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Relatos Ardientes

Lo que pasó en la cocina de mi amiga esa noche

Llevaba casi un año instalada y todavía no tenía a quien llamar amiga. Renata sabía que sería difícil desde el día en que decidió emigrar, pero el idioma, el carácter cerrado de la gente del lugar y los horarios imposibles de su trabajo le habían complicado la vida mucho más de lo que imaginó. Tampoco ayudaba el pueblo en sí: un puñado de casas perdidas entre montañas, con una edad media que rondaba la jubilación y una vida social comparable a la de un cementerio en invierno.

Por eso fue tan importante el día en que el azar la cruzó con Carola. La única maestra de la única guardería de la comarca, Carola era un torrente de energía en las antípodas de todos los vecinos con los que se había topado hasta entonces. Alegre, cariñosa, con una sonrisa enorme y un millón de anécdotas que contar alrededor de una botella de tinto barato. Era bastante más joven, no llegaría a los veinticinco, pero el idioma compartido y su trato cercano las unieron enseguida.

Pronto conoció también a su compañera de piso, Paloma. Otra compatriota veinteañera, enfermera, de risa fácil y escandalosa, con la misma debilidad por descorchar botellas. La vida de Renata mejoró de golpe.

Pero quedaba un punto oscuro que sus nuevas amigas no podían iluminar. Rubia, alta, con cara de ángel y un cuerpo que de joven le había pagado la universidad como modelo de trajes de baño, Renata estaba acostumbrada a un nivel de atención masculina que allí no recibía ni de lejos. Aquella travesía por el desierto de la abstinencia era, con diferencia, la más larga de su vida, y empezaba a pasarle factura. Así que esa noche, repartiendo pizza y vino de supermercado en el sofá de las chicas, lanzó la pregunta del millón.

—¿Y vosotras cómo lo hacéis para conocer chicos por aquí?

Las dos se dejaron caer contra el respaldo y resoplaron al unísono, como si no hubiera respuesta buena. Fue Paloma quien puso palabras al asunto.

—Imposible. Aquí no hay nada. Tienes que conducir dos horas hasta la ciudad, y aun así cuesta. Los tíos de la zona pasan de todo. Y si pescas a alguien, se cansa enseguida de venir al fin del mundo. Te folla un par de veces y desaparece.

Carola asintió en silencio, rellenando su copa. Renata procesó la confirmación de sus temores con la mirada perdida y, sin darse cuenta, dejó hablar a su cuerpo.

—A estas alturas, con que me echen un par de buenos polvos me conformo.

—¡Ah, bueno! Para eso siempre hay alternativas —soltó Paloma, tan natural que sonó a obviedad.

Ante la mirada interrogante de Renata, se explicó mejor.

—Yo, por ejemplo, cuando tengo hambre voy a la panadería.

Renata necesitó unos segundos para conectar la frase con los dos hermanos cincuentones y rollizos que regentaban la panadería del pueblo. No existían dos hombres más anodinos, y encima casados los dos.

—Pero… ¿cuál de ellos? —preguntó.

Fue Carola quien contestó, apartándose de la cara un mechón de su interminable melena oscura.

—Ha decidido que para qué romper una sola familia pudiendo romper dos a la vez.

—¿¿Los dos?? —Renata no salía de su asombro. Le resultaba imposible imaginar a Paloma, bajita, de cara dulce y redonda, con aquel par de hombres.

—Aprendí a distinguir si ha estado con uno o con los dos por la cantidad de panes que trae de regalo —añadió Carola con una sonrisa maliciosa.

Paloma le lanzó un trozo de pizza con fingida indignación y las dos estallaron en carcajadas. Estaba claro que entre ellas no había secretos. Aun así, la enfermera contraatacó.

—Carola, en cambio, prefiere entrega a domicilio.

Renata miró a una y a otra, perdida, hasta que la aludida aclaró.

—El repartidor.

El repartidor. Solo había uno en el pueblo. Un hombre enorme, de casi dos metros, que apenas balbuceaba el idioma.

—Pero si es muy… —Renata se trabó.

—¿Feo? Mucho. Pero folla como un animal —cortó Carola sin pestañear—. Para que me den un buen repaso de vez en cuando, más vale empotrador que guapo.

Renata no podía creer que aquellas dos descaradas, casi una década más jóvenes, le estuvieran abriendo los ojos con tanta naturalidad. Y lo cierto era que ella misma llevaba semanas fantaseando con hombres a los que un año atrás ni habría mirado.

—Una intentando dormir después del turno de noche —siguió Paloma, encadenando golpes de palma contra el dorso de la mano— y en la habitación de al lado, ¡clap, clap, clap!

Carola escupió el vino en pleno ataque de risa. Cuando las carcajadas se apagaron, solo acertó a encogerse de hombros.

—Le gusta por detrás. ¿Qué le voy a hacer?

Para su sorpresa, imaginar a Carola tomada contra la pared por aquel gigante le provocó un cosquilleo nada inocente entre las piernas.

—Una vez me la encontré de rodillas en el rellano —remató Paloma, encantada—. Si no se la chupa, no le deja el paquete.

—¿En serio? —A Renata se le desencajó la mandíbula.

—¡Y tanto! —rió Carola, sin un gramo de vergüenza.

Las tres volvieron a reír. Y siguieron así, copa tras copa, contando sus aventuras en el pueblo, espoleadas por la cara de incredulidad de su invitada teóricamente más experimentada. Renata escuchaba fascinada, con un calor ardiente subiéndole desde el vientre hasta las mejillas con cada confesión y cada trago de tinto. Al rato, Carola la invitó a participar, los grandes ojos negros clavados en ella, brillantes de alcohol.

—Aquí solo hablamos nosotras. ¿Tú no tienes ninguna confesión inconfesable?

Renata buceó en su memoria embotada. Le sobraba experiencia, nunca le habían faltado amantes ni remilgos para usarlos, pero no estaba segura de tener nada tan atrevido como lo que acababa de oír. Excepto, tal vez, aquella vez.

—Hace mucho. Estaba en la universidad. Un compañero que ni me gustaba me llevó al cine. Después de media hora intentando meterme mano, el muy imbécil se la sacó y se puso a masturbarse allí, en mitad de la sala.

—¿Y qué hiciste? —preguntó Paloma, ahora ella la que escuchaba con atención.

—Pues en lugar de largarme, que es lo que debí hacer, me quedé mirando como una boba. Hasta que el desgraciado me calentó y terminé chupándosela allí mismo.

Las chicas estallaron como si hubieran metido un gol en el último minuto. Animada por el público, Renata se lanzó a contar la parte que pensaba guardarse.

—Y lo peor es que, cuando se iba a correr, me sujetó la cabeza para no mancharse. Tuve que cruzar todo el hall del cine con la cara hecha un desastre para ir al baño a limpiarme.

—¿¿Y le dejaste?? —Carola fingió un gesto de escándalo.

Renata hizo una pausa dramática, un sorbo coqueto de vino, y se sinceró.

—La verdad es que me gustó.

Carcajadas otra vez. Paloma le tiró un cojín, Carola le rellenó la copa con gesto de aprobación, y Renata se sorprendió de su propia incontinencia.

—Esperad, que hay más. Al volver me dijo que el acomodador nos había estado mirando, y se había hecho una paja viéndonos. Y el cabrón, calladito, dejándome dar el espectáculo.

—Aquí, la que no es zorra es re-zorra —sentenció Carola, alzando la copa en un brindis solemne que terminó de hundir a las tres en la risa.

***

Las bromas siguieron hasta bien entrada la madrugada, entre risotadas y tintineo de cristales, hasta que Paloma dio por terminada su noche.

—Bueno, os dejo, que mañana trabajo.

—Yo también debería irme —dijo Renata, sin haberse dado cuenta de lo tarde que era.

Tan tarde que Carola, con buen criterio, insistió en que se quedara a dormir en el sofá. Renata se moría por llegar a casa, poner algo en el ordenador y masturbarse hasta caer rendida; el vino y aquellas confesiones habían prendido una chispa en el océano de gasolina de su largo celibato. Pero la idea de enfrentarse sola a la noche gélida y cerrada la hizo cambiar de opinión.

Encontrarle un pijama resultó todo un reto. Un top ajustado bastaba para la mitad superior, pero hallar un pantalón en el armario de la atlética Carola capaz de contener las rotundas curvas traseras de Renata era otra historia. Se decidió por unos shorts de baloncesto ridículamente pequeños, que las costuras amenazaban con reventar. Consciente de los kilos ganados en los últimos meses, casi todos en sus nalgas, balbuceó una disculpa. Carola se lo tomó a broma y le propinó una sonora palmada en el trasero.

Mientras Carola se aseaba, Renata decidió devolver la hospitalidad recogiendo los restos de la fiesta. Apiló las cajas de pizza y se acercó al fregadero con las copas, sin poder sacarse de la cabeza la imagen de la esbelta y elegante Carola usada a placer por el repartidor. Fue ella misma quien la sacó de su ensoñación, abrazándola por sorpresa desde atrás mientras dejaba a su lado, en el escurridor, un objeto alargado y rosado.

—¡Te encontré un amante! —rió, señalando el vibrador rosa chillón en precario equilibrio junto al grifo.

Renata estuvo a punto de soltar la copa. Cuando entendió la broma, volvió a estallar en carcajadas con Carola pegada a su espalda. Pero las risas se evaporaron y el abrazo se mantuvo. No era la primera vez que su amiga se tomaba esas confianzas, pero sí la más larga. Su brazo delgado le rodeaba la cintura desnuda; su respiración tibia le acariciaba los hombros. Entonces sus labios se posaron en la nuca despejada por el recogido rubio.

—Aunque siempre hay otras alternativas —susurró Carola, mordiéndole con suavidad el lóbulo de la oreja.

El corazón de Renata se disparó. Sin dejar de fregar una copa que ya brillaba como en un anuncio, preguntó lo innecesario.

—¿Cuáles?

La curiosidad de su presa fue toda la invitación que Carola necesitaba. La mano que le acariciaba el vientre se coló bajo los shorts, sorteando la goma tensada al límite; los dedos se deslizaron, ágiles, por la humedad de su entrepierna, arrancándole un respingo. La otra mano le masajeaba el pecho a través de la fina tela del top prestado.

—Me parece que ya sabes cuáles —murmuró.

Renata no contestó. Siguió fregando mecánicamente, las sienes retumbando, las imágenes de la noche sucediéndose en su cabeza. Y entonces los dedos de Carola la abandonaron de golpe, dejándola huérfana de caricias justo cuando empezaba a perderse. En su lugar, unas yemas tibias y húmedas le recorrieron los labios. Sin pensar, sin soltar la copa, las recibió en su boca. Se saboreó a sí misma, cerró los ojos, y el recuerdo recién desbloqueado de aquella sala de cine volvió a asaltarla con todas sus letras.

***

Carola resbaló por su espalda y se acuclilló detrás de ella, rompiendo la ensoñación. De un tirón certero le bajó los shorts hasta las rodillas, arrastrando la ropa interior. Contempló las pálidas montañas de carne liberadas con la veneración de quien abre un regalo largamente deseado. Acarició, amasó, las abrió, y enterró la cara en aquel valle con un hambre que Renata sintió recorrerle el cuerpo de los talones a la coronilla.

Miró al techo ahogando un grito. En algún momento había soltado las copas y se aferraba al borde de la encimera. En algún momento había arqueado la espalda para ofrecer mejor acceso, y sus caderas se mecían despacio, acomodándose a la lengua que la recorría con la maestría que solo da la práctica. Hasta que un pensamiento la devolvió a la cocina de golpe: Paloma. La tercera ocupante de la casa podía aparecer en cualquier momento.

El sobresalto casi la hizo recuperar la compostura, pero un lametón especialmente profundo la encadenó de nuevo al fregadero. Las piernas le flaquearon. El gemido grave que se le escapó no hubo manera de contenerlo. Carola notó el exceso de ímpetu y aflojó. Se incorporó, cerró el grifo que nadie había recordado y giró despacio a su presa para besarla. Suave primero, exigente después. Renata no cooperó, pero tampoco se opuso. La mano de Carola le sujetó la nuca y su boca quedó invadida por un beso húmedo, amargo a vino, que la colonizó entera.

Entre besos y mordiscos, Carola la arrastró hasta el dormitorio. La danza continuó frente al espejo del armario: tomó a Renata por la barbilla y guió sus ojos hacia el reflejo. Había perdido la mitad inferior de la ropa, salvo unos calcetines blancos; el top no disimulaba sus pezones erectos, y sus curvas pálidas contrastaban con las extremidades morenas que se le enroscaban alrededor. Entonces la colocó de espaldas al cristal y exploró sus nalgas con dedos que prometían y negaban a partes iguales.

—Es un pecado tener este cuerpo pasando hambre —le sopló al oído, el aliento a vino y deseo—. Mírate. Eres una diosa.

Renata no abrió la boca salvo para dejar escapar suspiros. Carola se cansó del monólogo y la empujó de espaldas sobre la cama, sin brusquedad. Se acercó despacio, elegante, felina. En un arrebato instintivo, Renata alzó las piernas y se sujetó la parte de atrás de las rodillas, en silencioso ofrecimiento. Carola sonrió ante la primera muestra real de cooperación, se sacó por la cabeza el camisón azul pálido y se abalanzó sobre el punto débil de su presa con precisión de depredadora.

Lamió más fuerte, chupó más hondo, alcanzó más rincones. Renata se retorcía aferrada a las sábanas, las oleadas de placer a punto de hacerla estallar. Pero Carola conocía el peligro y no se lo permitía: en cuanto la sentía cerca, abandonaba el centro y deslizaba la lengua a otro lugar, paseándola entre la cumbre y el abismo, multiplicando la intensidad de sus gemidos en cada vuelta. Renata se llevó una almohada a la cara para amortiguar el escándalo, pensando en la testigo que dormía al otro lado del tabique. Carola se la arrancó de inmediato y reptó hasta su espalda, friccionando sus pequeños pechos contra ella mientras una mano volvía a la humedad de su entrepierna.

—No te preocupes —ronroneó, mordisqueándole la oreja—. A Paloma no le gustan las mujeres. No va a venir. Pero le gusta escuchar.

Los dedos de Carola se movían cada vez más rápidos.

—Se masturba cuando me oye con el repartidor. Me lo ha contado. ¿No quieres que se masturbe escuchándote a ti?

La mente hirviente de Renata dibujó a Paloma en la cama de al lado. Que vinieran todos, pensó: más bocas, más manos venerando su cuerpo después de tantos meses de sequía.

—Sí —fue todo lo que acertó a susurrar.

Música para los oídos de Carola, que celebró su conquista subiendo las yemas a un punto exacto de su interior y trazando círculos medidos sobre el centro inflamado de su placer. Renata se rompió. El grito que llevaba meses atascado se desbordó por fin, arrollador, liberador, retumbando en la habitación, en el apartamento, en el edificio entero. Se contorsionó, rasgó las sábanas, clavó las uñas en el muslo canela que le abrazaba la cintura, y se derrumbó vacía cuando el orgasmo más intenso de su vida murió despacio, con la calma del deber cumplido.

***

Necesitó unos minutos para recuperar el aliento. Cuando volvió en sí, encontró a Carola tendida sobre ella, los labios mamando sus pezones todavía duros, la entrepierna restregándose contra su cadera. Renata sintió la urgencia de devolver el favor. Recostó a su reciente verdugo de espaldas y se acomodó entre sus piernas sin pararse a pensar.

Se encontró un terreno nuevo, desconocido. Lo exploró con la lengua —otros olores, otras texturas—, pero enseguida se evidenció que no bastaba: el silencio era atronador comparado con la tormenta recién clausurada, y la mano de Carola le acariciaba la cabeza con un gesto casi condescendiente.

Renata concedió la batalla pero no la guerra. Se tumbó de nuevo junto a su amiga y le plantó un beso largo, profundo, húmedo: en eso sí era una maestra. Su lengua revitalizó a Carola, que volvió a cabalgar su muslo restregándolo con fuerza contra su entrepierna. Renata le pellizcaba los pezones puntiagudos, arrancándole gritos que ya no disimulaba, mientras la otra mano buscaba las nalgas, pequeñas y firmes, y deslizaba un dedo hasta el anillo prieto que no dudó en franquear con cuidado.

Carola levantó la cabeza con una sonrisa pícara. Renata se la devolvió y, recuperada al fin la lucidez, decidió ser ella quien entonara el salmo esta vez. Tiró con firmeza de la coleta medio deshecha, exponiendo el cuello de la depredadora convertida en presa.

—La próxima vez que venga tu amigo el repartidor, vengo yo también —le susurró—. ¿Te parece?

—Muy bien —jadeó Carola, dejándose llevar por el dedo que avanzaba en su retaguardia y por la voz que la mecía.

—Nos ponemos las dos para él. Que elija a la que prefiera. ¿A quién crees que va a elegir?

—A ti —no dudó: era la respuesta que el juego pedía y, a la vez, la pura verdad.

Dominada por el tirón cada vez más tenso de su pelo y por el visitante cada vez más profundo, Carola se abandonó. Renata acariciaba el morbo de cada respuesta, la voz dulce chocando contra lo sórdido de las preguntas, hasta que su amiga dejó de escuchar y respondía a todo con monosílabos. Un segundo dedo se sumó al primero, añadiendo un punto de dolor al festín de placer que la zarandeaba.

—Qué buena amiga he encontrado —ronroneó Renata, el tono cariñoso de quien habla a una mascota.

Y ahí la jugada llegó a su límite. Carola implosionó en un orgasmo silencioso, casi aspirado: tembló, arañó, boqueó buscando aire, agitó por fin el pelo libre, contrajo el cuerpo entero alrededor de los dos intrusos y se deshizo. Se desplomó rendida en los brazos de su amiga, que con todo el cuidado del mundo le retiró los dedos arrancándole un último estremecimiento.

Se miraron. De repente sobrias. De repente saciadas. De repente cohibidas. Hasta que una voz retumbó al otro lado de la pared.

—¡Bien hecho, chicas!

Y las dos estallaron en carcajadas.

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Comentarios (6)

Cris_conf

tremendo!!! que noche tan inesperada, me encanto

Marta_Rios

Relato muy bien narrado, se siente que fue real. Segui asi!

RosaElena_74

esperando la segunda parte por favor!!!

PoetaLector33

Lo lei de un tiron, no pude parar. Muy buen ritmo para ser una confesion.

Luzma_UY

Juro que me recordo a algo parecido que me paso hace años, estas cosas pasan mas de lo que creemos jajaja

NadiaBA

¿Y despues que paso? Se hizo muy corto, quede con ganas de saber mas.

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