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Relatos Ardientes

Lo que pasó con mi prima en casa de la abuela

Esa noche en casa de mi abuela había un calor pesado, de esos que no te dejan respirar bien aunque tengas todas las ventanas abiertas. Mi prima Renata había llegado dos días antes con mis tíos desde Mar del Plata para pasar la semana, y como siempre que se quedaban, a nosotras dos nos tocaba dormir en el living, sobre el sofá cama enorme que mi abuela armaba con sábanas blancas que olían a lavanda.

Yo acababa de cumplir veintiuno. Ella tenía diecinueve. Habíamos crecido juntas en los veranos, compartiendo helados, secretos de adolescencia y más de un susto cuando los chicos del barrio nos miraban demasiado. Pero esa noche había algo distinto. No sabría explicarlo entonces, aunque ahora, mirando hacia atrás, creo que lo supe desde el momento en que la vi bajar del auto con esos shorts cortísimos y una remera blanca que se le pegaba al cuerpo por el sudor del viaje.

La abuela se había acostado temprano, como siempre. La casa quedó en silencio salvo por el zumbido del ventilador y el murmullo lejano de algún perro. Nosotras estábamos las dos acostadas boca arriba, mirando el techo, con el celular de Renata apoyado entre las dos. Veíamos videos de YouTube sin prestar mucha atención, riéndonos bajito de cualquier tontería para no despertar a nadie.

—¿Te acordás cuando teníamos diez años y nos escondíamos atrás del galpón? —me preguntó ella, girando la cara hacia mí.

—Cuando jugábamos a las novias —respondí, y se rió.

—Qué vergüenza.

—Vos eras la que mandaba. Siempre eras vos la que decía quién besaba a quién.

Hubo un silencio breve. Demasiado breve para ser casualidad. Sentí cómo su pierna se acercaba un milímetro a la mía bajo la sábana fina.

—¿Vos ya diste tu primer beso? —le pregunté, intentando que sonara desinteresado.

—Hace mil. ¿Y vos?

—Obvio. —Hice una pausa. El corazón me empezó a latir más fuerte—. ¿Alguna vez besaste a una mujer?

El silencio esta vez fue largo. Tan largo que pensé que se había dormido o que se estaba haciendo la dormida para esquivar la pregunta. Pero entonces escuché su voz, más baja que antes.

—Una vez. En un cumpleaños. Estábamos jugando a la botella.

—¿Y te gustó?

—No sé. Fue muy rápido. Pero después me quedé pensando.

Quedate pensando otra vez, entonces.

Las palabras se me agolparon en la garganta. Llevaba meses dándole vueltas a esto, desde la última vez que ella había venido y nos habíamos quedado mirándonos un segundo de más en el espejo del baño mientras nos cepillábamos los dientes. Tragué saliva.

—¿Querés ver algo? —pregunté, agarrando su teléfono.

—¿Qué cosa?

—Algo de mujeres. Como… videos. Para ver si te gusta.

Esperaba un no rotundo. Esperaba una carcajada y un «estás re loca». En cambio, Renata se quedó callada unos segundos, mordiéndose el labio inferior, y después asintió con la cabeza despacio, como si estuviera tomando una decisión más grande que la que parecía.

—Pero bajito. Si se despierta la abuela…

—No se va a despertar.

Busqué en internet algo simple, dos mujeres besándose en una cama, nada demasiado fuerte para no asustarla. Apoyé el teléfono entre las dos almohadas y bajé el volumen al mínimo. La pantalla iluminaba apenas su perfil, pero alcanzaba para que yo viera cómo se le entreabrían los labios y cómo se le movía el pecho cada vez que respiraba.

En el video, una de las chicas le besaba el cuello a la otra y, después, le bajaba el tirante del corpiño con los dientes. Renata no dijo nada. Yo tampoco. Pero sentí cómo su pierna terminaba de pegarse a la mía bajo la sábana, piel contra piel, y cómo una corriente eléctrica me subía por el muslo hasta el estómago.

—¿Te calienta? —susurré.

—Un poco —contestó, sin mirarme.

—¿Querés probar?

Esa vez sí me miró. En la oscuridad apenas podía verle los ojos, pero sentí toda la pregunta detenida entre nosotras, como un objeto pesado que ninguna de las dos quería tocar primero. Después, sin decir nada, apagó el celular. La pantalla se fue a negro y la sala quedó iluminada solo por el reflejo de la luz de la calle que se colaba por la persiana.

***

Su mano fue la primera en moverse. Buscó la mía debajo de la sábana, entrelazó nuestros dedos y tiró suave de mi cadera para acercarme. Yo me dejé llevar. Quedamos las dos de costado, frente a frente, con las narices casi rozándose. Sentía su aliento tibio mezclándose con el mío, con un dejo de pasta dental y de la Coca-Cola que habíamos tomado después de cenar.

—Si hacemos esto, no se lo decimos a nadie —murmuró.

—A nadie.

—Nunca.

—Te lo juro.

Y entonces me besó.

Fue torpe al principio. Dos picos cortos, casi infantiles, como tantearse para ver si la otra estaba realmente ahí. Sus labios eran más blandos de lo que había imaginado, más calientes. Después de la tercera vez, abrí la boca apenas y dejé que su lengua se metiera. El sabor fue distinto a todo lo que conocía. No era mejor ni peor que besar a un chico, era otra cosa. Más suave. Más lento. Más mío, de alguna manera que no podía explicar.

Renata gimió bajito contra mi boca y eso me terminó de prender. Le pasé una mano por la espalda, por debajo de la remera que llevaba para dormir, y sentí su piel todavía húmeda por el calor de la noche. Ella hizo lo mismo. Sus dedos me recorrieron las costillas, subieron hasta mi pecho y se quedaron ahí, dudando, como pidiendo permiso.

—Dale —le dije en un suspiro.

Me apretó un pezón entre el pulgar y el índice y se me escapó un quejido que tuve que ahogar contra su hombro. Tenía las tetas chicas, igual que yo, pero los pezones siempre se me ponían duros con nada. Ella se dio cuenta y empezó a jugar con el otro, alternando, mientras seguíamos besándonos cada vez con más hambre.

Yo le devolví el gesto. Le subí la remera hasta los hombros y la dejé desnuda de la cintura para arriba en la penumbra. Por un segundo me quedé mirándola. Era la primera vez que la veía así, y aunque la conocía desde siempre, era como conocerla por primera vez. Tenía un lunar arriba del pecho izquierdo que yo no le había visto nunca. Me agaché y se lo besé.

—Ay —dijo, y se rió bajito, nerviosa.

Le besé también los pezones, primero uno, después el otro. Los lamí con la punta de la lengua, despacio, como había visto hacer en el video. Renata se mordía el dorso de la mano para no hacer ruido y los muslos se le cerraban contra los míos, abriéndose y cerrándose, buscando algo sin saberlo.

—Estoy toda mojada —me confesó al oído, con la voz quebrada—. No me hagas esto.

—¿Por qué no?

—Porque me vas a volver loca.

Le metí una pierna entre las suyas. Sentí, a través de la tela del short de pijama, lo caliente y lo húmedo que estaba todo. Empezó a moverse despacio contra mi muslo, en círculos cortos, mordiéndose el labio para no gemir. Yo también estaba empapada. Llevábamos quince minutos y ya tenía la bombacha pegada al cuerpo.

Nos besamos así, con su pelvis frotándose contra mi pierna y mis manos en sus pechos, durante un rato que no sabría medir. Podrían haber sido cinco minutos o veinte. El tiempo en la oscuridad se vuelve elástico, sobre todo cuando estás haciendo algo que no deberías estar haciendo, con alguien con quien no deberías estar haciéndolo.

***

Y entonces, de un momento a otro, se frenó.

Se quedó quieta. Apoyó la frente en mi hombro, respirando agitada. Sentí cómo le temblaba un poco el cuerpo, no de placer esta vez, sino de algo más parecido al susto.

—Pará —dijo bajito.

—¿Qué pasa?

—Pará un toque. No puedo.

Me corrí enseguida. Le di espacio. Saqué la mano de debajo de su remera y la dejé sobre la sábana, entre las dos, sin tocarla más. Ella se quedó así un rato, con la cara escondida contra mi cuello, sin decir nada. La sentí tragar saliva varias veces.

—¿Estás bien? —pregunté, intentando sonar tranquila aunque por dentro me latía todo.

—Sí. No. No sé. Es que…

—Está bien. No tenemos que seguir.

—Es que me gustó mucho —dijo, casi en un susurro—. Eso es lo que me asusta.

La abracé. La abracé fuerte, sin decir nada más, porque entendía perfectamente de qué me estaba hablando. Yo también estaba asustada. No del acto en sí, sino de lo que se nos abría adelante. De darnos cuenta, las dos juntas, de que esto que acababa de pasar no había sido un experimento ni una curiosidad pasajera. Había sido algo real. Algo que tenía consecuencias.

Nos quedamos abrazadas hasta que se nos normalizó la respiración. Después, sin hablar, se acomodó la remera, me dio un beso en la frente y se dio vuelta hacia el otro lado. Yo me quedé mirando la sombra de su espalda en la oscuridad, todavía caliente, todavía mojada, todavía con sus pezones marcados en la memoria de mis dedos.

***

No volvimos a hablar del tema al día siguiente. Desayunamos con la abuela como si nada, tomamos sol en el patio y a la tarde nos fuimos a la pileta del club con mis tíos. Renata estuvo más callada que de costumbre, pero cada vez que nuestras miradas se cruzaban, había algo nuevo en sus ojos, algo que antes no estaba. Una pregunta sin formular.

La semana se terminó. Mis tíos se la llevaron de vuelta a Mar del Plata y yo me quedé en lo de la abuela tres días más, dándole vueltas a todo en la cabeza. Me masturbé pensando en ella todas las noches. Imaginaba lo que podría haber pasado si no se hubiera asustado, si no me hubiera dicho «pará». Imaginaba mi boca entre sus piernas, sus dedos en los míos, el sabor que tendría su humedad sobre mi lengua.

Nos seguimos hablando por mensaje, igual que siempre, como si nada hubiera ocurrido. Memes, chismes de la familia, fotos del gato de mi tía. Pero hace dos semanas, sin venir a cuento, me escribió un audio largo. Me dijo que llevaba meses pensando en esa noche. Que no podía dejar de pensar. Que en enero iba a venir sola a verme, sin los padres.

Me dijo que esta vez no iba a frenar.

Falta poco para enero. Tengo la cama lista, las sábanas blancas que huelen a lavanda y un departamento vacío donde nadie nos va a interrumpir. Cuando llegue, le voy a abrir la puerta, la voy a meter adentro, y vamos a terminar lo que aquella noche en casa de la abuela quedó a la mitad.

Después de eso, ya veré qué cuento. Por ahora, esto es todo lo que puedo confesar.

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Comentarios (5)

Karen_Lectora

increible... me dejó sin palabras. Que manera de construir la tension de a poco!

Lucia_mdq

Por favor que haya segunda parte, quede con muchisimas ganas de saber como sigue esto

NatySV

Ay me trajo recuerdos de noches largas en casa de los abuelos con mis primas jaja. Muy bien escrito

GaboLect

Muy bien narrado, sin apuros. Se siente real y tiene mucho feeling

Cande_mx

¿hay continuación? porque necesito saber que pasó despues jajaja

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