Mi amiga virtual me besó por primera vez en Sevilla
Nunca había imaginado que un juego de palabras en línea me llevaría hasta el otro lado del océano. Y mucho menos que terminaría descubriendo, a los cuarenta y dos años, una parte de mí que llevaba toda la vida durmiendo.
Elena vivía en Sevilla. Yo, en Rosario. Habíamos coincidido por accidente en una aplicación de palabras cruzadas que se había puesto de moda en cuarentena, y un día, sin pensarlo demasiado, le mandé un mensaje privado para felicitarla por una jugada brillante. Ella respondió con un emoji y un comentario corto. Esa noche estuvimos hablando hasta las tres de la mañana.
Pasó un año entero. Un año de mensajes diarios, de notas de voz mientras lavaba los platos, de fotos sin filtro, de confesiones que nunca le había hecho a nadie. Le contaba lo que no le contaba a mi marido. Ella me contaba lo que no le contaba a sus hijas. Éramos amigas en un sentido que no necesitaba presencia física para existir, y por eso nos parecía indestructible.
El viaje surgió en una conversación tonta. «Si vinieras, te llevaría a comer una tortilla que te haría llorar», me escribió una noche. Yo respondí «dale, marcalo en el calendario» como un chiste. Tres semanas después tenía el pasaje comprado.
Cuando bajé del avión en Sevilla, ella me esperaba con un cartel ridículo escrito a mano y los ojos rojos. Nos abrazamos como dos personas que se conocían de toda la vida, y al mismo tiempo como dos desconocidas que recién se descubrían el olor. Hubo algo en ese abrazo que duró un segundo más de la cuenta. Las dos lo notamos. Las dos fingimos no notarlo.
***
Los primeros cuatro días pasaron como tenían que pasar. Caminamos por el casco antiguo, comimos demasiado, tomamos vino blanco frío en una terraza con vista al río. Elena me presentó a su hermana, a su mejor amiga, a la vecina del piso de arriba. Yo le contaba anécdotas del trabajo, ella me hablaba de sus hijas adolescentes que estaban en casa del padre esa semana.
Y aun así, había algo en el aire que ninguna nombraba.
Yo notaba su mirada cuando creía que no la veía. Ella se reía demasiado fuerte cuando yo decía algo apenas gracioso. Cuando cruzábamos una calle me agarraba del codo y dejaba la mano ahí, dos segundos más de lo necesario. Cuando nos sentábamos en el sofá a ver una serie, su pierna terminaba pegada a la mía, y ninguna de las dos se movía.
No es nada, me decía en silencio antes de dormir. Es la intensidad de verla en persona después de tanto tiempo. Es la confianza acumulada. Es eso.
Mentía y lo sabía.
Las dos habíamos hablado más de una vez, en chats nocturnos, sobre la atracción entre mujeres. Las dos coincidíamos en que no nos llamaba. Yo le había dicho una vez que me parecía hermoso pero que no era para mí. Ella me había contado que una compañera de la universidad había intentado besarla en una fiesta y que ella se había apartado sin dudar. «No me sale», me había escrito. «Lo respeto, pero no me sale».
Esa frase me volvió a la cabeza la quinta noche, sentadas en su sillón con las luces apagadas y la televisión muda de fondo. Estábamos jugando al mismo juego de palabras de siempre, cada una con su móvil, riéndonos en voz baja cuando una le ganaba a la otra. Eran casi las dos de la mañana.
Le toqué la mano.
No fue planeado. Fue casi un acto reflejo. Estaba escribiendo una palabra y, sin pensarlo, dejé los dedos sobre el dorso de su mano izquierda, como si hubiera querido apoyarme. Ella no me miró. No retiró la mano. Siguió tipeando con la otra, pero algo cambió en su respiración. La oí.
Mi corazón empezó a latir tan fuerte que pensé que me lo iba a escuchar.
***
Pasaron quince minutos así, o quizás media hora, no sabría decir. Mi mano sobre la suya, las dos fingiendo seguir el juego, las dos sabiendo que ya no estábamos jugando a nada. En algún momento ella dejó el móvil en la mesita. Yo dejé el mío. Quedamos en silencio, una al lado de la otra, con la luz azul del televisor parpadeando sobre nuestros rostros.
—¿Qué estamos haciendo? —preguntó por fin, casi en un susurro.
—No lo sé —contesté. Y era cierto.
Ella se giró un poco hacia mí. Yo me giré también. Estábamos a quince centímetros de distancia y sentía su respiración tibia contra mi mejilla. Levanté la mano y le toqué la mandíbula con la yema de los dedos. Tenía una piel suave que no había imaginado que pudiera ser tan suave. Pasé el pulgar por la curva de su pómulo.
Me incliné.
El primer beso fue casi un roce. Apenas mis labios contra los suyos, tan breve que podría haberse desmentido a sí mismo. Ella se apartó dos centímetros, abrió los ojos, me miró como si necesitara confirmar que estaba pasando de verdad. Y volvió.
El segundo beso fue distinto.
Empezamos despacio, sin lengua, solo labios contra labios, descubriendo. Sus labios eran más blandos que cualquier labio que hubiera besado antes. Tenían el sabor del vino blanco que habíamos tomado en la cena y de algo más, algo dulce y propio que no sabría nombrar. Nos besamos así un rato largo, sin prisa, como si el resto del mundo hubiera dejado de existir.
Cuando entreabrió los labios, yo entendí. Saqué la lengua apenas y le delineé el labio inferior. Lo recorrí entero, despacio, sintiendo cómo se estremecía. Y entonces sentí su lengua buscar la mía, tímida primero, más segura después. Empezamos a besarnos de verdad, con la boca abierta y los ojos cerrados, y descubrí que besar a una mujer era algo completamente distinto de todo lo que había conocido.
***
Cuanto más profundo era el beso, más me daba cuenta de lo mojada que estaba. Era una humedad que no recordaba haber sentido en años, una urgencia animal que me sorprendió a mí misma. Ella tenía la mano apoyada en mi cintura, indecisa, sin atreverse a subir ni a bajar. Yo le tomé la muñeca y se la llevé al pecho, por encima del pijama.
Soltó un suspiro que no había podido contener.
La tela del pijama era de algodón fino y bajo ella se notaba todo. Le toqué el pecho con la palma abierta y sentí cómo el pezón se endurecía contra mi mano. Ella seguía besándome, ahora con más hambre, mientras yo bajaba la mano por el costado de su torso, por la curva de su cintura, por la cadera. Le rocé el vientre con los dedos y lo encontré tibio, vivo, vibrando.
—Nunca había hecho esto —murmuró ella entre besos.
—Yo tampoco —dije.
—¿Y si no sabemos?
—Vamos a aprender.
Volví a besarla con más decisión y dejé que mi mano subiera otra vez hasta sus pechos. Le acaricié los dos, uno y otro, dibujando círculos lentos por encima de la tela. Ella tenía la respiración entrecortada y los ojos cerrados, y de vez en cuando soltaba unos gemidos cortos, casi suspiros, que me dejaban sin aire.
Le besé el cuello. Le mordí el lóbulo de la oreja. Le pasé la lengua por la línea de la mandíbula hasta el mentón y volví a su boca. Cada vez que la oía gemir, yo sentía que algo se me apretaba en el bajo vientre.
***
No sé en qué momento dejamos de estar sentadas. Sé que en algún punto ella se recostó hacia atrás sobre el sillón y yo me acomodé encima, con una pierna entre las suyas. Sé que le pasé la mano por debajo de la camiseta del pijama y le sentí la piel desnuda del vientre por primera vez. Sé que ella levantó las caderas, casi sin darse cuenta, buscando más contacto.
Nos quedamos así mucho rato, besándonos, tocándonos por encima y por debajo de la ropa, sin llegar a quitarnos nada. No había prisa. Había algo casi reverencial en cada gesto, como si las dos supiéramos que cada descubrimiento era un umbral del que no íbamos a poder volver. Le acaricié el muslo, le besé el hueco de la clavícula, le metí los dedos en el pelo y se lo despeiné entero.
Ella me hacía lo mismo. Tímida al principio, más atrevida después. Me tocó el pecho y respiró fuerte. Me besó el cuello y me hizo soltar un quejido que no me esperaba escuchar de mí misma. Me miró a los ojos en algún momento, con una mezcla de miedo y de hambre que no le había visto nunca, y supe que estábamos pensando exactamente lo mismo.
***
Eran casi las cinco de la mañana cuando paramos. No paramos porque quisiéramos parar. Paramos porque las dos teníamos miedo de lo que venía después, y porque las dos necesitábamos un instante para entender lo que había pasado. Nos quedamos abrazadas en el sillón, sin decir nada, escuchando el ruido lejano de un camión de basura en la calle.
—Mañana —dijo ella al rato, con la voz ronca.
—Mañana —repetí.
Y nos fuimos cada una a su habitación, como si todavía pudiéramos fingir que nada había cambiado, sabiendo perfectamente que todo había cambiado. Me metí en la cama de la habitación de huéspedes con el pijama todavía oliendo a ella, y me toqué hasta que me dormí pensando en sus labios.
Me quedaban cuatro días más en Sevilla.
Y ya no quedaba ninguna duda de cómo iban a ser.