La compañera de cátedra que no pudo esperar
Esa tarde me había quedado más tiempo del habitual. La última clase había terminado a las seis y, mientras los pasillos del instituto se vaciaban, yo seguía en la sala de profesores corrigiendo los exámenes que me habían entregado por la mañana. Pensaba que estaba sola en el edificio.
Unas manos me rodearon por detrás sin avisar. Una se posó sobre mi pecho derecho, la otra bajó hasta mi cintura y siguió descendiendo despacio. Unos labios cálidos rozaron la piel de mi cuello, justo en el punto donde más se me eriza el vello, y noté cómo la ropa interior se me humedecía sin haber dicho ni una palabra todavía.
Sabía perfectamente quién era. Reconocí su perfume —algo a vainilla y madera vieja— antes incluso de girar la cabeza. Mariela. Mi compañera de cátedra. La que la noche anterior se había quedado conmigo en el chat hasta las tantas mandándome mensajes que ninguna de las dos debió haber escrito.
Todo había empezado el día anterior, en uno de esos cafés que tomábamos cuando coincidíamos en el horario libre. Ella me hablaba de su novio. Un tipo amable, atento, que la quería mucho, sí, pero que en la cama era un desastre. Lo decía con esa risa cansada de quien ya no espera que las cosas cambien.
—Termino la noche y me toco yo —me confesó, encogiéndose de hombros—. A veces en el coche, antes de llegar a casa. Necesito acabar de alguna forma.
Me reí, un poco incómoda. Era una conversación que jamás habríamos tenido un mes atrás. Sin pensarlo demasiado, le solté que escribía relatos eróticos para una página de internet, que firmaba con seudónimo y que tenía un par de seguidoras fijas que me dejaban comentarios pidiendo más.
—No te creo —dijo, y los ojos se le iluminaron de una manera que tendría que haberme servido de advertencia.
Le pasé el enlace antes de despedirnos. «Para que te entretengas esta noche», le escribí en el chat, casi en broma. Ella me contestó con un emoticono de fuego y una sonrisa traviesa que me quedó dando vueltas durante todo el viaje en autobús de vuelta a casa.
A las once y media, justo cuando estaba metiéndome en la cama, sonó el mensaje.
—Qué relatos más ricos, oye. Me están gustando demasiado —escribió, con un emoticono de diablito al final.
—Me alegro. Los voy escribiendo cuando puedo —contesté.
—¿Y cómo se te ocurren? ¿De dónde sacas tantas ideas?
Le expliqué la verdad. Que la mayoría empezaban como sueños, que me despertaba con la imagen pegada en la cabeza y me tocaba pensando en ellos para terminar de despertarme. Que mi imaginación los recreaba con detalles que después solo tenía que pasar al papel.
No sé en qué momento empecé a calentarme. Los pezones se me endurecieron sin avisar. Sentí cómo la entrepierna me latía con un pulso propio, suplicando que la atendiera. Me resistí. Estaba hablando con una compañera de trabajo, por dios. Una mujer con la que iba a verme la cara al día siguiente en los pasillos. No podía.
—¿Te molesta si me toco mientras los leo otra vez? —escribió.
Tendría que haberle puesto un freno. Tendría que haber cambiado de tema. En lugar de eso, escribí lo primero que me salió.
—Úsalos. Para eso están. Yo también voy a aprovechar a releerlos.
—¿Tú también te estás tocando ahora? —preguntó.
Mentí a medias. Le dije que sí, que siempre lo hacía antes de dormir. Era casi verdad. En ese momento ya había metido la mano debajo de las sábanas y me había bajado el pantalón del pijama hasta los muslos.
—Voy a por el consolador. Estoy empapada, no aguanto más —escribió.
Y entonces llegó el audio.
Eran treinta segundos. Treinta segundos de su voz jadeando, susurrando palabras que no terminaba, pidiendo más en voz baja. La oí gemir contenida, como si estuviera intentando que sus vecinos no la escucharan. Me imaginé su cuerpo. Las pocas veces que la había visto en falda de verano, sus piernas largas, esos pechos generosos que se intuían bajo cada blusa.
Acabé con ese audio puesto en bucle. Apreté los dientes para no hacer ruido y me quedé temblando un buen rato debajo del edredón.
Después vino la vergüenza. Esa que llega siempre cuando el cuerpo ya descansó y la cabeza vuelve a ponerse seria. Le escribí un último mensaje.
—Me voy a dormir. Gracias por el audio, me hiciste acabar —tecleé, y le di a enviar antes de arrepentirme.
Apagué el wifi del móvil. Tiré el teléfono a la mesa de noche. Me dormí sin saber con qué cara iba a presentarme al día siguiente en el instituto.
***
Y ahí estaba, veinticuatro horas después, con sus manos sobre mí y sin que ninguna de las dos hubiera dicho todavía una palabra.
—No podemos hacerlo aquí —susurré, apenas un hilo de voz.
—Ya cerré con llave —dijo ella, mordiéndome el lóbulo de la oreja—. La portera se fue hace media hora. No queda nadie en el pasillo, te lo prometo.
Sentí cómo su pecho se aplastaba contra mi espalda. Una de sus manos viajó hasta mi pezón derecho y lo apretó por encima de la blusa con una firmeza que no esperaba. Se me escapó un gemido. Me giré con torpeza, buscándola, y entonces me besó.
Fue distinto a como lo había imaginado. Mariela besaba con hambre, sin disculpas, mordiendo el labio inferior y empujándome con todo el cuerpo. Me llevó marcha atrás hasta la mesa larga de la sala —la misma donde los lunes hacíamos las reuniones de departamento— y me sentó encima como si no pesara nada.
—Llevo todo el día pensando en cómo te ibas a venir —dijo contra mi boca—. Desde que sonó el despertador.
Me levantó la blusa. Me bajó los tirantes del sujetador con dos dedos, sin paciencia. Cuando sus dientes se cerraron alrededor de uno de mis pezones, eché la cabeza hacia atrás y solté un gemido que rebotó en las paredes vacías. Ella me tapó la boca con la mano que le quedaba libre, riéndose contra mi piel.
—Te dije que no había nadie, pero no nos pasemos —susurró.
Me tumbó sobre la mesa. Empezó a besarme el vientre, cada centímetro, deteniéndose en el ombligo y bajando hacia el botón del pantalón. Lo desabrochó con los dientes, una pequeña exhibición que se le notaba ensayada, y me lo bajó tirando de las perneras. Me quedé en bragas, los muslos abiertos contra la madera fría, y ella se irguió un momento para mirarme entera.
—Mírate —dijo—. Ayer no dejé de pensar en esta imagen.
Yo, que nunca había estado con otra mujer, me reincorporé sobre los codos y le tiré de la blusa hacia arriba. Quería verla. Necesitaba ver lo que llevaba toda la noche imaginándome. Cuando le desabroché el sujetador y le cayeron los pechos delante de mi cara, se me secó la boca.
Me incliné y pasé la lengua despacio por uno de sus pezones. Mariela soltó un gemido grave, casi un quejido. Le sujeté la cintura con las dos manos y la atraje hacia mí, devorándola, alternando lengua y dientes, y noté cómo sus dedos se enredaban en mi pelo y tiraban hacia atrás.
—Túmbate —me ordenó.
Me empujó de vuelta sobre la mesa. Apartó la tela de las bragas con dos dedos —no me las quitó, solo las corrió a un lado— y se quedó mirando. Pasó un dedo por mi sexo de arriba abajo, muy lento, y se rio cuando me arqueé entera contra su mano.
—Estás chorreando —dijo—. ¿Tan caliente te ha puesto entrar y verme?
No respondí. No pude. Bajó la cabeza y me besó ahí donde sus dedos acababan de pasar, y el primer contacto de su lengua me hizo gritar. Me tapé la boca con el antebrazo. Ella siguió, dibujando círculos lentos alrededor del clítoris, alternando con presión justa con la punta de la lengua. Después metió dos dedos. Después tres. Movía la mano con un ritmo que me derretía por dentro.
—Más —le pedí—. Más rápido.
Me hizo caso. Aumentó la velocidad mientras seguía con la lengua arriba, y yo no tardé en sentir cómo todo el cuerpo se me tensaba. Me agarré al borde de la mesa con una mano. La otra la enredé en su pelo. Me corrí con una fuerza que llevaba meses sin sentir, apretando los muslos contra su cara, gimiendo demasiado fuerte para una sala con la puerta solo cerrada con llave.
Ella se levantó, sonriendo, con la barbilla brillante.
—Ahora me toca a mí —dijo.
La empujé hasta sentarla en una de las sillas de respaldo alto. Le bajé la falda y las bragas de un solo tirón y me arrodillé entre sus piernas. Nunca había hecho aquello. Lo había imaginado mil veces, escrito sobre ello en una decena de relatos, pero nunca había tenido a otra mujer abierta delante de mi boca.
Empecé con la lengua plana, recorriéndola entera. Mariela echó la cabeza hacia atrás y gimió largo, profundo. Le pasé las manos por los muslos, separándoselos un poco más, y me dediqué a aprender lo que le gustaba. Cuando subía hacia el clítoris, ella se retorcía. Cuando bajaba, suspiraba. Cuando le metí dos dedos sin dejar de chuparle, me clavó los talones en la espalda.
—Así, así, así —repetía, en voz baja, con los ojos cerrados.
Le marqué un ritmo constante. Sentí cómo sus muslos empezaban a temblar contra mis hombros. Cómo se le tensaba el vientre bajo mi mirada. Cómo me sujetaba la cabeza contra ella, casi sin dejarme respirar. Acabó con un gemido ahogado contra su propia muñeca, mordiéndose para no gritar.
Cuando me incorporé, ella tiró de mí y me sentó a horcajadas encima de sus piernas. Pegó su sexo contra el mío, todavía mojados los dos, y empezó a moverse despacio. Yo me apoyé en sus hombros. Empecé a moverme con ella, encontrando un compás torpe al principio y después más firme. La fricción era distinta a todo lo que conocía, más íntima, más extraña, más caliente.
Nos miramos sin decir nada. Movíamos las caderas en un ritmo que fue acelerándose hasta que volví a sentir esa presión en la boca del estómago. Mariela me apretó las nalgas con las dos manos, empujándome más fuerte contra ella, y nos vinimos casi al mismo tiempo, jadeando contra la boca de la otra.
Nos quedamos abrazadas, sentadas en esa silla, mientras los cuerpos se nos calmaban poco a poco. Por la ventana entraba la luz anaranjada del atardecer. En algún lado, lejos, alguien hablaba en el pasillo de abajo.
—Tenemos que vestirnos —murmuré.
—Cinco minutos más —pidió ella, con la cara hundida en mi cuello.
Le hice caso. Cinco minutos. Después seríamos otra vez dos compañeras de cátedra ordenándose la blusa antes de salir a la calle, dos profesoras saludando a la portera con una sonrisa correcta. Pero esos cinco minutos fueron solo nuestros, los robamos sin que nadie se enterara.
Y supe, mientras le acariciaba la espalda con la punta de los dedos, que aquello no iba a quedar en una sola tarde.