La extraña que se entregó al ritmo de mi música
Esa semana, durante los ensayos vespertinos en el auditorio, supe que alguien me observaba desde el fondo de la sala. No me alarmé. Llevaba treinta años cargando el chelo por escenarios del mundo y había aprendido a distinguir un peligro real de una sombra inofensiva. Pero aquella presencia, agazapada entre las butacas vacías, despertaba mi curiosidad.
Yo era la primera solista invitada del curso avanzado de verano, en un pueblo costero del Mediterráneo. El auditorio estaba teóricamente reservado solo para mí después de las clases, aunque una docena de empleados rondaba el edificio. Bastaba un grito mío para que alguien acudiera. Por eso le permití a aquel intruso volver tarde tras tarde, sin delatarlo.
—Esta vez te pillaré —murmuré ese viernes mientras ajustaba las cuerdas.
Su rutina era invariable. Aprovechaba el caos de la salida de mis alumnos para colarse en el patio de butacas y sentarse cerca de la puerta. Lo intuía joven por la forma sigilosa de moverse. Yo continuaba el repertorio como si nada, con la mirada fija en la partitura. No la necesitaba: una no llega a ser primera solista de la Sinfónica de Boston por casualidad.
Soy una romántica sin remedio, y eso justificó su presencia ante mí. Conozco mejor que nadie el efecto que la música clásica ejerce sobre el alma. He llorado como una niña desde los primeros acordes de una ópera hasta la ovación final. Para mí, la música no es un oficio: es la vida misma. Podía entender que otra persona quisiera asomarse a ella desde la oscuridad.
Había una pieza en particular que lo hacía perder el sigilo. Cuando llegaba a esa sonata, dejaba escapar pequeños jadeos que alcanzaban mis oídos. Después, si yo cambiaba de canción, permanecía inmóvil hasta que recogía el chelo y abandonaba el escenario. Solo entonces se escabullía como un gato.
Aquel viernes lo decidí: convencí a un bedel joven con mi mejor cara de pocos amigos. Por primera vez, la puerta de escape no se abrió.
—No te molestes —grité desde el escenario, con la voz firme—. Todas las puertas están cerradas. Solo se abren con una llave que tú no tienes.
Dejé el chelo apoyado y bajé descalza las escaleras hacia el patio de butacas. Avancé por el pasillo central con el arco en la mano. Sé que no es un arma contundente, pero he comprobado más de una vez su efecto disuasorio. Una cosa es no temer y otra muy distinta no tomar precauciones.
—No muerdo, ¿sabes? —añadí.
El intruso no huyó ni intentó nada. Permaneció de pie junto a la puerta, inmóvil como una estatua.
—Si querías escucharme tocar, bastaba con pedírmelo. No hace falta entrar y salir como una sombra. Es un comportamiento infantil, ¿no crees?
Silencio. Iba a continuar el sermón cuando, al acercarme, comprendí mi error.
Mis ojos, ya acostumbrados a la penumbra, distinguieron a una chica menuda y aterrada. Tenía la piel del color del té con leche y vestía el uniforme del personal de limpieza. Me miraba con los ojos muy abiertos, las manos temblándole tanto que temí que se desmayara de un momento a otro.
—Eh, tranquila. No pasa nada. ¿Estás bien?
Parecía a punto de desplomarse. Yo, que había bajado blandiendo el arco como una espada, me sentí responsable. La tomé suavemente de los hombros y la conduje hacia la zona más iluminada del teatro. La ayudé a sentarse en la primera fila y corrí a mi camerino. Volví con un vaso de zumo fresco y unas galletas de té; intuí que la ayudarían a reponerse del susto.
Al principio rechazó el ofrecimiento. Tuve que insistir varias veces antes de que aceptara. Comió las galletas en pequeñas porciones, como si se tratara de un manjar delicado. Mientras tanto, intenté averiguar algo de ella. Sus rasgos no eran africanos sino asiáticos, probablemente del sudeste. He recorrido el mundo con el chelo y reconozco una etnia con bastante acierto. La suya siempre me ha parecido hermosa: piel tostada, ojos rasgados, facciones suaves.
—¿Estás mejor?
Asintió levemente. Al menos algo entendía. Cuando terminó de comer hizo ademán de levantarse. La detuve con firmeza pero con dulzura.
—Tranquila, no hay prisa. ¿Te gusta el chelo?
Me miró como si le hablara en otro idioma. Solventé la confusión imitando los gestos de tocar. Su rostro se iluminó y esbozó una sonrisa breve que realzó toda su belleza natural.
—¿Quieres que toque para ti?
Negó, supongo que por compromiso. No iba a darme por vencida. Para llegar a donde he llegado, la perseverancia es tan imprescindible como el talento.
—Lo haré con gusto. Me llamo Elena —insistí, dándome unos golpecitos en el pecho—. E-le-na.
—Mei —me imitó—. M-e-i.
Reímos las dos. La noté más relajada. Pensé que, si alguien se jugaba el trabajo por escucharme tocar, merecía más mérito que cualquier abonado de palco.
***
Me coloqué frente a ella en el escenario y empecé mi rutina. Cierro los ojos, contraigo los pies desnudos, acaricio el suelo con los dedos y visualizo las piezas en forma de paleta de colores. Tengo cromestesia musical: percibo colores mientras el arco roza las cuerdas. No son manchas, sino una sensación íntima que se combina con el sonido, lo potencia y me hace vibrar.
«Empezaré por una azul cielo. La calmará.»
Respiré hondo. Aunque parezca extraño, soy tímida. Mi soltura en el escenario se ha forjado a fuerza de años, de sobreponerme a sonrojantes ataques de pánico que prefiero olvidar. Al primer acorde, los nervios se evaporaron. Abrí los ojos. Mei estaba absorta en su butaca, con la mirada clavada en mí.
Toqué varias piezas conocidas, sin embargo, su expresión no terminaba de encajar. «No le gusta. ¿Una suite verde pastel? ¿Una sonata amarilla quizá?» Después de muchos años con el chelo asumí que es imposible elegir un repertorio que agrade a todos, pero con una sola espectadora me frustraba no acertar. Hasta que recordé la pieza que la había delatado todas las tardes anteriores.
Deseché todo lo planeado y fui directamente a por ella.
Apenas sonaron los primeros acordes, Mei reaccionó. Su cuerpo se tensó como cuando suena un timbre inesperado. La sonata era pasional e íntima, policromada en mi mente. El primer movimiento, anaranjado con destellos rosáceos, hizo que se llevara las manos a la cara externa de los muslos y empezara a frotarlos con un movimiento casi imperceptible. Conforme la música avanzaba, fue acariciándose lentamente hacia el interior, hasta atrapar los dorsos de las manos entre las piernas.
El segundo movimiento, en blancos melancólicos, la dejó quieta como una estatua de ébano, meciéndose apenas. En el tercero, mucho más intenso, algo cambió. El malva lo envolvió todo y con él, su reacción más visceral. Separó las piernas, liberó las manos y las llevó a la zona caliente que el buen decoro no permite tocarse en público. Sus suspiros se convirtieron en jadeos, los jadeos en gemidos. Los movimientos rítmicos pronto fueron espasmos. Mei disfrutó allí mismo de un orgasmo escandalosamente intenso sin desnudarse, sin que nadie la tocara, con el único estímulo de mi música.
Y no se detuvo ahí.
Sus dedos siguieron buscándose por encima del pantalón. Primero con timidez, después sin reparo, frotándose con la palma abierta a través de la tela gruesa del uniforme. Fallé varias notas, algo inaudito en mí. Había experimentado el quedar paralizada frente a un cuadro, el embobamiento ante una escultura, pero aquello era otro nivel. El síndrome de Stendhal en su forma más pura.
No me creía la causante de aquella reacción. Era evidente que la sonata, por algún motivo que se me escapaba, despertaba algo dormido en su cuerpo. Lo sensato hubiera sido detenerme, gritar una indignación de diva y echarla de allí. Pero algo dentro de mí me impedía soltar el arco. Verla disfrutar de un modo tan natural, tan puro, me encendía. Mi propio cuerpo empezó a responder. Negarlo sería absurdo.
Desde que asumí mi identidad sexual, tras algunos escarceos decepcionantes con hombres, siempre me supe lesbiana sin tiempo para ejercer como tal. El chelo lo era todo, y los encuentros con mujeres se quedaban en distracciones esporádicas. Pero en ese momento sentí por Mei una atracción física que jamás había sentido por una desconocida.
La parte final de la partitura era rojo fuego, intensa como un volcán en erupción, y me exigía un esfuerzo físico considerable. Mei echó la cabeza hacia atrás como poseída, buscó aire con la boca entreabierta y abandonó el último resto de pudor. Mientras mis dedos pulsaban las cuerdas, los suyos buceaban bajo la camiseta acariciando sus pechos. Mientras mi mano derecha movía el arco, la suya atravesaba la cinturilla del pantalón.
Pude distinguir el bulto de su mano moviéndose en su entrepierna y los espasmos que recorrían su cuerpo cuando se hundió los dedos. Lo que más me turbó fue oír, incluso por encima del sonido del chelo, los jadeos que brotaron de su garganta cuando llegó por segunda vez. No supe qué pensar de ella: admiración, deseo, envidia. Todo a la vez. Lo único seguro era que quería ser parte de aquello.
Al terminar la música no hubo ovación ni aplausos, solo un par de bragas húmedas, miradas cómplices y risas tontas entre dos mujeres que se habían reconocido sin necesidad de palabras.
***
El sonido de una cerradura rompió la magia. Mei se levantó como un rayo. Yo, acalorada, tuve que abanicarme con la partitura.
—¿Todo bien por aquí? —dijo el director del teatro, entrando en la sala—. Tenemos que cerrar ya, señora.
Era un hombre corpulento, calvo y bigotudo. Lo seguía su hija Sandra, una joven impertinente que soñaba con el mundo del espectáculo. Al ver a Mei, frunció el ceño.
—¿Qué haces aquí? Tu turno terminó hace rato.
Mei salió casi corriendo, sin despedirse.
—Le pedí yo que se quedara —intervine—. No se lo tenga en cuenta. Es incómodo tocar sola.
—Puede ser. Aunque por no sé qué inspección de trabajo, no podemos tener a nadie en el edificio fuera de su jornada. Una pena que sea su último día. Es muy puntual, trabaja bien y nunca ha dado problemas.
Aquello me alarmó.
—¿Por qué? ¿Es por lo de hoy?
—No, no se preocupe. El lunes vuelve el inútil al que sustituye, y como tiene contrato fijo... ya sabe. Hay que apechugar con lo nacional y echar pestes de lo de fuera, aunque nos den mil vueltas.
Dejé de escucharlo. Tenía otras prioridades.
—Disculpe, se me ha hecho tarde —lo interrumpí.
Corrí al camerino, cogí el bolso, el paraguas y el chelo, y me aposté en la acera frente a la salida del personal. La esperanza de que Mei no se hubiera evaporado entre la gente del bulevar era frágil. Empezó a llover. Las tormentas de verano en esa costa son brutales y sorprenden a los incautos.
Me costó reconocerla. Con su falda tableada color canela y su top blanco que dejaba ver el ombligo, podía haber pasado por una de las turistas adolescentes que corrían a refugiarse. La tormenta la había sorprendido y se cubría el largo pelo negro con la mochila.
—¡Mei! ¡Aquí!
Corrí hacia ella sin importarme los charcos y la protegí con mi paraguas. Tras la sorpresa inicial, me regaló una sonrisa amplia. Su belleza era todavía más arrebatadora de cerca.
—¡Elena! —dijo con voz melodiosa.
Me alegró que recordara mi nombre. A pesar de mis cuarenta años, era torpe leyendo las señales de otras mujeres. La tormenta arreció antes de llegar al aparcamiento. Mei, con buen criterio, protegió la funda del chelo con el paraguas. El gesto fue noble; las consecuencias, funestas. Llegamos caladas al coche y, al sentarnos, las prendas se nos pegaban al cuerpo.
Mi vestido azul marino aguantó la discreción. Su top blanco se tornó casi transparente. Sus pezones oscuros se asomaban a través del tejido, puntiagudos, desafiantes. Me fue imposible no fijarme. Ella lo notó, pero en lugar de cubrirse miró el cuadro de mandos. Otra victoria silenciosa.
—¿Te apetece venir a mi casa? —pregunté.
Mi voz tembló y no era por el frío. Siempre había gestionado mal el rechazo. Su silencio estuvo a punto de provocarme un ataque de pánico. Aprovechando un semáforo, la miré: se encogió de hombros y volvió a sonreírme. No me había entendido.
—¡Tú! —le apunté con el dedo y luego hacia mí—. A mi casa. ¿Sí?
—¡Sí, sí! —contestó animada.
***
Mi adosado quedaba lejos de la costa, en un barrio tranquilo. Mei soltó una expresión de admiración al entrar. Subimos desde el garaje riendo, con el chelo a cuestas.
—¿Marido? —susurró en un español rudimentario—. ¿Hijos?
—No. Ni marido ni hijos. Esta casa es solo mía. M-Í-A.
Su rostro se iluminó. No pude más y la besé. Un escalón nos separaba y nos igualó en altura. Un piquito apenas. Sé que parece infantil, pero para mí era un paso enorme. Las pocas veces que había ligado siempre había sido otra la que daba el primer paso. Yo me dejaba llevar. Hasta esa noche.
La llevé en volandas hasta el baño. Dejé el chelo en su atril. Mei recorría cada rincón con la mirada como quien entra en una cueva de tesoros. Preparamos un baño caliente entre caricias y piquitos. Cuando le quité la ropa empapada me recreé la vista. Sus pechos breves, su vello púbico cuidado, la curva delicada del trasero. Parecía una muñeca: todo en su sitio, todo proporcionado.
Yo me desnudé rápido. Mi cuerpo no tiene mucho que reseñar, salvo la altura y un pelo castaño rizado imposible de domar. Tengo un físico fibroso, herencia materna. De pequeña quise ser bailarina, pero un esguince de tobillo mal curado me echó en brazos del chelo.
Dentro del agua los besos se multiplicaron sin desatar la batalla. Rocé su sexo, ella el mío, pero mantuvimos la compostura. Besaba maravillosamente. No quería incomodarla con mis prisas.
En el dormitorio le tendí el albornoz, que a ella le tocaba el suelo. La acosté en la cama y exploré su cuerpo. Recorrí su cuello con los labios, jugueteé con sus pezones, lamí cada centímetro de piel que pude alcanzar. Lo que más me elevaba la libido era la textura de su trasero, suave y firme como el terciopelo.
Pero algo no encajaba. No percibí rechazo, sin embargo, esperaba más participación. Comprendí entonces los reproches de mis antiguas amantes: yo había sido pasiva y expectante igual que ella. Mei devolvía mis besos, su lengua hacía diabluras precisas en mi boca, pero su cuerpo no se entregaba al juego.
Culpé a mi inexperiencia. Entré en pánico.
—¿Sucede algo? —pregunté—. ¿No lo hago bien? ¿No te gusto?
El idioma volvió a interponerse. Quería hablar y no encontraba las palabras. Por fortuna, sus ojos me señalaron el camino: se desviaron hacia el atril donde reposaba el chelo.
Cuando comprendí, sonreí aliviada. Mi estrategia tenía un error de concepto descomunal. Solté sus pezones y me acerqué al instrumento. Mei separó ligeramente las piernas en cuanto abrí el estuche. El fulgor volvió a sus ojos.
Juro que nunca había estado tan nerviosa antes de tocar. Ni en la función del colegio, ni en el examen final del conservatorio, ni en mi debut como solista. Aquella noche, más que nunca, sentía que mi futuro dependía de mi virtuosismo. Por primera vez hice mi rutina con los ojos abiertos: quería ver a Mei hasta el último detalle. El repertorio se redujo a su pieza favorita.
Modestia aparte, fue la mejor interpretación de mi vida. Mei se encendió a los primeros acordes como una olla al fuego. Al llegar el clímax de la sonata, se retorció sobre la cama al compás de la música. Acarició su cuerpo, abrió su sexo y se masturbó frente a mí con una desinhibición nueva. Uno, dos, tres dedos entraron en ella con pasmosa facilidad. Su otra mano oprimía un pecho con lujuria sin caer en la violencia.
Poco antes del cénit, todo su cuerpo convulsionaba. El cabello le caía sobre la cara y de su garganta brotaban gemidos que me volvían loca. Su orgasmo fue tan inconmensurable que me contagió. Quería fundir mi cuerpo con el suyo y experimentar aunque fuera la décima parte de lo que ella sentía. Aun así, profesional, terminé la sonata hasta la última nota a pesar de tener el sexo soldado al asiento por mi propia humedad.
—¡Elena! —susurró con la voz entrecortada, abriendo los brazos para invitarme.
Dejé el chelo a toda prisa. Si no cayó al suelo fue por puro milagro. Me fundí con ella y su cambio de actitud fue evidente. Me acarició, me besó, me devoró sin darme opción a respirar. Lamió mis pechos, estimuló mis pezones con la lengua y, cuando descendió hasta mi sexo, todo lo demás dejó de existir. Rozó donde tenía que rozar, insertó los dedos en el momento adecuado y en su justa medida. Intensa, sin brusquedades. Pura delicia.
Mei, con su apariencia de mosquita muerta, se reveló como una experta. No le hicieron falta artificios ni florituras. Sabía perfectamente el terreno que pisaba. Con la lengua rebañó mi humedad y, con poco esfuerzo, hizo que saliera más. Mis amantes anteriores me consideraban frígida. Esa jovencita de piel tostada demostró lo equivocadas que estaban: eran ellas las que no sabían tocarme.
Si yo con el chelo logré hacerla gozar, ella con sus manos no se quedó atrás. Diría que fue una noche inolvidable. Mentiría si dijera que fue irrepetible: aquella primera fue seguida por muchas más.
***
El impacto de Mei en mi vida fue inmediato. Compartir cama con ella desencadenó una serie de cambios que no me había atrevido a abordar. Acepté el puesto que llevaba un año rechazando en una orquesta cercana y trasladé mi residencia. Ella me dio la paz que llevaba años buscando y, a la vez, una pasión hasta entonces desconocida. Con el tiempo, mediante prueba y error, ampliamos nuestro repertorio musical íntimo.
Dos años después, aquí seguimos. A punto de ser madres de una niña que engendra Mei. Luchando frente a todo y frente a todos, pero felices, compartiendo nuestra pasión por la música cada una a su modo.