La bartender me arrastró al callejón aquella noche
Esa noche salí sola. Mi hermana Mariana estaba con su novio, y yo llevaba semanas con un picor entre las piernas que ninguna ducha conseguía calmar.
Me llamo Lucía. Tengo diecinueve años, el pelo negro hasta media espalda y una costumbre peligrosa: cuando me aburro, busco problemas. Esa noche el problema vino con nombre de bar, «Vértigo», un sótano del centro al que entraban más mujeres que hombres y donde nadie preguntaba la edad.
Me puse un vestido negro tan corto que no había prenda interior que sobreviviera. Tacones bajos, porque pensaba bailar; los ojos pintados como para una pelea callejera. Salí de casa con esa sensación tibia de saber que iba a hacer algo de lo que no me iba a arrepentir.
Crucé la puerta y el bajo de la música me golpeó el pecho. Olor a perfume barato, a sudor joven, a cubatas mal servidos. La barra estaba en el fondo, larga, iluminada por dos tiras de neón rosa que dejaban los cuerpos a medio definir. Detrás de ella, mezclando con una velocidad casi rabiosa, estaba ella.
Llevaba una camiseta negra cortada a tijera, los brazos cubiertos de tatuajes pequeños, una argolla fina en el labio inferior y el pelo rapado de un lado. No era guapa al uso. Era mejor que eso: era el tipo de mujer a la que mirar duele un poco. Su placa decía Renata.
Me acodé en la barra justo enfrente y esperé a que me viera. Cuando levantó la vista, la sonrisa que se le escapó fue del tipo que no se les pone a los desconocidos.
—¿Qué te sirvo? —preguntó, secándose las manos en el delantal.
—Lo que tú quieras que beba.
Arqueó una ceja, divertida, y se quedó mirándome dos segundos demasiado largos.
—Cuidado con eso —dijo al fin—. Esa frase a veces se cobra.
Me puso un gin tonic alto, con una rodaja de pepino y demasiado hielo. Mientras lo deslizaba sobre la madera, dejó que las yemas de sus dedos rozaran las mías. Fue un roce de un segundo, pero me bajó por la columna como agua fría.
—Eres nueva —comentó.
—Primera vez.
—¿Y qué buscas en tu primera vez?
La pregunta le tembló un poco al final, como si la hubiera dicho sin pensarlo y le hubiera gustado cómo sonaba. Me incliné lo justo para que el escote hablara por mí.
—Algo que recuerde por la mañana.
Renata soltó una risa baja, ronca, que se perdió bajo el bajo de la música. Tres clientes le gritaron desde el otro extremo de la barra. Se giró, los atendió sin mirarlos, y volvió a mí en menos de un minuto. Esta vez se inclinó con los codos apoyados, tan cerca que pude ver el lunar pequeño que tenía bajo el ojo izquierdo.
—Termino a las dos —dijo—. Si todavía estás aquí, lo decidimos.
—¿Qué decidimos?
—Si te llevo a casa o si te llevo a algún sitio peor.
***
La hora siguiente la pasé en la pista. Bailé con desconocidas, con un par de chicos que se me acercaron y a los que despaché con una sonrisa, con una rubia altísima que me pegó las caderas y a la que dejé hacerlo porque sabía que Renata estaba mirando. Cada vez que levantaba la vista hacia la barra, la encontraba ahí, sirviendo, sí, pero también vigilándome. Una vez me sostuvo la mirada lo bastante como para llevarse un trago a los labios sin apartar los ojos de los míos.
Me estaba volviendo loca.
A la una y media me senté otra vez frente a ella, sudada, con el pelo pegado a las sienes. No me dijo nada. Me sirvió un vaso de agua, se quedó observándome beber, y cuando terminé se quitó el delantal y lo dejó sobre la barra sin apartar los ojos de mi boca.
—Vamos.
Salió por una puerta lateral marcada como «personal» y yo la seguí sin preguntar. El pasillo daba a una puerta de chapa que ella empujó con el hombro. El aire de la calle me golpeó la cara, frío, limpio comparado con el de dentro. El callejón estaba mal iluminado, una farola amarilla zumbando al fondo, contenedores alineados contra la pared opuesta. No había nadie.
—¿Aquí? —pregunté, riéndome un poco por los nervios.
Ella no contestó. Me empujó la espalda contra la pared de ladrillos, me puso una mano en la mandíbula y me besó como si llevara horas pensándolo. Su boca sabía a menta y a tabaco. La argolla del labio se me clavó en el mío y le mordí encima del piercing, devolviéndoselo.
—Te he visto mover las caderas toda la noche —murmuró contra mi cuello—. Sabías lo que hacías.
—Para ti.
—Lo sé.
Me besó de nuevo, más profundo. Una de sus rodillas se metió entre mis piernas y empujó hacia arriba. Sentí el frío del aire en la cara interna de los muslos antes de sentir su muslo en mi sexo. Me arqueé contra ella, sin poder evitarlo. Llevaba toda la noche así.
—No llevas nada debajo —dijo, mitad sorpresa, mitad aprobación.
—No.
—Eres un peligro.
Me deslizó la mano por el muslo, despacio, midiéndome. Cuando llegó arriba se detuvo solo un instante antes de hundir dos dedos en mí. Estaba tan empapada que entraron sin esfuerzo, y aun así fue como un golpe pequeño en el centro del cuerpo. Apoyé la frente en su hombro y dejé escapar un gemido que se ahogó en la tela de su camiseta.
—Mírame —ordenó.
Levanté la cara. Sus ojos eran castaños, casi negros con esa luz. Empezó a moverse dentro de mí, no rápido, marcando un ritmo lento, profundo, mientras la base de la palma me golpeaba el clítoris en cada empuje. Mi vestido se había subido del todo. Estaba desnuda de cintura para abajo en mitad de un callejón, y no me importó.
—¿Te gusta así? —preguntó.
—Más rápido.
—Pídelo bien.
La miré con la rabia que solo da el placer interrumpido.
—Por favor.
Sonrió de medio lado y aceleró. Le clavé las uñas en la nuca, me agarré a ella para no resbalar por la pared, y empecé a sentir cómo se me iba acumulando todo en el bajo vientre. Su boca volvió a la mía. Me mordió el labio inferior justo cuando el primer espasmo me sacudió. Me corrí mordiendo el cuello de su camiseta para no gritar, y aun así se me escapó algo parecido a un quejido largo.
Cuando abrí los ojos, ella me miraba con una calma irritante.
—Tu turno —dije, intentando recuperar el aliento.
—¿Mi turno?
—De dejarme hacer.
***
Me arrodillé. No porque me lo pidiera, sino porque era lo que quería hacer y porque sabía que la sorprendería. La farola seguía zumbando arriba. El suelo del callejón estaba frío bajo mis rodillas, pero apenas lo registré. Le desabroché el botón de los vaqueros mirándola desde abajo y no aparté los ojos de los suyos hasta que se los bajé hasta los muslos.
Llevaba un tanga negro de algodón, sencillo, mojado en el centro. Le pasé la lengua por encima de la tela, despacio, una sola vez, y ella echó la cabeza atrás golpeándose suavemente contra la pared.
—Joder, Lucía.
Sonreí contra ella. Le aparté el tanga con dos dedos y la encontré con la boca. Sabía a piel limpia, a algo cálido, a hambre. Empecé despacio, dibujando círculos con la punta de la lengua alrededor del clítoris, y subí el ritmo solo cuando sentí que se le tensaban los muslos contra mis hombros. Una de sus manos me agarró el pelo y me sujetó ahí, sin tirar, solo marcándome dónde quedarme.
—Así, así —murmuraba—, no pares, no pares.
Le metí dos dedos a la vez que la chupaba y todo su cuerpo se tensó como si la hubiera tocado algo eléctrico. Las uñas se le clavaron en mi cuero cabelludo. Sentí el primer temblor en sus muslos, luego el segundo, luego el suspiro largo y casi enfadado con el que se corrió contra mi boca, sin soltar mi pelo en ningún momento.
Me dejó levantarme despacio, todavía sin habla. Cuando me incorporé, me limpió la barbilla con el pulgar y se llevó el pulgar a su propia boca sin apartar los ojos de los míos. Fue probablemente la cosa más obscena que me ha hecho nadie en la vida.
***
Nos quedamos un rato así, apoyadas la una contra la otra en la pared del callejón. Yo recolocándome el vestido, ella subiéndose los vaqueros. La música del bar seguía latiendo a través de la puerta de chapa, ahogada, lejana, como si perteneciera a otra noche distinta.
—¿Vives lejos? —preguntó.
—Quince minutos andando.
—¿Mañana trabajas?
—No.
Sacó un paquete de tabaco del bolsillo trasero, se encendió un cigarro y me lo pasó. Le di una calada larga y se lo devolví. La punta brillaba naranja entre nosotras.
—Te llevo a casa —dijo al fin—. Y, si me dejas, me quedo.
Levanté la vista hacia ella. Tenía el rímel un poco corrido, el pelo despeinado por mis manos, esa argolla del labio brillando bajo la farola amarilla. No parecía la misma mujer que mezclaba bebidas detrás de la barra. Parecía alguien a quien podría conocer despacio si quería.
—Te dejo —dije.
Apagó el cigarro contra la pared y me cogió de la mano. No de la cintura, no del cuello, no del culo. De la mano, como si fuéramos dos chicas saliendo de un bar cualquiera. Y aun así, cuando empezamos a caminar hacia la avenida, sentí entre los muslos el recuerdo exacto de cada uno de sus dedos.
***
De aquella noche han pasado ocho meses. Renata ya no trabaja en Vértigo: montó su propio sitio en otra punta de la ciudad, más pequeño, sin neones rosas, con discos de vinilo y luz cálida. Yo voy casi todas las noches. A veces me siento en la barra y la observo trabajar como aquella primera vez, fingiendo que no la conozco para que ella también finja.
A veces, cuando no queda casi nadie, deja a su socia cerrando y me lleva por la misma puerta de chapa que tiene cualquier bar de este tipo. La pared de ladrillos cambia, pero la mano en la mandíbula es siempre la misma.
El callejón ya no huele a basura. O sí, pero he aprendido que esas cosas dejan de importar muy rápido cuando ella te empuja contra la pared y te susurra que te has estado portando mal otra vez.