Mi compañera de cuarto me enseñó lo que ignoraba
Carolina nunca había pasado un verano lejos de su familia. A los veintitrés años, después de cuatro inviernos encerrada en la facultad de Filología, decidió que necesitaba aire, idiomas reales y un sueldo que no dependiera de sus padres. Por eso aceptó la oferta del hotel Marsden, en una isla pequeña frente a la costa inglesa, donde le ofrecían trabajo de camarera durante tres meses a cambio de habitación, comida y un cheque modesto cada quincena.
El viaje fue largo. Vuelo a Londres, autobús hasta Portsmouth y un ferry de tres horas que olía a gasoil y a comida frita. Cuando por fin pisó el muelle de Saint-Pierre, llevaba veinte horas despierta y todavía le quedaba un taxi hasta el hotel. Subió a su cuarto cargada con dos maletas y la sensación de haber cruzado medio planeta para acabar en un pueblo de tres calles.
La puerta de la habitación estaba entornada. Carolina la empujó con el hombro y se encontró con una chica sentada en la cama, deshaciendo una mochila enorme. Tenía la piel oscura, el pelo recogido en una cola alta y llevaba un pantalón corto que le subía por los muslos sin pedir permiso. Levantó la vista y sonrió.
—Tú debes de ser Carolina —dijo en un español con acento extraño—. Yo soy Naima. Llegué hace una hora.
Naima era de Bristol, tenía veintiún años y su madre había nacido en Kenia. Lo soltó todo en treinta segundos, con la naturalidad de quien ya ha contado lo mismo cien veces. Carolina se descalzó, se dejó caer en la otra cama y empezó a hablar sin filtros. A los diez minutos ya se reían. A la hora ya habían decidido pedir el mismo turno en el comedor.
Las semanas siguientes pasaron rápido. Trabajaban juntas, comían juntas y los domingos cogían el autobús hasta una cala al sur de la isla, donde se tumbaban a tomar el sol y a comentar los gustos imposibles de los clientes ingleses. Naima tenía una risa grave que se le escapaba por la nariz, y una manía rara: cuando algo le hacía gracia de verdad, apoyaba la mano en el muslo de Carolina como si necesitara sujetarse para no caerse. Carolina, al principio, no le dio importancia. Después empezó a esperar esos roces sin querer admitirlo.
Una noche, a finales de julio, el restaurante cerró tarde. Había llegado un grupo de jubilados ingleses que no terminaron de cenar hasta pasada la medianoche, y Carolina subió a la habitación con las piernas hinchadas y la sensación de tener arena dentro del uniforme. Naima ya estaba dormida, o eso le pareció. Decidió que la ducha rápida que llevaba semanas tomando no iba a salvarla esa noche y abrió el grifo de la bañera.
Mientras el agua subía, se quitó el delantal, el polo y los pantalones negros del trabajo. Se quedó con una bata blanca de algodón fino, casi traslúcida, que su madre había metido en la maleta a última hora. Se miró un segundo en el espejo. La luz del baño le marcaba la silueta: los pechos pesados, las caderas anchas, la cintura más estrecha de lo que ella misma recordaba. Cerró el grifo, dejó caer la bata y entró en la bañera muy despacio.
El agua estaba en el punto justo entre caliente y soportable. Se hundió hasta los hombros, dejó que su melena negra flotara unos segundos alrededor de su cara y cerró los ojos. Por primera vez en semanas no pensó en nada. Solo escuchaba el goteo del grifo y, muy lejos, el ruido de un coche cruzando el pueblo.
Unos pasos descalzos sobre las baldosas la sacaron del trance.
Abrió los ojos y allí estaba Naima, desnuda en el marco de la puerta. Llevaba el pelo suelto por primera vez desde que la conocía, y le tapaba parte del hombro derecho. Tenía los pechos pequeños y firmes, los pezones oscuros, el vientre liso y unas piernas largas que parecían no acabar nunca. No se había puesto ni una toalla.
—Perdona —dijo Naima, pero no se movió—. Pensé que ya te habías acostado.
—Estaba —contestó Carolina, sintiendo cómo se le encendía la cara—. Hoy no podía con mi alma.
Naima sonrió, dio dos pasos dentro del baño y se acercó al borde de la bañera. No hizo el gesto de marcharse, ni de cubrirse, ni de pedir disculpas otra vez. Se arrodilló detrás de la cabeza de Carolina y la miró desde arriba.
—¿Quieres que te dé un masaje en los hombros? Aprendí en un curso el año pasado. Se me da bien.
Carolina tardó en contestar. Asintió sin mirarla.
***
Las manos de Naima entraron en el agua sin avisar. Empezaron por la nuca, con los pulgares justo en la base del cráneo, y bajaron por los trapecios buscando los nudos uno por uno. Carolina apretó los dientes para no soltar un gemido al primer apretón. Sentía cómo cada músculo cedía sin pedirle permiso, como si el cuerpo llevara semanas esperando a alguien que supiera dónde tocar.
—Estás dura como una piedra —murmuró Naima, muy cerca de su oído.
El aliento le rozó el cuello. Carolina notó cómo se le erizaba la piel de los brazos a pesar del agua caliente. Las manos de Naima bajaron por los hombros, pasaron por los brazos y, al volver hacia arriba, se demoraron en la curva entre el cuello y la clavícula. Demasiado. Carolina abrió los ojos y miró hacia atrás. Naima tenía los suyos color miel fijos en los de ella, sin pestañear.
—¿Sigo? —preguntó.
—Sigue.
Naima apartó la melena negra hacia un lado, descubriendo la nuca, y la besó. Fue un beso suave, casi infantil, sobre la piel mojada. Pero detrás vino otro, y otro, y en el tercero ya había lengua. Carolina sintió que algo se le aflojaba en el estómago. Nunca había besado a una chica. Nunca había deseado besar a una chica. Y sin embargo, en ese momento, lo único que quería era girar la cabeza.
Lo hizo. Naima la estaba esperando.
El primer beso fue torpe, con un ángulo imposible y la barbilla mojada, pero el segundo encontró el ritmo. Naima tenía la lengua suave y sabía exactamente cuándo morder el labio inferior. Carolina se incorporó dentro de la bañera para acercarse mejor, y cuando lo hizo, sus pechos salieron del agua y rozaron los antebrazos de Naima.
—Sal de ahí —pidió Naima en voz baja.
Quitó el tapón con un movimiento del pie y abrió la ducha. Carolina se levantó. El agua caliente caía ahora desde arriba, y Naima entró con ella en la bañera, abrazándola por la espalda. Sus pezones, ya oscuros y duros, se le clavaban entre los omóplatos. Le pasó las manos por delante, le rodeó los pechos con las dos manos y empezó a acariciarle los pezones con los pulgares, en círculos lentos. Carolina dejó caer la cabeza hacia atrás, contra el hombro de Naima.
—No tengo ni idea de qué hacer —confesó.
—No hace falta que hagas nada todavía.
***
Naima la giró. La besó en la boca, después en el cuello, después en el hueco entre las clavículas. Bajó por el pecho izquierdo y, cuando llegó al pezón, lo lamió primero con la punta de la lengua y luego lo metió entero en la boca. Carolina se agarró al borde de azulejo para no resbalarse. El placer le subía por la espalda en oleadas. Naima conocía cada punto. Sabía cuándo apretar con los dientes y cuándo retirarse y dejar al pezón temblar contra el aire frío de la ducha.
Una mano de Naima bajó por el vientre de Carolina y se demoró en el pelo del pubis antes de seguir. Cuando los dedos llegaron a la entrepierna, Carolina se abrió un poco más sin pensarlo. Naima la encontró ya mojada por dentro, y no precisamente por la ducha.
—Vaya —murmuró, sin sacar los labios del pecho—. Eres más sincera con el cuerpo que con la boca.
Carolina se rio, nerviosa, y la risa se le cortó cuando el dedo medio de Naima se deslizó dentro de ella, despacio, como pidiendo permiso. Apretó los muslos sin querer y soltó un quejido pequeño, casi tímido. Naima no se movió de inmediato. Esperó a que Carolina se relajara, y entonces empezó a entrar y salir con un ritmo que iba aprendiendo de los suspiros de ella.
—Vamos a la cama —dijo Naima.
Cerraron el grifo, salieron de la bañera sin secarse y cruzaron el cuarto goteando. Carolina se dejó tumbar sobre la colcha. Naima se acomodó a horcajadas sobre ella, le besó la boca otra vez y, sin previo aviso, giró el cuerpo. Quedaron en posición invertida, una sobre la otra, con la cara de Naima entre los muslos de Carolina y la de Carolina mirando, por primera vez en su vida, el sexo de otra mujer a un palmo de su nariz.
Dudó. Naima no.
La lengua de Naima recorrió de arriba a abajo el sexo de Carolina, sin prisa, dibujando el contorno antes de subir al clítoris. Carolina dio un respingo. Cerró los ojos, se mordió el dorso de la mano y, cuando consiguió respirar otra vez, hizo lo mismo. Probó. Acercó la boca con miedo y lamió. El sabor no era el que esperaba, ni mejor ni peor: era distinto, era nuevo, y bastó esa primera caricia para que Naima soltara un gemido grave que vibró contra su propio sexo.
Aquello le dio confianza. Carolina la lamió otra vez, más larga, y luego buscó el clítoris con la punta de la lengua, imitando lo que Naima le hacía a ella. Las dos empezaron a moverse a la vez, en una especie de espejo torpe que poco a poco se sincronizó. Naima usaba los dedos al mismo tiempo, entraba y salía mientras chupaba; Carolina, más prudente, se centraba solo en la lengua y en los pequeños mordiscos que le arrancaban a la otra los gemidos más sonoros.
Carolina llegó primera. Fue un orgasmo extraño, distinto al de las pocas veces que un novio la había llevado hasta allí: más profundo, más largo, casi vergonzoso. Apretó los muslos contra la cabeza de Naima sin poder evitarlo y soltó un gemido que ella misma no reconoció. Naima no se apartó. Siguió lamiendo, suave, hasta que Carolina le pidió por favor que parara.
Entonces Carolina se concentró en ella. Imitó lo que acababa de aprender, metió dos dedos dentro y los movió como Naima había hecho con ella, mientras chupaba el clítoris con la regularidad de un latido. Naima no tardó mucho. Cuando se corrió, lo hizo con las dos manos agarradas a las caderas de Carolina y un grito ahogado contra su muslo.
***
Se quedaron así un rato, agotadas, en la postura imposible en la que se habían corrido, sin energía para moverse. Naima fue la primera en girarse. Se acomodó al lado de Carolina, le puso una mano en el vientre y le besó el hombro mojado.
—Llevo tres semanas pensando en esto —confesó—. Desde la primera noche, cuando te vi salir del baño con la toalla.
—Podrías haberlo dicho antes.
—Podrías haberte dado cuenta antes.
Carolina giró la cabeza. La miró desde muy cerca, con los ojos todavía empañados.
—Pensaba que no me gustaban las mujeres.
—¿Y ahora?
Carolina no contestó. Se acercó y la besó en la boca, despacio, como si quisiera asegurarse de que sí, de que el beso seguía sabiendo igual de bien que en la bañera. Después apoyó la cabeza en su pecho y se durmió con el ruido lejano de las gaviotas anunciando que ya casi amanecía.
Los dos meses que les quedaban de verano cambiaron de color esa noche. Y cuando, en septiembre, Carolina volvió a Madrid, lo hizo con un billete de ida y vuelta a Bristol para Navidad y la certeza de que aún tenía mucho que aprender.