Mi vecina llevaba veinte años sin sentir nada
Viernes por la mañana.
Me desperté sin saber qué hora era. La luz que se colaba entre las cortinas era tenue, grisácea. Temprano todavía. El despertador no había sonado.
Sergio dormía a mi lado, boca arriba, respirando profundo. La sábana le cubría hasta la cintura y dejaba su pecho al descubierto. El pelo revuelto, la subida y bajada tranquila de cada respiración.
Me quedé mirándolo un momento. No era la misma forma de mirarlo que dos días atrás. Tampoco era la misma forma de sentir mientras lo miraba. Todo en mí estaba despierto. Vivo. Como si mi cuerpo entero vibrara en una frecuencia nueva.
Tres días. Solo tres días desde Daniela. Y ya no soy la misma.
Sergio abrió los ojos despacio, parpadeando. Me encontró observándolo y sonrió. Esa sonrisa suya, pequeña, cariñosa.
—Buenos días —dijo, con la voz ronca de sueño.
—Buenos días.
Su mano buscó la mía bajo las sábanas y entrelazó nuestros dedos.
—¿No has dormido bien?
—He dormido perfectamente. Solo… me desperté.
Nos quedamos ahí un momento, en silencio, su pulgar acariciando el dorso de mi mano. Un gesto tan simple, tan cotidiano después de veinte años, que ahora se sentía cargado de algo más.
—Sergio. Tenemos que hablar de una cosa.
Su expresión cambió. Apenas, pero lo vi. Una tensión en la mandíbula.
—Vale.
Me incorporé hasta quedar sentada, la sábana cubriéndome el pecho. Él me imitó, apoyándose contra el cabecero.
—Lo que hablamos anoche —empecé—. Lo de ser honestos. Completamente honestos. No es solo palabras. Tiene que ser de verdad. Sin zonas prohibidas, sin nada enterrado.
Sergio tragó saliva y asintió.
—Lo sé.
—Hace tres años encontré aquel chat. Los mensajes. Las quedadas. Todo. —Lo miré directo—. No te lo reprocho. No ahora. Pero nunca hablamos de eso. Tú dijiste que habías parado, yo dije que te creía, y lo enterramos los dos.
Él abrió la boca. La cerró. Su expresión era culpable, y a la vez aliviada, como si llevara años esperando esa conversación y aterrado de tenerla al mismo tiempo.
—No me importa si paraste o no —seguí—. Lo que me importa es que nunca te pregunté por qué. Qué buscabas ahí. Y tú nunca me lo contaste. Cada uno construyó su muro. El tuyo fue buscar fuera. El mío fue dejar de sentir.
—Marina, tú no tienes la culpa de haber perdido el deseo.
—No. Pero elegí no buscar ayuda. Elegí aceptar que «así eran las cosas». Y eso también es una coraza.
Sergio se incorporó y me abrazó fuerte, su cara hundida en mi pelo.
—No fallaste —murmuró.
—Tú tampoco. Pero los dos dejamos de vernos. Y la ternura se fue muriendo sin que nos diéramos cuenta. —Me aparté para mirarlo—. Te quiero. Y quiero que seamos honestos por primera vez en veinte años. Aunque dé miedo.
—Yo también lo quiero —dijo, ronco—. Aunque me asuste.
El despertador sonó. Las siete. Sergio lo apagó y suspiró.
—Tengo que irme.
Se duchó, se vistió, desayunamos en ese silencio cómodo que solo llega después de tantos años. Lo acompañé hasta la puerta y lo besé. Un beso suave, rápido, cargado de todo lo que acabábamos de decirnos.
—Nos vemos esta noche —dijo.
—Te espero.
Cerré. El piso vacío. Solo yo otra vez.
***
Recogí los platos del desayuno y los lavé con movimientos automáticos que había hecho mil veces. Pero todo se sentía distinto. Cargado. Como si mi cuerpo entero zumbara con una energía que no sabía dónde poner.
No puedo quedarme aquí. No ahora.
Agarré el bolso, las llaves, y salí a caminar sin rumbo. El aire de mayo en Valencia era fresco, limpio, y el cielo tenía ese azul intenso que solo se ve en primavera. Las calles de siempre. El parque con los columpios vacíos. La panadería donde comprábamos el pan los domingos. Todo igual. Todo diferente.
Volví al edificio media hora después. Subí en el ascensor, saqué las llaves.
—¿Marina?
Me giré.
Rosa. Mi vecina del cuarto. Rosa Belmonte, cincuenta y siete años, casada con Ricardo desde hacía tres décadas. Nos cruzábamos de vez en cuando. Buenos días, buenas tardes, un comentario sobre el tiempo y nada más. Pero ahora, frente a frente en el rellano, algo me llamó la atención.
Estaba apagada. No sabría explicarlo de otra forma. Su ropa —pantalones grises, blusa beige, todo correcto— parecía consumirla más que vestirla. Sus ojos, ese marrón claro que recordaba de antes, tenían una opacidad que no era normal.
—Buenos días, Rosa —dije, sonriendo.
—Buenos días. —Sostenía una bolsa de la compra, pesada por cómo se le marcaba la manga—. Perdona, no quería molestarte.
—No molestas. ¿Estás bien?
No sé por qué lo pregunté. Normalmente habríamos intercambiado dos frases y cada una a su casa. Pero algo en cómo estaba parada ahí, mirándome con esos ojos apagados, me detuvo.
—Sí —dijo demasiado rápido—. Sí, solo cansada.
La palabra sonó hueca.
—¿Seguro? Pareces…
—¿Qué? —Su voz salió más aguda, defensiva—. ¿Parezco qué?
—Muy cansada —dije con suavidad.
Rosa me sostuvo la mirada un instante largo. Y entonces algo se quebró en su cara. Solo un segundo. Un parpadeo. Pero lo vi.
—¿Quieres un café? —La oferta salió antes de que pudiera pensarla—. Acabo de hacer una cafetera. Y si necesitas hablar…
Se quedó mirándome, procesando. Y entonces, tan leve que casi no lo noté, asintió.
—Vale —dijo en voz baja—. Gracias.
***
Entró detrás de mí, todavía sosteniendo la bolsa como si fuera frágil. Serví dos tazas en la mesa de la cocina y nos sentamos una frente a la otra. Rosa agarró la suya con ambas manos, buscando calor.
—Ricardo no sabe que estoy aquí —dijo de repente.
—¿Tiene que saberlo?
—No. Supongo que no. Pero normalmente no salgo sin decirle dónde estoy. —Trazaba círculos en el borde de la taza—. Le gusta saber. Con quién, cuándo vuelvo. Es… protector.
La palabra colgó en el aire, pesada.
—¿Protector cómo? —pregunté con cuidado.
—No es malo —dijo rápido—. Es su forma. Desde siempre. —Se detuvo, dejó la taza—. Joder. No sé por qué te cuento esto.
La palabra salió como un suspiro, como si llevara años conteniéndola. Estiré mi mano sobre la mesa, cerca de la suya, sin tocarla. Despacio, ella puso la suya encima.
—Si necesitas hablar, estoy aquí —dije.
Sus ojos se llenaron de lágrimas. Se las limpió, avergonzada.
—Hace tanto que no hablo de esto con nadie. De cómo es. De cómo ha sido durante años. —Respiró hondo—. Ricardo es controlador. Al principio parecía que le importaba, que me cuidaba. Ahora solo es control. Dónde voy, qué me pongo, qué como. Y si no hago lo que quiere, se pone furioso. Me dice que soy inútil. Que estoy vieja. Que nadie más me querría.
Las lágrimas le corrían por la cara y ya no las limpiaba.
—Y lo peor —su voz bajó hasta ser un susurro— es la cama.
—¿Qué pasa en la cama?
—Hace lo que quiere, cuando quiere. Yo solo estoy ahí, dejando que pase. Nunca me pregunta qué me gusta. Nunca me toca de forma que me haga sentir bien. Entra, termina, se va, y yo me quedo vacía. Como si fuera un agujero para él.
—¿Has tenido un orgasmo con él?
La pregunta salió directa. Rosa me miró sorprendida y negó con la cabeza.
—Hace veinte años que no. Ni siquiera recuerdo cómo era antes.
Veinte años sintiéndose vacía. Veinte años dejando que la usaran.
—Se te nota a ti —dijo de pronto, en voz baja—. Te ves distinta. Más viva. Como si brillaras desde dentro.
Algo en mi interior se movió. Esa energía. Ese magnetismo nuevo.
Puedo ayudarla. Puedo mostrarle que no tiene que ser así. Que merece sentir.
—Rosa —dije con suavidad—. ¿Quieres sentir? Tu cuerpo, vivo. No vacío. No usado. Vivo.
—No entiendo…
Rodeé la mesa y me arrodillé frente a ella, tomando sus manos.
—Déjame mostrarte que puedes sentir bien. Y si en algún momento quieres que pare, me lo dices y paro. ¿Vale?
—Yo nunca he… con una mujer…
—No importa. Esto no es sobre hombres o mujeres. Es sobre que alguien te toque con cuidado, con ganas de darte placer en lugar de tomarlo. ¿Confías en mí?
Vi el miedo, la vergüenza y la esperanza peleando en su cara. Su respiración se hizo más profunda. Los hombros se le relajaron apenas. Asintió, tan bajito que casi no la oí.
—Sí.
***
La ayudé a levantarse y la guié al salón, al sofá. Me senté a su lado, cerca, dejando que se acostumbrara a mi presencia.
—Respira —dije—. Solo respira. Aquí estás a salvo.
Levanté la mano despacio y la puse en su mejilla, cálida y húmeda de lágrimas. Ella cerró los ojos.
—Eres preciosa —dije.
Abrió los ojos, sorprendida.
—Nadie me dice eso desde hace años.
—Pues es verdad.
Me acerqué más, sosteniéndole la cara con las dos manos, y la besé. Suave. Apenas presionando mis labios contra los suyos, sintiendo su calor, su sorpresa. Me aparté un poco. No había miedo en sus ojos. La besé otra vez, más profundo, y ella se abrió, tímida, insegura, pero se abrió. Cuando mi lengua encontró la suya, Rosa gimió bajito y el beso cambió, se volvió necesitado, como si llevara años sin besar de verdad.
Bajé las manos de su cara a sus hombros, a sus brazos, sintiendo cómo temblaba. Mis dedos encontraron el primer botón de su blusa.
—Despacio —susurré contra su boca.
Los fui desabrochando uno a uno, dejando que sintiera cada roce. La blusa se abrió. Debajo, un sujetador beige gastado por el tiempo, y unos pechos llenos, grandes, pesados. Se la deslicé por los hombros y desabroché el broche. Sus pechos quedaron libres, los pezones rosados ya medio duros.
—Preciosa —repetí, y lo decía en serio.
Me quité yo también la camiseta y el sujetador. Tomé sus manos y las puse sobre mí. Temblaban, apenas se movían. Cubrí las suyas con las mías, guiándolas, mostrándole cómo acariciar, cómo rozar los pezones con los pulgares. Poco a poco empezó a moverse sola, explorando, y gimió como si dar fuera tan intenso como recibir.
Bajé mis manos a sus pechos, sintiendo su peso, y ella se arqueó contra mí. Pellizqué un pezón con suavidad, luego el otro, y Rosa gemía ya sin contenerse.
—Nadie me ha tocado así en… joder…
Me incliné y me llevé uno de sus pezones a la boca. Rosa gritó. Sus manos volaron a mi pelo, sosteniéndome ahí. Chupé, suave al principio, luego más fuerte, mi lengua presionando, rodeando.
—No pares… por favor…
No paré. Mientras seguía, mi mano bajó al botón de su pantalón y lo desabroché, deslicé la cremallera. Ella estaba demasiado perdida para notarlo.
—Túmbate —susurré, tomándola de la mano.
Se tumbó boca arriba, mirándome con esos ojos, ahora distintos. No solo asustados. También necesitados. Me arrodillé junto al sofá y enganché los dedos en la cintura del pantalón.
—Sí —jadeó sin que preguntara—. Por favor…
Lo bajé por sus caderas y ella levantó el cuerpo para ayudarme. Unas bragas beige, sencillas, con una mancha oscura de humedad. Estaba empapada. Las deslicé por sus piernas y ella las apartó con los pies.
Puse la mano entera sobre su sexo, sintiendo el calor, lo hinchado de todo, lo ignorado durante años. Rosa se arqueó por completo.
—¡Joder!
—Respira —dije—. Solo siente, cariño.
Empecé a moverme, la palma entera frotando, presionando, haciendo círculos sin entrar todavía. Sus caderas se movían solas, buscando más.
—Por favor, Marina… necesito más…
Separé sus labios con los dedos, sintiendo toda la humedad, y encontré su entrada. Empujé un dedo, despacio, centímetro a centímetro. Caliente. Apretada. Rosa lloraba mientras gemía.
—Se siente tan bien…
—Lo sé —dije—. Lo sé.
Entraba y salía despacio, dejándola sentir cada movimiento. Añadí un segundo dedo y ella gritó. Los curvé, buscando, hasta dar con ese punto rugoso por dentro. Presioné. Rosa casi se cae del sofá.
—¡Ahí! ¡Justo ahí!
Mantuve la presión y subí el pulgar hasta encontrar su clítoris, hinchado, escondido bajo el capuchón. Lo rocé apenas y ella gritó otra vez.
—Déjalo salir —dije—. Todo.
Marqué un ritmo. Dedos dentro, curvándose; pulgar fuera, frotando. Una y otra vez. El cuerpo de Rosa se tensaba y se relajaba, buscando algo que hacía tanto que había olvidado.
—No puedo… no puedo…
—Sí puedes. Córrete para mí, Rosa.
Aumenté la velocidad. Más rápido, más fuerte, todo a la vez. Y entonces pasó. Su cuerpo entero se tensó, se arqueó del sofá hasta quedar apoyada solo en hombros y pies, la boca abierta en un grito mudo. Y explotó. Gritó sin control, su sexo contrayéndose alrededor de mis dedos, un líquido cálido empapándome la mano.
No paré enseguida. Prolongué cada ola hasta que ella me agarró la muñeca.
—Para… no puedo más…
Retiré los dedos despacio. Rosa temblaba de pies a cabeza, respirando como si hubiera corrido un maratón.
—Joder, Marina… ¿qué ha sido eso?
—Un orgasmo —dije simplemente—. Eso ha sido.
Se rio. Luego lloró. Luego volvió a reír, todo mezclado, todo saliendo al mismo tiempo. Me tumbé a su lado y la abracé.
—No sabía que podía sentir así —murmuró contra mi pecho—. Pensé que estaba rota.
—Nunca estuviste rota. Solo estabas con la persona equivocada.
—¿Y ahora qué hago? ¿Cómo vuelvo ahí después de esto?
—No tienes que decidirlo hoy —dije—. Ahora solo respira. Recuérdalo.
—No podría olvidarlo aunque quisiera.
***
Nos quedamos así un rato largo, hasta que su respiración se calmó del todo. Después se vistió despacio, todavía temblorosa, y la acompañé a la puerta. Antes de salir, me abrazó fuerte.
—Gracias —susurró—. De verdad.
—Sabes dónde estoy. Si necesitas hablar. O lo que sea.
La vi caminar hacia las escaleras, todavía un poco temblorosa, pero con los hombros más rectos que antes. Cerré la puerta y me quedé en el recibidor, procesando.
Acabo de darle a mi vecina su primer orgasmo en veinte años. Y esa sensación en mis manos, en mi piel, la forma en que reaccionaba… no era solo tacto. Era algo más.
Volví al salón. El sofá todavía guardaba la marca húmeda de donde ella había estado. Me senté y miré por la ventana. El sol, el cielo azul, Valencia extendiéndose hacia el sur. El día seguía igual que antes. Pero todo había cambiado. Rosa había cambiado. Yo había cambiado.
Esto que me está pasando no es solo volver a sentir. Puedo dar placer. Puedo enseñar a sentir. Puedo…
¿Puedo qué?
No tenía respuesta. Pero sabía que esto no había terminado. Rosa volvería. Tendría que decidir qué hacer con Ricardo. Y yo tendría que decidir qué hacer con lo que fuera que estaba despertando en mí.
El día se extendía todavía por delante. Largo. Pero ya no vacío. Porque ahora tenía algo. Y no podía dejar de pensar en ella.