Su ama le prohibió lavarse hasta nuevo aviso
Hacía cuatro días que Lucía no se duchaba, y los dos lo sabían perfectamente. No era descuido. Era una orden. La última vez que se había metido en el baño sin permiso, Marina la había tenido tres noches durmiendo en el suelo del recibidor, y desde entonces aprendió que su cuerpo dejaba de ser suyo en cuanto cruzaba aquella puerta.
El piso olía a ella. A ese olor agrio y denso que se le había ido pegando a la piel, al pelo, a la tela del vestido. Marina lo notaba en cuanto entraba, y en lugar de molestarle, le encendía algo en la nuca. Hubo un tiempo en que ninguna de las dos habría imaginado necesitar esto. Se conocieron en un curso, dos mujeres normales con trabajos normales, y tardaron meses en confesarse en voz baja lo que de verdad buscaban. Lo que descubrieron al decirlo no tenía marcha atrás.
Aquella tarde, Lucía había llegado del trabajo, se había desnudado de cintura para abajo en el recibidor, como exigían las reglas, y se había arrodillado a esperar. Marina la dejó así un buen rato, fingiendo que no la veía, hasta que por fin se acercó y la olió de arriba abajo, despacio, como quien comprueba una mercancía.
—Hueles a perra que se ha revolcado en el barro, Lucía.
—Por eso te pones así de cachonda cada vez que te acercas a mí.
Marina le soltó una bofetada sin avisar. Seca, apenas con la palma, pero suficiente para que la cabeza de Lucía girase de golpe y le quedara la mejilla ardiendo. Ella sonrió con la boca medio abierta, de rodillas en el suelo del pasillo, sin pedir perdón.
—No me mires cuando me contestas.
Le escupió directamente. Un hilo espeso que le cayó entre el pecho y el cuello del vestido. Lucía no se limpió. Cerró los ojos un segundo, como si quisiera retener exactamente dónde había aterrizado.
Ese maldito vestido. El mismo desde el domingo. Gris, raído, con el bajo deshilachado y pegado al cuerpo como una segunda piel sucia. Le marcaba los pezones, el sudor, los restos secos de los días anteriores. Bajo los brazos, dos manchas oscuras se habían vuelto parte del tejido. No llevaba ropa interior. No tenía permiso para llevarla.
—¿Tú te hueles, guarra?
—Sí, ama. Todo el rato. Me encanta cómo huelo.
Marina la agarró del pelo y la arrastró hacia el salón sin decir una palabra más. Lucía avanzó a cuatro patas, dejándose llevar, con las rodillas raspando la madera. Al pasar por la cocina, Marina cogió un trapo del fregadero, uno húmedo y gris de tanto uso, y lo lanzó al suelo, justo delante de la alfombra del centro.
—Fóllate eso. Como la perra que eres. Y si no dejas marca, esta noche duermes en la terraza.
Lucía no titubeó. Se colocó boca abajo sobre la alfombra, con el vestido subido hasta la cintura, y abrió las piernas. Bajó el cuerpo poco a poco hasta apoyar el sexo sobre el trapo y empezó a frotarse contra él, despacio al principio, buscando el ángulo. El sonido era áspero, casi seco, hasta que dejó de serlo. Se escuchaba cómo se le humedecían los labios con cada vaivén.
—Más fuerte. Quiero ver cómo embarras esa alfombra con tu asco.
Marina se sentó en la silla baja, frente a ella, con las piernas abiertas y los talones apoyados en el borde del asiento. Se metió la mano por dentro de la ropa interior, sin prisa, mirando cómo aquella mujer se restregaba en el suelo de su salón. Le gustaba el espectáculo. Le gustaba más todavía saber que no le había costado nada conseguirlo.
—¿Te vas a correr así, arrastrada por el suelo?
—Si me lo permites, ama…
—No te permito nada. Pero vas a hacerlo igual, porque eres una perra inútil que no sabe controlarse.
El cuerpo de Lucía temblaba. El sudor le bajaba desde la nuca, recorriéndole la columna hasta perderse entre las nalgas. El vestido tieso la cubría a medias, levantado y arrugado, inútil ya para nada que no fuera marcarla. El olor lo llenaba todo: agrio, denso, una mezcla de sudor de días, deseo acumulado y tela sucia que ninguna de las dos quería disimular.
—Para. Quieta.
Lucía se detuvo en seco, con la respiración entrecortada y la cara pegada a la alfombra. No protestó. Esperar también era parte del juego, y ella había aprendido a disfrutar incluso de eso.
Marina se levantó. Cruzó el salón descalza, sin prisa, y se acuclilló frente a su cara. Le sujetó la mandíbula con fuerza, clavándole los dedos en las mejillas hasta que la boca se le entreabrió sola.
—Mírame.
Lucía alzó la vista. Tenía la cara sucia, el labio inferior brillante de saliva, los ojos vidriosos y completamente entregados. Marina escupió de nuevo, esta vez directamente sobre la lengua extendida.
—Traga.
Lo hizo, despacio, sin cerrar la boca, asegurándose de que su ama viera cómo desaparecía. Después volvió a sacar la lengua, por si quería más.
—Buena perra —murmuró Marina, casi sin voz. Era lo más parecido a un elogio que pensaba darle esa noche, y las dos lo sabían.
Lucía guardó esas dos palabras como si fueran oro. No las necesitaba a menudo; de hecho, una parte de ella prefería el desprecio, porque el desprecio era más fácil de merecer. Pero de vez en cuando, una sola frase amable colocada en el momento justo le confirmaba que todo aquello tenía un orden, que detrás de cada bofetada había alguien prestándole una atención que nadie más le había prestado nunca. Esa certeza la sostenía más que cualquier caricia.
***
Volvió a su silla, todavía mojada por dentro, y se sacó los dedos relucientes de su propio flujo. Se los acercó a la nariz, los olió, y sonrió. Luego se los limpió en el muslo, sin ofrecérselos. Eso era un privilegio, y los privilegios había que ganárselos.
—Ahora sí. Vuelve a moverte. Quiero verte correrte como lo que eres.
Lucía bajó otra vez el rostro al suelo y reanudó el movimiento. Frotó el sexo contra el trapo empapado con una urgencia que ya no podía contener, las caderas marcando un ritmo cada vez más rápido. Gemía bajo, contenido, mordiéndose el labio para no hacer demasiado ruido, pero sin perder en ningún momento el contacto visual con su ama. Sabía que mirar a otro lado le costaría caro.
—Eso es. No apartes los ojos. Quiero que me veas mientras te corres en mi suelo, como el animal que eres.
El placer le subía desde abajo, le tensaba los muslos, le hacía arquear la espalda contra el peso del vestido sucio. Marina seguía tocándose frente a ella, marcando con su propia respiración el compás que Lucía debía seguir. Cuando una jadeaba, la otra jadeaba un instante después. Estaban atadas por algo que no necesitaba cuerdas.
—Pídelo —ordenó Marina—. Pídeme que te deje.
—Déjame, ama, por favor… déjame correrme…
—¿Por qué debería?
—Porque soy tuya. Porque hago lo que tú quieras. Porque me has hecho así.
Marina la miró un segundo, calculando, disfrutando del poder de decir que no. Y luego, justo cuando Lucía creía que iba a negárselo, asintió una sola vez.
—Córrete.
Fue como soltar una correa. El orgasmo le llegó de golpe, violento, y se le escapó un gruñido que no sonaba del todo humano. El cuerpo entero se le sacudió, las uñas arañaron la alfombra, y se quedó ahí, medio rota, con la mejilla aplastada contra el suelo y la respiración convertida en un jadeo de animal exhausto. No se movió. No quería. Quería quedarse exactamente donde su ama la había dejado.
***
Marina la observó un buen rato en silencio, todavía con la mano entre las piernas, terminando lo suyo sin compartirlo. Cuando acabó, se incorporó, fue hasta el armario del pasillo y volvió con una toalla vieja que olía a humedad. La dejó caer sobre la espalda de Lucía.
—Sécate lo justo. Y mañana tampoco te duchas.
—Gracias, ama —respondió Lucía contra el suelo, con una sonrisa que Marina no podía ver pero que se le notaba en la voz.
—Quiero que huelas todavía peor. Que me den arcadas cuando te abra las piernas. Pero que no pueda dejar de hacerlo. ¿Lo entiendes?
—Sí, ama.
—Y cuando vuelvas a por más, lo harás con este mismo vestido asqueroso. —Marina se agachó, le levantó un poco el dobladillo deshilachado entre dos dedos y lo soltó como si le diera asco y placer a partes iguales—. Me encanta cómo lo llevas, perra.
Lucía no respondió. No hacía falta. Se quedó tumbada un momento más, manchada, sudada, agotada y absurdamente feliz, repasando ya en su cabeza cuánto tendría que esperar hasta el siguiente castigo.
Y Marina, mientras recogía el trapo del suelo con la punta del pie, pensó lo mismo que pensaba cada vez: que nunca había tenido entre las manos a nadie tan suyo. Que aquella mujer sucia y feliz era, sin que ninguna de las dos lo dijera en voz alta, exactamente lo que las dos necesitaban. Una mandando. La otra de rodillas. Y entre ambas, un olor que solo ellas sabían leer como lo que de verdad era: deseo.