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Relatos Ardientes

La cantante me sacó del público con esposas rosas

Faltaban dos canciones para el final del show cuando empecé a arrepentirme de haber venido. No del concierto en sí —Daniela cantaba mejor que nunca y el estadio entero la coreaba—, sino de haber rechazado el pase de backstage que me había llegado al hotel esa misma tarde. Lo había hecho a propósito. Sabía que si la veía en su camerino, con esa sonrisa que conocía desde nuestros años en Buenos Aires, terminaría haciendo algo de lo que después no iba a poder hablar con nadie.

Llevaba puesto un vestido negro corto, tacones bajos y un anillo de compromiso en el dedo anular izquierdo. Marcelo me lo había puesto seis meses atrás en una terraza frente al río, y era el hombre que cualquier amiga hubiera elegido por mí. Tranquilo, paciente, con ese tipo de bondad que no se finge. Por eso, exactamente por eso, había bajado a la pista a mezclarme con la multitud en lugar de quedarme detrás del escenario, donde habría estado a tres pasillos y una puerta de Daniela.

Pensé que el vestido me ayudaba a desaparecer. Negro, simple, igual al de otras mil chicas en el estadio. No conté con la cámara del proyector, ni con el ojo entrenado de quien lleva diez años buscando caras conocidas desde un escenario.

—¡Última canción! —gritó ella desde arriba, y el público rugió.

Levanté el teléfono, fingí grabar el final y escondí la cara detrás de la pantalla. Mala idea. La cámara me encontró en menos de tres segundos.

—Esperen. Esperen un momento. —Su voz cortó el aire del estadio. La música se silenció. Veinte mil personas se giraron en bloque hacia donde el haz de luz me señalaba—. Esa cara la conozco. Esa cara me debe explicaciones.

Sentí cómo me ardían las mejillas. Sonreí, saludé con la mano libre, traté de disolver el momento como si fuera un guiño entre amigas. No funcionó.

—Súbanla. La quiero acá arriba.

Un par de manos firmes me tomaron por la cintura antes de que pudiera protestar. Un guardia con auricular me guió por una escalerita lateral mientras el público aplaudía como si yo fuera parte del espectáculo. Cuando llegué al escenario, Daniela ya tenía las esposas en la mano. Rosas. Plásticas, pero con cierre de verdad.

—Quedás detenida —anunció al micrófono, con esa cara seria que en cualquier otra situación habría sido cómica—. Por venir sin avisar. Por ponerte ese vestido. Por las dos cosas.

Me cerró las esposas sobre las muñecas con un clic seco. Después se inclinó y, lejos del micrófono, me susurró al oído:

—Si las querés sacar, vas a tener que venir a buscarme.

Su aliento me pegó en la mejilla. Olía a menta y a transpiración limpia. Yo no respondí. Asentí apenas y me dejé llevar de vuelta a la pista entre risas del público, que pensaba que todo era parte del número.

***

El último tema duró cuatro minutos. A mí me duró media vida. Me quedé al costado del escenario, con las muñecas atadas a la altura del vientre, mirando cómo Daniela despedía a veinte mil personas con un saludo amplio y dos besos al aire. Cuando bajó, no me miró. Pasó a mi lado, dijo «vení» sin volver la cabeza, y se metió por un pasillo lateral pintado de negro.

La seguí. No tenía otra opción, claro, pero tampoco quería tenerla.

El coordinador nos cruzó dos veces y bajó la vista las dos. La gente que rodeaba a Daniela esa noche sabía leer escenas: cuándo ofrecer agua, cuándo ofrecer silencio, cuándo desaparecer. Llegamos al fondo del pasillo. Última puerta a la derecha. Ella la abrió, me dejó pasar primero y la cerró con llave detrás de mí.

No era un camerino normal. Era una habitación vacía, con paredes blancas, una cama matrimonial al medio cubierta con una sábana limpia y una mesita baja al costado. Una sola lámpara la iluminaba desde un rincón. Sobre la mesita había una botella de agua sin abrir, una toalla doblada y una caja de madera oscura cerrada con una traba pequeña.

—¿Esto qué es? —pregunté.

—Lo que siempre quise tener cuando hablábamos por teléfono y vos cortabas antes de tiempo.

***

Levanté las muñecas frente a ella.

—Sacámelas.

—Cuando te las merezcas.

Caminó hacia mí lento, sin apuro. Me apoyó las manos en la cintura y me empujó dos pasos hasta que la pared me frenó. Mi espalda chocó suave contra el yeso. Ella subió mis brazos esposados por encima de mi cabeza y los dejó ahí, sosteniéndolos con una sola mano.

—Daniela, me caso en marzo —murmuré, mirándole la boca.

—Ya sé.

—Esto no debería pasar.

—Ya sé.

Me besó en el cuello primero, ahí donde la oreja se vuelve mandíbula. Sentí mi propia respiración acelerarse y avergonzarme por acelerarse tan rápido. Su mano libre bajó por mi espalda, encontró el cierre del vestido y lo abrió hasta el final con un movimiento que no podía ser la primera vez que ensayaba.

—Marcelo va a tenerte el resto de tu vida —dijo contra mi piel—. Esta noche te quiero yo.

El vestido cayó al suelo en un solo movimiento. Me quedé contra la pared con un corpiño de encaje negro, una bombacha del mismo juego y los tacones todavía puestos. Las esposas todavía sobre la cabeza. La luz de la única lámpara me daba en diagonal y me hacía sentir más desnuda de lo que estaba.

Ella bajó. Despacio. Me besó debajo del pecho, en el ombligo, en la cadera. Se arrodilló frente a mí y me besó por encima del encaje. No me lo sacó al principio. Solo besó, mordió suave, dejó que la respiración caliente me atravesara la tela. Yo cerré los ojos. Sus manos me subían y bajaban por los muslos en una caricia que no terminaba nunca.

—Daniela —dije, y no sabía si era un pedido para que parara o para que siguiera.

Ella me bajó la bombacha con los dientes. La sentí mojada contra mi propia piel cuando pasó por las rodillas. Se la sacó del todo, la dejó en el piso y volvió a subir, ahora sin la última frontera entre su boca y mi cuerpo.

La primera lamida me arrancó un sonido que no había hecho nunca. Largo, grave, de algún lugar del pecho que no usaba con Marcelo. Daniela sonrió contra mí —lo sentí más que verlo— y siguió. Lento al principio, después con más insistencia, mientras sus manos me sostenían de la cintura para que no me cayera.

Bajé las muñecas atadas y le agarré la cabeza. La empujé contra mí. No me importó nada más. Ni la cámara del proyector, ni el coordinador del pasillo, ni el celular que vibraba en el bolsillo del vestido tirado en el piso.

***

Cuando me sintió cerca, paró. Me llevó de las muñecas hasta la cama y me dio vuelta. Yo apoyé la cara y el pecho contra la sábana, con la cadera levantada, las esposas todavía adelante, y la sentí volver a empezar desde atrás. Esta vez sin pausa.

—Dios mío —dije contra la tela.

—Decímelo otra vez.

—Dios mío. Daniela. Dios mío.

Cuando terminé, le temblaban a ella las manos también. Me dio vuelta otra vez, me puso boca arriba sobre la cama y sacó una llave chiquita del bolsillo del jean. Abrió las esposas con un movimiento corto. Las muñecas me quedaron marcadas, dos líneas rosadas paralelas, y por algún motivo eso —la prueba física de la noche— me gustó más que todo lo anterior.

—Tu turno —dijo.

—Sí —respondí—. Mi turno.

La di vuelta yo a ella. Le saqué la remera negra por la cabeza, le desabroché el corpiño sin mirar, le bajé el jean junto con la bombacha de una sola pasada. Daniela siempre había sido más alta que yo, y desnuda lo era todavía más. Tenía el cuerpo de alguien que cantaba dos horas seguidas y caminaba escenarios todas las noches: firme, sin exceso, con esa belleza funcional que no tiene nada de pose.

La besé en la boca por primera vez. Recién ahí. Antes habíamos hecho de todo menos eso. Sus labios sabían a mí, a menta y a algo más viejo, algún recuerdo que no quise rastrear en ese momento.

Bajé como ella había bajado conmigo. La tomé de las caderas, le abrí las piernas con los hombros y la escuché jadear cuando empecé a usar la lengua. Había pensado en hacer esto mil veces. Mil veces lo había cortado a tiempo. Esa noche no corté nada. Vertí en cada movimiento todos los años de aguantarme, todas las llamadas que dejé sonar, todos los mensajes que borré sin contestar.

Las uñas de Daniela se me clavaron en la nuca. Después en los hombros. Después en la espalda. Cuando terminó, gritó algo que no era una palabra y se quedó con los ojos cerrados, riéndose y respirando hondo a la vez.

—No tenía idea —dijo cuando pudo hablar— de cuánto necesitaba que vinieras hoy.

—Ni yo de cuánto quería que pasara esto.

***

Me subí a su lado. Apoyé la cabeza en su hombro. Las dos quedamos en silencio un rato largo, con la sola lámpara dándonos en un costado y los pies todavía colgando de la cama. El estadio entero se había vaciado afuera. Se escuchaba apenas, muy lejos, el ruido de un equipo de limpieza pasando entre las butacas.

Ella se giró sobre el codo y me miró. Tenía el rímel corrido, el pelo pegado a la frente, y una sonrisa que no era ni triunfal ni cómplice. Era una sonrisa cansada y honesta. La sonrisa que solo aparece después.

—¿Te vas a casar en marzo, igual?

—No sé.

—Es la primera respuesta sincera que me das en seis años.

Me reí. Ella se rió también, despacio, como si le doliera un poco. Me pasó la mano por el pelo, después por la cara, después por el cuello. No había prisa. No había horario. Por primera vez en mucho tiempo, alguien me tocaba sin estar pensando ya en lo que vendría después.

El celular en el bolsillo del vestido tirado en el piso vibró por enésima vez. Esta vez ninguna de las dos miró. Daniela apoyó la frente contra la mía y cerró los ojos.

—Quedate hasta que se haga de día —pidió.

—Me quedo.

Y me quedé. Sin saber todavía qué iba a hacer con el anillo a la mañana siguiente, sin saber qué iba a contarle a Marcelo, sin saber si lo de Daniela y yo tenía futuro o solo esa noche. Lo único que sabía, con una claridad nueva y un poco asustada, era que algo que había estado dormido en mí desde los veinte años acababa de despertarse para no volver a callarse.

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Comentarios (3)

CamilaLuna_Cba

que relato!!! me tenia con el corazon en la boca todo el tiempo

lector_ansioso

Por favor que haya segunda parte, quede completamente enganchada

ViajeraDeNoche

Lei el excerpt y no pude parar. Muy bien narrado, se siente cada momento como si lo estuvieras viviendo vos.

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