Mi compañera quiso probar conmigo en la costa
Después del turno, sus miradas ya no eran inocentes; cuando cerré la puerta de mi cuarto, supe que esa primera vez no iba a quedarse en un simple beso.
Después del turno, sus miradas ya no eran inocentes; cuando cerré la puerta de mi cuarto, supe que esa primera vez no iba a quedarse en un simple beso.
Cerré la puerta del departamento, me apoyé contra la madera y supe que esa noche iba a tardar mucho en dormir. Necesitaba tocarme y quería tomármelo con calma.
Encontré su braguita rota y empapada en el suelo. Cuando se giró en la cama y me miró con vergüenza en los ojos, supe que la noche apenas empezaba.
Renata dormía apretada contra mi espalda en tanga y yo estaba desnudo. Cuando abrió los ojos supe que aquella mañana no iba a acabar como debía.
Entré del baño y las encontré besándose en el sofá; segundos después, una de ellas me miró y me pidió que le comiera el coño.
Cuando se mudó al apartamento de enfrente no imaginé que una tarde, mientras su hijo dormía, su mano subiría por mi muslo y yo separaría las piernas sin pensarlo.
Llevaba años entrando sola a ese club, esperando una mirada que se quedara en ella. Esa noche unos dedos desconocidos la tomaron de la mano y la arrastraron a la oscuridad.
«Normalmente ahora tendrías que arrodillarte y esperar en silencio», me dijo mientras me ajustaba el collar. No sabía que sería yo quien terminaría mandando.
Llevaba meses sin sentir nada. Entonces ella entró detrás de mí en el reservado, echó el cerrojo y todo lo que creía saber sobre mí se vino abajo.
Tenía las manos heladas en la sala de embarque, pero no era por el frío: en pocas horas volvería a verla y no sabía si correría a abrazarla o a esconderme.
Bruno me había roto el corazón otra vez, pero quien me esperaba en aquella casa de las afueras no era él, sino su madre, con un vestido que no dejaba nada a la imaginación.
Bajé al despacho esa madrugada solo para descubrir el plan que tenían para mí. Y, en lugar de huir, me arrodillé y dije que sí a todo.
El local estaba cerrado y tenía toda la mañana libre. El conductor lo notó antes que ella, y esa sonrisa en el espejo le hizo pensar cosas que no debía.
Sabía lo que hacía cuando me puse la bata mal cerrada. Lo que no sabía era hasta dónde dejaría que aquel desconocido me explorara esa tarde.
Él tenía una junta y me dejó sola toda la tarde. Aburrida, abrí una carpeta de su computadora que no debía abrir… y ya no pude dejar de mirar.
Crucé la playa de estacionamiento, hambrienta y con un odio fino a la humanidad, y entonces la vi caer al pavimento de un puñetazo. Era mi jefa.
Nunca me había sacado la blusa al aire libre. Tenía el pulso disparado y las manos temblando, pero algo en mí necesitaba saber qué se sentía que un desconocido pudiera mirarme.
Él me lo pidió desde la pantalla y yo obedecí: abrir la ventana, dejar caer la ropa y dejar que esos hombres me miraran sin pudor.
Marina apagó el televisor para dormir. Entonces empezaron los sonidos sobre su cabeza, y supo que esa noche no iba a pegar ojo por una razón muy distinta al cansancio.
La alarma sonó a las diez y no pensaba levantarme. Lo que no sabía era que ese sábado iba a descubrir cuánto puedo desearme cuando nadie me mira.