El día que mi entrenadora se quedó después de la rutina
Florencia tocaba el timbre de mi casa siempre cinco minutos antes. Era de esas personas que llegaban temprano sin disculparse, como si el resto del mundo fuera el que andaba con el reloj atrasado. Esa mañana de sábado yo estaba terminando de atarme las zapatillas cuando escuché el portero, y antes de levantarme ya tenía la sensación de que algo iba a ser distinto.
Le abrí en pantalón corto y top, descalza. La saludé con un beso en la mejilla y la dejé pasar al living, que era el lugar donde habíamos improvisado un gimnasio con dos colchonetas, una pelota grande y un par de mancuernas baratas que compré por internet. Llevábamos tres meses trabajando juntas, una vez por semana, y hasta ese día nuestra relación había sido estrictamente profesional.
—Hoy vamos suave —dijo mientras dejaba la mochila en el sillón—. Activamos, estiramos bien y trabajamos abdomen. Nada de cardio fuerte.
—Por mí mejor —contesté—. Anoche dormí mal.
Florencia tenía veintiocho años, el pelo castaño oscuro recogido en una cola alta que se le movía a cada paso, y ese cuerpo seco y firme que tienen las mujeres que entrenan en serio. Lo que me llamó la atención esa mañana fue la ropa. Otras veces venía con leggings largos y remera amplia. Hoy había llegado con unos leggings de cintura alta tan ajustados que parecían pintados y un corpiño deportivo color durazno que hacía un trabajo muy modesto con lo que tenía adentro.
Me quedé mirándola un par de segundos más de lo necesario. Ella se dio cuenta. No dijo nada, pero sonrió de costado mientras se ataba la cola más alto.
—¿Empezamos? —preguntó.
—Empecemos.
Nos pusimos las dos frente al ventanal del living. La luz entraba por la izquierda y caía sobre la colchoneta dibujando un rectángulo amarillo en el piso. Florencia me guió por la rutina de movilidad: tobillos, rodillas, caderas, columna, hombros, cuello. Cada articulación tenía su pequeña secuencia, y ella las contaba con esa cadencia tranquila de profesora que sabe lo que hace.
—Baja la barbilla. Estira la nuca. Ahora del otro lado.
La fui copiando. En cierto momento tuvo que corregirme la postura del hombro derecho y me puso la mano en la espalda sin pedir permiso. Tenía las manos calientes, ligeramente ásperas. La palma me presionó justo entre los omóplatos y noté que el contacto duró un instante más del estrictamente necesario.
No te imagines cosas, Camila.
Pasamos a la apertura de piernas. Las dos sentadas en el piso, frente a frente, separando piernas para estirar los aductores. Florencia abrió las suyas con una flexibilidad que no era humana. Yo intenté seguirla y llegué a más o menos dos tercios de su amplitud. Desde mi posición tenía vista directa al entrepierno de sus leggings, y los leggings, ajustados como estaban, no escondían absolutamente nada. La costura central marcaba la forma exacta de sus labios. Aparté la mirada con la sensación de haber visto algo que no me correspondía.
—Inclínate hacia adelante —me dijo—. Trata de tocarte la rodilla con la frente.
Lo hice. Ella se inclinó al mismo tiempo para mostrarme el rango correcto, y ahí pasó. Cuando se dobló, el corpiño deportivo, ya de por sí pequeño, no aguantó el cambio de ángulo y uno de sus pechos se le salió por arriba. Después el otro. Los dos a la vista, redondos, firmes, con los pezones erguidos por el contraste de temperatura entre la calle y el ambiente cálido del living.
Florencia se incorporó despacio. No se cubrió. Me miró a los ojos.
—Perdón —dijo, pero el tono no era de disculpa.
—No pidas perdón.
Lo que vino fue casi automático. Me arrodillé frente a ella, le pasé las manos por la cintura y la atraje. Le acomodé el corpiño hacia abajo, dejándole los dos pechos libres del todo, y bajé la cabeza. Le tomé un pezón con la boca, despacio, mientras con la otra mano le sostenía el otro pecho desde abajo.
Florencia respiró hondo y echó la cabeza hacia atrás.
—Hace meses que pensaba en esto —murmuró.
—Yo también. Desde el primer día.
Su piel sabía a crema corporal y a algo más, un sudor recién instalado del calor del living. Le pasé la lengua por el pezón, lo mordí con cuidado, lo solté. Pasé al otro. Florencia me hundió los dedos en el pelo y me empujó la cabeza con suavidad, marcándome el ritmo que quería. Me dejé llevar. Le besé el esternón, el principio del cuello, la clavícula, y volví a los pechos como si fueran lo único que existía en el mundo.
***
Nos desnudamos la una a la otra sin levantarnos del piso. Yo le bajé los leggings de un tirón, comprobando lo que ya sospechaba: no llevaba ropa interior debajo. Ella me sacó el top por la cabeza y me lamió el cuello mientras me desabrochaba el corpiño. En menos de un minuto las dos estábamos desnudas sobre la colchoneta, con la luz del ventanal cayéndonos encima como si fuera un foco preparado para nosotras.
Florencia se acostó boca arriba y abrió las piernas. No hizo falta que dijera nada. Me acomodé entre sus muslos, le pasé los brazos por debajo de las nalgas para elevarla un poco y bajé la cabeza. Su sexo estaba ya completamente húmedo, brillante, con los labios separados por el deseo. Empecé despacio: una pasada larga con la lengua plana, desde abajo hasta el clítoris. Otra. Otra más. Cada pasada le sacaba un gemido más profundo.
—Así, así —pidió—. No pares.
Le metí dos dedos. Estaba tan mojada que entraron sin la menor resistencia. Empecé a moverlos en círculo mientras le chupaba el clítoris con la presión justa, ni demasiado suave ni demasiado fuerte. Florencia se removía bajo mis manos, levantaba las caderas para empujarse contra mi boca, me apretaba la cabeza con los muslos. Tenía un sabor limpio y un olor que me iba enloqueciendo. Sentí cómo se le tensaba el cuerpo entero, cómo el muslo derecho me apretaba con más fuerza, cómo la respiración se le volvía corta y entrecortada.
Se vino con un gemido largo, casi un quejido, y yo no aflojé hasta que ella misma me empujó la cabeza para apartarme.
—Para, para —dijo, riéndose—. Es mucho.
Me incorporé y le pasé la lengua por todo el sexo una última vez. Me limpié la boca con el dorso de la mano y la miré desde arriba. Tenía la cara colorada, el pelo desarmado, los pechos subiendo y bajando.
—Voltéate —le dije.
Florencia obedeció. Se puso en cuatro patas frente a mí y me ofreció las nalgas con una desfachatez que me hizo perder el último resto de timidez. Se las abrí con las dos manos y miré. Tenía el ano pequeño, prolijo, perfecto. Le pasé la lengua una vez, despacio, desde el sexo hasta el agujero, y la sentí estremecerse. Repetí. Después me concentré en el ano y empecé a trabajarlo con la punta de la lengua, en círculos, mientras con dos dedos le frotaba el clítoris desde abajo.
—Dios mío —murmuró—. Dios mío.
***
Estuve así no sé cuánto tiempo. Diez minutos, quince, no llevaba la cuenta. Florencia se masturbaba a sí misma mientras yo seguía con la boca entre sus nalgas, los dedos de su mano derecha haciendo un círculo rápido y constante sobre su clítoris. Los gemidos se le pusieron más graves, más urgentes, hasta que de pronto sentí cómo todo el cuerpo le temblaba de nuevo. Esta vez la sentí mojarse contra mis dedos, un chorro caliente que me bañó la mano.
Se desplomó sobre la colchoneta, boca abajo, jadeando.
—Ahora tú —dijo cuando recuperó el aliento.
Me empujó para que me acostara de costado. Ella se acomodó frente a mí, en la misma posición pero al revés, y enganchó una pierna por encima de la mía. Tuve que reacomodarme un poco hasta que los dos sexos quedaron en contacto. Cuando se rozaron por primera vez se me escapó un suspiro que no supe controlar.
Florencia empezó despacio. Movimientos pequeños, casi imperceptibles, frotando su clítoris contra el mío con una paciencia que me estaba volviendo loca. Yo la miraba. Ella me miraba. Hubo algo en esos primeros segundos, mirándonos sin hablar, que fue más íntimo que todo lo que habíamos hecho antes.
—Más fuerte —le pedí.
Subió el ritmo. La agarré de la cadera y empecé a moverme yo también, sincronizándome con ella. Los dos sexos juntos hacían un ruido húmedo que me ponía todavía más. Florencia tenía los pechos al aire, los pezones todavía duros, y la luz del ventanal le pegaba en el costado del cuerpo con una belleza que parecía robada de una pintura.
Aumentamos el ritmo juntas. Pequeños saltos, presión, fricción constante. Sentí cómo se me iba acumulando el calor en la pelvis, cómo cada movimiento me llevaba un poco más cerca. Le clavé los dedos en la cadera y empujé más fuerte. Florencia me acompañó. Las dos jadeábamos sin disimulo, sin importarnos quién nos pudiera escuchar.
Me vine yo primero. Un orgasmo largo y profundo que me dejó la cabeza vacía durante varios segundos. Florencia no paró: siguió moviéndose hasta que se vino unos segundos después, apretándome la pierna entre las suyas como si quisiera estrujarme.
Nos quedamos así, enganchadas, recuperando el aire. Le acaricié el muslo. Ella me acarició el brazo.
***
—Tengo una fantasía —me dijo de pronto, cuando ya estábamos más calmadas, sentadas las dos contra la pared con una botella de agua en el medio.
—Dime.
Me lo contó. Era algo que nunca se había animado a pedir, algo que llevaba años imaginando sin compartirlo con nadie. La escuché con la cabeza apoyada en su hombro. Cuando terminó, levanté la mirada.
—Justo tomé tres vasos de agua antes de que llegaras —le dije.
Le brillaron los ojos.
Se acostó otra vez boca arriba sobre la colchoneta. Yo me puse de pie sobre ella, una pierna a cada lado de su torso, y dejé caer la mirada hacia sus pechos. Cerré los ojos. Me costó un segundo soltar. Cuando lo hice, el chorro tibio cayó sobre su piel y la dibujó con un brillo dorado que se le esparció por el esternón, por los pechos, por el cuello. Florencia gimió. Se pasó las manos por encima, mezclándose el líquido con la piel, sin perder la sonrisa ni un instante.
Cuando terminé bajé al piso y le besé la boca, despacio.
—Gracias —dijo.
—Gracias a ti. Mejor sesión de entrenamiento de mi vida.
Florencia se rió. Se levantó, se metió a la ducha, y cuando salió ya tenía la ropa puesta y la mochila al hombro. Me dio un beso en los labios antes de irse, como si fuera lo más natural del mundo.
—Mismo horario el sábado que viene —dijo.
—Mismo horario.
Cerré la puerta y me quedé un rato apoyada contra ella, sonriendo sola, ya planeando qué iba a beber antes de la próxima clase.