Seduje a una mujer casada en el taller de sushi
Nunca pensé que llegar a los cuarenta y dos me dejaría en una especie de pausa indefinida. En lo profesional iba sobrada: socia en un estudio de arquitectura, con clientes en tres países y un equipo que me respetaba más por terca que por cariñosa. En lo personal, en cambio, vivía un desierto cómodo. Cenas para una, vino para una y un pequeño cajón en la mesilla con todo lo que necesitaba para sobrevivir al silencio de la cama.
Me llamo Lorena. Y esta historia empieza con una decisión absurda para alguien tan organizada como yo: apuntarme a un taller de sushi.
La idea apareció un viernes por la noche, con el algoritmo del móvil cebándome anuncios de talleres «exclusivos en grupos reducidos». Algo en la estética minimalista del aviso, en las tablas de bambú y los cuchillos relucientes, me hizo apretar inscribirme antes de pensarlo dos veces. Necesitaba caras nuevas, manos ocupadas, una excusa para salir del estudio sin sentirme rara por hacerlo sola.
La escuela estaba en una calle estrecha de Gràcia, en Barcelona. Llegué cinco minutos antes con mi uniforme no oficial: vaqueros oscuros, camisa blanca y americana entallada. El pelo recogido en un moño informal y los labios apenas pintados. Me sentía preparada para algo distinto, aunque no habría sabido decir para qué.
Al entrar me envolvió una mezcla de aromas: vinagre de arroz, alga, jengibre fresco. La sala tenía una isla larga en el centro y un chef bajito que recibía con una inclinación de cabeza. Fueron llegando los demás: dos parejas, un chico con pinta de foodie y una señora de mirada severa. Y entonces entró ella.
No supe su nombre hasta más tarde. Solo me fijé en su manera discreta de moverse, en cómo ocupaba el espacio sin invadirlo. Morena, melena hasta los hombros, una camisa de lino color crudo y un anillo sencillo en la mano izquierda. Se sentó a mi lado con una sonrisa breve. Le ofrecí una servilleta de papel; me dio las gracias con una voz baja y ligeramente ronca.
—Carla —dijo cuando nos presentamos.
Me pareció un nombre bonito. Nada más. O eso me dije.
Durante esa primera clase, Carla trabajaba en silencio, atenta, con movimientos comedidos. Sonreía muy brevemente cuando se le deshacía el nigiri, y yo, sin saber bien por qué, me descubría mirándola más de la cuenta. Al despedirse, me dedicó un asentimiento casi antiguo.
—Nos veremos en la próxima sesión —murmuró.
Y se fue antes de que pudiera inventar algo para retenerla.
Qué tonta, Lorena, pensé mientras la veía cruzar la puerta. Y aun así, durante toda la semana, su cara se me coló a destiempo entre los planos del estudio.
***
La segunda sesión me sorprendió arreglándome con más atención de la necesaria. Toqué el perfume con la yema del dedo, retoqué el moño y bajé al taller con la sensación absurda de tener algo en juego.
Carla ya estaba allí, en el mismo rincón. Un jersey gris claro, el pelo en una coleta baja, los codos sobre la mesa y los ojos perdidos. Levantó la vista cuando me acerqué y me regaló una sonrisa pequeña, casi tímida.
—Hola, Lorena —dijo, como si llevara toda la semana ensayando el nombre.
Trabajó concentrada, con esa melancolía contenida que ya empezaba a reconocerle. Hablamos poco al principio: un comentario sobre el filo del cuchillo, una broma sobre el arroz que no se nos pegaba. Pero hacia el final, recogiendo los restos del atún, nuestras frases se alargaron.
—Tendría que fotografiar este nigiri —dije, mostrándole uno francamente torcido—. Por si nunca vuelvo a hacer algo igual de digno.
Carla soltó una risita.
—Lo que nadie fotografía es el desastre que montamos al intentar repetirlo en casa.
Reímos juntas, una risa corta pero compartida. Cuando ya guardábamos los cuchillos, miró el reloj con un gesto que no me gustó.
—Tengo que irme pronto —murmuró, casi disculpándose—. Mi marido se pone de un humor imposible si llego tarde.
No había rabia en su voz. Tampoco miedo. Solo un cansancio antiguo, como quien ya ha repetido demasiadas veces la misma explicación. No supe qué decirle. Asentí, y la vi salir con la misma energía medida con la que entraba.
***
La tercera sesión llegó con una llovizna fina que dejaba olor a tierra mojada. Carla apareció con un jersey oscuro, las mangas casi cubriéndole los nudillos, y una sonrisa que ya no era tan formal. Trabajamos hombro con hombro, hablando de bobadas, del tráfico, de una exposición que ella había visto anunciada en el metro.
—Soy un desastre —murmuró cuando un maki se le deshizo entre las manos.
—Yo todavía me encuentro arroz en sitios imposibles —contesté.
Volvió a reír, esta vez con más ganas. Y entonces empezamos a hablar de verdad. Me contó que trabajaba en una librería pequeña, una de esas independientes del Born donde el silencio de la mañana huele a papel. Le hablé del estudio, de las reuniones interminables, del vértigo de no parar nunca.
—Suena agotador —dijo.
—Lo es. O lo era. Ya no estoy segura.
Asintió despacio, como si entendiera más de lo que yo había dicho. Cuando el grupo se marchó, nos quedamos solas recogiendo. La lluvia seguía cayendo al otro lado de la ventana.
—Carla —dije, intentando que sonara casual—. ¿Te apetecería tomarte un café conmigo algún día? Fuera del taller, quiero decir.
Levantó la mirada. Por un instante, vi algo parecido a la sorpresa. Luego dudó.
—Me encantaría, de verdad. Pero mi marido… ya sabes. Se complica.
Dejó la frase en el aire. Asentí, disimulando la punzada de decepción.
—Lo entiendo.
Ella seguía allí, con el trapo apretado entre las manos. Y entonces, como si algo cediera por dentro, levantó la cabeza.
—Pero buscaré un hueco —prometió—. Y a ese café invito yo.
Sonreí. No pude evitarlo.
***
El primer día, el chef había creado un grupo de WhatsApp que llamó «Sushi Lovers». Casi nadie escribía. Pero la noche en que avisó de que la siguiente sesión quedaba suspendida, me llegó un mensaje privado de Carla.
—Vaya, justo cuando empezaba a cogerle el gusto a esto —decía.
Le contesté con cualquier tontería sobre mis bolas de arroz deformes, y a partir de ahí ya no paramos. Hablamos de música, de viajes que no habíamos hecho, de esa sensación de llegar a los cuarenta con la vida a medio camino. Sus audios eran más alegres por el móvil que su voz en persona. A veces desaparecía durante horas; volvía con un «se me ha complicado la tarde, ya sabes». Nunca decía su nombre. No hacía falta.
El sábado por la mañana, el de la clase suspendida, escribió temprano.
—Echo de menos el olor a vinagre de arroz.
Le contesté sin pensarlo.
—Yo también. Pero sobre todo echo de menos verte.
Tardó un rato en responder. Cuando lo hizo, fue una sola línea.
—Yo también, Lorena.
Esa frase me acompañó el resto del día. Esa noche volvimos a escribirnos, y entonces llegó el mensaje que me hizo apretar el móvil con más fuerza.
—Mi marido se va mañana de viaje. Una semana entera. ¿Te apetecería un vino?
***
El bar estaba en una bocacalle del Born, con ventanales amplios y luces cálidas. Llegué diez minutos antes y me dediqué a no mirar el móvil. Cuando levanté la vista, Carla cruzaba la acera con el pelo suelto, una camisa de lino blanca, unos vaqueros claros. Se había maquillado lo justo para que se le notaran los ojos. Y estaba preciosa.
Pedimos dos copas. Una se convirtió en tres. Y entonces apareció esa Carla mordaz e inteligente que solo asomaba a ratos en el taller. Citaba a Dostoyevski. Recordaba fragmentos enteros de novelas. Tenía un humor afilado que aparecía cuando menos lo esperaba.
—El otro día vino un cliente preguntando por «ese libro del chico que mata a su padre sin querer» —contó, con los ojos brillantes—. Tardé veinte minutos en darme cuenta de que hablaba de Edipo rey.
—¿Se lo diste?
—Le di Sófocles. Volvió diciendo que era demasiado triste. Le recomendé a Chéjov.
—Eres cruel.
—Soy honesta.
Cuando hablaba de su marido, en cambio, la luz se le iba de la cara. Me lo contó en el segundo vino, con una voz pequeña.
—Hace años que no me mira. Nada de lo que pienso le interesa. Soy un complemento. Y en la cama… —se detuvo y respiró hondo—. En la cama él hace lo que quiere, cuando quiere. Yo he dejado de sentir. Solo espero a que termine.
No lloraba. Pero le temblaba la respiración. Le tomé la mano. Sus dedos estaban fríos.
—Mereces algo mejor —dije.
Ella me miró largo rato.
—Puede que tengas razón.
Hubo un silencio. Entonces respiré hondo y lo solté como quien menciona que prefiere el té al café.
—Y también es justo que sepas que me gustan las mujeres. No lo escondo, pero tampoco lo exhibo. Es parte de quien soy.
Carla no parpadeó. Solo me apretó la mano un poco más fuerte.
—Gracias por decírmelo.
Al salir del bar, en la boca del metro, me abrazó como quien busca refugio. Sentí su pelo contra mi mejilla y la forma en que sus manos se aferraban a mi espalda. Cuando nos separamos, sus ojos brillaban.
—Cuidémonos —dijo en voz baja—. La una de la otra.
***
Aquella semana hablamos cada noche. Mensajes que empezaban tibios y terminaban en preguntas que ninguna de las dos formulaba en voz alta. Una madrugada me escribió:
—¿Cómo es estar con una mujer?
—Hay algo en el tiempo —contesté—. En la atención. Todo importa. Cada detalle.
—A veces me pregunto cómo sería sentir eso.
—Quizá algún día lo descubras.
—Quizá.
Ese «quizá» se quedó flotando entre las dos como una puerta entreabierta. El martes siguiente, su marido se marchaba otros cuatro días por trabajo. Me invitó a cenar a su casa. Acepté antes de releer el mensaje.
***
Llegué puntual, con un vestido largo de punto color teja, ceñido sin gritar. El barrio era tranquilo, los pisos antiguos, el ascensor de madera. Cuando abrió la puerta, me quedé sin palabras. Llevaba una blusa de seda negra profundamente escotada y unos pantalones ceñidos. Iba descalza.
—Estás preciosa —dije.
—Quería estar guapa para ti.
Se mordió el labio y señaló la blusa.
—Mi marido no me deja usarla. Dice que es demasiado provocativa.
—Entonces mejor para mí.
La cena era una lubina al horno con verduras, sencilla y perfecta. Comimos a la luz de dos velas, en una mesa de lino blanco. Hablamos de nuestras familias, de sus padres en Cantabria, de su hermano viviendo en Berlín, de mi madre exigente y cariñosa. Después, en el sofá, con dos cafés enfriándose en la mesa baja, ella se giró hacia mí.
—¿Qué sientes cuando me miras? —preguntó.
—Curiosidad. Ternura. Ganas de besarte. Y miedo de decírtelo en voz alta.
—No me asustas, Lorena. Me aterrorizas. Pero de la mejor forma posible.
Me incliné muy despacio. Hasta que su respiración chocó con la mía. Hasta que cerró los ojos. La besé con un roce delicado que duró apenas unos segundos. Cuando me separé, abrió los ojos y sonrió como hacía mucho tiempo que no la veía sonreír.
—Me gusta —susurró.
Se echó ligeramente hacia atrás. La blusa se le abrió un poco más. Y entonces dijo, con una voz nueva:
—Puedes mirar otra vez. Si quieres.
Dejé que mis ojos recorrieran la piel del escote. Alargué la mano y rocé la curva del nacimiento de su pecho con la yema de los dedos. Carla se estremeció. Cerró los ojos, dejó caer la cabeza hacia atrás y susurró mi nombre como una pregunta.
—No pares.
Desabroché el siguiente botón. Y el siguiente. Bajo la seda, un sujetador de encaje negro y la curva plena de su pecho. Apoyé la mano por encima del encaje, sintiendo su peso, su calor, su respiración cada vez más entrecortada.
—Mi marido siempre habla de mis tetas —murmuró—. Pero nunca las toca así. Nunca con delicadeza.
—No son tetas —contesté, sin dejar de acariciarla—. Son preciosos. Eres preciosa.
Le quité la blusa. El sujetador siguió poco después, en un gesto decidido suyo. Quedó desnuda de cintura para arriba y me miró con los labios hinchados, los ojos brillantes.
—Ahora tú —dijo.
Me bajó la cremallera lateral. El vestido cayó al suelo. Nos besamos con más urgencia, sus manos recorriendo mi espalda, mi cintura. Cuando se separó apenas, respiraba contra mi boca.
—Jamás me habían tratado así. Nunca, Lorena. Nunca.
La empujé suave sobre el sofá. Le quité los pantalones despacio, mirándola entre cada movimiento, dejándole tiempo a decir basta. No lo dijo. Cuando estuvo completamente desnuda, me arrodillé entre sus piernas y besé el interior de su muslo. Luego el otro. Cada vez más arriba.
—Relájate —susurré—. Déjate sentir.
Y entonces, con toda la delicadeza del mundo, la besé ahí. Ella gritó.
Mi lengua exploró despacio, aprendiendo su sabor, sus pliegues, lo que la hacía temblar. Sus manos buscaron mi pelo, se aferraron. Aumenté el ritmo cuando sus gemidos se hicieron más agudos, mantuve la presión cuando empezó a moverse contra mi boca, buscando su propio placer.
—Lorena… voy a…
—Hazlo. Déjate ir, cariño.
Estalló. Su cuerpo se arqueó completo, sus manos tiraron de mi pelo y un grito largo, profundo, se rompió en la garganta. La acompañé hasta el final. Cuando subí besando su vientre, sus pechos, su cuello, tenía lágrimas en los ojos y sonreía.
—Nunca había sentido esto.
—Lo sé.
***
No paramos ahí. Me pidió ir a su cama. A la cama que compartía con él. No era solo deseo: era una forma muda de recuperar algo que le habían robado. Caminamos por el pasillo tomadas de la mano. Las sábanas estaban impecables, frías, y Carla se quedó de pie frente a mí, desnuda, con una decisión nueva en la postura.
—Quiero que me mires —dijo—. Él nunca me mira. Tú sí. Quiero sentirme deseada.
Recorrió su propio cuerpo con las manos, primero insegura, luego con más atrevimiento. Se giró despacio, mostrándome su espalda, la curva de su cintura. Después se acercó hasta quedar entre mis piernas y me empujó hacia atrás sobre la cama.
—Quiero darte placer como tú me lo acabas de dar a mí —susurró—. Quiero saborearte.
—Entonces hazlo.
Bajó besando mi cuello, mis pechos, mi vientre. Con torpeza a veces. Con una intensidad que compensaba cualquier duda. Cuando su lengua me tocó por primera vez, gemí fuerte. Ella levantó un instante la mirada.
—¿Te gusta?
—No pares.
Ganó confianza con cada gemido que me arrancaba. Le iba marcando el ritmo con la voz, le decía dónde, cómo, cuánto. Y ella obedecía como quien al fin se permite preguntar y recibir respuesta. Cuando el orgasmo me atravesó, grité su nombre tres veces seguidas, hundida en las sábanas blancas de esa cama que no era nuestra.
Después nos buscamos otra vez, ya sin guion. Nuestras piernas entrelazadas, sexo contra sexo, las caderas siguiendo un ritmo común. Carla soltaba palabras crudas que jamás habría imaginado en su boca contenida del taller. Nos corrimos juntas. Y aún hubo más, porque algo se había liberado en ella y no quería dormir todavía.
Cuando por fin nos quedamos quietas, sudorosas y satisfechas, me abrazó de lado, cara a cara.
—Gracias —susurró.
—¿Por qué?
—Por mostrarme que esto existía.
La besé con dulzura.
—Gracias a ti por confiar.
***
Volvimos al salón con dos albornoces robados a su armario y dos vasos de agua. En el sofá donde todo había empezado, ella apoyó la cabeza en mi hombro.
—No sé cómo vamos a hacerlo. No sé qué va a pasar —murmuró.
—No hace falta saberlo ahora. Solo necesitamos saber que esto existió. Y que podemos volver a encontrarlo.
Me marché cuando el reloj marcaba las tres. En la puerta nos besamos una última vez, suave, dulce, prometedor. Bajé las escaleras sintiendo que algo frágil acababa de nacer entre las dos. Mientras caminaba por las calles vacías, sonreí pensando que, a veces, un taller de sushi puede cambiarlo todo.