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Relatos Ardientes

El olor que dejó mi amiga en mi cama esa noche

Esto que voy a contar pasó poco antes de que yo me pusiera de novia. Es una historia chiquita, sin grandes vueltas, pero la guardo entera en la cabeza porque fue la primera vez que el cuerpo me hizo algo que la cabeza no entendía. Tiene que ver con Camila, mi mejor amiga del secundario, y con un short que ella se olvidó sobre mi cama.

Estábamos en cuarto año. Yo todavía no era novia de nadie, aunque ya andaba hablando seguido con el que después terminó siendo mi novio. Ese jueves Cami vino a casa después del colegio porque yo le había prometido explicarle análisis matemático, que para ella era un idioma extranjero. Llegamos las dos arrastrando la mochila, se sacó las zapatillas en la puerta de mi cuarto y nos tiramos panza abajo en la cama con las carpetas abiertas.

Diez minutos aguantamos haciendo derivadas. Después, como siempre, la charla se desvió sola.

—¿Escuchaste lo que contó Tati en el recreo? —dijo Cami, bajando la voz aunque no había nadie cerca.

Por supuesto que lo había escuchado. Tati nos había contado, con una sonrisa de oreja a oreja, que le había hecho sexo oral a un pibe que conocía hacía dos semanas.

—Qué asco, boluda —dije yo, arrugando la nariz—. Chupársela a alguien que apenas conocés, así, sin más. No entiendo cómo puede.

Cami se rió tapándose la boca con la mano.

—Es una atrevida, Tati. Yo no podría ni a palos. Me daría un asco terrible tener eso en la boca.

Nos quedamos calladas un segundo, mirándonos, y soltamos la carcajada al mismo tiempo. Después, casi en coro, las dos dijimos lo mismo.

—Igual es nuestra amiga, eh.

—Sí, obvio. Tati es buena gente, la quiero un montón, pero… qué asco, en serio.

Cami se mordió el labio, como si estuviera pensando algo importante, y siguió:

—A mí me daría mucha impresión, Mariel. Imaginate esa cosa ahí, dura, moviéndose, seguramente con olor feo… no, ni loca.

—Yo te juro que me daría arcadas —contesté—. No sé cómo Tati pudo.

Cami se quedó mirando el cuaderno sin verlo. Después dijo, más bajito:

—Yo lo haría, pero solo por amor. Si estoy re enamorada y él me lo pide, capaz. Pero no como Tati, que se lo hizo a uno que casi ni conocía. Eso ya es otra cosa.

Nos miramos otra vez. Ninguna agregó nada. Cami suspiró, agarró el lápiz y volvió a la hoja.

—Bueno, dale, sigamos, porque si me llevo de vuelta esta materia mi vieja me mata.

Estuvimos un rato más con las derivadas. Yo le explicaba, ella copiaba despacio, mordiendo la goma del lápiz y quejándose cada tres pasos. Pero ninguna de las dos estaba realmente ahí. Al ratito ya estábamos otra vez hablando de Tati, como si no nos pudiéramos sacar el tema de la cabeza.

—Igual lo que más envidia me da de ella son las tetas —dije, bajando la voz aunque seguíamos solas—. Son enormes, Cami. Yo me miro las mías y son una tristeza.

Cami se miró el pecho un segundo y se rió.

—Ay, no seas boluda, Mariel, son re lindas las tuyas. Yo estoy chocha con las mías. Son chiquitas y firmes, y no se me caen. Si fueran como las de Tati, me dolerían a morir corriendo en Educación Física. Una prima mía es tetona y vive quejándose de la espalda. Sufre, eh, en serio.

Nos volvimos a reír. Seguimos un rato con pavadas: que si el pibe le habría dicho algo después, que si Tati se haría fama, que nosotras nunca íbamos a ser tan lanzadas. Hasta que se abrió la puerta del cuarto.

—Chicas, en diez minutos cenamos. Lávense las manos y guarden todo eso.

Era mi mamá, asomando media cabeza con esa sonrisa de "ya sé que no estaban estudiando". Cami miró la hora en el celular y puso cara de pánico.

—Ay, no, se me hizo re tarde. Mi vieja me mata, Mariel. Me tengo que ir ya.

—Quedate a dormir, dale —le dije, casi sin pensar—. Mañana es viernes, no madrugamos tanto.

—Nooo, a mi mamá no le gusta entre semana. Dice que después estoy muerta en clase. Y con la nota baja que tengo en mate estoy en la cuerda floja.

—Esperá, dejame que le pida a mi vieja que la llame.

Salí corriendo al living y le expliqué. Mi mamá agarró el teléfono sin drama y llamó a la mamá de Cami. Hablaron un rato, le aseguró que al otro día íbamos a salir temprano para el colegio. Al final escuché que la otra cedía.

—Listo, se queda —nos dijo mi mamá colgando—. Pero porfa avísenle apenas lleguen mañana.

Comimos tranquilas con mi familia. Mi mamá había hecho milanesas con puré, que a Cami le encantaban. Ella, como siempre, se portó impecable: agradeció todo, ayudó a levantar los platos, le siguió la conversación a mi viejo sobre fútbol aunque no le interesaba nada. Mi hermana menor no paró de molestar, pero nosotras la ignoramos y nos cagamos de risa por lo bajo. Cuando terminamos, mi mamá nos mandó al cuarto y nos pidió que no nos acostáramos tardísimo.

Cerramos la puerta y nos tiramos otra vez en la cama. Apenas tocamos el colchón, Cami sacó a Renata, la chica más linda del último año.

—Boluda, ¿la viste hoy en el recreo? Tiene una cara perfecta y un pelo… yo quiero ser ella cuando sea grande.

—Obvio que la vi —contesté—. Es de tapa de revista. Y encima le va bien en todo. Me da una envidia que no te puedo explicar.

Cami se quedó pensando un segundo y de pronto cambió la cara.

—Ay, Mariel, me acabo de acordar de algo horrible. No traje muda. Mañana voy a tener que ir al colegio con la misma remera y la misma bombacha de hoy. Qué impresión.

—Pará, tranquila —le dije riéndome—. Te presto un remerón mío y un shortcito para dormir. Así estás cómoda y mañana te ponés tu ropa.

Le di un remerón blanco grande de algodón y un short deportivo negro que era lo más cómodo que tenía. Nos cambiamos las dos rápido, sin pudor, mirando para otro lado más por costumbre que por vergüenza. Yo me puse otro remerón parecido y abajo me quedé solo en bombacha. Cami terminó con mi shortcito y el remerón largo. Nos volvimos a tirar una al lado de la otra, con el velador prendido y la puerta cerrada.

Ahí empezó la charla en serio. Estuvimos dos horas hablando sin parar.

Volvimos a Tati, claro.

—Igual, sigo pensando que es una atrevida, eh —dijo Cami, bajito, como si la pudiera escuchar alguien—. Pero al mismo tiempo me da un poquito de envidia que se anime a todo.

—Yo también —admití—. Me da asco y a la vez pienso "qué valiente". Nosotras todavía no nos animamos ni a darle un beso con lengua a alguien y ella ya hizo eso.

Cami se rió tapándose la cara con la almohada.

—Imaginate a nosotras. Yo me muero de la vergüenza. ¿Vos pensás que algún día vamos a tener novio?

—Obvio. Pero tiene que ser alguien que nos guste de verdad. No al pedo, como ella.

Después pasamos otra vez por Renata, por los pibes del cole, por el de tercero que me miraba todas las clases de Educación Física, por uno que a Cami le gustaba pero le parecía muy infantil. Hablamos de cómo nos imaginábamos el primer beso, de series, de un viaje que íbamos a hacer juntas cuando termináramos el secundario, de que odiábamos a la profesora de Gimnasia. La charla iba y venía, nos reíamos bajito, nos tapábamos la cara con la almohada cada vez que decíamos algo muy fuerte.

Sin darnos cuenta, la voz se nos fue poniendo más lenta. Cami se acurrucó un poquito más cerca, yo apagué el velador y nos quedamos las dos tapadas con la misma frazada, respirando despacio en la oscuridad.

Esa noche dormí divino, como cuando éramos chicas y hacíamos pijamadas con seis amigas en el living.

***

Nos despertamos casi a la par cuando mi mamá golpeó suavecito la puerta y avisó que estaba listo el desayuno. Cami se estiró como un gato. Yo me froté los ojos. Salimos en remerón y short, despeinadas, y nos sentamos a la mesa con un café con leche y unas tostadas. Mi mamá nos apuró porque ya se hacía tarde.

De vuelta en el cuarto, Cami agarró su ropa de colegio y fue a darse una ducha rápida. Se puso su bombacha del día anterior y la ropa entera. Yo la esperé sentada en la cama mirando el celular. Cuando terminó, me dijo "dale, te toca" y entré yo al baño. Salimos juntas, hechas, listas para el colegio. El shortcito y el remerón que le había prestado quedaron arrumbados en una esquina de la cama, hechos un bollo.

El día en el colegio resultó tranquilo. En el recreo nos juntamos las tres con Tati en nuestro banco de siempre. Estaba entusiasmada y nos contó más detalles del famoso encuentro: que el pibe se había puesto re nervioso, que al principio no sabía qué hacer con las manos, que después le había agarrado el pelo. Cami y yo escuchábamos con cara de espanto y de curiosidad al mismo tiempo, diciéndole "qué asco, Tati" pero pidiéndole, en la misma frase, que siguiera contando. Ella se reía y decía que no era para tanto.

Después de la última hora me quedé un rato hablando con un compañero del curso, el chico con el que venía hablando seguido. Conversamos en la puerta del colegio sobre la tarea y sobre una serie que estábamos viendo los dos. Era simpático, me hacía reír y me miraba de una forma que me ponía un poco nerviosa. Me fui a casa con esa especie de mariposas en la panza que nunca había sentido antes. No paré de pensar en él en todo el viaje en colectivo.

Llegué, almorcé algo recalentado, hice los deberes, ordené la mochila para el día siguiente. Después me bañé con el agua bien caliente y me puse el "pijama" oficial: un remerón gastado y una bombacha cómoda. Me tiré en la cama todavía pensando en mi compañero, en cómo me había sonreído cuando me despedí. Apagué la luz y me quedé un rato mirando el techo.

Al moverme para acomodarme mejor, sentí un bulto debajo de las sábanas.

Era el remerón blanco y el shortcito que le había prestado a Cami la noche anterior. Los había dejado ahí ella en la mañana, hecho una pelota, y se ve que mi mamá no había pasado a juntar la ropa para lavar. No importa, mañana lo llevo yo al cesto, pensé.

Sonreí en la oscuridad y agarré primero el remerón. Me lo acerqué a la nariz sin pensar, por puro reflejo bobo de adolescente. Tenía un olor suave a transpiración, apenas perceptible, seguramente del día entero de clase. Me hizo gracia. Me dije que el lunes la iba a cargar con eso.

Por inercia, agarré también el shortcito. Lo levanté hasta mi cara y…

El olor me pegó fuerte, directo. Mi cuerpo lo reconoció antes de que mi cabeza terminara de entender qué era. Era un aroma intenso, profundo, húmedo. Un olor espeso, un poco ácido, pero también dulce, a piel tibia, a un día entero con la misma bombacha. El olor vivo, íntimo, de la zona más privada de Cami. Lo aparté de golpe, casi con asco.

—Qué impresión… —murmuré sola en la oscuridad.

Pero no sé qué fue lo que me pasó, porque a los pocos segundos lo agarré otra vez. Lo acerqué más despacio. Lo respiré más hondo. El olor me llenó la nariz entera y sentí un calor raro subiéndome por la espalda. Se me aceleró la respiración sin pedirme permiso. Me excité un poco. No mucho, pero lo suficiente para darme cuenta de que algo estaba pasando.

Prendí el velador y puse el short contra la luz. Ahí vi las marcas. Eran varias, secas, claritas, justo en el centro de la entrepierna. Eran las descargas naturales de un cuerpo de chica al final de un día largo, ahí, frente a mis ojos.

De repente, una prenda que solo se usaba para estar cómoda en casa había pasado a ser otra cosa.

Me acosté de nuevo sin pensar en nada. Pero a los pocos segundos volví a agarrar el short. Esta vez me lo apoyé directamente sobre la cara, tapándome la nariz y la boca con la tela. El olor de Cami me envolvió entera. Cerré los ojos y bajé una mano despacio debajo del elástico de la bombacha.

Empecé a tocarme lento, muy lento. Los dedos se movían en círculos suaves mientras yo respiraba hondo contra el short. Era como si Cami estuviera ahí, cerca, íntima, en una distancia que no debería existir. Imaginé su cuerpo, sus tetas chicas y firmes, su panza plana, la forma en que se había movido toda la noche con esa misma prenda puesta. Con cada respiración el olor se me metía más adentro y mis dedos iban acelerando, más húmedos, más insistentes.

Sentí cómo se me endurecían los pezones contra la tela del remerón, cómo se me empapaba la bombacha. Me toqué con más presión. Las caderas se movían solas contra mi mano mientras apretaba el short con más fuerza contra mi cara. El placer fue subiendo profundo, casi lento, como una ola que no termina de romper.

No hice ruido. Solo respiraba ese olor y me tocaba más rápido, más concentrada, hasta que el orgasmo me llegó largo y silencioso. Acabé con los ojos cerrados, mordiéndome el labio, sintiendo el cuerpo tensarse y aflojarse al mismo tiempo, envuelta en el olor de Cami.

Cuando terminé, me quedé un rato quieta, con el short todavía sobre la cara y la respiración agitada.

Lo raro es que no estaba pensando en ella mientras me tocaba, no específicamente. Era más como una sensación de estar cerca, no sé cómo explicarlo. No lo sentí como algo lésbico, aunque me hubiera terminado de masturbar oliendo la intimidad de mi mejor amiga. Era otra cosa. Algo más primitivo, más de cuerpo que de cabeza, como cuando uno camina por la vereda y un olor que sale de una ventana te despierta hambre de golpe.

***

Al otro día era sábado y no tenía hora para levantarme. Me desperté temprano igual, con la casa todavía en silencio. El short seguía al lado de la almohada, donde lo había dejado. Me quedé un rato mirándolo. Después lo volví a agarrar y lo volví a hacer.

Mentiría si dijera que sentí culpa, o vergüenza, o cualquier otra cosa fea. Lo disfruté muchísimo, de nuevo, igual o más que la noche anterior. No es que soñara con hacerle sexo oral a Cami ni nada parecido. Era algo más animal, más oscuro, más mío. Una reacción del cuerpo que no tenía mucho que ver con el resto de mi vida.

Cuando se levantó el resto de mi familia, desayunamos juntos como cualquier sábado. Después agarré el remerón y el short de Cami y los tiré al cesto de la ropa sucia del baño chico, donde está el lavarropas. Quedaron ahí, mezclados con las medias de mi viejo y los pantalones de mi hermana, y la cosa se terminó tan rápido como había empezado.

El lunes, cuando la vi a Cami en el cole, no sentí nada raro. Ni excitación, ni vergüenza, ni ganas de evitarle la mirada. Fue como si lo que había pasado en mi cuarto el viernes a la noche no tuviera nada que ver conmigo. Nos saludamos con un beso, fuimos juntas al banco de siempre, nos pusimos a putear a Tati por no haber estudiado para la prueba, y listo.

No me defino ni ahora ni en ese momento como lesbiana ni como bisexual, a pesar de haber hecho cosas que tranquilamente entrarían en una de esas categorías. Y de haberlas disfrutado. Hay algo de admirar, de contemplar, de excitarme un poquito con la belleza de mis amigas, que para mí siempre fue parte de quererlas. Esa noche el cuerpo me sorprendió, eso fue todo. Y todavía hoy, cada vez que me acuerdo, no termino de saber qué nombre ponerle a lo que sentí.

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Comentarios (6)

SafoXXI

increible, de lo mejor que lei en mucho tiempo!!!

SolaEnCasa77

Dios mio, que manera de arrancar. Me dejó sin palabras literalmente.

Rodrigo_lect

Por favor seguí, quede con ganas de mas. No puede terminar ahi, justo cuando empieza lo bueno.

LauraRdp

Me recordó a algo que viví con una amiga hace años... ese tipo de momentos que no olvidás nunca aunque no sepas bien como clasificarlos.

RominaLect

precioso!!! que manera de escribir, se siente real

NocturnaMar

La forma en que describís las sensaciones es muy delicada, nada burdo. Eso se agradece mucho en este tipo de relatos.

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