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Relatos Ardientes

El cumpleaños de Mariana terminó conmigo en su cama

Mierda. Voy tardísima.

Subí las escaleras del edificio de Mariana de dos en dos, con el corazón a mil y los tacones haciéndome la guerra. Llevaba media hora ensayando la cara de inocente que iba a poner cuando me abriera la puerta. Sabía cómo era ella. Si algo la sacaba de quicio era la impuntualidad, y yo me había superado a mí misma esa noche.

Toqué el timbre dos veces, demasiado seguidas. La puerta se abrió casi al instante.

—Por fin —dijo Mariana, con esa media sonrisa que nunca sabías si era cariño o reproche.

Me la quedé mirando un segundo más de la cuenta. El pelo castaño le caía en ondas sobre los hombros desnudos, los ojos marrones enormes, y un vestido negro le marcaba un escote que no recordaba haber visto antes. O sí lo recordaba, pero esa noche pesaba distinto.

—¡Felicidades, tonta! —exclamé, lanzándome a abrazarla—. Estás… estás guapísima.

—Anda, déjate de zalamerías —respondió, devolviéndome los dos besos—. Y tú también, ese conjunto te queda de muerte. Pero a ver, Carla, ¿dónde coño te has metido? La fiesta ya está terminando.

—Yo… —empecé, y se me fue la vista otra vez al escote. Me obligué a apartarla—. ¡Me encanta tu vestido!

—No me cambies de tema. Llevo toda la noche preguntando por ti. —Suspiró—. Mira, es mi cumpleaños, no me quiero enfadar. Pero estoy un poquito decepcionada. Anda, pasa, que de la fiesta queda lo justo.

La seguí hasta el salón. Cuatro personas tiradas en el sofá, vasos a medio terminar, una luz baja que olía a fin de fiesta. La música era un hilo de bossa nova que alguien había puesto para no apagar del todo el ambiente.

Joder, qué fiestón debe de haber sido, pensé mientras miraba los restos de nachos sobre la mesa.

—No te creas —dijo ella, leyéndome la cara—. Faltabas tú. Podemos montarnos una fiesta privada las dos, si quieres. Como las que nos hacíamos de pequeñas.

—Por mí, bien.

En menos de veinte minutos los últimos invitados se despedían en la puerta. Mariana cerró con dos vueltas y se giró hacia mí con una botella en la mano. Etiqueta dorada, de las caras.

—Sabes que yo no bebo, Mariana.

—Esta noche sí. Te toca. Es mi cumpleaños y me lo debes.

Tenía una expresión que no admitía negociación. Di un sorbo. Luego otro. Luego dejé que me rellenara la copa porque no se me ocurrió decirle que no.

***

No sé cuánto tiempo pasó. Sé que hablamos del trabajo, de la última vez que nos habíamos peleado, de un chico del gimnasio que a ella le tenía obsesionada. Sé que nos reímos de cosas que no eran graciosas. Sé que en algún momento Mariana se quitó los tacones y se subió las piernas al sofá, y que yo no pude dejar de mirar el muslo que asomaba por la abertura del vestido.

—Yo… no me encuentro muy bien —solté de pronto, llevándome la mano a la boca.

—¿Cómo que no? Carla, no me jodas. ¿Cuánto has bebido?

—Lo que tú me has servido. Tengo ganas… de…

Y vomité. Encima de ella. Encima del vestido negro perfecto de la cumpleañera.

Me ahorraré los detalles, pero le pedí perdón un mínimo de cien veces seguidas. Mariana ni siquiera me gritó. Se quedó muy quieta, con los brazos separados del cuerpo, mirando el desastre como si estuviera procesando que aquello le acababa de pasar a ella.

—Es culpa mía —dijo al fin—. Te obligué a beber sabiendo cómo eres. Perdóname tú a mí.

—No, soy yo, llegué tarde y encima te he…

—No pasa nada. —Cerró los ojos un segundo, respiró hondo y volvió a abrirlos—. Pero el vestido está hecho mierda. ¿Te importa que me lo quite aquí mismo? No pienso arrastrar esto por el pasillo.

—Claro, claro, lo que necesites.

Se llevó las manos a la espalda y bajó la cremallera. El vestido se deslizó hasta el suelo en un solo movimiento. Se quedó en ropa interior delante de mí, mirando el estropicio con las manos en las caderas. Sostén negro de encaje, braga a juego.

La había visto en ropa interior mil veces. Habíamos compartido vestuario en el instituto, en el gimnasio, en los probadores de Zara. Le había visto incluso las tetas, sin ceremonia ninguna, como buenas amigas que se cambian sin mirar. Pero aquella vez no fue como las otras.

Sentí algo raro en el pecho. Algo más raro aún en el bajo vientre. Una corriente caliente, súbita, completamente fuera de lugar. Aparté la mirada. No me sirvió de nada, porque cuando volví a alzarla seguía ahí, real, recortada contra la luz amarilla del salón.

—Voy a darme una ducha rápida —dijo, sin notar nada—. Quédate, sírvete agua, lo que quieras. Vuelvo en cinco.

Y se fue al baño con el vestido hecho un ovillo en la mano.

***

Me quedé sola en el salón con la cabeza dando vueltas. Y no era el alcohol.

¿Qué coño me está pasando?

Oí el grifo abrirse al fondo del pasillo. El sonido del agua estrellándose contra el plato de la ducha. Y entonces hice algo que llevo años intentando explicarme.

Me levanté. Recorrí el pasillo descalza. Empujé la puerta del baño y entré.

Mariana estaba dentro de la mampara, de espaldas, con el agua cayéndole por la nuca y el pelo pegado a los omóplatos. La luz del espejo le sacaba destellos a las gotas que le bajaban por la columna. Tardó dos segundos en notar mi presencia. Cuando se giró, no se cubrió. Ni un gesto. Cerró el grifo a medias y arqueó las cejas.

—¿En serio, Carla? ¿Tantas ganas tienes de verme duchándome? Tardo poquito, te lo juro.

No supe qué decir. Me la quedé mirando como una idiota, fijándome en cosas en las que no me había fijado nunca antes. El sexo de Mariana era pequeño, cerrado, casi recién estrenado. Tenía una mata de vello castaño cortita y prolija. La piel de los muslos le brillaba por el agua.

—¿Qué miras, guarrilla? —Sonrió de medio lado, con esa picardía suya. Todavía no había entendido nada.

—Yo… nada.

Y se me hizo un nudo en la garganta. Sentí que iba a llorar. Cerró el grifo del todo. Me miró otra vez, esta vez sin sonrisa.

—Eh, ¿qué te pasa? ¿Te encuentras peor? Ven aquí, anda.

Salió de la ducha sin secarse, dejando un reguero de agua en el suelo, y me abrazó. Empapada. Desnuda. Con los pechos presionándome contra el conjunto que llevaba puesto. Sentí el corazón latiéndole muy fuerte contra el mío. No supe si era el suyo o el mío.

—Mariana…

—Carla, en serio, ¿qué te pasa?

—Mariana, ¿puedo… puedo ducharme contigo?

Hubo un silencio. La sentí ponerse rígida un instante, separarse lo justo para mirarme a la cara. Tenía los ojos muy abiertos.

—¿Que quieres… ducharte conmigo? —Frunció el ceño, todavía intentando descifrar—. Vale, eso es una petición un poquito rara, pero…

—Es para ahorrar agua —solté, casi escupiéndolo.

Mariana se rio. Una risa corta, incrédula.

—¿Para ahorrar agua? Carla, eres lo peor. Mira que eres rara. Entra, anda.

***

Me desnudé sin mirarla. Plegué la ropa en el lavabo con un cuidado que no había tenido en mi vida. Cuando me metí en la mampara y cerré la puerta de cristal, me di cuenta de que la cabina era diminuta. Ella y yo, dos cuerpos, un chorro de agua tibia entre las dos.

Y el cosquilleo me explotó por todas partes.

Mariana me miraba en silencio. Con los brazos cruzados sobre los pechos por primera vez en toda la noche, como si de pronto hubiera entendido que esto ya no era una broma de amigas. Yo no podía dejar de mirarle la boca.

Di un paso. Solo uno. Bastó para que mis pezones rozaran los suyos. Mariana inspiró hondo, pero no se apartó.

Y la besé.

Fue un beso torpe, demasiado fuerte, sin avisar. Abrió los ojos como platos. No me devolvió el beso, pero tampoco se apartó. Sentí su boca cerrada contra la mía, sus labios firmes pero no hostiles. Pasaron dos, tres, cinco segundos eternos. Y entonces algo cedió. Sus labios se abrieron. La lengua le respondió a la mía.

Cuando me separé, casi diez segundos después, ella seguía con los ojos cerrados.

—Yo… Mariana, mierda, lo siento, no sé qué me ha pasado, joder, lo siento muchísimo…

Me puso un dedo en los labios para que me callara. Despacio, sin abrir los ojos. Y luego me besó ella.

Este beso fue distinto. Lento, decidido, con la lengua entrando despacio, como si llevara años calculando la dosis exacta. Me agarró por la nuca con una mano. Con la otra me cogió la cintura. El agua nos seguía cayendo encima y yo había dejado de sentir el frío.

Cuando terminó el segundo beso, vino el tercero. Y el cuarto. Y dejé de contar.

***

Cerró el grifo sin separar la boca de la mía. Salimos de la ducha goteando, agarradas, sin hablar, tropezando con la alfombra del baño. Su habitación estaba a tres pasos. La misma habitación en la que nos habíamos quedado dormidas tantas noches viendo películas con el portátil sobre las piernas.

Me tumbó en la cama sin secarme. Las sábanas se humedecieron debajo de mí en cuestión de segundos. No le importó. Se subió encima a horcajadas y se quedó mirándome.

—¿Estás segura? —preguntó.

—No tengo ni idea —contesté—. Pero no pares.

Sonrió. Y empezó a bajar.

Me besó el cuello primero. Luego la clavícula, los pechos, deteniéndose en cada pezón el tiempo justo para volverme idiota. Bajó por el vientre. Me abrió las piernas con las dos manos.

Cuando me lamió por primera vez, dejé de respirar. No fue por la sensación, que también, sino por la conciencia brutal de quién me lo estaba haciendo. Mi mejor amiga. La chica con la que había compartido cumpleaños, llantos, viajes y secretos. Esa boca era la misma que se reía a carcajadas en la cafetería del instituto. Y ahora estaba entre mis piernas, moviéndose despacio, sabiendo perfectamente lo que hacía.

Tardé poquísimo en correrme. Demasiado poco. Me corrí con un grito amortiguado contra la mano, agarrándola del pelo, sin darle tiempo a reaccionar.

—Joder —susurró ella, levantando la cabeza, sonriendo—. Si te corres así, no quiero ni imaginar.

—Cállate. Ven aquí. Me toca.

***

La giré como pude. Le costó dejarse llevar; estaba acostumbrada a llevar la voz cantante hasta en eso. Pero terminó tumbada bocarriba, con el pelo mojado abierto en abanico sobre la almohada y las piernas separadas. Su sexo era más pequeño que el mío, más cerrado, más rosado. Le pasé la lengua despacio, de abajo arriba, una sola vez. Mariana arqueó la espalda como si la hubieran enchufado.

—Otra vez —pidió.

Otra vez. Y otra. Y otra. Probé combinaciones que no había probado nunca con un hombre, porque con un hombre no hacían falta. Aquí todo era distinto. Sabía exactamente dónde quería que me tocaran porque era mi propio mapa. Y ella se retorcía, y me agarraba del pelo, y soltaba esos gemidos cortos y graves que jamás le había escuchado en treinta años de amistad.

Se corrió la primera vez con mi lengua. La segunda con dos dedos. La tercera la pasamos juntas, con las piernas cruzadas en tijera, mirándonos a los ojos, moviéndonos al mismo ritmo hasta que se nos descontroló la respiración y nos derrumbamos cada una para su lado.

Calculo que estuvimos así dos horas. Quizás más. Cuando por fin paramos, estábamos las dos bocarriba mirando al techo, sudadas, descompuestas, con la sábana hecha un guiñapo entre las piernas.

—O sea que ahora somos lesbianas —dijo Mariana, sin girar la cabeza.

—O bisexuales. Yo ahora mismo me comería una buena polla, no te voy a mentir.

Soltó una carcajada que le hizo temblar los hombros.

—Carla, eres lo peor.

—En serio —dije, girándome hacia ella—. Siento que todo haya sido tan…

—No lo sientas. —Me miró. Tenía los ojos brillantes—. Llevaba mucho tiempo necesitando esto, aunque no lo supiera. Y tú, por cierto, tienes una lengua que tendrían que estudiar en la universidad.

—Y tú tienes dos tetas, un culo y un sexo que son simplemente perfectos. No te pongas digna ahora.

—Te quiero, idiota.

—Y yo a ti.

Hubo un silencio largo. Luego, sin avisar, me agarró la mano y se la llevó otra vez entre las piernas.

—Una más —pidió—. Por favor. Que aún es mi cumpleaños cinco minutos.

—Eso está hecho, Mariana. Feliz cumpleaños. Este es mi regalo. Y te aviso que voy a ser muy generosa.

Y, lengüetazo a lengüetazo, este relato se acaba.

Aunque la noche, no.

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Comentarios (3)

NadiaBaires

Que hermoso relato!!! me encanto de principio a fin

ClarissaZ

Por favor que haya segunda parte, me quede con ganas de saber como sigue todo entre ellas

LectorSilente

Se siente tan honesto y real. Eso es lo que me gusta, que no intenta ser otra cosa. Muy bien escrito.

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