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Relatos Ardientes

Mi prima del pueblo nunca había besado a una mujer

Julio de 1974. Marisa subía una pista de tierra al volante de su Seat 600 azul cuando se topó con un carro tirado por una mula. El hombre la guiaba por las bridas, sin prisa por nada. El camino era tan estrecho que no había forma de adelantar, así que echó el freno de mano, apagó el motor y dejó metida la primera. Encendió un Marlboro y se preparó para esperar, pero el hombre arrimó el carro al ribazo y le hizo señas con la mano para que continuase.

Poco después atravesaba la plaza del pueblo a paso de tortuga. Había niños jugando a la pelota entre las losas de pizarra, y Marisa avanzó tan despacio como pudo para que se apartaran sin sobresaltos. Aparcó delante de la única taberna del lugar. Los críos rodearon el coche de inmediato. No era frecuente ver un vehículo en una aldea de cincuenta casas perdida entre montes de pinos.

Marisa era alta, delgada, de ojos oscuros y melena castaña que le caía hasta media espalda. Llevaba una blusa blanca, un vaquero ceñido y unos zapatos planos de color tabaco. Cuando salió del coche, los niños se quedaron mirándola como si hubiese aterrizado un platillo volante. Tenía los labios pintados de rojo y las uñas también, y en aquel pueblo ninguna mujer se pintaba.

Tres muchachas sentadas en un banco de piedra la miraban con la boca abierta. Un par de mozos que habían salido a la puerta de la taberna se codearon entre ellos. Una vieja que volvía del río con un cesto de ropa mojada murmuró algo entre dientes que sonaba a rezo y a maldición a partes iguales.

Marisa entró en la taberna y los mozos tuvieron que apartarse para dejarla pasar. Al llegar al mostrador, la tabernera la miró de arriba abajo.

—¿En qué te puedo servir?

—¿No me reconoce, tía?

La mujer entrecerró los ojos.

—¿Debería?

—Soy Marisa, la hija de su hermano Antonio.

A la tabernera se le iluminó la cara. Salió de detrás del mostrador, la abrazó y le plantó dos besos sonoros.

—¡Marisa! Pero cómo has cambiado, criatura. ¿Cuántos años hace que no bajabas por aquí?

—Doce, tía Isabel. Barcelona queda lejos y hasta ahora no tenía coche propio.

—Estás guapísima. ¿Cuántos días te puedes quedar?

—Una semana, si tiene sitio.

—Mujer, de puertas para dentro todo son camas. Vete a por la maleta y mete el coche en el cobertizo, que aquí hay mucho envidioso y muchas piedras sueltas en el camino.

***

A las nueve de la noche llegó la prima de Marisa del monte con el rebaño de cabras de su madre. Vio el Seat aparcado bajo el cobertizo y, junto a él, a una mujer agachada hurgando en la guantera.

—¡Marisa! Cuánto tiempo.

—Tú tienes que ser Lucía. ¿Cómo me has reconocido?

—Los ojos los tienes igualitos que de pequeña.

Lucía era todo lo contrario a Marisa. Morena de piel, baja, de caderas anchas y pecho generoso. Tenía los ojos color avellana y una cara redonda de campesina sana que parecía sacada de un cromo. Veintidós años recién cumplidos, las manos un poco ásperas del trabajo en el campo y una sonrisa franca que se le iba a las mejillas.

Cenaron tarde, después de cerrar la taberna. Marisa les contó por dónde andaba la vida en la ciudad: su trabajo en un estudio de arquitectura, los conciertos a los que iba, el piso pequeño cerca del puerto. La tía Isabel la escuchaba como si le estuvieran narrando una película. El tío Manuel asentía en silencio. Los abuelos, ya muy mayores, se quedaban dormidos a ratos entre cucharada y cucharada de caldo. Lucía no decía nada, pero no le quitaba los ojos de encima.

***

La casa tenía dos plantas. Abajo estaban la taberna y el almacén. Arriba, un aseo y tres habitaciones: una para la tía y el tío, otra para los abuelos y la tercera, la que daba al huerto, para Lucía y Marisa.

Las dos primas se acostaron sin destaparse del todo. Hacía calor de julio y la ventana abierta apenas dejaba entrar aire. Marisa llevaba un pantalón corto de pijama y una camiseta blanca. Lucía, una combinación larga de algodón que le marcaba el pecho cada vez que respiraba.

—¿Las arquitectas ganáis mucho dinero? —preguntó Lucía en voz baja, mirando al techo.

—Vamos tirando. Yo vivo bien.

—¿Tienes novio?

—No. ¿Y tú?

—Yo tampoco.

Pasaron unos segundos en silencio. Lucía giró la cabeza hacia su prima y le pasó un dedo por el antebrazo, despacio, de la muñeca al codo.

—Tienes la piel muy suave.

—Y tú la mano muy corta.

Lucía se miró la mano, frunciendo el ceño.

—¿Tú crees?

—Si la tuvieras más larga —Marisa le cogió la muñeca y se la llevó a un pecho por encima de la camiseta—, te habría llegado hasta aquí.

Lucía retiró la mano de un tirón, como quien toca un cazo caliente.

—No te acaricié para provocarte.

—Pues me provocaste. ¿Te acuerdas de que me preguntaste si tenía novio?

—Mujer, te lo acabo de preguntar, claro que me acuerdo.

—Pues no tengo novio porque me gustan las mujeres.

Lucía le puso un dedo en los labios.

—Calla, calla, que estas paredes son de papel y se va a oír hasta en la era.

—¿A ti no te escandaliza?

—Yo soy tu prima. Y mientras no me toques…

Marisa se giró de costado, le pasó la mano por encima del camisón y le apretó un pecho con la palma entera.

—Ya te toqué.

Lucía contuvo el aliento. Cuando habló, lo hizo entre dientes.

—Te voy a meter una hostia en un ojo que vas a ver las estrellas del cielo y las del techo.

—Si no me la has dado todavía, no creo que me la des.

Lucía se giró bruscamente y le dio la espalda a Marisa, apretando la sábana contra el cuello.

—A dormir. Esto pinta muy mal para tu cara, prima.

Marisa sonrió en la oscuridad. Apoyó dos dedos sobre la cadera de Lucía y los hizo caminar como si fueran piernas, en uve invertida, subiendo lentamente por la curva del costado. Lucía cerró los ojos y apretó los dientes.

—¿A ti cómo hay que decirte las cosas?

Los dedos siguieron subiendo, escalaron el omóplato, llegaron al cuello.

—Estate quieta de una puñetera vez.

Los dedos bajaron. Recorrieron la espalda, encontraron el borde del camisón, descendieron al nacimiento de las nalgas. Uno se apoyó en la línea del trasero y el otro avanzó por el muslo hasta rozar el calor que había entre las piernas.

Lucía se dio la vuelta de golpe, sentada en la cama.

—O te estás quieta o duermes en el coche. Es el último aviso.

Marisa se incorporó también, apoyada en un codo. Tenía la respiración un poco más rápida de lo normal.

—¿Te importa si me masturbo en silencio?

—Si te oigo tocarte, te arrastro por los pelos hasta el cobertizo.

—Qué lástima. Me gustas mucho, ¿sabes? Pero contigo veo que no hay nada que hacer.

—Ya iba siendo hora de que te dieras cuenta.

Lucía se tumbó de espaldas con un suspiro y se cubrió hasta la barbilla. Marisa hizo lo mismo. La habitación quedó en silencio: solo se oía el cri-cri de los grillos del huerto y el tic-tac amortiguado del despertador de la mesilla.

***

Pasaron veinte minutos. Quizá media hora. Lucía no podía dormir. Le ardía la cara, le ardía el pecho, le ardía algo entre las piernas que no había sentido nunca con esa nitidez. Pensó en su prima respirando despacio a treinta centímetros de ella. Pensó en la mano que había bajado por su espalda y en lo que había sentido al recibir un dedo apoyado donde nadie la había tocado jamás.

—¿Duermes, Marisa?

No hubo respuesta. La respiración de Marisa era pareja y profunda. Se ha dormido, pensó Lucía. Le ha durado dos minutos el enfado.

Solo podía hacer una cosa. Se puso boca arriba, despacio para no hacer crujir el somier, y metió una mano por debajo del camisón. La otra se la subió al pecho, primero por encima de la tela y luego por debajo. Se acarició la areola y se mordió el labio para no gemir.

En su cabeza la mano que le tocaba el pecho no era suya. Tampoco lo eran los dedos que empezaron a moverse despacio por encima del clítoris. Se imaginó a su prima haciéndole todo aquello, susurrándole al oído lo que iba a hacerle después, y notó cómo se humedecía. Se quitó las bragas debajo de la sábana, las dejó hechas un ovillo a los pies de la cama, y siguió.

Más tarde se quitó también el camisón. La habitación estaba a oscuras y la sábana la cubría. Nadie podía verla. Lo hizo respirando por la nariz, con la boca apretada, deseando con todas sus fuerzas que Marisa se despertara.

Pero Marisa no estaba dormida. Llevaba un buen rato escuchando el roce del algodón contra la sábana, los dedos entrando y saliendo, la respiración entrecortada de su prima. Había esperado a propósito. Sabía que, si se movía antes de tiempo, Lucía se cerraría como una ostra. Ahora ya no podría cerrarse.

Cuando oyó el primer gemido contenido, Marisa se giró y la besó.

Lucía se quedó paralizada un segundo, con la mano todavía entre las piernas. Después le rodeó el cuello con el brazo libre y le devolvió el beso como pudo, apretando los labios contra los de Marisa porque era lo único que se le ocurría hacer. Marisa se separó un milímetro, le pasó la lengua por el labio inferior y volvió a entrar, esta vez despacio, abriéndole la boca con suavidad. Le buscó la lengua y la levantó con la suya. Cuando Lucía sacó la lengua por reflejo, Marisa se la chupó.

Lucía empezó a temblar. Se corrió ahí, en el primer beso de su vida con una mujer, sin haber retirado siquiera los dedos de entre las piernas.

Marisa la besó en la mandíbula, en el cuello, en la clavícula. Le bajó el camisón hasta la cintura y se quedó mirándole el pecho a la luz mortecina que entraba por la ventana. Le lamió primero un pezón, despacio, dibujando círculos con la punta de la lengua. Después se lo metió entero en la boca y se lo chupó como si tuviera sed. Lucía le hundió los dedos en el pelo.

—Yo creía que solo me gustaban los hombres —le susurró—. Y mira que llevo años sin que me guste ninguno.

—A lo mejor llevabas años esperando esto.

Marisa se incorporó, se quitó la camiseta del pijama por encima de la cabeza y la dejó caer al suelo. Después se bajó el pantalón y las bragas de una sola vez. Se metió dos dedos entre las piernas, los sacó brillantes y le acercó la mano a la cara de Lucía.

—Mira lo que me has hecho.

Lucía olió, dudó un instante y le chupó los dedos. Sabía a sal y a algo más. Algo que no había probado nunca.

Marisa le abrió las piernas con una rodilla y le pasó la lengua de abajo a arriba, lenta, presionando al final contra el clítoris. Lucía contuvo el grito mordiéndose el dorso de la mano. Después Marisa subió a besarla en la boca, con los labios todavía húmedos, y Lucía se estremeció al reconocer su propio sabor.

—¿Te gusta?

—Me matas de gusto.

Marisa bajó de nuevo. Le besó los pezones, le besó el ombligo, le besó la cara interna de los muslos. Cuando volvió al clítoris, lo hizo con paciencia. Lamía hacia la izquierda, hacia la derecha, hacia arriba, hacía círculos. Lucía no aguantó mucho. Se corrió por segunda vez, con la espalda arqueada y los pies clavados en el colchón, mordiendo la almohada para no despertar a media casa.

Cuando recuperó el aire, se incorporó. Vio que Marisa tenía la mano entre sus propias piernas, moviéndose despacio. Le apartó la mano.

—Déjame a mí. A ver si sé.

Se acomodó entre los muslos de su prima. Olió primero, igual que había hecho con los dedos. Luego acercó la boca y lamió, despacio, sin saber muy bien por dónde empezar. Se tragó el sabor. Buscó el clítoris a tientas, lo encontró, presionó la lengua contra él. Copió cada uno de los movimientos que Marisa había hecho sobre ella, con torpeza al principio y con instinto después. Marisa cerró los ojos, le agarró el pelo con las dos manos y se corrió en silencio, mordiéndose el puño cerrado.

Después se quedaron las dos quietas, una al lado de la otra, mirando al techo. La sábana hecha un revoltijo a los pies de la cama. Olor a sudor y a tabaco apagado.

—Mañana te voy a tener todo el día mirándome y va a ser un escándalo —murmuró Lucía.

—Pues mírame —dijo Marisa—. Yo te voy a mirar igual.

***

Marisa había bajado al pueblo con la idea de pasar una semana. Llamó por teléfono al estudio desde la cabina de la plaza y dijo que necesitaba tomarse las vacaciones enteras. Le dieron el mes sin rechistar. Se quedó hasta finales de agosto.

De día ayudaba en la taberna o subía con Lucía y las cabras al monte, donde nadie las veía. De noche cerraban la puerta de la habitación con un trozo de cordel atado al pomo, por si acaso. La tía Isabel notó que las dos primas estaban muy unidas y se alegró. El tío Manuel no notó nada. Los abuelos seguían quedándose dormidos en la cena.

Cuando llegó el día de volver a Barcelona, Marisa metió la maleta en el Seat 600 y se quedó un momento apoyada en la portezuela. Lucía bajó del cobertizo con un paquete envuelto en papel de estraza: queso de la casa y un trozo de cecina.

—Para el viaje.

—Gracias.

—Vuelve por Navidad.

—Voy a volver antes.

Lucía asintió. No se besaron, porque estaban en la plaza y había viejas en las ventanas. Pero las dos sabían que aquella temporada no había terminado, que apenas empezaba, y que el invierno iba a ser largo y frío, y que las cartas tardaban semanas en llegar al pueblo.

Marisa arrancó. Bajó la cuesta de tierra y, en la primera curva, se cruzó otra vez con el carro tirado por la mula. Esta vez fue ella la que sonrió.

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Comentarios (4)

Gema77

hermoso relato, de lo mejor que lei en mucho tiempo!!

LauK22

Por favor tiene que haber segunda parte, me quede con ganas de mas...

SombrasLectora

increible, me encanto

MelancolicaLuna

me gusto como lo narraste, se siente muy natural y autentico. ese ambiente del pueblo le da algo especial al relato

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