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Relatos Ardientes

La fantasía con otra mujer que nunca me animé a cumplir

Antes que nada, quiero agradecerles. No me esperaba la repercusión que tuvo mi primer relato y, la verdad, me dio un poco de pudor leer tantos mensajes. Pero también me dio ganas de seguir. Así que acá estoy de nuevo, escribiendo a la una de la mañana, con la casa en silencio y la lámpara baja.

Me gusta imaginar que del otro lado de la pantalla hay alguien que se excita leyéndome. Que se acomoda en la cama, que respira un poco distinto, que se desabrocha algo sin darse cuenta. Por eso les pido, casi como un capricho, que me cuenten qué hacen mientras me leen. Saberlo me calienta más que cualquier otra cosa.

Hoy les voy a confesar algo que nunca hice. Una fantasía que tengo desde hace años y que jamás llevé a la práctica: estar con otra mujer. Cuando me toco, no pienso en un hombre. Pienso en eso. Y me excita de una manera que ningún recuerdo real logra igualar.

No sé bien por qué. Tal vez porque una mujer sabe exactamente dónde tocar, cómo demorarse, cuándo apretar. Tal vez porque hay algo prohibido en mirarse de igual a igual, sin que nadie tenga que dominar a nadie. La cuestión es que cierro los ojos, dejo que la mano baje sola, y aparece ella.

Me la imagino parecida a mí. Delgada, pero firme, con las piernas marcadas y los glúteos redondos de quien hace ejercicio sin obsesionarse. El abdomen plano, los pechos grandes y pesados, la boca ancha, la nariz pequeña. La piel suave, sin un solo defecto. El pelo lacio, prolijo, cayéndole por la espalda. La llamo Mara, aunque sé que no existe. Es lo más cerca que estoy de animarme.

En mi cabeza estamos las dos acostadas en una cama enorme, con sábanas blancas y la ventana entreabierta. Hace calor. No pasó nada todavía, y esa parte es la que más me gusta: el momento en que aún se puede dar marcha atrás y ninguna de las dos quiere.

Empezamos despacio. Le acaricio la cara con la punta de los dedos, le sigo la línea de la mandíbula, el cuello, el hueco detrás de la oreja. Ella se ríe bajito, como si le hiciera cosquillas, y me devuelve la caricia con la misma calma. Nos miramos de cerca, demasiado cerca, hasta que la risa se apaga sola.

—¿Estás segura? —me pregunta, casi en un susurro.

—Hace años que estoy segura —le contesto, y la beso.

El primer beso es suave, apenas un roce de labios. El segundo ya no. Abro la boca, busco su lengua, y siento cómo la respiración se le agita contra mi mejilla. Tiene los labios llenos, calientes, y un sabor dulce que no sé describir. Le muerdo despacio el labio de abajo y ella suelta un suspiro que me eriza la piel entera.

Nuestras manos empiezan a moverse por su cuenta. Le subo la remera por la espalda y ella levanta los brazos para que se la saque. Después le toca a ella desvestirme a mí. Quedamos con el corpiño, mirándonos, y la verdad es que casi me da más placer mirarla que tocarla. Pero solo casi.

Le desabrocho el corpiño con una mano, sin dejar de besarla. Cuando sus pechos quedan libres, los míos ya están duros contra la tela. Me lo saco yo misma, impaciente, y nos abrazamos piel contra piel. Subimos y bajamos despacio, los pezones rozándose, y ese contacto mínimo me prende fuego de una forma que no entiendo del todo.

Esto es lo que siempre quise. Esto exactamente.

Los besos se vuelven más profundos. Le agarro la nuca, la atraigo, y ella desliza una pierna entre las mías. Siento el muslo presionando justo donde lo necesito, y sin querer empujo contra ella. Estoy empapada. Lo nota, porque sonríe contra mi boca y baja la mano para comprobarlo.

Me toca por encima de la tanga, una tela finita de encaje que ya no sirve de nada. Sus dedos dibujan círculos lentos, presionando apenas, y yo hago lo mismo con ella. Está tan mojada como yo. Nos tocamos a la par, mirándonos a los ojos, midiendo en la cara de la otra cuánto falta para no aguantar más.

—No tan rápido —le pido, aunque no quiero que pare—. Quiero que dure.

Ella me hace caso. Saca la mano, me besa el cuello, baja por el medio del pecho, se demora en cada pezón con la lengua hasta que arqueo la espalda. Sigue bajando. Me besa el vientre, la cadera, la cara interna del muslo, y cada beso me deja más cerca del borde sin tocarme donde más lo pido.

Cuando por fin me saca la tanga, lo hace despacio, deslizándola por las piernas como si tuviera todo el tiempo del mundo. Yo ya no respiro bien. Tengo las piernas abiertas, el corazón golpeándome en la garganta, y la veo acomodarse entre ellas con una calma que me desespera.

La primera pasada de su lengua es lenta, de abajo hacia arriba, y me sacude entera. Suelto un gemido que ni reconozco. Ella repite el movimiento, suave, paciente, y después empieza a hacer círculos justo en el punto exacto, ese que ningún hombre encuentra a la primera. Pero ella sí. Porque ella sabe.

Mientras me lame, me sube las manos por el abdomen y me agarra los pechos con fuerza, apretándolos, jugando con los pezones entre los dedos. Yo le hundo la mano en el pelo, la sostengo ahí, le marco el ritmo sin decir una palabra. Tengo los ojos cerrados y el cuerpo tenso como una cuerda.

No todavía. Por favor, no todavía.

Y la freno. Porque hay algo que quiero más que acabar así. Algo con lo que sueño desde hace tanto que casi me da vergüenza confesarlo. La hago subir, la beso para sentirme a mí misma en su boca, y la siento en la cama frente a mí.

Nos acomodamos despacio, enredando las piernas, hasta que quedamos las dos abiertas y unidas justo en el centro. El primer roce me corta la respiración. Está empapada, igual que yo, y al juntarnos el resbalón es perfecto, tibio, eléctrico. Nos quedamos un segundo quietas, asimilando lo que se siente.

Después empezamos a movernos. Despacio al principio, buscando el ángulo, hasta que las dos encontramos el mismo punto y ya no hace falta pensar. Me sostengo con las manos en la cama, echada hacia atrás, mirándola. Ella me mira a mí. Y nos movemos, cada vez más rápido, cada vez más fuerte.

Siento todo su cuerpo a la vez. El calor que sube entre las dos, la transpiración resbalando, el olor a sexo llenando la habitación. Estiro una mano y le sigo besando la boca aunque apenas alcanzo, las lenguas cruzándose entre jadeos. Ya no hay calma. Ya no hay paciencia. Solo el roce, el peso, la urgencia.

Los gemidos se nos mezclan hasta que no sé cuál es de quién. Ella me clava las uñas en el muslo, yo le aprieto la cintura para pegarla más a mí. El sonido húmedo de los dos cuerpos chocando me lleva al límite más rápido de lo que querría, pero esta vez no la freno. Esta vez la dejo venir.

Y llega. Las dos al mismo tiempo, o casi. Siento que algo se rompe adentro y se expande hacia todas partes, una ola que me deja temblando, gritando contra su boca, sin aire. Ella se sacude igual, aferrada a mí, y seguimos moviéndonos hasta el último temblor, exprimiéndole al orgasmo cada segundo.

Después nos quedamos quietas, enredadas, con la respiración entrecortada y la piel pegada. Fue el mejor orgasmo que tuve en mi vida. Y lo más loco es que nunca pasó. Lo inventé yo, sola, con la mano entre las piernas y los ojos cerrados, en esta misma cama donde ahora escribo.

A lo mejor algún día me animo de verdad. A lo mejor no. Por ahora me alcanza con imaginarlo, con escribirlo para ustedes, con saber que del otro lado alguien lo está leyendo y, capaz, está tan mojada como yo lo estuve hace un rato.

Cuéntenme. ¿A ustedes también les pasa? ¿Pensaron alguna vez en estar con alguien igual a ustedes? Díganme qué se imaginan. Prometo que el próximo relato lo escribo pensando en eso.

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Comentarios (5)

GabiMrn

Que relato tan hermoso!! me llego directo al corazon

SoledadM

Me senti identificada con cada palabra. Muchas tenemos esa fantasia y pocas lo admiten. Gracias por escribirlo

Natalia_mdp

Por favor seguí!! quede con ganas de saber como termina todo. Muy bueno

TucoLector

Que bien escrito, se nota que viene del corazon. Me encanto

ElenaBaires

Me recuerda a algo que yo tambien sone alguna vez jaja. Es mas comun de lo que se cree

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