La desconocida que me escribió y me sedujo en el cine
«Cuidado con lo que deseas», dicen. Yo lo deseé tanto que una noche, en la penumbra de una sala vacía, una desconocida me enseñó lo que llevaba años fingiendo no querer.
«Cuidado con lo que deseas», dicen. Yo lo deseé tanto que una noche, en la penumbra de una sala vacía, una desconocida me enseñó lo que llevaba años fingiendo no querer.
Vino a esperar a mi madre y se quedó en el umbral mirándome dormir. Yo no sabía que esa tarde dejaría de ser la chica que nunca había estado con una mujer.
«Tranquila, déjate llevar», me dijo en la puerta, y supe que esa noche iba a aprender algo que ningún hombre me había mostrado jamás.
La cala estaba casi vacía cuando Carla se quitó el vestido sin pudor, y Lucía entendió que aquel verano no iba a tratarse solo de trabajar.
Llevaba tres meses sin sus manos, sin su boca, sin sus tetas sobre las mías. Esa noche me serví una copa de vino, me desnudé y decidí que el placer no tenía por qué esperar a su regreso.
Me quité el anillo antes de meterme en el agua. No quería que ninguna foto del recuerdo me delatara, ni que él se hiciera ideas que no le correspondían.
Cuando metió la mano bajo mi mesa, supe que esa mañana no iba a resolver ni una sola incidencia. Solo podía pensar en ella y en lo que acababa de dejarme.
Crucé la calle convencido de que no me reconocería. Me sonrió, y supe que aquella tarde algo iba a cambiar para siempre entre nosotros dos.
Trepé al árbol detrás del internado para confirmar lo que ya sabía. No imaginé que verla con él en el balcón despertaría algo entre la rabia y el deseo que jamás había sentido.
Acepté la invitación con la lencería guardada en la cartera. No imaginé que la cámara no iba a existir, y que el plan real era yo.
Bajé la mirada y vi su mano apoyada en mi muslo. Llevábamos cinco años de amigas, pero esa noche, después del segundo vaso de vodka, todo cambió de un golpe.
Subí al Uber con el corazón a mil y bajé con el sabor de otra mujer en mi boca. No sabía que esa madrugada empezaba una historia que dura todavía.
Cuando le acerqué la segunda copa, sus dedos rozaron los míos más de la cuenta. El anillo de casada le pesaba demasiado para resultar inocente.
El vestido azul se le había subido al saludarme. Cuando preguntó si alguna vez había besado a una mujer, supe que esa tarde iba a cambiar.
Cuando la sostuve febril contra mi pecho, recordé las noches en que su boca conocía la mía como si llevara años aprendiéndome.
Me ataron desnuda sobre una mesa y me retaron a una prueba de tiro imposible. No sabía que mi salvación llegaría de la mano de la cazadora más fría del campamento.
Su marido hablaba con toda la sala menos con ella. Bastó una frase al oído para que decidiera marcharse de aquella fiesta conmigo y no con él.
Llegó al instituto con la carta de expulsión de su hijo en el bolso. Salió con las rodillas temblando y un secreto que no iba a poder contarle a su marido.
Entré al vestuario sin pensarlo y salí con las piernas temblando, mirando a esas mujeres desnudas como nunca había mirado a nadie en mi vida.
Eran las seis de la mañana y el bar estaba vacío. Él me sirvió un tequila, me miró como llevaba mirándome toda la noche y me dijo que no me dejaría irme tan rápido.