La pelirroja nueva descubrió mi secreto en el ensayo
Después de la clase de derecho penal tenía que cruzar el campus a la carrera y meterme en el ensayo para el partido del sábado. Con el calor pegajoso que hacía aquella tarde en Georgia, lo último que me apetecía era ponerme a dar saltitos al ritmo de una música que ya me sabía de memoria.
Por si no queda claro: soy animadora. Porrista, cheerleader, lo que quieras. Menos mal que el uniforme se había reducido bastante desde que mi madre hacía lo mismo, en esta misma universidad, a principios de los setenta.
Ella me lo había enseñado muchas veces, tanto en fotos antiguas como en las prendas que aún conservaba en una caja del altillo. Llevaba una falda por debajo de las rodillas y un jersey que, aunque le marcaba la forma de las tetas, le cubría hasta el cuello y las muñecas. Eran otros tiempos.
Estoy segura de que aún le quedaría bien si se lo probara. Y también el mío, si yo se lo prestara. Es más, creo que lo luciría con la misma soltura que yo. Se conserva como nuevo.
El mío, en cambio, era otra historia. La falda apenas tapaba las nalgas, y con la primavera caliente del sur nos poníamos una camiseta de tirantes finos, con un escote tan generoso que poco había que imaginar. Más que camiseta parecía un sujetador deportivo con el emblema del equipo bordado justo entre los pechos.
Así animábamos a los chicos del fútbol, prometiéndoles con la sola figura un premio si ganaban. A veces funcionaba y a veces no, pero, mientras la cerveza fresca corriera por las gradas, daba igual.
A mí, sinceramente, me interesaban más mis compañeras que aquellos brutos de hombros anchos. En los ochenta la idea de una chica con otra chica empezaba a verse con más naturalidad, pero yo todavía no había salido del armario y prefería ir despacio.
Llegaba tarde porque me había quedado tonteando con una profesora de derecho mercantil después de su clase. Toda una mujer madura, con una falda de tubo que se le pegaba a la cadera y una blusa blanca que dejaba entrever la lencería oscura por debajo. El cruce de miradas había sido evidente, pero el reloj me ganó la partida y tuve que despedirme antes de tiempo.
Entré corriendo al vestuario. Ya estaba vacío. Mis compañeras estaban afuera, en el césped, calentando. Me quité el short, la camiseta, el sujetador y las bragas. Saqué de la bolsa el tanga que había metido por la mañana. En aquella época todavía era una prenda rara, casi escandalosa.
Lo había visto en una película erótica que pasaron en una fiesta clandestina y no paré hasta encontrar uno parecido en una mercería de las afueras. Compré media docena de golpe. También me había fijado en cómo la protagonista llevaba el pubis recortado, así que me había afeitado los laterales y me había dejado solo un triangulito por encima, lo justo para que no asomara nada por los bordes.
—Mierda —murmuré cuando metí la mano hasta el fondo de la mochila.
No estaba. La lencería deportiva, las bragas anchas, el cullotte de protección. Todo se había quedado en la secadora junto a la ropa de la fraternidad. Lo único que tenía a mano era ese tanguita ridículo que apenas cubría nada y la mini con la camiseta del uniforme.
Lo pensé un segundo. Total, era un ensayo, los chicos no estaban, nadie iba a mirar bajo la falda. Volví a ponerme el tanga, me salté el sujetador —tengo el pecho pequeño y firme, no lo necesito— y salí al campo a la carrera.
La capitana me clavó esa mirada suya, la de las cejas apretadas. La habían elegido más por la voluptuosidad de sus tetas y por su carácter inflexible que por talento atlético. Me importó un comino. Por llegar tarde me pusieron a entrenar con la más nueva, lo más alejado posible del grupo.
Kendra era una pelirroja preciosa, con pecas en los pómulos y en el pecho, con la boca ancha y unos ojos verdes que parecían siempre un poco sorprendidos. Había sido animadora todo el instituto, así que se sabía la coreografía sin esfuerzo. La única diferencia entre ella y yo era que yo llevaba semestres en el equipo y ella acababa de aterrizar.
Nos pusieron una rutina de parejas. La tomé de la mano y la llevé un poco más lejos todavía, lo justo para conseguir algo de intimidad. Quería tenerla cerca, mirarla bien, hablarle sin que nos oyeran.
Sinceramente, había olvidado por completo lo del tanga. Hasta que apoyé las manos en el suelo y levanté las piernas en una vertical. La ley de la gravedad hizo el resto. La minifalda cayó alrededor de mi cintura y mi culo quedó al descubierto justo delante de la cara de Kendra, que me sujetaba los tobillos.
Cuando me incorporé esperaba una mueca, una incomodidad, una risa nerviosa. Lo que encontré fue una sonrisa pícara y un brillo distinto en los ojos.
—Es bonito lo que vi —dijo, con la voz un poco más baja de lo necesario.
—Mi culo —contesté con la misma calma.
—Eso también. Pero me refería a lo que llevas puesto.
—¿Te gustó?
—Las dos cosas. Pero sigues sin contestar.
—Se llama tanga. Lo vi en una película.
—¿Y qué tipo de películas ves tú?
—Las más picantes que encuentre. Y algo me dice que a ti también te llaman la atención.
—No soy de piedra —respondió, mordiéndose el labio.
—Carne fresca, más bien —le dije—. ¿Quieres probarte uno?
—¿Tienes más?
—Tengo media docena en mi cuarto de la fraternidad. Y con esas nalgas tuyas te quedaría espectacular.
Seguimos con el baile. Pero a partir de ese momento ninguna de las dos era inocente. Cada giro era una excusa para enseñarle algo: la línea del tanga, la curva de la cadera, el pubis depilado salvo por un triangulito que dejaba a la vista. Kendra hacía lo mismo, aunque sus bragas blancas eran mucho más grandes y solo me dejaban adivinar la forma de los labios contra la tela. Adivinar y notar, porque empezaron a marcarse húmedas en la entrepierna.
Poco después dejé la mano un segundo de más en su pecho, en una postura que en teoría no lo justificaba. Ella no la apartó. La apretó contra ella sin que nadie se diera cuenta. Era una pelirroja con el pulso firme y mucha sangre fría para alguien que acababa de llegar.
En el siguiente giro, ella puso las manos sobre mis pechos. Yo tenía los pezones como guijarros de río pulidos.
—Tampoco llevas sujetador —constató.
—Se me olvidó toda la lencería en la secadora.
—Qué casualidad tan oportuna.
Las faldas eran tan cortas que en un momento dado apoyé el culo desnudo contra sus muslos, también descubiertos. Aproveché para frotarme. Ella no se apartó ni un milímetro. Cuando bajamos los brazos, los suyos rodearon mi cintura como si la postura lo requiriera.
—Tenemos compañía —murmuró sin mover apenas los labios.
Las demás estaban a unos veinte metros, ocupadas con su propia coreografía. La capitana, de espaldas. El morbo de hacerlo a la vista de todas, sin que nadie viera nada, me encendió todavía más.
Kendra deslizó la mano por debajo de mi falda y rozó la tela húmeda del tanga.
—Estás empapada.
—Por supuesto. Llevas media hora calentándome.
Pasó la lengua por mi cuello, un toque rápido, una promesa de algo más largo.
—Tú a mí también. ¿Me invitas a tu habitación?
—No te voy a dejar escapar.
El resto de las chicas empezaba a recoger toallas y el equipo de música. Tuvimos que separarnos lo justo para no escandalizar a la capitana, que era la única que probablemente reaccionaría mal. Las demás ya tenían sus propios entretenimientos de fin de semana.
Cuando las perdimos de vista, apagué la música, le agarré la mano y la llevé en una primera idea hacia el andamio que sostenía las gradas. Había oído a los chicos del equipo decir que era un buen escondite. Llegué, miré y me arrepentí en un segundo. Aquello estaba lleno de condones usados, latas aplastadas y un olor que prefiero no describir. Nada de eso para mi pelirroja.
—Cambio de planes —le dije—. Vamos a la fraternidad.
Pasamos rapidísimo por el vestuario a recoger las mochilas. Esquivé las miradas de las rezagadas, algunas de las cuales se habían quedado adrede para hacer entre ellas más o menos lo que yo quería hacer con Kendra. Pude ver de reojo bastante piel desnuda. Otro día, quizás.
No quería que se duchara ni que se cambiara. Me gustaba la idea de quitarle yo misma el uniforme, con las trenzas todavía marcadas por la goma del pelo y el sudor del ensayo en la piel. Quizá por eso me había metido en este equipo. La psicología no era mi carrera, así que tampoco iba a buscarle más explicaciones.
Llegamos a mi Ford Pinto, una reliquia que me había pasado mi hermano mayor. Había sido jugador del equipo años antes, de los que correteaban por ese mismo césped. Esa tarde el coche iba a prestarme un servicio que él jamás habría imaginado.
—¿A dónde me llevas?
—Tú decides. Buscamos un sitio tranquilo para aparcar o vamos a la fraternidad.
—En una cama —dijo con una sonrisa—. Quiero que sea algo especial.
Arranqué y batí mi propio récord en ese trayecto. Ninguna de las dos podía estarse quieta. Su mano se metió bajo mi minifalda y apartó la tela del tanga. Recorrió mi pubis depilado con una delicadeza que no encajaba con el calor del momento.
—Sin un pelo. Me lo voy a comer entero.
Yo intentaba devolverle el favor, pero la amplitud de su braga lo complicaba. Ella resolvió el problema sin pedirme permiso: se la bajó por los muslos hasta sacarla por los pies, todavía calzados con las deportivas, y la dejó olvidada bajo el asiento. Tuve que rescatarla antes del fin de semana. Esa mezcla de inocencia y descaro me iba a volver loca.
Mi mano subió por la cara interna de su muslo. Tuve que abrirme paso entre la mata de pelo rojo del pubis, que solo se afeitaba en la línea del bikini, detalle que había podido confirmar durante el ensayo. Cuando alcancé el clítoris, ella empezó a respirar como una locomotora antigua. Con las ventanillas bajadas por el calor, empecé a temer que la oyeran desde otro coche.
—No pares.
Sus dedos, mientras tanto, hacían lo suyo en el mío. Me corrí antes de llegar a la fraternidad. Si era capaz de eso en el asiento sucio de un Pinto, sin quitarme nada, no me imaginaba lo que podría pasar en una cama.
***
Aparqué en mi plaza. La veteranía y haber sido amante de la presidenta del año anterior tenían sus ventajas: cuarto propio y un sitio reservado para el coche. Subimos sin cruzarnos casi con nadie, solo con una chica que bajaba a la cocina en camisón. Cosa rara, porque ella solía andar por la casa solo con las bragas. Algún ligue debía esperarla arriba.
Cerré la puerta con llave y me lancé a por su boca. Durante el ensayo los besos habían sido fugaces, casi telegráficos. Ahora podíamos quedarnos ahí media hora si queríamos. Su lengua entró buscando la mía, jugando, persiguiéndome hasta el paladar.
Mientras nos comíamos, una de mis manos subió por debajo de su camiseta hasta sus pechos, una o dos tallas más grandes que los míos. Atrapé un pezón entre dos dedos y lo apreté con suavidad. La otra mano se abrió paso por el muslo hacia arriba, hasta que rozó la vulva sin braga. Estaba mojada, brillante, caliente.
Ella tampoco se quedó quieta. Pellizcó uno de mis pezones por encima de la camiseta y, con la otra mano, apartó el tanga. Nos comíamos la boca con verdadera hambre.
Un segundo después me sacó el top por encima de la cabeza. Aprovechó que tenía los brazos en alto para lamerme el torso, las axilas y, por fin, los pezones. Cada pasada de su lengua me bajaba por la columna como un cable de corriente.
—Déjate el tanga puesto —le dije cuando vi que iba a quitármelo.
—Vale.
La minifalda cayó al suelo poco después. Se apartó un paso para mirarme entera, vestida solo con el tanga y las zapatillas del ensayo. Su cara era pura lujuria.
Me empujó a la cama, se arrodilló y empezó por los pies. Me descalzó y lamió cada dedo, los talones, los empeines. Yo no lo había contado, pero acababa de descubrir uno de mis puntos débiles. Subió lamiendo las piernas, la cara interna de los muslos, todo con la calma del que sabe que tiene tiempo.
—Eres preciosa —murmuró.
Llegó a mi pubis y empezó a besarlo sin apartar la tela del tanga. La prenda le había dado morbo de verdad. Yo aproveché para tirar de su top y de su sujetador deportivo. La quería ver solo con la minifalda plisada.
—Me voy a correr solo con mirarte —dijo.
Pero su lengua estaba haciendo otro tipo de trabajo en mi entrepierna y eran mis gemidos los que llenaban la habitación. Apartaba la tela del tanga a un lado y volvía sobre el clítoris una y otra vez, hasta que empecé a perder la cuenta de los orgasmos.
Cuando empezó a empujarme los muslos hacia arriba supe a dónde quería ir. Me ofrecí entera y dejé que su lengua bajara por el perineo hasta el ano. Las nalgas se separaban solas en esa postura.
—Tienes un culo espectacular. Ahora entiendo por qué te queda tan bien ese trapo.
No quería terminar yo sola. La empujé suavemente para invertir los papeles, la puse a cuatro patas y le levanté la minifalda hasta la cintura.
—La mini se queda donde está.
—Como quieras.
Empecé por los pies, devolviéndole la cortesía. Le besé las plantas, los dedos, los tobillos. Tenía cosquillas y se reía bajito, pero no me detuvo. Subí por la cara interna de los muslos, una piel tan suave que casi parecía irreal, hasta llegar a su pubis pelirrojo.
Cuando por fin clavé la lengua en su vulva, sus jadeos llenaron el cuarto. Tuve que taparle la boca con una mano porque las paredes de la fraternidad eran de papel. Sin sacar la lengua, le metí dos dedos y empecé a moverlos despacio. Subí lamiendo la espalda, la nuca, hasta encontrar de nuevo sus labios. Quería que probara su propio sabor en mi boca.
Terminamos las dos derrumbadas sobre el colchón, jadeando, con la minifalda y el tanga todavía a medio quitar. Me eché de lado para mirarla. Tenía las pecas brillando de sudor.
—¿Te quedas a dormir? —le pregunté.
—Si me invitas, sí.
Las dos teníamos clase al día siguiente. No podíamos entretenernos mucho más. Pero ya estaba contando las horas que faltaban para el viernes por la noche, para cerrar esa misma puerta y no abrirla hasta el lunes por la mañana. En la fraternidad nadie se sorprendería. La mayoría, en mayor o menor grado, compartía aficiones parecidas a las mías.