La depilación lésbica que terminó en mi primera vez
Mi amiga salió sonriendo de la camilla y me dejó sola con una esteticista que me tocó demasiado bien para que aquello fuera solo depilación.
Mi amiga salió sonriendo de la camilla y me dejó sola con una esteticista que me tocó demasiado bien para que aquello fuera solo depilación.
El viernes subimos al coche riéndonos, pero cuando ella cerró las puertas entendí que el juego iba en serio y que ya no mandábamos nosotras.
Cuando me hizo pasar al frente, pensé que solo señalaría músculos; no imaginé acabar desnuda, mojada y abierta ante las otras tres.
Fui a verla pelear y terminé besándola en un callejón, con la sangre aún fresca en su boca y unas ganas salvajes de hacerla mía.
Pensé que aquella cena era una broma, hasta que vi a mi amante entrar del brazo de otra mujer y entendí que esa noche iba a mirar, tocar y aprender.
Fui a enfrentar a la amante de mi ex y terminé mirando su cuerpo demasiado tiempo, imaginando todo lo que no debía desear.
Después del turno, sus miradas ya no eran inocentes; cuando cerré la puerta de mi cuarto, supe que esa primera vez no iba a quedarse en un simple beso.
Pensé que iba a compartirla con un hombre una sola noche, pero cuando abrió la puerta y vi a la otra mujer, ya era demasiado tarde para echarme atrás.
Subí solo para encontrar un baño libre, pero la invitada que me guió cerró la puerta y me miró como si ya hubiera decidido qué iba a hacer conmigo.
Cerraron las puertas de la torre para hablar, pero cuando sus manos se tocaron, la tensión dejó de ser política y se volvió una necesidad imposible de frenar.
La rueda rota nos dejó solas en el bosque, y cuando ella apareció desnuda entre las ramas supe que el viaje ya no terminaría igual.
Creí que solo iban a revisarme al llegar, pero la encargada cerró la puerta, me miró de arriba abajo y entendí que aquella noche iba a obedecer.
Cerré la puerta del consultorio temblando; cuando me pidió que me quitara la ropa, supe que no había olvidado nada de la otra vez.
Esa madrugada, cuando la casa por fin quedó en silencio, ella entró en mi habitación y dejó claro que ninguna de las dos iba a dormir.
Ella me miró como si aún me conociera por dentro, y tuve que fingir frialdad mientras mi cuerpo entero recordaba sus manos.
Creí que íbamos a cenar y hablar, pero mi vecina me llevó a un sitio donde todos parecían conocerla y yo terminé cruzando un límite.
Llegó con su bolso, una excusa torpe y una mirada demasiado fija en mi escote; cuando sacó aquel juguete, supe que no venía solo a estudiar.
Cuando vi cómo ella miraba a mi novio, pensé que iba a enfurecerme; en cambio, sentí ganas de empujarla hacia él y mirar de cerca.
Tenía sangre ajena en las manos cuando cerró la puerta de mi cuarto y me pidió algo que ya no sonó a orden, sino a hambre.
Me fascina mirar y que me miren. Esa noche en la arena, con Ingrid desnudándose frente a mí bajo la luna, lo entendí del todo por primera vez.