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Relatos Ardientes

Lo que pasó en la camilla de masajes esa siesta

Esa semana me había dejado el cuerpo hecho un nudo. Demasiadas horas frente a la computadora, demasiada tensión acumulada entre los hombros y la nuca. A la hora de la siesta, con la casa en silencio y el calor pegándose a las ventanas, decidí que ya era suficiente. Busqué en el teléfono el centro de masajes que me había recomendado una compañera y reservé el primer turno que encontré disponible.

El lugar quedaba a pocas cuadras, en una casa vieja reciclada con plantas en la entrada y una música suave que se escuchaba apenas se cruzaba el umbral. Olía a aceite de almendras y a algo cítrico que no terminé de identificar. Una recepcionista me hizo pasar a una sala pequeña, con las cortinas corridas y una luz tibia que entraba filtrada.

—Ponete cómoda, sacate la ropa y recostate boca abajo —me dijo con una sonrisa—. Tapate con el toallón. En un minuto viene Camila.

Me quedé sola. Me desvestí despacio, dejé la ropa doblada sobre una silla y me recosté en la camilla, boca abajo, desnuda, con el toallón cubriéndome de la cintura para abajo. La tela estaba fresca contra mi piel. Cerré los ojos y por primera vez en días sentí que el cuerpo empezaba a aflojarse.

La puerta se abrió con un crujido leve. Escuché pasos suaves y el sonido de un frasco destapándose.

—Hola, soy Camila —dijo una voz joven, cálida—. ¿Alguna zona que te duela más?

—Los hombros, la espalda… todo, en realidad —contesté con una risa cansada.

—Bueno, para eso estamos.

Sentí el primer contacto en los pies. Sus manos estaban tibias, resbaladizas por el aceite, y empezaron a subir lentamente por mis tobillos, por las pantorrillas, amasando cada músculo con una firmeza que me arrancó un suspiro. No la había visto bien al entrar, pero algo en su voz y en la delicadeza de su tacto me hizo levantar apenas la cabeza para mirarla de reojo.

Era una chica joven, rubia, con el pelo recogido en una cola alta y unos pocos mechones sueltos enmarcándole la cara. Llevaba una remera escotada y trabajaba concentrada, mordiéndose apenas el labio mientras sus manos seguían subiendo.

Qué linda es, pensé, y enseguida me reprendí a mí misma. Estaba ahí para relajarme, no para fijarme en esas cosas.

Pero sus dedos siguieron subiendo. Pasaron de las pantorrillas a los muslos, amasando, abriendo y cerrando, y cada vez que llegaban arriba rozaban apenas el borde de mis glúteos. No sé si era a propósito o parte de la técnica, pero ese roce mínimo me erizó la piel entera. Apreté los labios para no hacer ruido.

—Estás muy tensa acá —murmuró, presionando con los pulgares la parte baja de mi espalda.

—Mmm… sí —fue todo lo que pude decir.

El masaje siguió por la espalda, por los hombros, deshaciendo nudos que yo ni sabía que tenía. Cada movimiento de sus manos me hundía un poco más en la camilla. Pero no podía dejar de notar el calor que se me estaba acumulando en otro lado, una tensión completamente distinta a la que había venido a soltar.

***

—Date vuelta, así te trabajo el cuello y los brazos —dijo después de un rato.

Me giré boca arriba. El toallón se deslizó y quedó cubriéndome apenas, y yo no hice nada por acomodarlo. Ella tampoco. Sus ojos se cruzaron un instante con los míos antes de volver a concentrarse en su tarea.

Empezó por el cuello, con los dedos abiertos masajeando desde la base de la nuca hacia los hombros. Para hacerlo se inclinó sobre mí, y al inclinarse sus pechos quedaron a centímetros de mi cara. Eran grandes, llenos, y el escote de la remera dejaba ver más de lo que probablemente ella pretendía. O quizás sí pretendía. Ya no estaba segura de nada.

Sentí su respiración. La mía se había vuelto corta, irregular. El aire entre las dos parecía haberse espesado, cargado de algo que ninguna de las dos estaba diciendo en voz alta.

Camila bajó la cabeza para trabajarme un punto del hombro y, al hacerlo, su mejilla rozó la mía. Fue un contacto mínimo, casi accidental. Pero ninguna se apartó. Nos quedamos así un segundo eterno, su cara contra la mía, su aliento en mi mejilla, sus manos quietas sobre mi piel.

Giré apenas la cabeza. Ella también. Y de pronto su boca estaba sobre la mía.

El beso empezó suave, una pregunta más que una afirmación. Pero cuando le respondí, cuando entreabrí los labios y la dejé entrar, se transformó en algo urgente. Me besaba con ganas, con una intensidad que me sorprendió tanto como me encendió. Yo, que nunca había estado con una mujer, que ni siquiera me había permitido imaginarlo del todo, le devolvía el beso como si lo hubiera estado esperando toda la vida.

—¿Está bien? —susurró contra mis labios, separándose apenas.

—Sí —dije sin dudarlo—. No pares.

Rodeó la camilla y se subió a mi lado. Nos besamos con más fuerza, mis manos buscando su cintura, las suyas hundiéndose en mi pelo. Sentí cómo se sacaba la remera de un tirón, cómo se desprendía el corpiño, y cuando volví a tocarla su piel desnuda estaba caliente bajo mis dedos.

***

Se acostó encima de mí. El toallón ya había quedado en algún lugar del piso, olvidado. Su cuerpo se apoyó contra el mío y nuestros pechos se rozaron, presionándose con el peso de ella, los pezones endurecidos tocándose con cada respiración. Más abajo sentí su sexo húmedo contra el mío, deslizándose, y un escalofrío me recorrió de la cabeza a los pies.

Nos acariciamos sin apuro y con desesperación a la vez. Mis manos recorrían su espalda, sus caderas, sus muslos; las suyas hacían lo mismo conmigo, descubriéndome, apretándome, como si quisiera memorizar cada centímetro. Nuestras lenguas se buscaban entre besos cada vez más profundos, y los gemidos empezaron a escaparse de las dos, bajos, contenidos, mezclándose con la música suave del fondo.

Camila empezó a bajar. Besó mi cuello, la curva de mi pecho, se detuvo en cada pezón con la lengua hasta hacerme arquear la espalda. Siguió bajando por mi vientre, dejando un rastro húmedo, mientras yo le hundía los dedos en el pelo rubio sin saber si quería detenerla o empujarla.

Llegó entre mis piernas. Pero no usó la boca, todavía no. En cambio se acercó y rozó mi sexo empapado con uno de sus pechos, deslizando la piel suave y caliente contra mí, dibujando círculos lentos con el pezón sobre mi clítoris. La sensación era nueva, extraña y exquisita a la vez. Me retorcí en la camilla, aferrándome al borde, sintiendo cómo el placer se acumulaba en oleadas.

—Camila… —jadeé—. Voy a acabar si seguís así.

Ella levantó la vista y sonrió, los ojos brillantes.

—Todavía no —dijo.

***

Cambié de posición. La idea me vino de golpe, con una audacia que no me reconocía. La hice recostarse y me incorporé, todavía temblando, para subirme sobre ella. Me acomodé encima de su cara, con las rodillas a cada lado de su cabeza, y bajé hasta que mi sexo quedó contra su boca.

Camila no esperó. Su lengua se movió contra mí, lamiendo, presionando, encontrando exactamente los puntos que me hacían perder el control. Yo me movía despacio al principio, después con más fuerza, marcando un ritmo propio mientras ella respondía a cada uno de mis movimientos. Sus manos subieron por mis muslos, por mi vientre, hasta alcanzar mis pechos, y los apretó mientras seguía con la boca pegada a mí.

Me incliné hacia adelante y la busqué a ella también. Alcancé su sexo con la mano, encontré la humedad caliente entre sus piernas y empecé a acariciarla con los dedos al mismo ritmo que ella me lamía. Gemía contra mí, y cada gemido vibraba en mi piel y me empujaba más cerca del borde.

Era la primera vez que tocaba a otra mujer así, y sin embargo mis manos parecían saber qué hacer. La sentía estremecerse bajo mis dedos, abrir más las piernas, buscar mi contacto. Nos movíamos juntas, sincronizadas, dándonos placer al mismo tiempo en una espiral que no paraba de subir.

***

Transpiradas y agitadas, sin aliento, nos separamos apenas para cambiarnos al sillón grande que había contra la pared. Era amplio, mullido, y caímos sobre él entre risas y besos. Camila se recostó y yo me subí encima, encajando mi cuerpo contra el suyo.

Nuestros sexos volvieron a encontrarse, esta vez frente a frente, rozándose con fuerza mientras nos movíamos. Sentía los dos fluidos mezclándose, la fricción cálida y resbaladiza creciendo con cada empuje de las caderas. Nuestros pechos se aplastaban entre los dos cuerpos, las lenguas recorrían las caras, los cuellos, las bocas. Estábamos despeinadas, brillantes de sudor, completamente entregadas.

El ritmo se aceleró. Me apoyé en mis brazos para empujar más fuerte, y ella me clavó los dedos en las caderas para acompañarme. Las dos gemíamos sin contenernos ya, sin importarnos quién pudiera escuchar del otro lado de la puerta. La tensión que había venido a soltar a ese lugar se había transformado en otra cosa, en una urgencia que ahora pedía liberarse.

—Estoy cerca —jadeé.

—Yo también… no pares —respondió ella, los ojos cerrados, la boca entreabierta.

Nos movimos a toda velocidad, los cuerpos resbalando uno contra el otro, hasta que el orgasmo tan esperado nos alcanzó casi al mismo tiempo. Lo sentí estallar desde el centro y expandirse por todo el cuerpo, y la escuché gemir debajo de mí mientras ella también se dejaba ir, sus uñas marcándome la piel, su espalda arqueándose contra el sillón.

Me dejé caer encima de ella, las dos jadeando, los corazones latiendo desbocados. Camila me rodeó con los brazos y nos quedamos así, enredadas, mientras la respiración volvía despacio a la normalidad.

***

Cuando finalmente me incorporé, todavía aturdida, ella me miraba con una sonrisa tímida y satisfecha.

—¿Y? —preguntó—. ¿Sirvió el masaje?

Me reí, sin aliento, buscando el toallón en el piso.

—No tengo idea de si me destensó la espalda —dije—. Pero esto no me lo esperaba.

—Yo tampoco —admitió ella—. No suelo… o sea, nunca me había pasado con una clienta.

Me vestí despacio, sintiendo el cuerpo flojo y satisfecho de una manera que no había experimentado nunca. Antes de salir, ella me anotó algo en un papel y me lo deslizó en la mano.

—Por si querés volver —dijo—. Para otro turno. O para lo que sea.

Guardé el papel en el bolsillo. Salí a la calle caliente de la siesta con el corazón todavía acelerado y la certeza de que había descubierto algo de mí misma que no pensaba volver a ignorar. Esa noche, en casa, no dejé de mirar el número anotado en el papel. Y supe que iba a reservar otro turno mucho antes de que la espalda volviera a dolerme.

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Comentarios (5)

Seba_lector

excelente!!! me enganche desde el primer parrafo, muy bien narrado

Coti_baires

Quede con ganas de mas... por favor que haya una segunda parte

Nico_Tucuman

Esa tension del principio es lo que te atrapa, muy bien logrado. Espero el proximo relato

RubenMDZ

jeje algo parecido me paso a mi en un masaje hace un tiempo, aunque no llego tan lejos jaja. muy bueno

MartinaOK

Que bien escrito, cada detalle suma. Se disfruta de principio a fin

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