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Relatos Ardientes

Lo que hicimos con Camila en el baño del instituto

Camila llegó al instituto en septiembre, dos semanas después de que arrancaran las clases. La trajo la coordinadora del último año un martes por la mañana, justo antes de la primera hora, y la sentó al lado mío sin preguntarme nada. El profesor de literatura estaba terminando de pasar lista cuando ella tiró la mochila sobre el pupitre y se acomodó la pollera con un gesto que ya me dijo todo lo que necesitaba saber.

Era flaca, alta, con la piel muy blanca y unos rulos negros que le caían hasta los hombros. Tenía los ojos de un marrón casi miel y una boca grande que se mordía sin darse cuenta cuando pensaba. La camisa del uniforme le quedaba un poco abierta en el cuello, lo justo para mostrar la curva de la clavícula y el principio de los pechos. Y la pollera, igual que la mía, la llevaba dos dedos más arriba de lo que la directora habría permitido si nos hubiera mirado bien.

—Soy Camila —dijo cuando el profesor terminó de hablar—. Vengo de un colegio de Rosario.

—Mariana —contesté—. ¿Te ayudo con los apuntes?

Asintió y nuestras manos se rozaron cuando le pasé el cuaderno. Fue un segundo, nada más, pero ella no apartó los dedos enseguida. Me miró a los ojos, sonrió de costado y empezó a copiar como si no hubiera pasado nada. Yo me quedé un rato largo mirándole el perfil, intentando volver a la clase y entender de qué hablaba el profesor.

A la hora del recreo bajamos juntas al patio. Le mostré los baños, la cantina, el rincón donde fumaban las de quinto. Caminaba siempre medio paso detrás de mí, y cuando le hablaba se inclinaba para escucharme, aunque yo no estaba diciendo nada que necesitara discreción. Cuando volvimos al aula, antes de que sonara el timbre, me tocó el brazo para detenerme.

—Te queda lindo el pelo así —dijo—. ¿Te lo cortaste vos?

—Mi vieja.

—Mañana me lo corto yo también.

Se rió y entró en el aula sin esperar respuesta. Yo me quedé en la puerta un momento, con el corazón haciendo cosas raras en el pecho.

***

Pasaron tres semanas. Tres semanas de sentarnos juntas, de pasarnos las hojas, de prestarnos lápices y compartir el almuerzo. Y de empezar a tocarnos sin tocarnos. Los roces de rodillas debajo del pupitre. El brazo de ella apoyado en el respaldo de mi silla cuando se inclinaba para mirar mi cuaderno. El pelo que me corría detrás de la oreja cuando le caía en la cara mientras yo le explicaba un ejercicio. Cada gesto era inocente. Ninguno lo era.

El jueves a la mañana, en la primera hora de biología, supe que iba a pasar algo.

Camila vino más arreglada de lo normal. Se había maquillado los ojos apenas, con un trazo finito de delineador, y el labio inferior le brillaba un poco. Cuando se sentó, dejó la mochila en el suelo y se acomodó la pollera con las dos manos. Después cruzó las piernas hacia mi lado, despacio, y vi por una décima de segundo que no llevaba nada debajo.

Levanté la vista. Ella me estaba mirando.

—Hace calor —dijo bajito, como una explicación que no le había pedido.

—Hace —respondí.

La profesora de biología entró justo en ese momento. Una mujer mayor, con anteojos al borde de la nariz, que escribía en el pizarrón sin levantar la vista nunca. Camila y yo nos sentábamos al fondo, en la última fila de pupitres dobles, contra la pared de la ventana. Nadie miraba para atrás. Nadie miraba para los costados. Era el lugar perfecto y lo habíamos elegido sin decirlo nunca.

Yo abrí el cuaderno, me puse a copiar lo que la profesora escribía y separé un poco las rodillas debajo de la mesa. Me llevé la birome a la boca y la mordí mientras miraba para adelante. Esperé.

No tardó. La mano de Camila se posó en mi rodilla con una suavidad que casi no se sentía. Subió por la cara interna del muslo, despacio, recorriendo la piel sin apuro, hasta detenerse a un dedo de la bombacha. Yo seguí mirando el pizarrón. La respiración se me había acelerado, pero la mano seguía firme sobre la birome y los ojos en los apuntes.

Sus dedos pasaron por encima de la tela. Apenas un roce. Después otro, más insistente, justo donde ya me estaba mojando. Empezó a moverlos en círculos pequeños, sin presión, como si me estuviera dibujando algo encima de la ropa. Yo separé un poco más las rodillas.

—Mariana —dijo la profesora—, ¿te traje los apuntes ayer o no?

Levanté la cabeza tan rápido que casi se me cae la birome.

—Sí, profe. Gracias.

—Y entonces, ¿por qué no estás escribiendo?

—Estoy. Ahora sigo.

La mujer me sostuvo la mirada dos segundos más y se dio vuelta para escribir otra fórmula en el pizarrón. Camila no había sacado la mano. Cuando la profesora se giró, la apretó un poco más fuerte, y yo apreté los labios para no soltar nada.

Mi mano izquierda bajó hacia su muslo. Encontré la piel desnuda enseguida, sin obstáculo de tela, y subí los dedos hasta donde ella ya me había prometido sin palabras que iba a estar todo abierto. Estaba mojada. Más mojada que yo. La toqué apenas, con la yema de un dedo, y la sentí estremecerse a mi lado.

Empezamos a movernos al mismo tiempo, las dos con la mano metida entre las piernas de la otra, mirando para adelante como si estuviéramos tomando apuntes. Yo le hacía círculos en el clítoris y ella me los hacía a mí por encima de la bombacha empapada. Cuando metió la mano dentro, deslizando la tela hacia un costado, tuve que apretar los dientes para no soltar el aire de golpe. Sus dedos entraron despacio. Uno. Después dos. Empezó a moverlos como si tocara el piano, con un ritmo que iba subiendo.

Yo le devolví el favor. Le metí dos dedos y la sentí cerrarse alrededor de ellos. La piel ahí era distinta, caliente y suave, como si estuviera viva de otra manera. Camila tenía los nudillos blancos de apretar la birome y la mandíbula tensa, y aún así seguía mirando el pizarrón como una alumna ejemplar.

Cuando le metí el tercer dedo, abrió la boca y soltó un suspiro que sonó a tos. La profesora no se dio vuelta. Pero yo entendí que si seguíamos ahí íbamos a terminar haciendo un escándalo.

—Profe —dijo Camila, sacando la mano de adentro mío con una lentitud que casi me hizo gritar—, ¿puedo ir al baño? No me siento muy bien.

—Vayan dos. Mariana, andá con ella.

Salimos sin mirar atrás.

***

El baño de chicas del tercer piso era el más vacío del instituto. Lo sabíamos las dos. Camila empujó la puerta del último cubículo y me arrastró adentro con ella. Cerró el pestillo y se apoyó contra la puerta, jadeando, con la pollera todavía a medio acomodar y los ojos enormes.

—Por fin —dijo.

La besé. No le di tiempo a nada más. La empujé contra la puerta y le metí la lengua en la boca con una urgencia que no había sentido nunca. Ella me agarró la cabeza con las dos manos y me devolvió el beso mordiéndome el labio. Yo le bajé el cierre lateral de la pollera de un tirón y la dejé caer al piso. Camila estaba desnuda de la cintura para abajo, contra el azulejo frío, y la pollera era un círculo negro alrededor de sus zapatillas.

—Quiero verte —me dijo entre besos—. Toda.

Le hice caso. Me quité la camisa, el corpiño, la pollera, la bombacha. Me quedé en medias hasta la rodilla y nada más. Camila se sacó la camisa también y la dejó colgada del gancho. Cuando se desabrochó el corpiño, los pechos le quedaron al aire y vi que tenía los pezones duros, parados, de un rosa más oscuro de lo que había imaginado.

—Tenés las tetas más lindas que vi en mi vida —le dije.

—Vos sos boba.

—Hablo en serio.

Se acercó y me las apretó contra las mías. La sensación de su piel desnuda contra la mía me hizo cerrar los ojos un segundo. Después agachó la cabeza y me empezó a chupar un pezón con la punta de la lengua, despacio, como si lo estuviera estudiando. Le hundí los dedos en el pelo y la apreté contra mí. Cuando le tocó el turno al otro, yo ya estaba temblando.

Me arrodillé en las baldosas. No me importó que estuvieran sucias, que estuvieran frías, que alguien pudiera entrar y escucharnos. Le besé el ombligo, el hueso de la cadera, el principio del vello que se había dejado crecer apenas. Le abrí las piernas con las dos manos y le pasé la lengua de abajo hacia arriba, lento, recorriendo todo el largo.

Camila apretó la cabeza contra la puerta y soltó un gemido que ya no pudo aguantar. La hice callar apretándole la pierna. Después seguí, con la lengua plana, con la punta, con los labios cerrados alrededor del clítoris. Le metí dos dedos al mismo tiempo y la sentí venirse en menos de un minuto. Una sacudida primero, después un temblor largo, después un grito que se le escapó por la nariz mientras se mordía la mano.

Cuando levanté la cabeza, estaba roja hasta las orejas y respiraba como si hubiera corrido tres cuadras.

—Te toca —jadeó.

Cambiamos de lugar. Yo me senté en la tapa del inodoro, con la espalda contra el depósito de agua, y ella se arrodilló entre mis rodillas. No fue tan paciente como yo. Me devoró sin preámbulo, con la lengua entera, con los labios, con los dedos al mismo tiempo. Cuando me corrí, le agarré la cabeza con las dos manos y no pude controlar el gemido que se me escapó. Lo escuchó cualquiera que estuviera en el pasillo, pero no me importó.

Después subió, con la boca todavía mojada de mí, y me besó. Y yo me probé en su lengua y entendí lo que ella me había dicho hace semanas, sin decir nada, con la mano sobre mi rodilla en la primera hora de biología.

—No vamos a volver a clase —dije.

—No.

Nos quedamos así un rato largo, abrazadas y desnudas en el último cubículo del baño del tercer piso, con el corazón todavía a mil y el cuerpo todavía caliente. Cuando empecé a vestirme, Camila me agarró la cara y me besó otra vez, lento, como si estuviera firmando algo.

—¿Mañana también? —preguntó.

—Mañana. Y pasado. Y el viernes.

Se rió. Tenía la sonrisa más linda que vi en mi vida.

—¿Y los fines de semana, qué? —dijo.

—Los fines de semana ya veremos.

Salimos del baño una primero y la otra después, con las polleras acomodadas y la cara lavada en el lavabo. Cuando volvimos al aula, la profesora ni nos miró. Camila se sentó a mi lado, abrió el cuaderno y empezó a copiar lo que se había perdido. Yo le dejé la mano sobre el muslo, debajo del pupitre, hasta el final de la hora.

Nadie en esa clase supo nunca lo que había pasado entre nosotras esa mañana. Pero yo, cada vez que la veo entrar al aula con la pollera dos dedos más corta de lo permitido, vuelvo a sentir el frío del azulejo en la espalda y el calor de su boca subiendo por mis muslos. Y sé que el jueves que viene, en la primera hora, vamos a hacerlo otra vez.

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Comentarios (3)

ValentinaLP

increible relato!!! me encanto cada detalle

PaulaM_rosario

Por favor que haya segunda parte, quede con ganas de saber mas de Camila. Como siguio todo despues?

MarcosBA77

Me recordo a mis tiempos en el colegio, aunque nunca me paso algo tan bueno jajaja. Muy bien escrito, se siente real.

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