavarse en mi espalda, en las nalgas desnudas. Estaba completamente expuesta. Después volvió a girarme, y quedé de pie frente a ella, temblando, con el sexo empapado a la altura de su rostro.

—Así que… ¿es por aquí abajo donde sientes ese calor? —preguntó, bajando la voz.

Me temblaban las piernas, pero di un paso más, acercándome a su boca. Ella me miró con deseo, sus ojos yendo de mis labios húmedos a mi cara avergonzada. Sabía perfectamente lo que estaba haciendo conmigo.

Y entonces me tocó. Sus dedos fueron tan suaves, tan cálidos, que no pude contener un gemido. Me abrí sola, instintivamente, queriendo que viera, que sintiera, que no se detuviera.

—Respira, mi amor —me dijo, mientras sus dedos separaban con cuidado mis labios—. Solo quiero ayudarte a entender lo que sientes.

Y juré que, si su boca me tocaba un poco más, me iría antes de tiempo.

***

—Si estás nerviosa, te muestro primero en mí —dijo, y empezó a desabotonarse la blusa—. Así no te da miedo.

Me quedé sin aire. La veía desnudarse frente a mí y sentía el calor volver en oleadas. La bata cayó de sus hombros, después la blusa. Bajo un sujetador blanco que apenas la contenía, sus pechos quedaron a la vista cuando se lo soltó: grandes, firmes, con los pezones rosados y tan duros como los míos.

—Doctora… usted también está excitada —murmuré, temblando.

Se acercó y me ofreció el pecho, tan cerca que sentí su calor.

—Tócalos, si quieres. Compara con los tuyos. Te vas a sentir más tranquila.

Levanté las manos despacio. Apoyé las palmas sobre ella. Eran suaves, llenos de vida, distintos a los míos. Apreté un poco, sin pensarlo, y ella soltó un suspiro que era casi un gemido.

—¿Me das unos besos como los que yo te di? —preguntó.

No lo dudé. Me incliné y le besé un pezón, con cuidado, luego el otro. Su cuerpo se estremeció. Le pasé la lengua, despacio, saboreándola, y supe que ella también se estaba mojando mientras la probaba. Mi boca se cerró sobre su pecho, lo chupé, lo humedecí, y su respiración se convirtió en jadeo.

—Gracias por ser tan buena conmigo —susurró, con la voz temblando.

Después se sentó en el sillón, completamente desnuda, y me hizo una seña con los dedos.

—Ven. Acércate.

Me arrodillé frente a ella sin pensarlo. Tenía las piernas abiertas, el sexo brillante de humedad, los labios hinchados. Con una mano se acariciaba, separándose los pliegues como si se ofreciera.

—¿Me das un beso antes? Así será más fácil —susurró.

Asentí. La voz no me salía. Me incliné y la besé, lento, tímido, pero caliente. Ella soltó un jadeo ahogado, y yo probé su sabor por primera vez: cálido, intenso, distinto a todo. Le di otro beso, después saqué la lengua y la recorrí.

—Está mojada… igual que yo —dije bajito, sorprendida.

Sonrió y me acarició el cabello.

—Eso es deseo, cariño. Lo estás aprendiendo a reconocer. En mí, y en ti.

Seguí lamiendo, primero con miedo, después con más seguridad. Sentía sus caderas moverse suaves contra mi lengua, sus gemidos volviéndose más seguidos.

—¿Así está bien? —pregunté, con la cara entre sus muslos.

—Lo haces perfecto —respondió, acariciándome la mejilla.

***

Cuando no pudo más, me levantó con dulzura y me hizo recostarme en la camilla. Me acomodó las piernas abiertas, me besó el vientre, las ingles, los muslos, acercándose despacio al centro de mi calor.

Y entonces su boca llegó. No fue un beso tierno: fue húmedo, profundo, lleno de hambre. Su lengua empezó a moverse entre mis pliegues, separándolos, saboreándolos. Yo me aferré a las sábanas, incapaz de quedarme quieta. Cada vez que rozaba mi clítoris sentía que me partía en dos.

—Estás muy sensible aquí —susurró, mirándome mientras me lamía—. ¿Te gusta?

—Sí, doctora… mucho —jadeé, con la voz hecha trizas.

Sus dedos abrían mis labios internos, me exploraban. Luego uno se deslizó dentro, lento y preciso. Solté un grito suave. Mi cuerpo lo apretaba con desesperación, queriendo más.

—Tranquila… te voy a hacer sentir muy bien.

Y lo hizo. Movía el dedo con un ritmo perfecto mientras su boca seguía sobre mi clítoris, succionando, girando la lengua. Yo ya no podía hablar. Sentía un calor líquido subiéndome por la columna, imparable.

—Doctora… me pasa algo —gemí.

—Estás a punto de terminar, amor. No lo detengas. Déjalo salir.

No tuve que pensarlo. El cuerpo se me arqueó con fuerza y solté un gemido profundo, sin vergüenza. Las paredes de mi sexo se cerraron sobre su dedo, y su lengua no se detuvo, siguió acompañándome mientras temblaba entera. Me corrí con la cara empapada, las piernas abiertas, la boca abierta en un sonido interminable.

Ella subió por mi cuerpo, besándome el vientre, los pechos, el cuello, hasta quedar frente a mí.

—Eso fue precioso —susurró, y me besó.

Sentí mi propio sabor en su boca, y me gustó. Me hizo gemir otra vez.

—Nunca me había sentido así —le dije, con los ojos húmedos.

—Y apenas empezamos —respondió, con una sonrisa que volvió a encenderme.

***

Después, el consultorio se quedó en silencio, pero no era un silencio frío. Mi cuerpo todavía vibraba por dentro, las piernas abiertas, los muslos mojados, los pezones sensibles como si quisieran más.

Ella se levantó sin decir palabra, humedeció una toalla suave en el lavabo de la esquina y volvió a arrodillarse entre mis piernas. Empezó a limpiarme con movimientos lentos, circulares, casi reverentes.

—Déjame cuidar de ti —murmuró.

Yo temblaba, no de frío, sino por la ternura del gesto. La miraba desde arriba, con el cuerpo abierto y vulnerable, y por primera vez en mucho tiempo no sentía ninguna vergüenza.

—Te ves preciosa así, después del placer —dijo, secándome el vientre.

Sonreí, tímida, y me mordí el labio.

—Doctora… si algún día me siento así otra vez… ¿puedo volver?

Me miró como si le hubiera hecho el mejor regalo del mundo. Se acercó, me dio un beso lento y me susurró sobre los labios:

—Puedes llamarme cuando quieras, Renata. Será un placer ayudarte.

Me ayudó a vestirme como si yo fuera algo frágil. Y antes de abrir la puerta, me miró una última vez, con una chispa en los ojos.

—Cuida ese cuerpo, ¿sí? Lo quiero ver de nuevo pronto.

Salí del consultorio con las piernas temblando y una sola certeza: ya no podría dejar de pensar en ella, ni en todo lo que su lengua me había hecho descubrir.

Ver todos los relatos de Lésbicos

Valora este relato

Comentarios (5)

VickyRos

Increible relato, me atrapó desde la primera linea. Quiero mas!!

LauraP88

Sigue escribiendo por favor, te lo pido de corazon. Quede totalmente enganchada.

CarmenLT

Hay algo en cómo describis esa tension que se siente real de verdad... tremendo.

Pili_lectora

La idea de la doctora me parecio muy original, no es el planteo de siempre. Bien!!

GabyBaires

Nunca pensé que una consulta médica podía ser tan interesante jaja. Excelente manera de encararlo.

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.