Provocó a su ex y terminó de rodillas ante ella
Creyó que pasearse medio desnudo la pondría nerviosa. Lo que no imaginó es que esa noche aprendería, a la fuerza, quién mandaba de verdad en esa casa.
Creyó que pasearse medio desnudo la pondría nerviosa. Lo que no imaginó es que esa noche aprendería, a la fuerza, quién mandaba de verdad en esa casa.
Creyó que esa noche mandaría él. En cuanto cruzó la puerta, las cuerdas ya estaban listas y sus sonrisas no tenían nada de inocentes.
No planeabas trabajar ese día, pero el mensaje sonaba a una orden. Lo que no sabías era que tus compañeras llevaban semanas esperando verte entrar así.
Vino a comprarme el libro y se sentó en mi regazo dándome la espalda. «Léelo despacio, en voz alta», le pedí, mientras mis dedos empezaban a bajar por su vientre.
Cuando me dijo que llevaba tres días con la regla no aparté la mano: la acerqué más, porque su sinceridad fue el principio de todo lo que vino después.
Cuando Mariela tomó el micrófono y dijo que el local quedaba cerrado para nosotras solas, entendí que esa noche ninguna iba a volver a casa siendo la misma.
Cada mañana la miraba salir de la cocina con el camisón pegado al cuerpo y se conformaba con migajas. Hasta que el cafetal las dejó solas todo el día.
Llevaba años entrando sola a ese club, esperando una mirada que se quedara en ella. Esa noche unos dedos desconocidos la tomaron de la mano y la arrastraron a la oscuridad.
«Normalmente ahora tendrías que arrodillarte y esperar en silencio», me dijo mientras me ajustaba el collar. No sabía que sería yo quien terminaría mandando.
«Tranquila, déjate llevar», me dijo en la puerta, y supe que esa noche iba a aprender algo que ningún hombre me había mostrado jamás.
Me dejó agitada frente al espejo, con la ropa a medio acomodar y una promesa colgando en el aire: esto no se iba a quedar así.
La cala estaba casi vacía cuando Carla se quitó el vestido sin pudor, y Lucía entendió que aquel verano no iba a tratarse solo de trabajar.
La recuerdo en la puerta de su librería, con el pelo casi blanco y esos ojos imposibles. Pasaron diez años hasta que volví a tenerla cerca, y esta vez no pensaba dejarla ir.
De todas las que pasaron por aquella fiesta, ella fue la única que no probé. Por eso, cuando su nombre apareció en mi teléfono al día siguiente, supe que no iba a poder negarme.
Llegamos haciendo rugir la moto para que todos miraran. Pero yo solo tenía ojos para la chica de la tienda de al lado y para lo que esa noche íbamos a compartir.
Cada vez que la chica entraba a su casa, algo se encendía dentro de ella. Aquella tarde, por primera vez, no había nadie más para interrumpirlas.
La conocí en las excursiones, exótica y segura de sí misma. Jamás imaginé que un comentario suyo en la piscina acabaría conmigo desnuda en la habitación de mi marido.
La detesté desde que entró: alta, callada, insoportable. Lo que no esperaba era pasar la noche imaginándola, ni lo que vendría después en la oficina vacía.
Frente a la cámara, la sexóloga prometió una simple clase de anatomía. Pero cuando la conductora deslizó la mano bajo su tanga, las dos supieron que ya no había vuelta atrás.
Aceptó la sesión buscando fotos elegantes para su perfil. No esperaba que esa cámara antigua terminara desnudándole mucho más que el cuerpo.