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Relatos Ardientes

La noche que mi prima me enseñó a desear mujeres

Me llamo Camila, tengo veinticinco años, y mi prima Mariana tiene veintiséis. Desde niñas fuimos inseparables. Pasábamos los veranos en la casa de nuestras abuelas, dormíamos en la misma cama, nos contábamos secretos que ningún adulto debía escuchar. Nos llevábamos como hermanas, aunque ahora sé que entre nosotras siempre hubo algo más difícil de nombrar.

Mariana siempre fue la atrevida. La que se escapaba a los recreos largos del colegio, la que me enseñó a fumar mi primer cigarrillo a los catorce, la que me arrastró a una fiesta donde di mi primer beso a un chico que ni recuerdo. Yo era la prudente, la callada, la que tomaba apuntes mientras ella vivía. Pero nunca, ni una sola vez, se me había pasado por la cabeza que podíamos ser otra cosa que confidentes.

Hasta la noche de mis dieciocho años.

Festejamos en casa de mis padres con unos pocos amigos de la facultad. Música a volumen bajo, cerveza tibia, una torta que mi madre había hecho con la receta de la abuela. Mariana llegó con su hermana mayor, las dos cargadas de regalos y de ese perfume dulzón que ella siempre usaba. Bailamos casi toda la noche, y cada vez que la miraba me parecía que algo había cambiado en su forma de moverse. Como si ya no fuera la prima con la que había compartido baños y juegos. Como si ahora fuera, simplemente, una mujer.

Cuando la fiesta terminó, me dijo que me llevaba a dormir a su casa.

—Ya está todo arreglado con tu mamá —insistió, agarrándome del brazo—. Mañana es domingo, no tienes nada que hacer.

No me extrañó la propuesta. Lo habíamos hecho cientos de veces desde chicas. Tomé mi mochila, le di un beso a mi madre y me subí al taxi con ella y con su hermana.

Déjenme describirla, porque entender lo que pasó depende de eso. Mariana mide un metro cincuenta y cinco, es blanca, llena de pecas en los hombros y en la espalda. Tiene unos pechos enormes para su cuerpo pequeño, redondos, con pezones rosados que asoman casi solos por encima de cualquier blusa que se ponga. Su trasero es ancho, firme, de esos que llaman la atención cuando entra a un lugar. Las piernas las tiene cortas pero torneadas, marcadas como si entrenara, aunque no entrena.

Yo soy distinta. Soy más alta, un metro sesenta y cinco, tengo la piel apiñonada, los ojos castaños, y aunque mis pechos también son grandes no se comparan con los suyos. Mi trasero es chico, mis piernas largas. No nos parecemos en nada, y sin embargo nadie nos veía juntas sin notar que algo nos unía más allá del apellido.

Llegamos a su casa pasadas las tres. Su mamá ya dormía, su hermana se encerró en el cuarto de huéspedes, y nosotras subimos a su habitación con dos copas de vino que habíamos rescatado de mi cumpleaños. Nos pusimos las pijamas de siempre, esas que conocía de memoria: short cortísimo y musculosa de tiritas finas, sin sostén debajo. Ella tenía una blanca, yo me puse una gris que había dejado en su casa la última vez que dormí ahí.

Nos acostamos en su cama. Hablamos un rato de la fiesta, de los compañeros, del chico de la facultad que me gustaba. Y entonces, sin previo aviso, me preguntó:

—¿Nunca te dio curiosidad besar a una mujer?

La miré. Tenía la cabeza apoyada en el codo, el pelo desordenado sobre la almohada, los ojos brillándole por el vino o por algo más.

—Vos fuiste mi primer beso —le dije, riéndome—. ¿Te olvidaste?

—Eso no cuenta. Éramos chicas, no sabíamos lo que hacíamos.

Me quedé en silencio. La luz de la lámpara nos dejaba a las dos en un tono dorado, y por primera vez en mi vida me concentré en su boca. En cómo el labio inferior le sobresalía un poco. En la forma de su cuello. En cómo se movía la tela fina de la musculosa cada vez que respiraba.

—Me da curiosidad —admitió, en un susurro—. Pero contigo.

No supe qué responder. El corazón me golpeaba contra las costillas. Me incorporé un poco, apoyándome en el codo, y ella hizo lo mismo. Quedamos a centímetros una de la otra. Pude oler el vino en su aliento, ese perfume dulzón, el champú de coco que siempre usaba.

Fui yo la que se inclinó primero.

La besé despacio, sin abrir la boca, como si quisiera comprobar algo. Apenas separé los labios para terminar el gesto, ella me devolvió el beso con la lengua y ya no hubo vuelta atrás. Me aparté un segundo a pedirle perdón, a decirle que no sabía qué me había pasado, pero ella me puso un dedo en los labios y me dijo:

—Hace años que quiero hacer esto. No te disculpes.

Empezamos a besarnos en serio. Lento al principio, después con hambre. La sentí pegada contra mí, sus pechos enormes aplastándose contra los míos a través de las musculosas finas. Mis pezones se pusieron duros enseguida y sentí los de ella igual, dos puntas marcadas contra mi piel.

—¿Tenés miedo? —me preguntó, con los labios todavía pegados a los míos.

—Un poco.

—Yo también.

Pero ninguna de las dos paró.

***

Le saqué la musculosa primero. La levanté con cuidado, como si tuviera miedo de romper algo, y cuando le vi los pechos al descubierto pensé que nunca había visto algo más perfecto. Eran pesados, redondos, con esos pezones rosados que se le habían puesto duros y pequeños por la excitación. Le pasé la mano por debajo y sentí el peso. Ella cerró los ojos.

—Desde los quince que quiero que los toques —me dijo—. Te juro que te miro y pienso en esto.

Me agaché y le pasé la lengua por uno de los pezones. Sabía a piel limpia, a su perfume. Lo chupé despacio, lo mordisqueé apenas, y ella soltó un suspiro largo que me hizo apretar las piernas. Pasé al otro pecho, le rocé con los dientes, le besé el espacio entre los dos. Mariana me hundió los dedos en el pelo y me apretó la cabeza contra ella como si no quisiera que me alejara nunca.

Después fue su turno. Me sacó la musculosa, me miró un rato largo sin decir nada, y me dijo que mis pechos eran lo más hermoso que había visto. No le creí del todo, pero la manera en que los besó me hizo sentir que era cierto. Tenía la lengua tibia, paciente, y cada vez que pasaba la punta sobre mis pezones yo sentía un latido entre las piernas que no sabía que existía.

Quedamos las dos en ropa interior. Yo llevaba unas bombachas de algodón blanco, las más comunes que se podían imaginar; ella tenía un cachetero de encaje negro que se le pegaba a las caderas anchas y le marcaba el contorno del trasero. No quería que se lo sacara. Le dije que se quedara así, que me dejara mirarla.

—Mirá lo que quieras —me dijo, y se puso de pie sobre el colchón, riéndose, girando despacio para que la viera entera.

Era un cuerpo que no sabía que existía hasta esa noche. O lo sabía, pero no me había permitido pensarlo así. Cuando volvió a acostarse, se sacó el cachetero y me dejó verla completa. Sus muslos estaban un poco abiertos. Había un brillo en el medio que me hizo entender que estaba tan mojada como yo.

—¿Querés probar? —me preguntó—. No tenés que hacer nada. Yo te muestro.

Asentí. Me sacó las bombachas con las dos manos, sin apuro. Me besó el ombligo, me besó la parte interna de los muslos, me dejó esperando. Cuando finalmente bajó, me abrió con los dedos y me pasó la lengua una sola vez, de abajo hacia arriba. Pensé que me moría.

Nunca nadie me había hecho eso. Los pocos chicos con los que había estado eran torpes, apurados, o directamente no se dignaban. Mariana en cambio sabía exactamente qué hacer. Me lamía despacio, después rápido, después se concentraba en el clítoris con la punta de la lengua hasta que yo no podía quedarme quieta. Le agarré la cabeza, le dije su nombre como si fuera una pregunta, y ella me respondió hundiéndome dos dedos.

—Vente en mi boca —me pidió, levantando un momento la cabeza—. Quiero sentirlo.

No me dejó terminar la respuesta. Cuando volvió a bajar, todo se me nubló. Lo que vino fue una ola que no había sentido nunca, larga, eléctrica, que me hizo arquear la espalda contra el colchón y temblar entera. Ella no se separó. Se quedó ahí, lamiendo despacio mientras yo bajaba, mientras recuperaba el aire, mientras me daba cuenta de lo que acababa de pasar.

—Quiero probarte —le dije, todavía agitada—. Quiero hacerte lo mismo.

Negó con la cabeza. Subió por mi cuerpo, me besó en la boca para que me sintiera a mí misma, y me dijo:

—Hoy fue para vos. La próxima me toca a mí.

Me dio risa. Una risa tonta, nerviosa, de pensar que iba a haber una próxima. Se acostó encima de mí, piel contra piel, sus pechos enormes contra los míos, su pubis rozándome el mío. Estábamos las dos mojadas, y ese roce era una sensación nueva que no se parecía a nada que hubiera vivido antes. Me dijo al oído que le encantaba mi cuerpo, mis besos, la manera en que me había rendido. Yo le contesté lo mismo, en voz baja, con la cara enterrada en su cuello.

***

Nos quedamos así un rato largo, sin movernos casi, escuchando el reloj de la cocina marcar las cuatro y después las cinco. Por la ventana empezaba a colarse una claridad gris. Mariana se incorporó de golpe.

—Mi mamá se levanta a las seis los domingos —dijo, asustada.

Nos vestimos rápido, riéndonos en voz baja como si tuviéramos otra vez quince años y nos hubiéramos quedado despiertas más de lo permitido. Nos metimos las dos bajo la sábana, yo con la musculosa al revés, ella con el pelo hecho un nudo. Antes de que cerrara los ojos, me dio un último beso. Largo, suave, con la mano en mi cara.

—Gracias —me dijo.

Me sentí extraña. Confundida. Feliz y culpable a la vez. No sabía si lo que acababa de pasar era el principio de algo o el final de algo, si íbamos a poder mirarnos a la cara en el almuerzo familiar de la semana siguiente, si todo iba a seguir igual o si nada iba a volver a ser igual nunca.

Tardé en dormirme. Mariana respiraba pegada a mi espalda, con un brazo sobre mi cintura, como si tuviera miedo de que me fuera. No me fui. Me quedé quieta, sintiendo cada centímetro de su cuerpo contra el mío, mientras afuera amanecía despacio.

Esa fue la primera vez. Pensé, mientras me dormía por fin, que también sería la última. Que era un secreto que íbamos a guardar entre las dos y que nunca volveríamos a tocar.

Me equivoqué.

Las siguientes veces fueron distintas, más largas, más sabidas, sin miedo. Pero esas, como dice ella cuando se acuerda, son otras historias.

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Comentarios (5)

CarlaOk_22

Tremendo relato!!! me encanto cada parte, con lo bien que lo contas se siente tan real

Valentina_SC

Por favor necesito la continuacion, me quede con muchas ganas de saber que paso despues entre ellas

MarcelaR_91

Me recuerda a una situacion parecida que viví, esa confusion de sentimientos es exactamente asi. Muy bien escrito

Cande_Mza

Una pregunta, ¿es una historia real? se siente demasiado autentica para ser inventada jaja

NocheX77

El inicio es lo mejor, esa tension antes de que pase algo es lo que lo hace tan bueno

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