La noche en que Carmen deseó a otra mujer
Renata removía su café sin levantar la vista, como si en el fondo de la taza pudiera encontrar las palabras exactas. Carmen la observaba desde el otro lado de la mesa, con los brazos cruzados y esa mueca de hermana mayor que ponía cada vez que intuía un problema.
—Suéltalo ya —dijo Carmen—. Te conozco esa cara.
—Me han ofrecido una sesión de fotos en Copenhague. Un fotógrafo importante. Pagan muy bien.
—¿Y dónde está la trampa?
Renata tardó en contestar. Habían terminado el turno en el hotel hacía media hora y todavía llevaban el uniforme bajo el abrigo.
—Es una sesión de temática atrevida. Nada que no haya hecho antes.
Carmen entornó los ojos. Llevaban casi un año compartiendo recepción y guardarropa, y en ese tiempo había ido descubriendo, a cuentagotas, que la vida de Renata no se parecía en nada a la suya. Modelos, viajes, contratos que se firmaban en yates y se rompían en aeropuertos.
—No me mires así —rio Renata—. No es lo que imaginas.
—Es exactamente lo que imagino. Y me preocupa.
—Necesito el dinero para el piso. Una sesión más y casi lo tengo.
Carmen suspiró. Sabía que discutir no servía de nada, pero también sabía que detrás de aquella seguridad había una mujer que arrastraba más historias de las que contaba.
—Mañana te enseño algo —dijo Renata de pronto—. Quiero que veas que no todo lo que he hecho es sucio. Tráeme un café decente y te traigo mi book.
***
Al día siguiente, Renata llegó con una carpeta de cuero negro bajo el brazo. La dejó sobre la mesa con una mezcla de orgullo y pudor, y la empujó hacia su amiga.
Carmen la abrió sin prisa. En cuanto vio la primera fotografía, su expresión cambió. Renata aparecía entre casas blancas y cúpulas azules, la piel dorada por el sol de una isla griega, el viento jugando con su pelo. En otra posaba en un campo de lavanda; en otra, frente a un ventanal de un loft de Milán. Vestidos de gasa que flotaban como una segunda piel.
—Madre mía —murmuró Carmen, pasando las páginas—. Pareces otra persona.
—Soy yo. Solo que con mejor luz.
—No, no es la luz. Es la forma en que miras a la cámara. Esto es arte.
Renata sonrió con una sombra de tristeza. Pasó ella misma las páginas hasta detenerse en una mujer distinta: morena, de labios gruesos y melena revuelta, fotografiada en un estudio desnudo salvo por un body negro.
—Ella es Nadia —dijo—. Trabajamos juntas en Capri.
—Es preciosa.
—Lo era.
El silencio entre ellas se cargó de algo que Carmen no supo nombrar. Cerró el book con cuidado.
—Hay más fotos, ¿verdad? De las que no me enseñas.
Renata se mordió el labio.
—Si de verdad quieres verlas, tendrá que ser en mi casa. No son fotos para llevar por ahí.
***
El sábado libraban las dos. Carmen subió al pequeño apartamento de Renata con la excusa de tomar una copa, aunque las dos sabían a qué iban. Renata preparó un par de gin-tonics, puso música baja y sacó de un estante una caja de cartón.
El segundo book era más grande y más pesado. La primera imagen ya le robó el aliento a Carmen: Renata tumbada sobre una sábana blanca, completamente desnuda salvo por una cadena fina de oro, la espalda apenas arqueada, las tetas firmes apuntando al techo, los pezones duros, el coño depilado abriéndose apenas entre los muslos entreabiertos.
—Dios… —susurró Carmen.
Pasó la página. Renata de pie frente a un ventanal, envuelta en una tela transparente que la brisa amenazaba con arrancarle, dejando ver el triángulo perfecto del pubis y la sombra rosada del sexo. Otra más: sobre un sofá de terciopelo oscuro, una pierna doblada, el coño depilado a la vista, los labios ligeramente abiertos como si acabaran de ser besados. No había una sola foto vulgar. Todo estaba pensado, compuesto, hermoso. Y aun así, Carmen sintió que se le secaba la boca y se le humedecían las braguitas.
—Ahora entiendo lo que decías —dijo, sin apartar los ojos del papel.
—¿El qué?
—Que no son fotos para cualquiera.
Renata recuperó el book y lo cambió por otro más delgado, casi escondido en el fondo de la caja. Lo sostuvo un momento, como si le costara soltarlo.
—Este es diferente.
La primera imagen dejó a Carmen muda. Renata y Nadia en una tumbona, junto a una piscina infinita sobre el mar. Nadia en topless, las tetas grandes y morenas al aire; Renata con la parte de abajo del bikini resbalando por las caderas, dejando ver el nacimiento de la raja del culo. No se tocaban, pero la distancia entre sus cuerpos era pura electricidad.
—No te tocas con ella —observó Carmen, con un hilo de voz.
—En esa todavía no.
Carmen pasó la página. Nadia detrás de Renata, las manos en su cintura, los labios rozándole el cuello, un pulgar rozando ya un pezón erecto. Y luego otra, y otra: las caricias, las risas a un palmo de distancia, la lengua de Nadia lamiendo un pezón de Renata mientras ella echaba la cabeza hacia atrás con la boca abierta. Otra más: Nadia arrodillada entre las piernas de Renata, la cara hundida en el coño, y Renata agarrándola del pelo con las dos manos. Carmen se quedó mirando esa foto más tiempo del que habría querido reconocer, sintiendo cómo el pulso se le disparaba entre las piernas.
—Esto no es una sesión de fotos —dijo al fin.
—No. No lo era.
Carmen levantó la vista, despacio.
—¿Te acostaste con ella?
Renata sostuvo su mirada.
—Dos veces. En Capri. Me la comí entera y ella a mí. Nos corrimos hasta que no nos quedaba saliva.
Carmen apuró su copa de un trago. Tenía el corazón acelerado, los pezones tirando de la tela del sujetador y no entendía del todo por qué.
***
Renata sirvió otra ronda y se sentó más cerca, con las piernas recogidas en el sofá.
—Te he escandalizado —dijo.
—No. —Carmen negó con la cabeza—. Me has hecho pensar.
—¿En qué?
Carmen giró la copa entre las manos, observando cómo el hielo se deshacía.
—Solo me he acostado con mi marido —confesó de pronto—. En toda mi vida. Ni siquiera he besado a otro hombre desde que me casé. Me quedé embarazada a los veinte, hice lo que se esperaba de mí, y desde entonces todo ha sido… correcto. Cómodo. Muerto.
—¿Muerto cómo?
—Muerto de que me folla los sábados con la luz apagada, se corre en dos minutos dentro de mí y se da la vuelta a roncar. Ni siquiera se acuerda de que yo también tengo coño y de que a veces me gustaría que me lo tocara.
Renata la escuchaba sin interrumpir, con los ojos clavados en ella.
—Le quiero —siguió Carmen—. De verdad. Pero llevo años durmiendo al lado de un hombre que cena viendo la tele y me toca los sábados como quien cumple con una tarea. Y ahora tengo más de cuarenta y me aterra pensar que nunca voy a saber lo que es morirme de deseo por alguien. Que nadie me va a chupar el coño como se hace en las películas. Que voy a morirme sin saber lo que es correrme de verdad, por otra persona.
—¿Nunca te has corrido con él?
—Sola, con los dedos, cuando él duerme. Con él, casi nunca.
—No eres mayor —dijo Renata en voz baja—. Y eres muy guapa, Carmen. Tienes unas tetas preciosas, un culo de las que se giran los tíos en la calle, y no lo sabes.
—Tampoco soy joven.
—¿Y qué tiene que ver la edad con esto?
Carmen la miró. Renata estaba muy cerca, las rodillas casi tocándose, los ojos brillando con algo que la ponía nerviosa.
—Esas fotos —dijo Carmen, y tragó saliva—. Las tuyas con Nadia. Me han hecho sentir cosas que no me esperaba.
—¿Qué clase de cosas?
—No me hagas decirlo.
—Dímelo.
Carmen cerró los ojos un segundo.
—Me han puesto cachonda —admitió—. Nunca me había planteado siquiera cómo sería estar con una mujer. Y ahora no puedo dejar de pensar en la foto en la que ella te está comiendo el coño. En cómo tenías la cara. En cómo la agarrabas del pelo. Tengo las braguitas empapadas, Renata.
Renata sonrió, despacio, sin burla.
—No tienes por qué avergonzarte. Lo que sientes es real.
—He bebido demasiado para esto.
—No es la ginebra y lo sabes.
***
Renata se inclinó hasta que sus labios casi rozaron los de Carmen. Esperó un instante, dándole margen para apartarse. Carmen no se apartó.
El beso fue suave al principio, una pregunta más que una respuesta. Carmen contuvo el aliento, rígida, y luego, poco a poco, sintió cómo algo cedía dentro de ella. Renata le sujetó la nuca con una mano y profundizó el beso, metiendo la lengua entre sus labios con calma, buscándole la suya, chupándosela despacio. Esta vez fue Carmen la que buscó más, la que soltó un gemido ahogado dentro de la boca de Renata y le mordió el labio inferior sin pensarlo.
—Shhh —murmuró Renata cuando notó que temblaba—. Déjate llevar. Abandónate. Voy a comerte enterita, Carmen.
Le besó el cuello, lento, mientras le desabrochaba la blusa botón a botón. Carmen mantenía los ojos cerrados, las manos quietas sobre el regazo, como si moverse fuera a romper el hechizo. Renata deslizó una mano por su espalda y le soltó el broche del sujetador con una facilidad que la hizo estremecerse. Le apartó las copas y le vio las tetas por primera vez: blancas, más grandes de lo que parecían con la ropa, con los pezones rosados ya erectos y erizados de deseo.
—Joder, qué tetas tienes —susurró Renata—. Y llevas años enseñándoselas a un hombre que no sabe lo que tiene.
Bajó la boca y le mordió un pezón con suavidad, chupándolo entero, tirando de él con los labios. Carmen se arqueó y soltó un jadeo largo, agarrándose al respaldo del sofá con las dos manos. Renata pasó al otro pecho y lo trabajó igual, chupando, lamiendo el pezón, dibujándole círculos con la punta de la lengua hasta que Carmen tenía los dos pezones brillantes de saliva y tan duros que dolían.
—Mírame —le pidió.
Carmen abrió los ojos. Renata se había puesto de pie y se desabrochaba la camisa con una calma deliberada. Se la quitó, se sacó el sujetador de encaje negro y lo dejó caer al suelo, junto a los tacones. Carmen contempló sus tetas desnudas, los pezones oscuros y erguidos, la cintura estrecha, el vientre plano, y sintió un calor espeso subiéndole desde el vientre hasta el coño.
Renata meneó las caderas al ritmo de la música y se bajó las medias sin prisa, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Luego enganchó los pulgares en las braguitas negras y se las deslizó por las piernas hasta dejarlas caer al suelo. Carmen se quedó sin aire. El coño de Renata estaba completamente depilado, los labios rosados y brillantes, hinchados por la excitación, entreabiertos lo justo para dejar ver el rosa más oscuro del interior. Cuando terminó de desnudarse, se sentó frente a Carmen en el borde de la mesa, con las piernas ligeramente abiertas, sin decir nada. La invitación no necesitaba palabras.
—No sé qué hacer —susurró Carmen.
—No tienes que hacer nada. Solo sentir. Después me tocará a mí.
Renata volvió al sofá y terminó de quitarle la blusa por los hombros. Le besó el nacimiento de los pechos, chupó de nuevo los pezones uno tras otro, y Carmen dejó escapar un gemido que sonó a sorpresa más que a placer. Era distinto. La boca de una mujer era más suave, más paciente, sabía exactamente dónde detenerse y dónde insistir, sabía cómo mamar un pezón hasta que las piernas se aflojaban solas.
—Dios… —jadeó Carmen, agarrándose al respaldo—. Nunca me habían chupado las tetas así.
Renata le mordió el cuello, bajó por el esternón besando cada centímetro de piel, y se arrodilló en la alfombra, entre sus piernas. Le subió la falda hasta la cintura y le vio las braguitas de algodón, oscurecidas de humedad en el centro.
—Estás empapada, Carmen —murmuró—. Se te transparentan los labios del coño en las bragas.
Carmen estuvo a punto de cerrar las piernas por instinto, pero Renata le acarició el interior de los muslos con la yema de los dedos hasta que las dejó relajarse. Le besó por encima de la tela, sopló despacio sobre el coño mojado, y Carmen sintió una descarga que le puso los pelos de punta.
—¿Quieres que pare? —preguntó.
—No —dijo Carmen, casi sin voz—. No pares. Por favor, no pares.
Renata enganchó las braguitas con los dientes y se las bajó despacio, mordiéndole la piel del muslo por el camino. Cuando le vio el coño por fin, se detuvo un instante para mirarlo: los labios rosados, con un vello castaño recortado pero no depilado, brillando de humedad, el clítoris asomando ya, hinchado.
—Qué coño tan bonito tienes, Carmen. Y qué desperdicio.
Antes de que Carmen pudiera responder, Renata bajó la boca y le dio una lamida larga, lenta, desde la entrada hasta el clítoris. Carmen echó la cabeza hacia atrás y soltó un gemido largo, incrédula de lo que estaba sintiendo. La lengua de Renata trazaba círculos lentos sobre el capuchón del clítoris, luego se hundía entre los labios, chupaba, subía otra vez. Leía cada reacción, subía la intensidad solo cuando notaba que Carmen levantaba las caderas buscándola.
—No sabía… —balbuceó Carmen— no sabía que podía ser así. Joder, joder, joder…
Renata no respondió con palabras. Le abrió los labios del coño con dos dedos y le succionó el clítoris entero, tirando de él con los labios, dándole latigazos suaves con la punta de la lengua. Deslizó un dedo dentro de ella, curvándolo hacia arriba, buscando ese punto que Carmen ni siquiera sabía que tenía. Cuando lo encontró, Carmen soltó un grito ahogado y se sacudió entera.
—Ahí, ahí, no te muevas de ahí, por Dios…
Renata metió un segundo dedo, empezó a follársela despacio, mientras la lengua no dejaba de trabajarle el clítoris. Carmen sintió que el suelo entero se inclinaba. Se aferró al pelo de Renata, ya sin pudor, moviéndose contra su cara, empujando el coño contra su boca, persiguiendo algo que llevaba demasiado tiempo dándose por perdido.
—Me voy a correr —jadeó—, me voy a correr, me voy a…
Renata gimió contra el coño de ella y aceleró los dedos, la lengua clavada en el clítoris. El orgasmo la sorprendió como una ola que rompe antes de que la veas venir. Carmen se arqueó en el sofá, apretó los muslos alrededor de la cabeza de Renata y se quedó temblando, con la respiración entrecortada y los ojos húmedos, mientras oleadas de placer le subían del coño hasta la nuca. Sintió cómo se corría a chorro contra la boca de Renata, empapándole la barbilla, sin poder controlarlo.
Renata no se apartó. Siguió lamiendo con suavidad, bebiéndose todo lo que Carmen le daba, alargándole el orgasmo hasta que Carmen tuvo que apartarle la cabeza porque no lo soportaba más.
***
Renata subió a su lado y la abrazó mientras los temblores se apagaban. Tenía los labios y el mentón brillantes de los jugos de Carmen, y no se molestó en limpiárselos. Carmen tenía la cara enrojecida y una sonrisa que no podía contener.
—No me puedo creer lo que acabo de hacer —dijo, riendo y tapándose los ojos con el antebrazo—. Ni lo que acabo de sentir.
—¿Te arrepientes?
Carmen apartó el brazo y la miró. Renata, desnuda, con el pelo revuelto, los pezones aún duros y el coño brillando de humedad entre los muslos, le parecía la cosa más viva que había tocado en años.
—No —dijo—. Y eso es lo que más me asusta.
Renata le apartó un mechón de la frente y le pasó el pulgar por los labios. Carmen se lo chupó sin pensarlo, saboreándose a sí misma en la piel de su amiga.
—Entonces no pienses en lo que viene después. Esta noche es solo nuestra. Y todavía no me has tocado.
Carmen se giró hacia ella, todavía aprendiendo, todavía temblando, y deslizó una mano insegura por el vientre de su amiga hasta llegar al coño depilado. Lo notó ardiendo, chorreante, los labios hinchados esperándola. Renata cerró los ojos y separó un poco más las piernas, dejándose abrir.
—Métemelos —susurró—. Dos dedos. Despacio.
Carmen obedeció, temblando. Hundió dos dedos en el coño de Renata y sintió cómo la carne caliente se cerraba alrededor de ellos, cómo el jugo le resbalaba por la muñeca. Renata gimió y le agarró la mano para enseñarle el ritmo, mostrándole cómo curvar los dedos, cómo pasar el pulgar por el clítoris al mismo tiempo.
—Así, así, no pares…
Carmen se envalentonó. Bajó la cabeza y, sin pensarlo demasiado, chupó un pezón oscuro de Renata mientras seguía metiéndole los dedos. Renata soltó un grito ronco, se aferró al respaldo, empezó a moverse contra la mano de Carmen. En pocos minutos se estaba corriendo también, apretando los muslos alrededor de la muñeca de su amiga, jadeando el nombre de Carmen contra su pelo.
Cuando por fin se calmaron, se quedaron abrazadas sobre el sofá, desnudas, sudadas, con las piernas enredadas. Renata le besaba el hombro con dulzura y Carmen no dejaba de mirarle la cara, todavía incrédula. Por primera vez en mucho tiempo, no sintió que estuviera cumpliendo con nadie. Sintió que, por fin, le tocaba a ella.