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Relatos Ardientes

La confesión lésbica en la despedida de soltera

El living de Lara dejó de ser una fiesta para convertirse en otra cosa. Camila había aceptado el desafío de Mora y estaba completamente desnuda, sentada en el borde del sillón con las piernas apenas separadas. Nuria seguía sirviendo tragos con unas medias de red que Lara le había prestado, tacones imposibles, un moño negro en el cuello y unas orejas de coneja Playboy sobre el pelo. Aparte de eso, nada cubría su cuerpo.

Yara, la stripper de piel oscura que habían contratado para la despedida de Romina, bailaba en el medio del living con las medias largas como única prenda. Lara se había dejado llevar y la besaba con una intensidad que ya nadie podía confundir con un juego. Sus dedos se movían entre las piernas de Yara sin pudor. La mano de la stripper había desaparecido bajo el vestido de Lara hacía rato.

—Esto se terminó —dijo Adriana, su madre, parándose en medio del living. Tomó las tarjetas del juego que Lara había armado y las guardó en su cartera frente a todas, para que la vieran—. Podemos seguir tomando, podemos seguir bailando, pero estos jueguitos absurdos se acabaron.

—Mamá, sabía que ibas a ser vos la que arruine el momento —contestó Lara sin separarse de Yara.

—Lo tendría que haber hecho antes. Acabamos de ver un acto lésbico delante de todas. Una locura.

—No exagerés —Lara se rió. El alcohol se le notaba en la cara, pero no había perdido la lucidez—. Tampoco es la primera vez que ves a dos mujeres comerse la concha…

Adriana se puso tiesa. Se le marcó la vena del cuello.

—Uy, uy —se metió Mora, que tenía un daiquiri en una mano y la otra entre las piernas de Camila—. Necesito saber cómo fue esa historia.

—¿Romina, te acordás de la pelea que tuve con mamá hace unos meses? —preguntó Lara, mirando a su hermana.

—No estamos para problemas, Lara.

—Tranquila, no quiero pelear. Solo te quiero mostrar por qué se enojó —Adriana, su tía Carola y todas las demás miraron en silencio—. Le pedí a mamá que me cuidara el departamento mientras me iba unos días con Florencia. Volvimos un día antes por una tormenta. Me olvidé de avisarle. Cuando entró, me encontró haciendo esto con Flor.

Lara se arrodilló frente a Yara con un movimiento decidido. La stripper apoyó una pierna sobre la silla más próxima y Lara hundió la cara entre sus muslos. La lengua, ágil, jugó entre los labios húmedos de Yara con una destreza que no se aprende en una noche.

Romina abrió mucho los ojos detrás de los lentes redondos. Sintió un alivio extraño. En el fondo siempre había sospechado lo que le gustaba a su hermana: nunca le habían conocido un novio, siempre rodeada de mujeres. Pero ahora había algo más. Ya no era la única que había probado una concha. Si Adriana la enfrentaba algún día por esa noche, Romina tendría una aliada incondicional.

—Podríamos ir terminando con tanto jueguito lésbico —volvió a la carga Adriana, los brazos cruzados, el ceño fruncido—. Ya dejó de ser gracioso.

Nadie le hizo caso. La música tapó su voz. Carola, con el alcohol encima, no podía sacarle los ojos a la escena de la stripper. Mora, sin apartar los dedos de Camila, soltó:

—¿Qué pasa, Adriana? ¿Tenés miedo de que tu hija se haga tortillera?

—Tortillera vas a ser vos —saltó Carola, con la voz rota por el daiquiri—. Te encantaría que muchas fueran así, igual que vos.

—Yo no soy ninguna…

—¡No mientas, Mora! Sé muy bien cómo provocaste a mi hija.

—¡Yo no provoqué a nadie!

—Bueno, basta las dos —cortó Romina con autoridad—. Esta es mi despedida y la vamos a disfrutar. Sin peleas.

Lara, sin levantarse del piso, hizo una pausa, agarró un daiquiri tibio de la mesa, dio un sorbo largo y miró a todas con una sonrisa torcida.

—Tengo una idea mejor. Nueva regla: la próxima que arme quilombo, le da unas buenas lamidas a la concha de Yara… o a la de Nuria. ¿De acuerdo?

—Por mí está bien —respondió la stripper, mostrando los dientes blancos.

Nuria asintió y meneó la cola de coneja.

—Y antes de seguir —siguió Lara—, vamos a aclarar una cosa. ¿Qué pasó entre vos y Mora, Bruna?

Bruna se encogió en el rincón, los ojos grandes y asustados. Era la más callada del grupo, siempre eclipsada por su madre.

—No tiene importancia —se le adelantó Carola—. Sigamos con lo importante: que mi hija no provocó a nadie. Fue esta sinvergüenza.

—Eso lo decidimos después de escuchar la historia, tía —dijo Lara—. Recreémoslo con Romina. Mora la va indicando. Y todas vamos a ser juezas, incluidas Yara y Nuria, que son neutrales.

Carola la fulminó con una mirada de odio que nadie le había visto nunca.

—¿Querés hacerlo, Bruna? —preguntó Romina, con voz calma—. Nadie te obliga.

Bruna asintió, tambaleante. El vino le había soltado algo que llevaba años apretado.

—Vamos al baño. Ahí fue donde pasó. Bueno, en el baño de mi casa, pero el de Lara va a servir.

Las nueve se acomodaron como pudieron en el baño chico de Lara. Bruna se metió en el receptáculo de la ducha. Romina se paró frente a ella. Adriana cerró la tapa del inodoro y se sentó. Mora se ubicó entre Adriana y el bidé. Lara apoyó el brazo en la cadera de Yara. Carola quedó cerca del lavamanos. Camila, contra la pared, ya con los dedos perdidos entre sus propios muslos. Nuria custodió el umbral de la puerta, desnuda, con las orejas de coneja meneándose cada vez que se movía. Los ojos de Carola se trabaron en su pubis y no se despegaron hasta que su hija empezó a hablar.

—Pasó así —empezó Bruna—. Yo estaba por casarme con Tomás. Mora era la decoradora de la fiesta. Estaba muy nerviosa, igual que Romina debe estar ahora. Mora me escuchó. Charlamos. No éramos amigas de antes, pero esa tarde me trató como si me conociera de toda la vida.

—¿Ves lo que digo? —rezongó Carola—. Una confianzuda.

—Concuerdo —agregó Adriana.

Lara las fulminó con la mirada.

—¿Qué dijimos sobre empezar conflictos? —Carola palideció—. Hora del castigo, tía. Una buena lamida a Yara.

—No —cortó Romina—. Que sea con Nuria. Hace rato que la está mirando sin disimulo. Seguro se muere de ganas.

—¿Dónde tenías a esta hermana tan malvada, Lara? Me encanta la idea —rieron las dos.

—No lo voy a hacer.

—Entonces andate, mamá. Es así de simple —dijo Bruna con una firmeza que la sorprendió hasta a ella misma.

Carola se quedó. Miró los labios de Nuria, perfectamente delineados entre las medias de red. Cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, no fue para irse.

—¿Cuántas lamidas?

—Tres —espetó Lara con rabia. Si su tía hubiera sido más amable la habría dejado en dos.

Carola se arrodilló y dio tres lamidas torpes, rápidas, como si tomara un helado a contrarreloj.

—Así no, tía —protestó Lara—. Eso no cuenta. Yara, mostrale cómo se hace.

La stripper se hincó al lado de Carola. Apoyó las manos en las caderas de Nuria, pegó la lengua en la parte baja de la vulva y subió, lenta, hasta el clítoris. Dio un chupón firme. Repitió el movimiento dos veces más, cada una más lenta que la anterior. Carola la miró sin parpadear.

—Así se chupa una concha —le dijo Nuria con la cara colorada.

—Ahora vos —ordenó Lara.

Carola buscó una aliada en su hermana. Adriana le esquivó la mirada. La dejaron sola. Pero Carola ya no quería irse, no ahora, no cuando Bruna estaba a punto de contar lo que no le había querido contar nunca.

Se acercó a Nuria. Pegó la lengua a los labios húmedos y subió hasta el clítoris. El primer chupón fue mecánico. El segundo, no. El sabor le llenó la boca. Para la tercera lamida ya estaba más lenta que Yara, demorándose en la línea, en el clítoris, en la respiración entrecortada de Nuria. Se separó cuando escuchó los aplausos. Sonrojada, se acomodó el vestido.

—Listo. No vuelvan a pedirme que lo repita.

—Suficiente, tía. Bruna, seguí.

Bruna se quitó el vestido sin más preámbulos. Apareció un cuerpo llamativo y bien formado, con una concha apenas peluda que Romina miró sin disimulo. Para que no fuera la única expuesta, Romina también se desnudó. Le costó poco: el vestido blanco ya no le tapaba casi nada.

Quedaron las dos frente a frente en el receptáculo. Bruna abrió la ducha, esperó a que el agua saliera tibia y se metieron juntas.

—Al principio solo nos enjabonamos —dijo Bruna, agarrando la esponja.

—Queremos verlo —insistió Lara.

Bruna llenó la esponja de espuma. Le pidió a Romina que se diera vuelta y le enjabonó la espalda, las nalgas firmes y atléticas, los muslos. Después la hizo girar y subió la esponja por el vientre hasta los pechos.

Carola observaba en silencio. Su hija nunca le había contado que había enjabonado a Mora con tanta sensualidad. Le había dicho que fueron unos segundos sin importancia. Esto no parecía sin importancia.

—¿En qué pensabas mientras hacías eso? —preguntó Camila, con los dedos hundidos en su propia concha.

—Pensaba que todos mis problemas se desvanecían. Y le pregunté a Mora si le molestaría que la acariciara un poco. Me dijo que no.

—¿Y por qué querías acariciarla? —preguntó Adriana, intentando no sonar conflictiva.

—Porque sus tetas me parecieron muy lindas.

Carola se quedó con la boca abierta. Más colorada que cuando le había lamido la concha a Nuria.

Bruna dejó caer la esponja y posó las manos sobre los pechos firmes de Romina. Le quitó el jabón con cuidado. Acercó la boca y le chupó un pezón.

—¿Por qué hacés eso? —preguntó Carola con la voz quebrada.

—Porque es lo que hice con Mora. Sus tetas me parecieron muy lindas —volvió a chupar.

—Eso no tiene sentido…

—Tía, no empieces de nuevo —advirtió Lara—. O vas a terminar comiendo más de una concha.

Carola apretó los labios. Bruna pasó al otro pezón. La lengua trazó círculos lentos alrededor del areola y bajó por el esternón.

—¿Vos dejaste que te hiciera todo esto, sin protestar? —le preguntó Adriana a Mora.

—Sí. Me pareció raro al principio, pero no me molestó. Nunca me había chupado las tetas otra mujer. Bruna necesitaba descomprimir. No me imaginé que llegaría tan lejos.

Carola rezó en silencio para que ese «tan lejos» se refiriera a la chupada de tetas y nada más. Sus súplicas no fueron oídas. Bruna le pasó los brazos por encima de los hombros a Romina y le besó la boca.

Las lenguas se entrelazaron como si fueran viejas amantes. Romina la atrajo por la cintura, los pechos quedaron apretados entre las dos. Las manos bajaron a las nalgas y se acariciaron sin pudor.

—Lo mismo pasó conmigo —confirmó Mora—. Lo está recreando perfecto.

—¿Y qué se siente besar a otra mujer estando desnuda? —preguntó Camila, sin parar de masturbarse.

—Fue el beso más suave y sensual que me dieron en mi vida. Me dejó muy confundida.

Camila giró la cara hacia Mora, se acercó y la besó. Mora correspondió. Adriana y Carola, sin querer, miraban las dos escenas a la vez, como en un partido de tenis lésbico que les habían armado a propósito.

—¿Pasó algo más? —preguntó Lara con curiosidad genuina.

—Sí —dijo Bruna, separándose un poco de la boca de Romina—. Le pedí disculpas por haber ido tan lejos. Y ella me demostró que no le había molestado.

—¿De qué forma? —preguntó Romina, juntando la frente con la de su prima.

—Con sus dedos. Ahí abajo.

Romina movió la mano derecha y empezó a acariciar los labios húmedos de Bruna. Bruna soltó un suspiro y abrió un poco las piernas.

—Lo sabía —masculló Carola—. Sabía que ella la provocó.

—Tía, me parece que es tarde para echarle la culpa a Mora —dijo Lara—. Bruna fue la que empezó.

Carola apretó los labios. Miró a Camila. Mora ya le tocaba la concha con los dedos hundidos hasta los nudillos. Las dos parecían dispuestas a replicar la escena con los roles invertidos.

—Cuando empezó a tocarme —siguió Bruna— sentí que todos mis problemas se borraban de golpe. Mora solo me pidió que cerrara los ojos y me relajara. Y eso hice.

Cerró los ojos y volvió a besar a su prima. Esta vez Romina fue mucho más voraz. Le comió la boca con hambre y le metió los dedos hasta el fondo, como si quisiera darle la mejor paja de su vida. La mano de Bruna se hundió entre las piernas de Romina y se perdió entre los labios mojados por la ducha.

—Fue un momento mágico —murmuró Bruna sin separar la frente—. No lo puedo explicar con palabras.

Y entonces, sin previo aviso, Bruna se puso de rodillas. Romina entendió todo. Levantó la pierna y apoyó la planta del pie en el borde del receptáculo. Bruna le dio una lamida profunda, y después vino otra, y otra más.

Carola y Adriana se quedaron congeladas, como si alguien las hubiera amenazado de muerte.

—¿Le chupaste la concha a Mora? —preguntó Lara—. Esa no me la esperaba, primita. ¿Te querés sumar al gremio?

—¡No! —chilló Carola—. ¡Bruna no es lesbiana! No digas pavadas.

—Mamá, no pelees. Sí, me arrodillé y le chupé la concha. —Camila ya replicaba la misma escena con Mora del otro lado del baño—. Pero no soy lesbiana. Ya hablamos de eso.

—¿Cuándo hablaron de eso? —preguntó Lara.

—No te importa —cortó Carola.

—A mí me importa hacer cumplir las reglas. Pasale la lengua a Nuria otra vez. Se notó que te gustó la primera vez. Y a Nuria también.

—Se sintió rico —agregó Nuria con una sonrisa cordial, sin malicia—. Podés hacerlo de nuevo. Yo encantada.

—Lo hago para demostrarles que una mujer no es lesbiana por lamerle la vagina a otra…

No terminó la frase. Bruna ya había vuelto a chupar la concha de Romina, ahora con más intensidad, hundiendo la lengua en el agujero y dando chupones en el clítoris que retumbaron en el baño chico. Carola apartó la mirada como si verlo le doliera.

Y como si quisiera castigarse a sí misma, se arrodilló frente a Nuria. Esa figura de cintura estrecha, las medias de red y las orejas de coneja le quitaron el aliento.

—Me vas a volver loca —murmuró tan bajo que solo Nuria pudo escucharla.

Nuria no supo qué responderle. Tampoco hizo falta. Carola se aferró a sus caderas con las dos manos y le atacó la concha con una lengua voraz. Esta vez no fueron lamidas calculadas. Esta vez se la chupó como Camila se la chupaba a Mora y como Bruna se la chupaba a Romina. Fue frenético, brutal. Sexualmente explícito y sin un solo ápice de disimulo. Carola devoró esa concha sabiendo que tenía la mirada de su hermana clavada en la nuca. No le importó. Siguió chupando.

Los gemidos de Mora se mezclaron con los de Romina y, en pocos segundos, con los de Nuria. Lara y Yara se besaban y se tocaban contra el lavamanos. Solo Adriana se mantuvo quieta, sentada sobre la tapa del inodoro, sin interactuar con nadie. Pero las piernas se le movían solas. Se acariciaba los muslos con los dedos y hacía un esfuerzo enorme para no meter la mano debajo del vestido.

Miró a Bruna. Esas lamidas eran absolutamente lésbicas. No entendía cómo esa chica podía afirmar que no era lesbiana si cuando tenía la oportunidad de chupar una concha lo hacía con tanta pasión. Adriana temió por Romina. Su hija parecía estar gozando a pleno de las lamidas inmorales de la prima.

Después se fijó en Camila. Esa chica que era pura inocencia, ahora arrodillada ante una provocadora, comiéndole la concha como si llevara años aguantando las ganas.

Y la que más la desconcertaba era su propia hermana. ¿Por qué Carola seguía chupándole la concha a Nuria? ¿Y por qué lo hacía tan bien? Se le paralizó el corazón. ¿Sería cierto lo que había confesado meses atrás, en una pelea de borrachas, cuando dijo que había chupado una concha una vez en su juventud? Adriana no le había creído. Y ahí estaba, devorando a Nuria con una técnica que no se improvisa. La bartender irradiaba sexualidad por cada poro y Carola parecía estar bebiéndosela toda. Los jugos vaginales se mezclaban con grandes cantidades de saliva. Adriana solo había visto un acto semejante una vez, por pura curiosidad, en un video porno lésbico de internet. Le había parecido exagerado e irreal. Sin embargo, Carola estaba replicando esa escena con una exactitud pasmosa.

Adriana tenía ganas de gritar. Quería detener toda esa locura, pero se quedó callada porque no quería que a ella también la castigaran. Y porque no podía dejar de mirar. Yara, esa stripper radiante, ya estaba de rodillas, lamiendo la concha de Lara. Adriana fijó la vista en el sexo de su propia hija y se mordió el labio inferior. No aguantó más. Metió la mano debajo del vestido y empezó a tocarse. Su propia humedad la sorprendió. Sí, ella también se había masturbado una vez mirando ese video lésbico, sola, en su cama, hacía mucho. Y ahora lo estaba haciendo otra vez. Un momento de debilidad que, con suerte, terminaría en unos minutos.

Le aterraba pensar que a la noche aún le quedaban muchas horas por delante. Y que ninguna de las presentes iba a querer interrumpir nada justo en ese momento.

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Comentarios (5)

ElenaDelMar

increible... me dejo sin palabras. de los mejores que lei aca!!

Luli_mdq

Por favor una segunda parte, justo cuando se ponia lo mejor termino jajaja. Quede con ganas de mas!

Caro_Noche

Me recordo a una reunion que tuve con amigas hace unos años. Este tipo de historias te hacen pensar en cuantas cosas pasan y nadie cuenta. Muy bien escrita.

SilviaCba

Que forma de escribir tan natural, sin vueltas. Se siente como si lo estuvieras viviendo vos misma. Felicitaciones!!

NocheReader_22

Siempre me pregunte como son realmente esas despedidas de soltera... jajaja parece que de todo puede pasar. Excelente relato, muy entretenido y distinto a lo habitual.

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