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Relatos Ardientes

Mi hermanastra me eligió para su primera vez

Eran las tres de la tarde cuando Daniela volvió a casa arrastrando el cansancio de toda la semana. La correduría de seguros donde trabajaba la había tenido pegada al ordenador desde primera hora, sin un respiro. Por suerte era viernes, y tenía dos días por delante para no hacer absolutamente nada.

Su padre y Mónica, su madrastra, se habían marchado a una casa rural hasta el domingo. En la cocina la esperaba una olla de lentejas todavía tibia. Comió sola, en silencio, pensando en lo extraña que había sido su vida hasta llegar a esa mesa.

Sus padres se separaron cuando ella era pequeña. Su madre no quiso saber nada de ella al enterarse de cómo se identificaba, así que se quedó con su padre y apenas volvió a tener noticias suyas. Durante años fueron solo los dos, mientras Daniela hacía su transición. Hasta que su padre rehízo su vida y llegaron Mónica y su hija, Noa, su hermanastra.

Después de comer se tiró en el sofá y puso una serie de fantasía medieval que una plataforma acababa de estrenar. Le gustaba el género, y aunque otras la habían decepcionado, esta parecía distinta. Se quedó adormecida sin darse cuenta, hasta que un sonoro portazo la despertó.

—¡Ya estoy en casa! —anunció la voz de una chica joven.

Daniela escuchó los pasos por el pasillo y alzó un brazo desde el sofá.

—Noa, ¡estoy aquí!

Su hermanastra apareció en el salón con la mochila colgando del hombro, recién llegada de la facultad. A sus veinte años seguía teniendo algo de cría, una forma de moverse despreocupada que a veces irritaba a Daniela y otras le resultaba adorable.

—Ah, estabas aquí —dijo, sorprendida—. Creí que estaba sola.

—Hoy entraba antes, me dejaron salir una hora más temprano —se explicó Daniela.

Noa se descalzó de una patada y se dejó caer en el otro extremo del sofá, sacando el móvil del bolsillo. Dijo que ya había comido fuera con unas amigas y pasó olímpicamente de las lentejas. Daniela suspiró y siguió con su episodio, decidida a no dejar que la chica le quitara la paz de la tarde.

Durante un rato reinó el silencio. Pero entonces sintió un golpecito suave en el brazo. Al volverse, encontró a Noa con la pierna estirada, rozándola con el pie cubierto por el calcetín.

—¿Qué te cuentas? —preguntó la chica, aburrida del teléfono.

—Lo de siempre. He trabajado y estoy cansada —respondió Daniela sin demasiado entusiasmo.

Hablaron de la serie, que a Noa le parecía una frikada, y de pronto la conversación se enredó en si Daniela era una friki por su gusto por la fantasía. La chica metió un poco la pata, aclaró que no se refería a su condición, y Daniela lo dejó pasar. No era la primera vez.

El ambiente quedó algo enrarecido. Las dos se miraban de reojo, ella la tele, Noa el móvil. Hasta que otro roce la hizo estremecerse. El pie de su hermanastra ya no estaba quieto: subía despacio por su muslo, por encima del vaquero, acercándose peligrosamente a la ingle.

—¿Te has enfadado conmigo? —preguntó Noa con una vocecita entre dulce y traviesa.

—No —respondió Daniela de inmediato, tensándose.

El pie seguía recorriendo su pierna, arriba y abajo. Algo empezó a endurecerse dentro del pantalón, y demasiado rápido. Por suerte, la chica detuvo el movimiento, aunque dejó el pie apoyado donde estaba.

—Oye, ¿te importa si pongo los pies en tu regazo?

Daniela tragó saliva y asintió. Iba a ser una tarde más dura de lo que imaginaba.

Intentó concentrarse en la pantalla, pero no podía. Sus ojos se desviaban una y otra vez hacia Noa. Desde que se conocían, esa muchacha la traía de cabeza. Tenía un cuerpo joven de formas adultas, las piernas largas, el culo respingón, los pechos grandes y una carita de ángel enmarcada por una larga melena castaña. Daniela nunca había estado con alguien tan joven; sus únicas experiencias habían sido con mujeres mayores, y lo que sentía ahora era un deseo que nunca había llegado a saciar.

—Oye, ¿te puedo preguntar una cosa? —dijo Noa de repente—. ¿A ti qué te gustan, las mujeres o los hombres?

Daniela se volvió, estupefacta.

—¿Para qué quieres saber eso?

—Curiosidad. Papá y mamá siempre nos insisten en que conectemos, ¿no?

Cedió, como sabía que acabaría haciendo. Le contó que era lesbiana, que se había dado cuenta fijándose en otras chicas, que el cambio de sexo no había tenido nada que ver. Noa la escuchaba con una atención inusitada, sin despegar la vista de ella.

—¿Y te liaste con alguna?

—Con mujeres más mayores, que no se asustaban de que tuviera polla. Incluso lo disfrutaban —confesó, sorprendida de estar abriéndose así—. Para muchas chicas yo era demasiado distinta. La última fue hace un par de años. No es fácil para mí salir y ligar.

—Pues no pensaba que fuera tan duro —comentó Noa, entristecida.

—No todas lo tenemos tan fácil. Tú, por ejemplo, no tendrás problema. Eres muy guapa.

Lo notó al instante. Noa se puso tensa, apartó la mirada, recogió las piernas contra el cuerpo en una pose tímida. Algo se le había removido por dentro. Daniela decidió devolverle la curiosidad con la misma moneda.

—Dime, ¿a ti te gustan los chicos, las chicas o ambos?

El silencio fue revelador. La chica se encerró en sí misma, el dedo índice rozándose los labios, vulnerable y encantadora al mismo tiempo.

—No voy a reírme ni a contárselo a nadie —la calmó Daniela, acercándose un poco—. Te prometo que será nuestro secreto.

Se miraron. Y entonces, sin previo aviso, Noa la besó.

Daniela abrió los ojos de par en par. Su hermanastra la estaba besando, los labios suaves y cálidos pegados a los suyos. Era maravilloso y terrible a la vez. Se despegó enseguida.

—Noa, ¿por qué me has besado? —preguntó, más agresiva de lo que pretendía.

—Para decirte qué me gusta —respondió la chica, resuelta.

—Soy bastante mayor que tú. Y, encima, somos hermanas.

—La edad es un número y no somos hermanas de verdad —la encaró—. Además, creí que te gustaría. Te he pillado mirándome muchas veces. Siempre tienes los ojos en mis tetas y en mi culo.

Daniela se quedó sin defensa. Pensaba que disimulaba mejor.

—No soy de piedra y eres muy bonita, pero eso no significa que vaya a hacer nada contigo.

—So... solo quiero saber qué se siente al besar a una mujer —admitió Noa, y luego, tras un silencio interminable, soltó la verdad—. Mira, me gustas. Y quiero probarlo contigo.

Esa confesión derribó la última barrera. Fue Daniela quien inició el siguiente beso. Cuando sus labios se encontraron, una corriente la recorrió entera. Había deseado aquello demasiado tiempo. Empezó despacio, succionando sus labios, rozándole la lengua, sin asustarla. Cuando se separó, Noa estaba sin habla.

—¿Qué te ha parecido tu primer beso de verdad?

—Bueno... está bien —titubeó la chica.

Daniela rió por lo bajo, le acarició la mejilla y se perdió en su melena. Ya no había vuelta atrás.

—Noa, me vuelves loca —murmuró con deseo y pesar.

Volvieron a besarse, esta vez las dos buscando lo mismo. Las bocas se fundieron, las lenguas entraron en contacto. Noa no tenía experiencia, pero le ponía ganas, y Daniela la guiaba con movimientos suaves. Cuando se separaron, ambas respiraban agitadas.

—¿Ya tendrás algo de experiencia con chicos? —preguntó Daniela.

—Es que... —la chica vaciló, insegura—. Soy virgen.

Casi se le cae la mandíbula al suelo.

—¿Y no querrás... conmigo?

—Sí. Quiero que tú seas mi primera vez —respondió Noa con una certeza que la dejó sin aliento—. Eres cariñosa y atenta. Sé que contigo no será una mala experiencia.

A esas alturas, a Daniela no le quedaba ni una pizca de cordura. La besó de nuevo, esta vez metiéndole la lengua, deleitándose en su calidez. Noa se acomodó a horcajadas sobre ella, pegando su cuerpo al suyo, y entonces ya no hubo nada que pudieran hacer salvo devorarse.

Las manos de Daniela bajaron por su espalda hasta el culo, atrapado en el pantalón de chándal, y lo amasaron con ansia. Noa se restregaba contra ella, los pechos aplastándose, su entrepierna encajada justo sobre la dureza que ya no podía disimular. La tumbó sobre el sofá y le abrió la cremallera de la chaqueta, dejando a la vista unos pechos espléndidos bajo una camiseta blanca.

—Madre mía, vaya delantera —exclamó.

Le quitó la camiseta y la chica, sin quedarse atrás, le arrancó la suya de un tirón.

—No llevas sujetador —comentó Noa, deleitada.

—No me hace falta.

Los pechos de Daniela eran medianos, erguidos, de pezón pequeño y prominente. Los de Noa, en cambio, eran grandes y turgentes bajo el sujetador blanco. La chica se abalanzó sobre ella y empezó a lamerle y a chuparle los pezones con avidez, arrancándole un gemido.

—Quiero saber qué se siente —dijo entre lametazos.

Una mano traviesa le acarició por encima del pantalón, encontró su dureza y le bajó la cremallera para colarse dentro. Con todo el control ya perdido, Daniela le devolvió el favor: le bajó el chándal y le agarró el culo, descubriendo que llevaba tanga. Noa la masturbaba con torpeza pero con ganas, hasta que pidió verla.

Daniela se incorporó y tiró de su pantalón hacia abajo. Su miembro saltó libre, duro, y la chica abrió la boca de par en par.

—Madre mía. Es grande.

La rodeó con la mano y empezó a moverla arriba y abajo, fascinada. Luego, sin previo aviso, se inclinó y plantó un beso en la punta. Daniela vio las estrellas. Noa empezó a lamerla a lo largo del tronco, dejando estelas de saliva, y acabó metiéndosela en la boca todo lo que pudo.

—Ve con calma, hasta donde llegues —le dijo Daniela, acariciándole el pelo.

La chica succionaba con entusiasmo, paladeando la punta, mientras Daniela le sostenía la melena para mirarla. Era la imagen más excitante que había visto nunca. Notó que se acercaba demasiado pronto.

—Para un poco o me voy a correr.

—¿Vas a echar semen? —preguntó Noa, entre el pánico y la curiosidad—. Quiero verlo.

Daniela le guio la mano en una paja lenta, besándola, hasta que el ritmo creció y ya no pudo aguantar.

—¡Me corro, Noa!

Cerró los ojos y sintió los espasmos, los chorros saliendo sin freno. Cuando los abrió, tenía el pecho, el vientre y la entrepierna salpicados de blanco, y a Noa mirándolo todo con los ojos como platos.

—Has echado un montón —dijo la chica, asombrada—. Y sigue dura.

—Llevaba tiempo sin correrme y tengo delante a la chica más sexi del planeta.

Noa, lejos de apartarse, bajó la cabeza y volvió a engullir el miembro, recogiendo los restos. Después subió por su vientre lamiéndolo todo, limpiándole los pechos a lengüetazos, y acabó dándole un beso largo para que Daniela probara su propio sabor.

—Sabe raro. Salado y amargo, pero me encanta —dijo la chica, muy satisfecha.

—Ahora es mi turno —respondió Daniela.

La tumbó de nuevo y le desabrochó el sujetador. Sus pechos quedaron libres, grandes y redondos, con un pezón rosado rodeado de una amplia aureola.

—Son perfectas, Noa.

Los amasó con cuidado, los lamió, los mordisqueó hasta hacerla gritar, y luego empezó a descender. Le besó el vientre, el ombligo, arrancándole cosquillas y temblores, hasta llegar a su sexo. Le quitó el tanga y abrió sus piernas: un coño precioso, de labios finos y depilado, ya empapado.

—De los mejores que he visto —murmuró—. Y ahora te lo voy a devorar.

Sacó la lengua y empezó a lamerlo. Noa se arqueó al primer contacto.

—¡Dios, Daniela!

Apenas la había rozado y la chica ya gritaba que se corría. Su cuerpo se tensó, la espalda se le curvó, y Daniela recogió con la lengua todo lo que pudo. No se detuvo. Se centró en el clítoris, succionándolo, dibujando círculos, mientras la muchacha se retorcía y se mordía un dedo.

—¡Es increíble! ¡No pares!

La hizo correrse otra vez, y otra más, alternando la lengua dentro de ella con sus dedos, prolongando aquella dulce tortura. En un momento bajó hasta el ano, lamiéndolo, mientras dos dedos entraban en su coño estrecho y empapado. Noa ya no podía más.

—Daniela... ¡no aguanto!

Con el pulgar le frotó el clítoris, movió los dedos en círculos y la chica estalló en el orgasmo más salvaje de todos, el torso erguido, las caderas descontroladas. Daniela sintió las contracciones alrededor de sus dedos. Cuando se relajó, casi se cae del sofá.

Sacó los dedos, pringosos, y se los chupó. Luego se tendió sobre ella. Noa estaba medio ida, el pelo revuelto sobre la cara, adorable.

—¿Cómo estás, pequeña?

—Muy bien. Nunca imaginé que se pudiera gozar tanto —respondió, radiante.

Se besaron de nuevo, despacio, mientras Daniela colocaba su miembro otra vez duro contra el vientre de la chica.

—Oye... ¿vamos a hacerlo? —preguntó Noa.

La pregunta la paralizó. Sabía a qué se refería. Pensó en lo que diría su padre, y desterró la idea. Habían llegado demasiado lejos.

—¿Estás segura de que es lo que quieres?

—Claro que sí. Te dije que quería que fueras tú.

—Está bien. Pero déjame hacer a mí, no quiero lastimarte.

Se acomodó sobre ella y deslizó su miembro hasta rozar el coño empapado. Lo restregó arriba y abajo, golpeando el clítoris, arrancándole suaves gemidos. Maldijo no tener condones a mano, pero ya no era momento.

—Relájate. Todo irá bien.

Empujó despacio, metiendo la punta poco a poco. El calor la envolvió de golpe. Noa se tensó.

—¿Te hago daño?

—Tranquila, sigue —susurró la chica.

Avanzó con cuidado, observando cada reacción. Hubo un quejido leve, un pequeño desgarro. Daniela se retiró un poco para comprobar, pero no había sangre, solo brillo. La calmó, le dio un beso y terminó de entrar mientras le decía al oído que respirara hondo.

Después empezó a moverse, lento, marcando el ritmo. Noa gemía, y no de dolor.

—¿Te gusta, cariño?

—Sí, no pares.

Aumentó poco a poco. El coño de su hermanastra era estrecho y caliente, un lugar maravilloso. Bajó a lamerle los pechos que se bamboleaban, atrapando los pezones, y la chica se corrió otra vez, sus paredes apretándose alrededor del miembro. Daniela ralentizó para dejarla descansar, pero enseguida volvió a embestir, más fuerte.

—¡Vas más fuerte que antes! —jadeó Noa, clavándole las uñas en el culo para que entrara más hondo.

Ninguna de las dos podía dar más de sí. Daniela notó que se acercaba el final.

—Voy a correrme. Me salgo fuera.

Pero las piernas de Noa se cerraron alrededor de su cintura, sin dejarla escapar.

—No te salgas —suplicó—. Yo también estoy a punto.

Aquella frase lo cambió todo. Ofuscada, Daniela solo pudo besarla y arreciar los movimientos. Que pasara lo que tuviera que pasar.

—¡Ya llego! —gritó Noa.

—¡Yo también!

Las dos estallaron al unísono. El placer las recorrió como una descarga eléctrica. Daniela sintió las contracciones del coño de su hermanastra al mismo tiempo que su miembro se vaciaba dentro, llenándola de calor. Cuando todo acabó, quedaron destrozadas, una sobre la otra, perladas de sudor.

Pasó un rato hasta que se recuperaron. Daniela se retiró despacio y vio cómo, de dentro de Noa, escapaban los restos de su corrida.

—Echas mucho —comentó la chica, y la hizo sonreír.

Se besaron, ya sin la ansiedad de antes. Habían consumado meses de atracción contenida.

—Joder, lo que acabamos de hacer —murmuró Daniela, con la mente cada vez más fría.

—Era algo que tenía que pasar —respondió Noa, tranquila—. Tú me deseabas y yo llevo prendada de ti desde que nos conocimos. Entonces, somos pareja, ¿no?

—Ya veremos.

—¿En serio? —La frustración le asomó a la cara.

Daniela le acarició la mejilla con ternura.

—Todavía es pronto para lanzarnos a una relación. Primero vamos a ver adónde nos lleva todo esto, ¿vale?

Noa no parecía del todo convencida, pero le respondió con otro beso repentino que valía por un sí. No estaba claro qué les deparaba aquella locura que acababan de empezar, pero sí algo: no querían estar la una sin la otra.

—Por cierto, vamos a follar más, ¿no? —preguntó la chica.

—Estamos solas todo el fin de semana —respondió Daniela, perversa—. ¿Tú qué crees?

Se rieron las dos y se quedaron abrazadas en el sofá, descansando. Daniela pensó en su padre, en Mónica, en cómo demonios iban a llevar todo aquello a escondidas cuando volvieran. Después desterró las dudas. Por ahora solo quería disfrutar del momento. Lo demás ya lo resolverían más tarde, como fuera.

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Comentarios (6)

GatoSalvaje

increible!!! uno de los mejores que lei en mucho tiempo, en serio

ValentinaCordoba

Me encanto como lo fuiste construyendo de a poco, se siente muy natural. Sigue escribiendo asi!!

Claudio_Lec

Que situacion tan inesperada la del inicio, el detalle del pie me parecio muy original para arrancar. Raramente un relato me atrapa desde el primer parrafo pero este si lo logro. Felicitaciones, de verdad.

MartinGBA

jaja esa tarde tranquila no fue tan tranquila al final 😄 buenisimo

Fernanda_Lect

me recordo a una novela que lei hace unos años pero esto esta mucho mejor contado, mas creible. gracias por compartirlo

LoboSur88

hay segunda parte? porque asi no se puede dejar jajaja. muy bueno en serio

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