La peluquería donde aprendí a desear a otra mujer
No sé muy bien por qué me decidí a contarlo. Quizá porque ya pasó suficiente tiempo, o porque todavía me cuesta creer que esa fui yo. Me llamo Camila, tengo treinta y dos años ahora, pero la historia empieza cuando tenía veintiuno y vivía con la espalda contra la pared.
Para que se hagan una idea, soy bajita, morena, con los ojos claros y un cuerpo que siempre llamó la atención más de la cuenta. Tetas grandes, caderas anchas, esa clase de figura que en la calle hace que los hombres se den vuelta. Y siempre, desde adolescente, me gustaron los hombres mayores. No el chico de mi edad con la sonrisa torpe, sino el señor de cuarenta y pico con la voz grave y las manos seguras.
Había hecho cosas. Tríos con parejas que conocía en bares. Encuentros con el padre de una amiga del instituto que duraron meses sin que nadie sospechara nada. Sexo en el baño de una estación de servicio con un camionero que olía a tabaco y café. No me daba vergüenza nada de eso, pero todo había sido con hombres. Las mujeres no estaban en mi mapa.
Cuando me fui a vivir sola, el sueldo de teleoperadora no daba. No alcanzaba ni para los gastos básicos, mucho menos para tener algo de vida fuera del trabajo. Volver a casa de mis padres no era opción; me había peleado con ellos justo para irme. Una tarde estaba haciendo cuentas en una libreta, sentada en el suelo del apartamento, cuando entendí que en tres meses iba a tener que entregar las llaves.
Esa misma semana iba caminando hacia el piso de Andrés —uno de mis «amigos especiales», el ingeniero divorciado que me invitaba a comer y después me follaba contra la encimera de la cocina— y vi un cartel en la puerta de una peluquería. Letra impresa, sin gracia. «Buscamos ayudante sin experiencia. Presentarse de 10 a 15».
No había teléfono. Solo el horario. Eso me pareció raro, pero esa noche no le di más vueltas.
***
Al día siguiente me presenté. La puerta de cristal estaba esmerilada y desde fuera no se veía nada del interior. Empujé y me encontré con un local pequeño, dos sillones de peluquería, espejos enormes, música de jazz suave de fondo. Olía a aceite de almendras y a algo más, algo que no supe identificar entonces.
Me atendió una mujer rubia, cerca de los cuarenta, con un piercing en la nariz y una bata morada que le marcaba la cintura. Se presentó como Renata. Le dije a qué venía y me pidió que esperara un momento sentada en el sofá del fondo.
—Voy a llamar a la jefa —dijo, y desapareció por una puerta que daba a la trastienda.
Esperé unos minutos hojeando una revista sin leerla. La jefa salió por la misma puerta. Mercedes, se llamaba. Cincuenta cumplidos, pelo plateado cortado a la altura del mentón, labios pintados de un rojo que parecía vino tinto. Caminaba como si el suelo le perteneciera.
—Pasa al despacho, Camila. Hablemos.
El despacho era una habitación con un escritorio de madera oscura, una lámpara baja y un sofá de cuero contra la pared. Me senté frente a ella.
—¿Qué experiencia tienes en peluquería? —preguntó, con las manos cruzadas sobre la mesa.
—Ninguna. Te lo digo de entrada. Vine porque el cartel pedía a alguien sin experiencia.
Asintió despacio. Tenía los ojos verdes oscuros, casi grises, y me los clavaba sin pestañear.
—Está bien. Busco a alguien que aprenda y que sea discreta. Nuestros clientes son todos hombres, mayoritariamente mayores. Profesionales, jubilados, gente con dinero y con la necesidad de que las cosas queden dentro de estas paredes. ¿Te queda claro lo que significa eso?
Le sostuve la mirada. Algo me decía que estaba a punto de aceptar algo que aún no me habían contado, pero no quería echarme atrás.
—Me queda claro que tengo que tener la boca cerrada.
—Más que eso. Tienes que tener la boca cerrada, la mente abierta y la piel dispuesta. Pero eso lo hablamos si te llamo.
Me pidió el teléfono, lo apuntó en una libreta y me acompañó a la puerta. Antes de salir, me puso dos dedos bajo la barbilla y me levantó la cara para mirarme bien.
—Tienes buenos ojos —dijo—. No mientes con los ojos. Eso me sirve.
Salí a la calle con el corazón a mil. No fui a casa de Andrés. Necesitaba caminar.
***
Mercedes llamó dos días después. Me citó a las cuatro de la tarde para enseñarme el local entero. Esta vez Renata estaba en la entrada con ella, y juntas me hicieron pasar a la zona de la trastienda que la primera vez no había visto.
Era una sala amplia. Dos camillas de masaje cubiertas con sábanas blancas. Un sillón ancho de cuero, parecido a los de los gabinetes de odontología pero más bajo. Una cama matrimonial con dosel contra una pared, vestida con sábanas de satén color burdeos. Y una mesa larga sobre la que había, en perfecto orden, una colección de juguetes: vibradores de varios tamaños, pinzas, esposas forradas de terciopelo, arneses, collares.
—Aquí hacemos el resto del trabajo —dijo Mercedes, con un gesto suave de la mano—. Lavamos, cortamos, afeitamos. Y mimamos. Todo dentro del mismo local, todo bajo el mismo contrato.
Sentí calor en las mejillas, pero no aparté la mirada. Renata me observaba con una sonrisa pequeña, como midiéndome.
—¿Tienes algún reparo? —preguntó Mercedes—. Con los clientes. Con nosotras.
—¿Con vosotras?
—Aquí, entre nosotras, también pasan cosas. A veces porque un cliente lo pide, a veces porque nos apetece.
Tragué saliva. Hasta ese momento, las mujeres habían sido siempre amigas, hermanas, conocidas. Nada más. Pero la forma en que Renata me miraba, apoyada contra el quicio de la puerta con los brazos cruzados bajo el pecho, me dejó un cosquilleo nuevo en el estómago.
—No. No tengo reparos.
—Bien. Mañana empiezas. Te llevas tres uniformes. Dos son para la peluquería de delante. El tercero es para aquí atrás.
Cuando me iba, ya con el contrato de confidencialidad firmado, Mercedes me acompañó hasta la puerta. En vez de los dos besos de despedida, me dio un beso corto en la comisura de los labios.
—Ve acostumbrándote —murmuró.
***
El primer cliente que me tocó fue un señor de unos setenta y cinco años. Se llamaba Bernardo. Había sido notario, ya jubilado, viudo desde hacía siete años. Camisa de cuadros impecable, las manos manchadas por la edad pero firmes. Renata me explicó al oído cómo lavar el pelo despacio, masajeando el cuero cabelludo en círculos, sin prisa. Bernardo cerró los ojos y empezó a contarme cosas de su nieta, que estudiaba arquitectura en otra ciudad. Hablamos casi quince minutos así, con mis dedos en su pelo y su voz tranquila.
Después Renata lo sentó en el sillón de corte y le dejó el cabello impecable. Cuando terminó, Bernardo carraspeó.
—Renatita, hija, hoy ando un poco revuelto.
—¿Quiere usted un masaje para soltar la tensión, don Bernardo?
—Si no es molestia, hija.
—Camila, ven conmigo. Te voy enseñando.
Bajamos los tres a la sala de atrás. Renata cerró la puerta con pestillo. Bernardo se sentó en el sillón de cuero, ya sin la chaqueta, y la miró como quien sabe el guion de memoria.
Renata se quitó la bata morada por encima de la cabeza. Debajo no llevaba sujetador. Sus pechos eran pequeños, blancos, con los pezones rosados y duros. Se acercó a Bernardo, se sentó a horcajadas sobre él y le acarició la cara.
—¿Quieres mamar un poco, viejo mío?
—Quiero. Hoy quiero mucho.
Lo que pasó después lo recuerdo en fragmentos. Renata, con uno de sus pechos en la boca de Bernardo, girándose hacia mí y haciéndome un gesto con dos dedos para que me acercara. Mis pies caminando solos. Sus manos en el dobladillo de mi camiseta, levantándolo despacio. Sus ojos preguntándome con la mirada si seguía adelante. Y yo asintiendo, porque a esas alturas ya no había vuelta atrás.
Me besó por primera vez con los labios todavía húmedos del pezón de Bernardo. Fue raro y dulce a la vez. Tenía los labios más blandos que cualquier hombre que hubiera besado, y la lengua se movía distinta, más despacio, como si tuviera tiempo de sobra. Me quitó la camiseta, me desabrochó el sujetador con una mano. Mis tetas grandes cayeron contra ella y se las llevó las dos a la boca, una después de la otra, mientras Bernardo seguía sentado mirándonos y se desabrochaba el cinturón.
Mercedes entró en algún momento. No la oí entrar. La descubrí cuando ya me había desnudado del todo y Renata me tenía tumbada sobre la cama de sábanas burdeos, con la cabeza entre mis muslos. Mercedes estaba de pie junto a la cama, con los brazos cruzados, observando como quien supervisa una buena clase.
—Despacio, Camila —dijo—. Disfrútalo. Es solo la primera vez.
Renata tenía una boca paciente. No fue como cuando un hombre te baja la cabeza para que termines pronto. Ella se quedó ahí, lamiendo despacio, subiendo y bajando, deteniéndose justo antes de que me corriera para volver a empezar. Yo tenía las manos en sus hombros, en su pelo corto, en el cuello, sin saber qué hacer con ellas. Bernardo se masturbaba en el sillón sin apartar los ojos de nosotras.
Cuando me corrí, lo hice con un grito que no reconocí como mío. Renata subió por mi cuerpo, me besó la boca y me dejó probarme.
—¿Quieres devolverlo? —me preguntó al oído—. Nadie te obliga.
—Quiero —dije.
Y bajé. Nunca lo había hecho. No supe si lo estaba haciendo bien o no, pero ella me iba diciendo despacio: ahí, más arriba, más suave, ahora con la lengua plana. Aprendí ese mediodía más cosas sobre el cuerpo de una mujer de las que había aprendido sobre el mío en diez años.
Mercedes se sentó al borde de la cama y me acarició el pelo mientras yo seguía con la cabeza entre las piernas de Renata. No participó. Solo miraba y de vez en cuando me decía algo, una palabra al oído, un consejo seco. Era casi peor que si me hubiera tocado.
Bernardo terminó antes que nosotras. Cuando se corrió, Renata me llamó con un gesto, nos arrodillamos las dos frente a él y compartimos lo que le quedaba con un último beso largo entre nosotras. Mercedes aplaudió bajito, dos palmadas suaves, como en un teatro pequeño al final del primer acto.
***
Esa noche llegué a mi apartamento a las nueve, me metí en la ducha y me quedé bajo el agua hasta que se enfrió. No lloraba. No estaba arrepentida. Solo intentaba entender qué me había pasado.
Cuando me acosté, me di cuenta de que llevaba todo el día sin pensar en Andrés ni en ninguno de los hombres de mi lista. Solo pensaba en la lengua de Renata, en cómo se le marcaban los hombros cuando se inclinaba sobre mí, en la voz de Mercedes diciéndome despacio.
Al día siguiente volví a la peluquería antes de la hora. Mercedes me abrió la puerta con una sonrisa que ya conocía.
—¿Qué tal la noche, niña?
—Larga —dije—. Y corta. Las dos cosas a la vez.
—Así es esto al principio.
Renata bajó por las escaleras con su bata morada. Me miró como si me conociera de toda la vida y me cogió la mano sin decir nada.
Pagué el alquiler ese mes. Y todos los siguientes. Descubrí, con veintiún años recién cumplidos, que el deseo no era tan estrecho como yo lo había imaginado hasta entonces. Que se podía estar de un lado y del otro al mismo tiempo. Que un cliente viejo en un sillón de cuero podía ser tan importante como una mujer joven con la boca en mi cuello.
Pero eso, lo de los clientes que vinieron después, lo de las cadenas y los collares, lo de Mercedes y Renata follándome al mismo tiempo desde lados opuestos, lo voy a contar otro día.