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Relatos Ardientes

Lo que mi compañera me enseñó después del bar

Carla y Renata trabajaban juntas en un estudio de arquitectura del centro desde hacía casi dos años. Carla dirigía el equipo de licitaciones; Renata estaba en el área de interiorismo. Sus oficinas quedaban en el mismo piso, separadas por un pasillo angosto donde se cruzaban diez veces al día. Y diez veces al día había una pausa de medio segundo más de la cuenta, una mirada que se sostenía un parpadeo de más, un roce que ninguna de las dos esquivaba.

Carla se había divorciado en mayo. Llevaba tres meses durmiendo sola en un departamento de dos ambientes con vista a los cerros de Valparaíso, y cada noche se preguntaba qué iba a hacer con todo lo que sobraba dentro suyo. Le habían quedado las ganas intactas, eso era lo peor. Su marido la había dejado sin tocarla durante el último año, y ella había aprendido a no necesitarlo. Lo que no había aprendido era a dejar de mirarse al espejo y preguntarse a quién quería tocar.

Renata tenía el pelo castaño claro cortado por debajo del hombro, los ojos verdes y una manera particular de apoyar el codo en el marco de su puerta cuando hablaba. Era seis años menor que Carla y nunca se había casado. Una tarde, en la sala de café, había soltado sin levantar la vista del termo:

—A veces me gustan los hombres, a veces las mujeres. Depende del día.

Carla había asentido con una sonrisa que le costó disimular y se había vuelto a su oficina con el corazón golpeándole en las costillas. Depende del día. Esa frase se le quedó dando vueltas durante semanas, como una piedra que no terminaba de caer al fondo.

Un viernes de junio cerraron una licitación importante. El equipo estuvo en la oficina hasta las diez de la noche, comiendo empanadas frías y revisando planos. Cuando todos se fueron, Renata pasó por la oficina de Carla con la cartera al hombro y un brillo nuevo en la mirada.

—¿Vamos a tomar algo? —dijo—. Conozco un lugar a tres cuadras donde no nos van a ver compañeros.

Carla aceptó sin pensarlo.

El bar quedaba en la calle Esmeralda, en un sótano con paredes de ladrillo a la vista y lámparas amarillas colgando del techo. Eligieron una mesa al fondo. Pidieron pisco sour y un plato de aceitunas que ninguna de las dos terminó. Hablaron del trabajo durante quince minutos por costumbre, y después dejaron caer la conversación hacia donde realmente querían llevarla.

—¿Cómo va el divorcio? —preguntó Renata.

—Firmamos los papeles hace tres meses —contestó Carla—. Lo difícil no es eso. Lo difícil es darme cuenta de que durante diez años no fui yo.

Renata la miró por encima del borde del vaso.

—¿Y quién sos ahora?

—No sé. Estoy averiguándolo.

Hubo una pausa. La música era una bossa nova vieja que Carla no reconoció. Renata estiró el brazo por encima de la mesa y le sacó una pelusa imaginaria del hombro. La mano se quedó ahí, sobre la tela de la blusa, un segundo de más.

—¿Querés saber algo? —dijo Renata—. Yo te miro hace dos años.

Carla sintió que la cara se le encendía. Bebió un trago largo del pisco para ganar tiempo.

—¿Y por qué nunca dijiste nada?

—Porque estabas casada. Y porque no quería ser la mujer que te confunde.

—¿Y ahora?

—Ahora estás soltera, son las once de la noche y me estás mirando de la misma manera.

Carla no contestó. Le sostuvo la mirada durante lo que le pareció una eternidad, y al final fue ella la que dijo, casi sin reconocer su propia voz:

—¿Tu casa queda lejos?

***

El departamento de Renata estaba en el cuarto piso de un edificio con ascensor de jaula. Subieron en silencio, mirando el cable enroscado por el hueco mientras la cabina chirriaba. Renata abrió la puerta y dejó las llaves sobre una mesa baja llena de plantas. Carla se quedó parada en el living, con la cartera todavía colgada del hombro, sin saber qué hacer con las manos.

—Sentate —dijo Renata—. ¿Querés un vino?

—Bueno.

La escuchó moverse en la cocina. Sacó dos copas, descorchó una botella. Cuando volvió al sofá, se sentó al lado de Carla con la pierna doblada bajo el cuerpo, mirándola de frente. Le pasó la copa y dejó la suya sobre la alfombra, sin tomar un sorbo.

—¿Estás nerviosa? —preguntó.

—Un poco.

—No tenemos que hacer nada que no quieras.

Carla bajó la mirada hacia su propia copa.

—El problema no es lo que no quiero —dijo—. El problema es que quiero todo.

Renata sonrió. Le apartó un mechón de pelo de la cara con dos dedos y se lo puso detrás de la oreja. El gesto era simple, pero Carla sintió la piel del cuello erizándose.

—¿Nunca estuviste con una mujer? —preguntó Renata en voz baja.

—Nunca.

—¿Pensaste alguna vez?

—Toda la vida.

Renata se acercó un poco más. Carla pudo oler su perfume —algo cítrico y leve, mezclado con el alcohol del bar y con su propio sudor—. Vio la pequeña cicatriz que Renata tenía en el labio superior, una marca que nunca había notado de cerca.

—Decímelo —pidió Renata—. Quiero escucharlo.

—Quiero que me beses.

Renata cerró la distancia. El primer beso fue suave, casi una pregunta. Carla sintió los labios de la otra sobre los suyos y el contraste la golpeó: la piel era más fina, los movimientos más lentos, el ritmo más paciente que cualquier beso que recordara. No había prisa. No había la urgencia agresiva que había aprendido a esperar.

Cuando se separaron, Renata le pasó el pulgar por el labio inferior.

—¿Todo bien?

—Todo bien.

—¿Otro?

Carla asintió. El segundo beso fue más profundo. La lengua de Renata buscó la suya con calma, y Carla sintió que algo dentro suyo se rendía. Dejó la copa de vino en el piso sin mirar dónde la apoyaba. Las manos de Renata se posaron en su cintura y la atrajeron hacia ella.

Cayeron las dos sobre el respaldo del sofá, ya sin separar las bocas. La blusa de Carla salió primero. Renata la besó en el hueco de la clavícula, después en el comienzo del pecho. Le desabrochó el corpiño con una precisión que la sorprendió. Cuando los pechos de Carla quedaron al aire, Renata se quedó mirándola un momento largo.

—Sos hermosa —dijo, y no sonó a frase hecha—. Quiero acordarme de esto.

Carla quiso decir algo pero no le salió. Solo le tomó la cabeza con las dos manos y la guio hacia su pecho. Renata cerró los labios alrededor del pezón izquierdo y Carla sintió que se le contraía la espalda. La lengua dibujaba círculos, los dientes apenas raspaban, los labios chupaban con una constancia que era casi música.

***

Llegaron al dormitorio caminando para atrás, riéndose por lo bajo cuando Carla golpeó la cadera contra el marco de la puerta. La cama era ancha, las sábanas blancas, una sola lámpara encendida en el velador. Renata terminó de desvestirla con esa misma paciencia. La pollera, las medias, la bombacha. Carla quedó completamente desnuda y, por primera vez en mucho tiempo, no sintió el impulso de cubrirse.

—Vení —dijo Renata, sentándose en el borde de la cama—. Sacame la ropa.

Carla obedeció. Le desabotonó la camisa con las manos temblando un poco al principio, después con más firmeza. Le bajó los pantalones. Cuando Renata quedó en ropa interior, Carla se arrodilló entre sus piernas y la miró desde abajo, sin animarse todavía a tocar.

—Tomá lo que quieras —dijo Renata—. Estoy acá para eso.

Carla apoyó los labios en el interior del muslo. La piel era cálida, ligeramente salada. Subió con la boca lentamente, sin saber muy bien hacia dónde, dejándose guiar por el aliento de Renata, que se hacía más corto a medida que ella avanzaba. Cuando llegó al borde de la ropa interior, Renata levantó la pelvis para ayudarla a sacarla.

Lo que vino después Carla lo recordaría durante meses. La textura distinta. El olor distinto. La forma de descubrir un cuerpo igual al suyo pero ajeno, y entender en cada movimiento qué le gustaba, qué la hacía suspirar, qué la hacía agarrarle el pelo con fuerza. La lengua de Carla aprendió rápido. Encontró el ritmo en los suspiros de Renata, la presión justa en la forma en que arqueaba la espalda, la velocidad en cómo los dedos se le clavaban en el cuero cabelludo.

—Así —susurraba Renata—. Así, Carla, así.

Cuando Renata terminó, lo hizo en silencio, con la boca abierta y un temblor que le recorrió las piernas durante varios segundos. Carla se quedó quieta, apoyada contra la cara interna del muslo, escuchándole la respiración volver al sitio.

Después Renata la jaló hacia arriba. La besó en la boca con una intensidad nueva, dejándole sentir su propio sabor.

—Te toca —dijo.

***

Carla se acostó boca arriba. Renata se tomó su tiempo. Recorrió cada parte del cuerpo con la boca, con los dedos, con la palma abierta. Le besó las costillas, el ombligo, la cara interna de las muñecas. Le mordió suavemente el lóbulo de la oreja. Para cuando Renata bajó entre sus piernas, Carla ya estaba al borde, con el cuerpo entero pidiéndolo.

La lengua de Renata no era apurada. La provocaba primero, alrededor, sin tocar todavía lo que más necesitaba. Carla intentó moverse para forzar el contacto y Renata la sujetó por las caderas con las dos manos, manteniéndola quieta.

—Despacio —dijo, alzando la vista un instante.

Carla cerró los ojos. Cuando Renata finalmente la lamió donde tenía que hacerlo, fue como si una corriente le subiera por la columna. La fue llevando con una alternancia precisa: lengua, dedos, lengua otra vez. Carla sentía el cuerpo entero apretándose alrededor de algo que iba subiendo despacio, despacio, despacio. Cuando finalmente la rompió, lo hizo con un grito ahogado, agarrándose de las sábanas con las dos manos, mordiéndose el labio inferior para no decir nada más comprometedor.

Quedó deshecha. Renata subió hasta acomodarse a su lado, le besó la sien y le pasó un brazo por encima de la cintura.

—¿Cómo estás?

—No sé —contestó Carla con la voz quebrada—. Creo que bien. Creo que muy bien.

—Te lo decía.

—¿Qué cosa?

—Que te miraba hace dos años por algo.

Se rieron las dos, despacio, mirando el techo.

***

A las cuatro de la mañana Carla se despertó con sed. Se levantó, fue a la cocina en penumbras, tomó agua de la canilla con la mano hueca. Cuando volvió al dormitorio, Renata se había acomodado boca abajo, la espalda desnuda, el pelo desparramado sobre la almohada. La miró un momento largo desde la puerta.

No supo bien qué nombre ponerle a lo que sentía. No era amor —todavía no, todavía no podía ser— pero tampoco era solo curiosidad satisfecha. Era una claridad nueva. Una respuesta a una pregunta que llevaba haciéndose desde la adolescencia y que nunca había tenido el coraje de formular en voz alta.

Volvió a la cama. Se acomodó contra la espalda de Renata, le pasó un brazo por la cintura.

Renata, sin abrir los ojos, le agarró la mano y se la apretó contra el estómago.

—Quedate hasta el desayuno —murmuró.

—Me quedo.

Y así se durmieron, las dos enredadas, con la primera luz de Valparaíso empezando a colarse despacio entre las cortinas.

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Comentarios (3)

SolDeVerano88

Hermosísimo. Se me hizo cortísimo, quería que siguiera y siguiera!!

NataliRV

Por favor que haya segunda parte, quedé con ganas de mas. La tensión acumulada desde el principio lo hace todo mejor.

Romina_Cba

Me recordó a algo que me pasó hace años con una compañera de trabajo jajaja. Muy bien escrito, se siente autentico.

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