Mi amiga me enseñó lo que él no podía darme
Camila y Sofía acababan de cumplir diecinueve. Eran inseparables desde los catorce: se contaban absolutamente todo, desde los enredos del último año del colegio hasta los detalles más íntimos con los chicos. Camila llevaba casi un año saliendo con Lautaro, un universitario que parecía muy maduro cuando hablaban por mensaje, pero que en la cama seguía siendo un desastre de apuros y finales prematuros. Sofía, en cambio, prefería no atarse a nadie. «¿Para qué? —repetía siempre—. Si total terminan aburriéndose o haciendo alguna estupidez».
Eran el día y la noche en cuanto a cuerpos. Camila era alta y delgadísima: un metro setenta y dos, cintura estrechísima, pechos pequeños pero firmes, glúteos redondos y respingones, piernas larguísimas que parecían no acabar nunca. Sofía, en cambio, era pura curva: caderas anchas, una cola grande y mullida que se movía con cada paso, vientre suave con esa redondez sabrosa, pechos abundantes que desbordaban cualquier sostén y muslos carnosos que rozaban al caminar.
Se querían con locura, y aunque nunca habían cruzado una línea más allá de abrazos largos y algún roce casual en el sillón, últimamente hablaban demasiado de «mejorar» para cuando estuvieran con hombres.
Esa tarde de viernes los padres de Sofía habían salido de la ciudad por el fin de semana largo. Casa sola, persianas a media luz, olor a café recién hecho y a las velas de vainilla que Camila siempre llevaba en la mochila. Las dos estaban tiradas en la cama matrimonial de Sofía, en ropa interior y una camiseta ancha, con la computadora abierta mirando un video titulado «cómo estimular la próstata para que se vuelva loco».
Camila suspiró y se mordió la uña del pulgar.
—Te juro que no aguanto más, Sofi. Lautaro se viene en dos minutos, máximo tres. Le dije mil veces que pruebe algo distinto, que se anime, que me deje meterle un dedo por detrás… y siempre me sale con que «eso es cosa de maricones». Y yo pienso: si supieras lo que se siente cuando te lo hacen bien…
Sofía soltó una carcajada ronca, profunda, de las suyas.
—¿Asco le da? Si le metieras la verga entera te pediría tres dedos y que le hicieras «ven» con ellos adentro. Los hombres son muy machos hasta que les toca abrirse de verdad.
Silencio breve. Se miraron de reojo. Camila se puso colorada hasta las orejas.
—¿Y si… lo probamos nosotras? —soltó, casi sin respirar—. Solo para aprender. Para saber cómo se siente, cómo hacerlo despacio, cómo no lastimar. Y después volverlos locos a ellos.
Sofía se incorporó sobre los codos, con los ojos muy abiertos.
—¿Hablas en serio, flaca? ¿Quieres que compremos un arnés y que nos cojamos la una a la otra solo para «practicar»?
Camila se tapó la cara con las manos.
—No sé… dicho así suena medio loco. Pero confiamos la una en la otra. No va a haber morbo raro ni dramas. Solo aprender. Y si después nos arrepentimos, paramos y listo.
Sofía se quedó callada un rato largo, mirando el techo. Camila contaba mentalmente los segundos.
—No sé, Cami. Me da cosa. ¿Y si después nos miramos distinto? ¿Y si una se calienta de más y la otra se siente incómoda? ¿Y si mañana no podemos vernos a la cara sin morirnos de vergüenza?
Camila respiró hondo y se sentó frente a ella, cruzando las piernas.
—Si nos da vergüenza, hablamos y ya está. Pero, Sofi, llevo meses pensando en cómo hacer que Lautaro se vuelva loco y no se me ocurre nada nuevo. Y tú siempre dices que a los hombres hay que darles por atrás para que se rindan. ¿No sería… útil de verdad?
Sofía resopló, mitad risa, mitad nervios.
—«Útil», dice. Bueno. Pero con reglas claras. Nada de besos en la boca. Nada de palabras cursis. Solo práctica. Y si una dice «para», se para al instante. ¿Trato?
Camila asintió despacio. El corazón le latía contra la garganta.
—Trato.
***
Abrieron la app de envíos. Tardaron casi veinte minutos en decidirse: un arnés negro básico y un dildo morado oscuro, venoso, realista, de unos dieciocho centímetros, grueso pero no exagerado. «El más vendido en categoría intermedia», decía la descripción. Pagaron con el celular y eligieron envío exprés.
Cuando llegó el repartidor, Sofía bajó corriendo en camiseta y calzas, pagó con la cara ardiendo y subió con la bolsa apretada contra el pecho.
—Te juro que el chico me miró como si supiera exactamente qué hay aquí adentro —murmuró, cerrando la puerta con el codo.
Sacaron el contenido sobre la cama. El arnés olía a goma nueva, limpia, casi medicinal. El dildo, fuera del envoltorio, era más imponente de lo que había parecido en las fotos. Las dos se miraron y les agarró la risa tonta.
—¿Quién lo lleva puesto? —preguntó Camila.
Sofía se encogió de hombros.
—Lo echamos a suertes. Piedra, papel o tijera. La que pierde se lo pone y se la mete. La otra se deja.
Jugaron seis rondas porque no paraban de reírse y de hacer trampa sin querer. Al final ganó Sofía.
—Me tocó a mí —dijo, riendo pero con los nervios temblándole en la voz—. Vale. Pero primero respiramos. Tomamos algo, nos calmamos.
Se prepararon dos infusiones cada una, sentadas en la mesa de la cocina, en silencio. Camila no paraba de mover la pierna debajo de la mesa. Sofía se mordía el interior de la mejilla.
—¿Seguimos o lo dejamos? —preguntó Sofía al fin.
Camila respiró hondo.
—Seguimos. Pero despacio. Y si nos angustia, paramos sin drama.
***
Volvieron a la habitación. Sofía se quitó la ropa interior de un tirón y se ajustó el arnés sobre las caderas anchas. Le quedaba imponente; el dildo morado apuntaba hacia adelante como una promesa obscena. Camila se desnudó también, dejándose solo el corpiño deportivo. Se tendió boca abajo sobre la cama, con las piernas un poco abiertas.
Sofía se arrodilló detrás, vertiéndose lubricante en la palma.
—Escúchame bien, flaca —dijo con voz baja y firme, mientras le separaba las nalgas con cuidado—. Vas a ser una niña muy valiente hoy. Te voy a abrir despacito, te voy a entrar entera y vas a aprender a disfrutarlo. ¿Entendido?
Camila escondió la cara en la almohada y asintió.
—S-sí…
Sofía empezó por untar bien con dos dedos, entrando y saliendo despacio. Camila se estremeció y arqueó apenas la espalda.
—Mírate. Ya estás empapada, nena. Te calienta mucho que tu amiga te vaya a coger, ¿verdad?
Camila gimió bajito contra la tela de la almohada.
—No sé… me da cosa… pero sí…
—Entonces relájate y déjame entrar. Respira hondo. Así. Buena niña.
Apoyó la punta del dildo y empujó despacio. La cabeza entró con un sonido suave, casi un chasquido. Camila soltó un quejido largo, mitad sorpresa, mitad alivio.
—Lo estás haciendo perfecto —susurró Sofía, acariciándole la espalda con la palma abierta—. Sigue respirando. Ahora viene lo mejor.
Fue entrando centímetro a centímetro, deteniéndose cada vez que sentía resistencia. Cuando estuvo hasta el fondo, pelvis contra glúteos, las dos quedaron quietas un instante, jadeando en la penumbra.
—Estás apretadísima, flaca —murmuró Sofía con la voz ronca—. ¿Te gusta sentirme tan adentro?
Camila empujó un poco hacia atrás, asintiendo con la frente apoyada en la almohada.
—Muévete… despacito… por favor…
Sofía empezó a bombear lento, saliendo casi del todo y volviendo a entrar hasta chocar. El sonido húmedo del lubricante llenaba la habitación.
—Así, nena. Empuja hacia atrás cuando yo empuje. Muy bien. Estás siendo una alumna perfecta.
***
Después de unos minutos, Sofía se inclinó sobre su oído.
—¿Quieres probar otra postura, valiente? Dime cuál te apetece.
Camila levantó la cabeza, colorada hasta el cuello.
—Quiero… verte la cara. Ponme boca arriba.
Cambiaron la postura. Camila boca arriba, piernas abiertas y flexionadas contra el pecho. Sofía entre sus muslos, apoyándose en los antebrazos. Volvió a entrar despacio, mirándola fijo a los ojos.
—Mírame, flaca. Mira cómo te entra entera. ¿Ves lo que te hago? Vas a aprender a coger así de bien con tu novio.
Camila gemía más fuerte, clavándole las uñas en los antebrazos.
—Más rápido… por favor, Sofi… más fuerte…
Sofía aceleró el ritmo, profunda y constante, sin apartar la mirada.
—Así. Te gusta, ¿verdad? Te gusta que te den. Vamos, córrete para mí, nena.
No me la creo. Mi mejor amiga. Me está pasando con mi mejor amiga.
Después probaron de nuevo en cuatro patas, pero esta vez con Camila de pie, inclinada sobre el borde de la cama. Sofía detrás, agarrándola de las caderas estrechas, embistiendo con fuerza controlada.
—Empuja hacia atrás, flaca. Enséñame lo caliente que estás. Qué culo más rico tienes.
Camila empujaba, gimiendo casi sin control, con las manos aferradas al borde del colchón.
—Siento que me llega hasta el estómago… no pares…
Por último, Camila se sentó a horcajadas sobre Sofía, que se tendió boca arriba en la cama. Controlaba ella la profundidad, subiendo y bajando despacio al principio, luego más rápido. Las manos de Sofía le sostenían los glúteos, marcándole el ritmo desde abajo.
—Mírate. Cabalgándome como una campeona —jadeaba Sofía, con los ojos clavados en los pechos pequeños que se sacudían sobre su cuerpo—. Frota el clítoris contra la base. Así. Muy bien. Te vas a correr fuerte, ¿verdad?
Camila aceleró el ritmo, temblando entera. Tenía los ojos cerrados y los labios entreabiertos.
—Me corro… me corro… ¡Sofi!
Se tensó, un temblor le recorrió las piernas y un chorrito caliente le mojó el pubis a Sofía. Gritó su nombre con la voz quebrada y se desplomó sobre ella, jadeando contra su cuello.
Sofía no se detuvo. Empujó hacia arriba un par de veces más, frotándose contra la base del arnés hasta que sintió cómo su propio orgasmo trepaba sin aviso, sordo y profundo.
—Me corro… contigo… mierda…
Quedaron las dos derrumbadas, sudadas, jadeando, con el dildo todavía adentro. Pasaron varios minutos sin hablar, solo respirando. Afuera empezaba a oscurecer y la luz anaranjada del atardecer entraba en franjas por la persiana.
***
Camila fue la primera en romper el silencio, con voz pequeña.
—¿Te pareció… muy raro?
Sofía le acarició el pelo, riéndose flojito contra su sien.
—Al principio sí, mucho. Pero después… mierda, estuvo increíble. Y tú fuiste una alumna perfecta. ¿Y tú?
Camila sonrió, cansada pero feliz, todavía apoyada sobre su pecho.
—Al principio me daba pánico. Pensaba que íbamos a sentirnos mal después. Pero estuvo bueno. Muy bueno. Y útil de verdad.
Sofía le dio un beso suave en la frente. Cariñoso. Limpio. Como los miles de besos que se habían dado siempre, salvo que ahora pesaba algo distinto debajo de los labios.
—Bueno. Ya sabes cómo se hace. Pobre Lautaro.
Camila soltó una carcajada contra su cuello.
—Pobre Lautaro nada. Va a aprender, aunque tenga que enseñarle yo con el dedo y la paciencia que me sobra ahora.
Sofía la apretó un poco más fuerte y cerró los ojos, esbozando una sonrisa que Camila no llegó a ver.
—Y si no aprende, ya sabes dónde encontrarme.
Camila no respondió. Se quedó muy quieta, escuchando el latido tranquilo bajo su mejilla, pensando que esa frase iba a quedar dando vueltas en su cabeza mucho más tiempo del que querría admitir.