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Relatos Ardientes

Un deseo dormido despertó en la clase de yoga

Andrés abrió los ojos antes de que sonara el despertador. Las seis y cuarto, como siempre. A su lado, Marisa dormía de espaldas a él, el pelo blanco revuelto contra la almohada, la camiseta gris que había adoptado para dormir subida casi hasta la cintura. Veía la curva de su culo, todavía firme a pesar de los años, y sintió el inicio familiar de la excitación. Automático. Constante.

Veinte años juntos y ese cuerpo todavía lo volvía loco. Pero ya ni recordaba cuándo había sido la última vez. ¿Tres meses? ¿Cuatro? Las contadas ocasiones eran más por costumbre que por otra cosa, y él lo notaba en cada movimiento mecánico, en cada respiración de paciencia.

La erección matutina presionaba contra el bóxer. Apartó la mirada y se levantó con cuidado. No tenía sentido buscarla: solo recibiría un rechazo educado, un «estoy cansada, cariño» que ya no dolía porque se había vuelto lo normal.

Cogió el móvil y entró al baño, cerrando con pestillo. Se sentó en el retrete, la polla ya dura. Cincuenta y tres años y todavía con ese deseo constante que no lo dejaba en paz. Abrió el navegador en modo incógnito y buscó lo que le apetecía esa mañana. Una trans morena de tetas grandes follándose a un tío musculoso. Le dio al play con el volumen al mínimo y empezó a masturbarse despacio.

Su mente saltó del vídeo a recuerdos propios. El baño del centro comercial de la semana pasada. Aquel tipo de cuarenta y tantos, casado también por el anillo que no se quitó. Los códigos silenciosos. El gesto de cabeza hacia el cubículo del fondo. La boca del otro en su polla, sin ceremonias. El miedo y la excitación mezclados cuando se oyeron pasos afuera.

En la pantalla, la trans terminaba. Andrés sintió su propia corrida llegar. Formó un cuenco con la mano libre y se corrió con un suspiro ahogado, el semen tibio cayéndole en la palma. Se limpió, tiró todo y se levantó a lavarse las manos.

La culpa duró lo que tardó el agua caliente en correr en la ducha. No era gran cosa, se repetía. Solo sexo. Nadie salía herido. Marisa nunca lo sabría, y si lo supiera... bueno, ya habían tenido esa conversación hacía tres años. Había aprendido a ser más cuidadoso, nada más.

Cuando salió, Marisa ya estaba en la cocina preparando el café. Se vistió rápido y bajó.

—Buenos días —dijo ella sin mirarlo, sirviendo dos tazas.

—Buenos días. ¿Tienes algo hoy?

—Yoga a las once. Después he quedado con Pilar para comer. ¿Y tú?

—Reunión con el equipo a las diez. Nada especial.

El silencio cómodo de quien ya no necesita llenar el espacio con palabras. Antes hablaban. Ahora era como vivir con una compañera de piso educada con la que compartía veinte años de historia y ningún presente real.

—Nos vemos luego —dijo él al salir, cogiendo las llaves del coche.

—Hasta luego.

***

Oí el coche de Andrés alejarse por la calle. Me quedé junto a la ventana de la cocina, la taza de café todavía en la mano, mirando el pequeño parque del otro lado. Vida normal de media mañana.

Fui al baño a ducharme. Me quité la camiseta —la suya, en realidad— y me miré un momento en el espejo. Cincuenta y un años. Delgada, en buena forma gracias al yoga. Las tetas grandes pero caídas, inevitable a mi edad. El pelo completamente blanco, corto y un poco de punta. Atractiva todavía, supongo.

Me vestí: mallas negras, top deportivo, una sudadera ligera. Cogí la esterilla y salí. Quince minutos andando, un trayecto que había hecho cientos de veces, hasta el centro donde Pilar da las clases: suelo de madera, paredes blancas, ventanales grandes. Ya había varias mujeres desenrollando esterillas. Pilar ajustaba el equipo de música al fondo.

Y había alguien más. Una mujer que no había visto antes.

No sabría explicar por qué me fijé en ella de inmediato. No era especialmente guapa, no en el sentido convencional. Treinta y tantos, quizá cuarenta. Pelo castaño recogido en una coleta. Cuerpo normal, en forma pero sin nada espectacular. Y, sin embargo, había algo en su manera de moverse, en cómo ocupaba el espacio, que hacía imposible no mirarla.

—¡Hola, Marisa! —me saludó Pilar con su energía de siempre—. Mira, te presento a Nadia. Es su primera clase con nosotras.

La mujer me miró directamente a los ojos y sonrió. Una sonrisa lenta, como si supiera algo que yo no sabía.

—Hola —dije, y mi voz sonó más tensa de lo que pretendía.

—Hola, Marisa. —Su voz era grave, cálida—. Encantada.

Desenrollé mi esterilla cerca de la ventana. Rosa se colocó a mi lado como siempre, charlando de sus nietos, pero apenas la escuchaba. Nadia había puesto la suya al otro lado, a menos de un metro. Podía sentir su presencia, como si irradiara calor.

—Empezamos, chicas —anunció Pilar con una palmada.

Me senté con las piernas cruzadas, intentando concentrarme. Inhalar. Exhalar. Pero era consciente de cada movimiento de Nadia a mi lado, de su respiración más lenta que la mía, del roce de su ropa contra la esterilla.

Perro boca abajo. Abrí los ojos un momento y ahí estaba ella, en la misma postura. Su perfil. La curva de su espalda. Algo en mi bajo vientre se contrajo de forma inesperada. ¿Qué demonios...?

Guerrero uno. Me moví siguiendo las instrucciones, pero mi cuerpo se sentía extraño. Más sensible, como si cada estiramiento tuviera una carga que normalmente no estaba ahí. El roce de las mallas contra la piel. El calor acumulándose. Esto no era normal.

—Voy a ir ajustando posturas —dijo Pilar—. Nadia, si ves que alguien necesita ayuda, échame una mano. Sé que tienes experiencia.

No tuve tiempo de preguntarme nada, porque en la postura del triángulo sentí sus manos en mí. Se acercó por detrás sin avisar. Sus dedos en mi cadera izquierda, firmes pero suaves. Luego su otra mano en mi hombro. Su cuerpo demasiado cerca. Podía sentir su aliento en la nuca.

—Relaja más este lado —murmuró junto a mi oído. Su voz me atravesó como una corriente eléctrica.

Asentí sin poder hablar. Mantuvo las manos en mí unos segundos más de lo necesario. El calor de sus palmas traspasaba la tela. Cuando se apartó, tuve que esforzarme para no girarme a mirarla. Entre las piernas había una humedad que no tenía nada que ver con el sudor del ejercicio.

La clase continuó, pero yo estaba completamente desconcentrada. Había algo magnético, casi animal en ella. No era belleza, era otra cosa que mi cuerpo reconocía aunque mi mente no entendiera. En una torsión sentada nuestras miradas se cruzaron, y ella la sostuvo más de lo aceptable. Sonrió. Yo aparté los ojos, acalorada.

—Postura del cadáver —indicó Pilar al final.

Me tumbé boca arriba e intenté relajarme. Pero mi cuerpo vibraba de una forma que no recordaba. Los pezones duros contra el top. El pulso entre las piernas. Esto era excitación. Sexual. Intensa. Hacia una mujer que acababa de conocer. No había sentido nada así en cinco años. Y ahora, de golpe, por culpa de una desconocida, mi cuerpo se había encendido como si alguien hubiera pulsado un interruptor apagado demasiado tiempo.

Me incorporé despacio, casi mareada. Rosa ya recogía. Yo me quedé sentada un momento más, intentando procesar.

—¿Estás bien? —Nadia estaba de pie junto a mí. De cerca era aún más desconcertante. Ojos muy oscuros. Labios carnosos sin pintar.

—Sí, solo... un poco mareada —mentí.

—Te he visto tensa toda la clase. Tienes muchos bloqueos. —Se agachó a mi altura, a centímetros de mi cara—. Trabajo con eso. Liberación corporal. Tengo un gabinete cerca.

No dije nada. Ella continuó, sus ojos recorriendo mi cuerpo de un modo que no tenía nada de clínico.

—Noto mucha energía atrapada en ti. Necesita salir. ¿Qué te parece el jueves por la tarde? ¿Tienes libre?

El jueves. Andrés estaría trabajando.

—El jueves me viene bien —dije antes de poder pensarlo demasiado.

—Perfecto. A las cinco. —Sacó una tarjeta del bolso y me la tendió con esa sonrisa que parecía saber el efecto que tenía en mí—. Nos vemos, Marisa.

Y se fue, dejándome ahí sentada con el corazón acelerado. Leí la tarjeta: «Nadia Ríos — Terapias Energéticas y Liberación Corporal», y una dirección a veinte minutos andando. Enrollé la esterilla con manos temblorosas y salí a la calle. El jueves, aparentemente, tenía una cita con una mujer que había despertado algo que creía muerto.

***

El tráfico de entrada a Valencia era el de siempre. Conduje en piloto automático hasta el aparcamiento de la oficina, un edificio de cristal y acero. Mi equipo ya estaba allí: ocho desarrolladores, gente joven en su mayoría. Yo soy el que coordina, el que habla con clientes y resuelve problemas.

Esta versión de mí mismo es eficiente, profesional, respetada. Nadie aquí sabe nada del Andrés que se masturba en el baño cada mañana, ni del que a veces, cuando el deseo aprieta, pasa la hora de comer en baños públicos con desconocidos. Aquí soy el gestor competente que lleva el equipo sin dramas.

La reunión de las diez transcurrió sin novedades. El deseo empezó a crecer sobre la una y media. Esa inquietud familiar en el bajo vientre. Me toqué por encima de los vaqueros. Media erección ya. Podía salir a comer y volver a las tres y media. Tiempo de sobra.

No fui al restaurante que le había mencionado a Marisa. Conduje diez minutos hasta un centro comercial a las afueras, uno de mis sitios habituales. Los baños de la tercera planta, cerca de los cines, suelen ser buenos a esa hora.

Entré. Tres urinarios, cuatro cubículos. Olía a ambientador industrial. Había un hombre en uno de los urinarios, de espaldas. Sesenta y tantos, calvo, con barriga. Me coloqué en el extremo, dejando uno libre entre los dos, y saqué la polla. El otro terminó pero siguió allí, tocándose más de lo necesario. Código.

Me sacudí, pero no me la guardé. Me di una pasada lenta con la mano. El hombre giró la cabeza y nuestras miradas se cruzaron un segundo. Cara corriente, papada, pero en sus ojos ese brillo inconfundible. Nadie más entró. Fue al cubículo del fondo, el más grande, y dejó la puerta entreabierta.

Esperé treinta segundos. Caminé al fondo, empujé la puerta y entré, cerrando el pestillo. El hombre se bajó los pantalones hasta los muslos. Su polla colgaba gruesa, sin circuncidar, el prepucio cubriendo casi todo el glande. Vello gris, los huevos grandes y caídos. Sentí la descarga de excitación en el estómago. Esto. Esto era lo que necesitaba.

Me arrodillé sin palabras. El suelo estaba frío bajo las rodillas pero no me importaba. Agarré la polla con la mano derecha, gruesa y caliente, y bajé el prepucio para dejar el glande al descubierto, rojo oscuro, con la ranura brillante. El hombre soltó un suspiro entrecortado.

Saqué la lengua y lamí de abajo arriba. Salado, ligeramente amargo. Lamí otra vez alrededor de la corona, y él se estremeció, apoyando una mano en la pared. Metí el glande en la boca, lo chupé despacio, saboreando el líquido cada vez más abundante. Me gusta esto. El peso de una polla en la boca, el control que tengo en ese momento. El poder de darle placer a otro hombre arrodillado donde cualquiera podría entrar.

Bajé más. El glande tocó el fondo de mi garganta y contuve la arcada. Respiré por la nariz, me relajé. Empecé a moverme, arriba y abajo, con ritmo constante. El sonido húmedo, obsceno. Él respiraba cada vez más fuerte.

—Joder —murmuró, ronco.

Afuera, la puerta del baño abriéndose. Pasos. Nos quedamos inmóviles, yo con la polla todavía en la boca. Los pasos fueron a los urinarios. Alguien meando, una eternidad. La cisterna. El secador. Pasos hacia la salida. Solos otra vez.

El hombre tiró suavemente de mi pelo, sacándome la polla de la boca.

—Date la vuelta —susurró—. Baja los pantalones.

Mi corazón se aceleró por razones distintas. Conozco esa petición. Y siempre digo que no.

—No —respondí, más firme de lo que me sentía—. Solo mama.

Frunció el ceño, decepcionado pero sin insistir.

—Vale. Sigue, entonces.

Volví a metérmela, agradecido de regresar a terreno conocido. Mamé con más intensidad. Me gusta sentir cómo otro hombre pierde el control en mi boca. Él empezó a empujar las caderas, follándome la boca con movimientos cortos. Me relajé y dejé que me usara, la saliva cayéndome por la barbilla.

—Me corro —gruñó. No era una pregunta.

No me aparté. Seguí chupando, aceleré. Se tensó completamente, un gemido ahogado, y entonces la descarga caliente y espesa contra el fondo de mi garganta. Tragué todo, sin derramar nada, mientras él temblaba. La polla empezó a ablandarse. La solté y me limpié con papel.

Ya se estaba subiendo los pantalones. No hubo palabras de agradecimiento ni miradas cómplices. Esa es la norma: silencio, anonimato. Abrió el pestillo, comprobó que no había nadie y salió.

Me quedé arrodillado un momento más, la polla todavía dura. Me senté en el inodoro y me masturbé rápido, la imagen aún fresca: el glande rojo, el sabor, el calor. Me corrí en menos de dos minutos. Me vestí, me lavé la cara. En el espejo, Andrés, cincuenta y tres años, gestor de equipos. Nadie sabría nunca lo que acababa de pasar. La culpa, como siempre, brillaba por su ausencia.

***

Andrés llegó a casa sobre las siete y media. Marisa estaba en la cocina, de espaldas, removiendo una sartén.

—Hola —dijo él, dejando las llaves—. ¿Qué tal el día?

—Bien. Fui a yoga. —Se giró a mirarlo. Había algo distinto en su expresión, una inquietud que le demoró los ojos en él un segundo más de lo habitual.

Cenaron pasta con verduras, en silencio relativo. Marisa asentía a medias, distraída. La tarjeta de Nadia esperaba en su bolso. «Jueves a las cinco», había dicho la mujer. Dos días para entender por qué no podía dejar de pensar en esas manos, en esa voz grave, en esos ojos oscuros.

Cuando terminaron, Andrés metía los platos en el lavavajillas. Marisa se acercó por detrás y le puso una mano en la espalda. Él se giró, sorprendido: ella raramente lo tocaba así, sin motivo.

—¿Todo bien? —preguntó.

Ella no respondió. Se acercó más y lo besó. Un beso de verdad, no el pico rutinario de cada día. Andrés tardó un segundo en reaccionar, luego respondió, sus manos en la cintura de ella. Marisa, que llevaba meses sin mostrar el menor interés, lo besaba con algo parecido al deseo. No iba a desaprovecharlo.

Sin palabras se movieron al dormitorio. Se quitaron las camisetas. Las tetas de ella, grandes y caídas, todavía lo volvían loco. Le chupó los pezones hasta que Marisa jadeó. Ella cerró los ojos y, sin poder evitarlo, aparecieron las manos de Nadia sobre su piel. El calor. La intensidad de aquella mirada oscura.

Se tumbaron en la cama. Andrés se quitó el resto de la ropa, la polla ya dura, y le bajó las bragas. Bajó por su cuerpo y se colocó entre sus piernas. Le encantaba comerle el coño a Marisa, casi tanto como mamar pollas. Empezó despacio, lamiendo de abajo arriba. Ella estaba húmeda. Sorprendentemente húmeda, más que en años.

Chupó el clítoris suavemente, trazó círculos con la lengua. Marisa gimió, las caderas se le elevaron solas. Andrés metió dos dedos sin dejar de lamer. En la cabeza de ella, sin embargo, no era Andrés. Eran las manos de Nadia entre sus piernas. Sus dedos dentro. Esos labios carnosos que había imaginado todo el día.

—Joder, estás empapada —murmuró él, levantando la cabeza.

Ella no contestó. Solo le empujó la cabeza de vuelta hacia abajo. Marisa se corrió con un gemido ahogado, los muslos apretándole la cabeza. Él siguió lamiendo despacio mientras ella temblaba.

Cuando se relajó, Andrés subió por su cuerpo y la besó. Ella podía saborearse en sus labios. Él guió la polla al coño todavía palpitante y empujó. Entró fácil, resbaladizo. Empezó a moverse con ritmo constante. Marisa abrió los ojos y miró a su marido encima de ella. Follaba distinto hoy. Algo menos mecánico. ¿O era ella la que estaba diferente?

Andrés también lo notaba. Ella respondía más, sus caderas se movían con él en lugar de quedarse quietas. Mientras la follaba, las imágenes se le cruzaban: el coño de Marisa apretándole la polla, el glande rojo del hombre del baño, el sabor del semen.

Ella también estaba en dos lugares a la vez. El cuerpo de Andrés dentro, pero en su mente manos distintas, una voz grave en el oído, unos ojos oscuros que la hacían temblar. Él cambió de ángulo, follando más profundo, y Marisa gimió más fuerte. Esto era mejor. No sabía por qué, pero no quería que parara.

—Me voy a correr —gruñó él.

—Córrete —susurró ella. Y había algo en su voz que Andrés no oía desde hacía años.

Se corrió con un gemido ahogado, vaciándose en oleadas, y luego se derrumbó a su lado, respirando pesado. Se quedaron en silencio unos minutos.

—Joder, hacía tiempo —dijo él al fin—. Ha estado... bien. Diferente.

—Sí —murmuró ella, los ojos cerrados.

—¿Estás bien?

—Sí. Solo cansada.

Andrés se levantó a limpiarse. Marisa se quedó tumbada, mirando el techo. Su cuerpo todavía vibraba, no exactamente satisfecho pero sí despierto, como si algo dormido mucho tiempo hubiera empezado a moverse. El jueves iría al gabinete de Nadia. Y algo le decía que nada volvería a ser igual después de eso.

Él volvió a la cama y la rodeó con un brazo, algo que tampoco hacían últimamente. En pocos minutos dormía, roncando suavemente. Marisa siguió despierta, mirando las luces de la calle colarse entre las cortinas. Había follado con su marido por primera vez en meses, había tenido un orgasmo. Y todo el tiempo había estado pensando en otra persona. En una mujer. En Nadia.

¿Qué demonios me está pasando?

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Comentarios (6)

NoraCba21

Increible!! me quede con ganas de mas

LuisMex

Muy buen relato, me atrapo de principio a fin. Por favor una segunda parte!

ForoLector

Me recordo a algo que le paso a una conocida mia, esas situaciones que te cambian sin que lo esperes... muy bien escrito y muy real

Chucho85

buenisimo, segui así!!

RocioValparaiso

Que bien narrado! Me pregunto si tiene continuacion porque el final deja con mucha curiosidad

ValentinaFC

Lo de los secretos de los dos al mismo tiempo, uff, que giro tan inesperado. No me lo esperaba para nada y me encanto

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