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Relatos Ardientes

La primera vez que probé los labios de otra mujer

Aquel verano terminamos primero de carrera con la cabeza hecha un caos: exámenes, mudanzas, rupturas, lo de siempre. Carla propuso Cancún y, sin pensarlo mucho, las cinco juntamos lo que nos quedaba en las cuentas y reservamos un apartamento a dos calles de la playa. Éramos Carla, Sofía, Lucía, Daniela y yo. Yo era la última en sumarme al plan, porque hasta hacía un mes había estado saliendo con un chico de Ingeniería que me dijo que «necesitaba pensarlo» y al final pensó que mejor no.

Aterrizamos un sábado por la tarde con un calor pegajoso que se me metió por debajo de la ropa antes de salir del aeropuerto. El apartamento era pequeño, con dos habitaciones, un sofá grande en el salón y una cocina que daba a un balcón estrecho con vista a un patio interior. Repartimos camas a los gritos y, antes de deshacer las maletas, ya estábamos en bikini decidiendo a qué bar íbamos esa noche.

La primera noche, sin embargo, no fue mi noche. Carla se enrolló con un argentino que la sacó a bailar después de tres canciones. Sofía desapareció con un chico francés que apenas hablaba español. Lucía, Daniela y yo nos quedamos en la barra, pidiendo gin tonics caros y haciendo como que nos divertíamos. A eso de las cuatro de la madrugada, las tres volvimos caminando al apartamento, riéndonos sin ganas de las que sí habían tenido suerte.

Lucía se durmió antes de quitarse el maquillaje. La oí caer sobre la cama con un golpe seco y luego nada. Daniela y yo nos quedamos en el salón, descalzas, con las luces apagadas excepto la lámpara pequeña del rincón. Yo me tiré en el sofá. Ella se sentó en el suelo, apoyada contra el reposabrazos, con la espalda recta y las rodillas pegadas al pecho.

—¿Tienes sueño? —me preguntó sin mirarme.

—Ninguno. ¿Tú?

—Tampoco.

Estuvimos un rato calladas. No era un silencio incómodo, era de esos silencios que se hacen porque hay algo que decir y nadie quiere ser la primera. Daniela jugaba con el dobladillo de su vestido. Yo miraba el techo.

—Valeria —dijo al fin.

—¿Qué?

—Tengo que decirte una cosa y no quiero que te pongas rara.

Se me cerró el estómago. Pensé en mil cosas a la vez: que se quería volver a casa antes, que tenía algún problema en serio, que se había enrollado con mi ex. Lo último que pensé fue lo que pasó.

Se levantó del suelo, se sentó a mi lado en el sofá, me miró fijamente, y antes de que pudiera entender qué estaba haciendo, me puso una mano en la mejilla y me besó. No fue un beso rápido. Fue un beso lento, deliberado, con la boca un poco abierta, como si llevara meses ensayándolo.

Yo no me aparté. Esa fue la parte que después no supe explicarme.

—Perdón —murmuró cuando se separó.

—No —dije sin pensar—. No pidas perdón.

—Es que llevo todo el viaje pensando en hacerlo. Y antes del viaje también. Desde hace tiempo, Valeria.

Yo no sabía qué decir. Nunca me había fijado en una mujer así. Tampoco me había fijado en Daniela así, aunque, ahora que lo pensaba, había detalles que no había querido ver: cómo se sentaba siempre cerca de mí, cómo me agarraba del brazo cuando se reía, cómo, en clase, levantaba la vista antes que yo cuando entrábamos en un aula.

—Estoy un poco perdida —admití.

—¿Quieres que pare?

Lo pensé. Lo pensé de verdad, no por compromiso. Y la respuesta que me salió desde algún lugar al que no llegaba con palabras fue que no.

—No pares.

***

Volvió a besarme y esta vez le devolví el beso con una torpeza que no me reconocía. Me metió la lengua en la boca sin pedir permiso, y yo la recibí, la busqué con la mía, se la chupé un poco sin darme cuenta. Tenía los labios más blandos que los de cualquier chico con el que había estado, y olía a algo dulce, como a vainilla mezclada con el sudor de la noche. Me bajó los tirantes del vestido sin prisa, primero uno, después el otro, y me quedé sentada en el sofá con las tetas al aire y una respiración que no me obedecía. Los pezones se me habían puesto duros de golpe, tanto que hasta me dolían.

—Eres preciosa —dijo, y lo dijo como si llevara años esperando para decirlo—. Joder, Valeria, tienes unas tetas increíbles.

Acercó la boca a mi pecho y empezó despacio, con la lengua, dibujando círculos alrededor del pezón antes de cerrar los labios sobre él y chuparlo entero. Lo mordió suave. Después no tan suave. Pasó al otro y me lo lamió con la punta de la lengua, arriba y abajo, mientras con los dedos me pellizcaba el que acababa de dejar mojado. Yo eché la cabeza atrás contra el respaldo del sofá y solté un gemido que no supe de dónde me salía. Esto no me está pasando, pensé, y al mismo tiempo: no quiero que pare.

Se incorporó un segundo para quitarse la camiseta. Tenía un sujetador negro, simple, y debajo unos pechos pequeños y firmes que yo había visto mil veces cuando nos cambiábamos en la habitación del piso compartido, sin fijarme nunca. Ahora me fijé. Le bajé los tirantes del sujetador con las dos manos, lo desabroché torpemente y la atraje hacia mí. Sus pezones eran más oscuros que los míos, pequeños, y estaban tan duros como los míos.

Besé yo también, por imitación, por instinto, por curiosidad. Le pasé la lengua por el cuello, por la clavícula, y bajé. Ella me dejó hacer. Me sujetó la nuca con una mano y soltó un suspiro corto cuando llegué a su pezón y me lo metí entero en la boca.

—Así —susurró—. Chúpamelas así, despacio. No hay prisa.

Era raro tener todo el tiempo del mundo. Con los chicos siempre había habido prisa, urgencia, una especie de carrera por llegar al final. Con Daniela no había ningún final. Solo estaba la habitación, el sofá, el silencio del apartamento y el calor que se nos pegaba a la piel.

Nos resbalamos del sofá hasta quedar las dos en la alfombra. Ella me terminó de quitar el vestido. Yo le bajé los pantalones cortos que llevaba puestos. Nos quedamos en ropa interior, y al rato, sin ropa interior. Cuando me arrancó las bragas noté lo mojada que las tenía: la tela se me despegó del coño con un tirón húmedo que me hizo apretar los muslos de vergüenza. Daniela lo notó y sonrió.

—Estás empapada —dijo—. Joder, ni te imaginas cómo me pone verte así.

Ella también estaba mojada. Se lo vi entre las piernas cuando se abrió para tumbarse: tenía el coño brillante, sin apenas vello, los labios abiertos y rosados. Yo no había visto nunca a otra mujer así, tan de cerca, tan expuesta. Se me hizo la boca agua sin querer. La luz de la lamparita dibujaba sombras suaves sobre el suelo. Daniela me besó el vientre, la cadera, la cara interior del muslo, y cuando subió un poco más yo cerré los ojos.

—Si quieres que pare —murmuró—, dilo.

—No quiero que pares.

***

Lo que vino después fue una cosa nueva, una sensación distinta. No era como cuando un chico lo intentaba sin saber bien dónde tocar. Daniela sabía exactamente. Me imagino que sabía porque conocía su propio cuerpo. Me abrió las piernas del todo, se acomodó entre ellas, y empezó con la lengua plana, recorriéndome entera, de abajo arriba, despacio, sin atacar el centro. Sentí cómo me lamía todo el coño con la lengua completa, chupándome los labios uno por uno, metiendo la punta un segundo dentro y volviendo a salir. Subió y bajó así varias veces hasta que yo arqueé las caderas y entonces, solo entonces, se detuvo justo donde tenía que detenerse, en el clítoris, y lo rodeó con la punta de la lengua sin tocarlo del todo.

—Por favor —se me escapó.

—¿Por favor qué? —preguntó levantando la vista, con la boca brillante de mí—. Dímelo.

—Chúpamelo.

—¿El qué?

—El clítoris. Chúpame el clítoris, Dani, por favor.

Sonrió y me lo chupó. Se lo metió entero en la boca y empezó a jugar con él con la punta de la lengua, arriba y abajo, en círculos, dándome pequeños tirones con los labios. Apreté los puños contra la alfombra. No me reconocía la respiración. No me reconocía los gemidos cortos que se me escapaban sin permiso. Quise decir algo y no pude. Le agarré el pelo, no para empujar, solo para tenerla cerca, para saber que no se iba a ir a ningún sitio.

—Dani —dije por primera vez, y mi propia voz me sonó rara.

Ella siguió. Me metió un dedo, después dos, y los curvó hacia arriba, tocándome un punto que yo ni siquiera sabía que existía. Los movía dentro de mí con calma, entrando y saliendo, mientras seguía lamiéndome el clítoris sin parar. La escuchaba mamarme, unos ruidos húmedos que me daban vergüenza y a la vez me ponían el doble.

—Estás apretadísima —murmuró contra el coño, sin dejar de mover los dedos—. Me estás mojando entera la mano.

—No pares, no pares, no pares —le rogué en un susurro.

Metió un tercer dedo. Me abrió un poco más. La sentí llegar más adentro, tocando ese sitio profundo con la yema, y volvió a cerrar los labios sobre el clítoris chupándomelo fuerte, sin ritmo, como si quisiera arrancármelo. Yo me arqueé entera, sentí que se me iba el cuerpo en una corriente que empezaba en algún lugar muy hondo y subía. Apreté los dientes para no hacer ruido y despertar a Lucía. No lo conseguí del todo. Solté un quejido largo cuando me corrí, y me corrí en su boca, con los muslos temblándome contra sus orejas y el coño apretándole los dedos en espasmos que no podía controlar. Ella no los sacó. Los dejó dentro mientras yo terminaba de correrme, moviéndolos apenas, alargándome el orgasmo hasta que le supliqué que parara porque no aguantaba más.

Cuando bajé otra vez al suelo, me di cuenta de que tenía los ojos llenos de lágrimas sin saber por qué.

***

Daniela sacó los dedos de mí despacio, se los llevó a la boca y se los chupó uno por uno, mirándome. Después subió por mi cuerpo otra vez y se tumbó a mi lado en la alfombra. Me besó la sien, el pómulo, la comisura del labio, y por último la boca. Me besó con la boca todavía mojada de mí, y yo me probé a mí misma en su lengua, un sabor raro, salado, denso, que en vez de darme asco me dio ganas de más. Yo seguía respirando como si hubiera corrido kilómetros.

—¿Estás bien? —me preguntó bajito.

—Estoy… —no supe terminar.

—¿Quieres parar?

—No. Te quiero devolver lo que me has hecho.

Sonrió. Era una sonrisa que no le había visto nunca, una sonrisa de Daniela que no era para todo el mundo.

—No tienes que devolver nada.

—Quiero. Quiero comerte el coño, Dani. Nunca lo he hecho y quiero hacerlo contigo.

Se le escapó un gemido corto solo con oírme decirlo. Se abrió de piernas ahí mismo, sobre la alfombra, y me miró esperando.

Me incorporé. Le pasé la mano por el pelo, por el cuello, por el pecho. Tenía la piel caliente, casi húmeda. Me daba vergüenza no saber qué hacer, pero también me daba curiosidad. Me incliné y le chupé los pezones como ella me los había chupado a mí, uno primero y después el otro, mordiéndoselos suave hasta que la oí soltar el aire de golpe. Bajé por su vientre, despacio, fijándome en cómo se le tensaba el músculo cuando le pasaba la lengua. Le lamí el ombligo, la cadera, el hueso de la pelvis.

Cuando llegué entre sus piernas me detuve un segundo. La tenía delante de la cara, abierta, brillante, con un olor que no era como el mío pero que también era de mujer, dulce y ácido a la vez. Ella se incorporó sobre los codos para mirarme.

—No tienes que…

—Quiero saber cómo es —dije, y le pasé la lengua entera por el coño de abajo arriba, igual que ella había hecho conmigo.

Ella se dejó caer otra vez sobre la alfombra y soltó un gemido largo, contenido. El sabor no era desagradable, era fuerte, distinto, y me gustó más de lo que esperaba. Yo la imité a ella sin imitarla del todo, porque mi lengua iba a su ritmo, no al de Daniela. Le lamí los labios por dentro, uno y el otro. Le metí la punta de la lengua en la entrada y la moví ahí un rato. Probé a chuparle el clítoris entero, como me lo había chupado ella. Cambié. Probé otra cosa. Ella empezó a respirar más rápido y me agarró el pelo, igual que yo le había agarrado el pelo a ella. Ahí supe que iba bien.

—Ahí —susurró—. Justo ahí. No te muevas. Métemela dentro, Valeria. Métemela.

Le metí un dedo. Estaba caliente y apretada, y me lo tragó entero. Le metí otro. Los curvé hacia arriba como ella había hecho conmigo, buscando el punto ese que ni sabía nombrar, y por cómo se le tensaron los muslos supe que lo había encontrado. Empecé a moverlos, entrando y saliendo, mientras le seguía chupando el clítoris con la lengua, sin cambiar el ángulo, sin cambiar el ritmo, como me había pedido.

—Así, así, así —repetía en un hilo de voz—. No te pares, Valeria, joder, no te pares.

La sentí temblar. Se le apretó el coño alrededor de mis dedos, dos veces, tres, y ella se mordió el dorso de la mano para no gritar. Se corrió en silencio, con todo el cuerpo arqueado y los muslos cerrándose contra mi cara. Sentí en la lengua un pulso, otro, otro más, y una humedad nueva que le salió de dentro y me bañó la barbilla. No saqué los dedos hasta que ella misma me los apartó con la mano temblando.

Cuando se relajó, me dejé caer a su lado. Tenía la cara empapada. Me la limpié con el dorso de la muñeca y me reí sin querer. Ella se giró y me lamió una gota que se me había quedado en la comisura, y nos volvimos a besar largo, sucio, mezcladas las dos. Después las dos miramos el techo durante un rato largo, sin hablar, recuperando el aliento.

***

—¿Y ahora qué? —pregunté.

Daniela giró la cara hacia mí. Sonrió otra vez con esa sonrisa nueva.

—Ahora nada. Lo que tú quieras que sea.

—No quiero que pienses que soy alguien que sabe lo que quiere —le dije—. Porque no lo sé.

—Lo sé. No te pido nada.

—¿Te ha gustado? —pregunté tontamente, como si no fuera evidente.

—Mucho más de lo que esperaba. Y te aseguro que esperaba mucho.

Nos reímos las dos, despacio, para no despertar a Lucía. Me apoyé en su hombro un rato, y entonces miré el reloj de la pared del salón. Eran casi las seis. Por la ventana ya entraba esa luz azul previa al amanecer, esa luz que en Cancún tiene un tono extraño, casi morado.

—Deberíamos dormir un poco —dije.

—Deberíamos.

Recogimos la ropa del suelo sin hablar. Ella me ayudó a ponerme el vestido. Yo le pasé la camiseta. Cuando ya íbamos hacia las habitaciones, me agarró la mano un momento.

—Valeria.

—¿Qué?

—Mañana no tienes que decir nada delante de las otras. Y no tiene que volver a pasar si no quieres.

Lo pensé. Me la quedé mirando un par de segundos.

—Puede que pase otra vez —dije—. No lo sé todavía.

—Con eso me sobra.

Me soltó la mano, entró en su habitación y cerró la puerta. Yo me metí en la mía. Lucía dormía con la boca abierta, ajena a todo. Me tumbé a su lado con el corazón todavía golpeándome el pecho y el coño todavía latiéndome entre las piernas.

No dormí. Estuve toda la mañana siguiente con la sensación de que algo en mí se había abierto y no sabía si quería volver a cerrarse. Las otras se levantaron a las once con resaca y planes. Daniela me sirvió un café sin mirarme, como si nada hubiera pasado. Pero cuando me lo dio, sus dedos rozaron los míos un segundo más de lo necesario.

Sonreí mirando la taza. Quedaban once noches en Cancún.

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Comentarios(8)

Pamela_92

increible, me dejo sin palabras!!!

CatalinaVP

Por favor que haya segunda parte, quedé con muchas ganas de saber que pasó despues entre ellas.

LauraV_88

Me recordó algo que viví hace unos años con una amiga del trabajo. Esas primeras veces no se olvidan nunca.

Juli_Mdz

Muy bien narrado! es historia real o fantasia? se siente muy autentico, por eso pregunto jaja

MarisolTuc

Eso de que una amiga se acerque así de noche... dios mio qué tensión tan rica. Se me hizo corto!

SofiaB

Me gusto mucho como esta escrito, muy natural, nada forzado. Sigue asi!!

FedericoBA

Buenísimo. Uno de los mejores de la categoría, sin dudas. Esperando la continuacion!

CaminanteLibre

Se leyó de un tirón, muy fluido. Hace rato no encontraba algo así de bien contado acá.

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