Mi compañera de facultad me besó delante de todos
Era viernes y la reunión arrancó como siempre, en el departamento de Mariana, a tres cuadras del hospital escuela. Los de tercer año de medicina llevábamos meses con la misma rutina: cinco días de guardias, anatomía y exámenes parciales, y los sábados a la madrugada un departamento lleno de gente intentando olvidar que el lunes había que volver a empezar.
Esa noche éramos diez. Mariana siempre invitaba bien, sabía qué música poner y cómo dosificar el alcohol para que la fiesta no se cayera a las dos de la mañana. Vivía sola en el piso que le había dejado su tía Renata cuando se mudó a Córdoba, y eso convertía el lugar en el cuartel general no oficial de nuestro grupo.
Yo llevaba unos jeans negros y una blusa blanca que se transparentaba apenas con la luz indirecta de las lámparas. No había salido pensando en levantarme a nadie. Quería tomar, reírme y olvidarme de la lista interminable de patologías que tenía que repasar para el lunes.
Cerca de la una de la madrugada ya estábamos todos pasados. Habíamos bebido más fernet del que aconseja cualquier hígado sano, y alguien había hecho aparecer unos comprimidos que circulaban de mano en mano. Yo pasé el mío a Tobías, el flaquito de cabello rizado que dormía en mi mesa de la biblioteca; no tenía ganas de mezclar nada que no fuera alcohol.
—Esto está aburridísimo —dijo Camila, recostada en el sillón con las piernas sobre las rodillas de su novio—. Hagamos algo.
—Verdad o reto —propuso Esteban, y todos protestaron por lo cliché que era, pero nadie dijo que no.
Empezamos en círculo, sentados en el piso de madera. Las primeras vueltas fueron tibias: confesiones de borrachera, anécdotas del primer año, alguien tuvo que cantar el himno con una manzana en la boca. Después, como siempre pasa, las preguntas se pusieron más densas.
A la tercera vuelta ya éramos cuatro en ropa interior. Yo todavía no, porque me había salvado con dos verdades. Sabía cómo manejarme: contestaba con sinceridad lo suficientemente jugosa para que no me obligaran a sacarme nada, pero no tanto como para arrepentirme al día siguiente.
Mariana estaba sentada frente a mí, justo del otro lado del círculo. Tenía la espalda apoyada contra el sillón, las piernas estiradas y cruzadas a la altura de los tobillos. Llevaba un vestido corto color vino y un collar finito que se le hundía en el escote. Cada vez que se reía, echaba la cabeza hacia atrás y se le marcaba el cuello largo.
Yo intentaba no mirarla demasiado. Llevaba tres años conociéndola y nunca había dejado de pensar que era la mujer más linda de toda la facultad. Morena de piel, ojos color miel, una sonrisa que dejaba ver dos hoyuelos cuando se reía fuerte. Hasta esa noche, esa atracción había sido una cosa muda, archivada en alguna carpeta interna donde guardo lo que sé que no se va a usar.
—Te toca —dijo Camila apuntándome con la botella vacía—. Verdad o reto.
—Verdad —contesté sin pensar.
Camila se acomodó el pelo detrás de la oreja y sonrió con malicia.
—¿Alguna vez estuviste con una mujer?
El círculo se quedó en silencio. Sentí los ojos de los nueve clavados encima. Mariana fue la única que no me miró directamente; se quedó observando el vaso entre sus manos.
—Sí —respondí.
Hubo un aplauso burlón, un par de silbidos. Esteban se rio fuerte. Tobías me miró con la curiosidad de quien acaba de descubrir un dato nuevo y no sabe dónde archivarlo.
—¿Y qué se siente? —preguntó Mariana, y recién entonces levantó la vista.
No era parte del juego. Ella no tenía derecho a preguntarme otra cosa fuera de su turno. Pero lo dijo bajito, casi para ella misma, y nadie protestó.
La miré. Tenía una manera particular de preguntar las cosas, como si la respuesta le importara de verdad. Tomé aire.
—Si querés saber qué se siente, vas a tener que probarlo vos misma —dije.
Lo solté sin pensar, con la lengua suelta por el fernet y por la noche larga. Apenas terminó de salir de mi boca, me arrepentí. Era demasiado. Era un avance descarado delante de toda la mesa y yo no era esa clase de chica.
Mariana sostuvo mi mirada un segundo más de lo que correspondía. Después dejó el vaso en el piso, con un movimiento lento, casi calculado. Se levantó.
—Bueno —dijo.
Caminó los tres pasos que la separaban de mí. Yo seguía sentada con la espalda contra la pared, las piernas estiradas. Ella se acomodó encima, una rodilla a cada lado de mis caderas, y se sentó a horcajadas sobre mí.
El círculo entero hizo un ruido que era mezcla de asombro y risa nerviosa. Alguien dijo «no me lo puedo creer». Yo no escuchaba bien. Lo único que registraba era el peso de Mariana sobre mis muslos, el aliento a vino sobre mi boca y el aroma de su perfume, algo dulce con un fondo a madera.
Me besó.
No fue un beso de juego. No fue un beso de fiesta. Fue un beso lento, con la lengua tibia, con una de sus manos en mi nuca y la otra abierta sobre mi pecho. Sentí cómo se me cerraban los ojos sin pedirme permiso. Cuando se separó, tenía los labios un poco más rojos y la respiración cortada.
—¿Qué tal? —dijo, sin levantarse de mis piernas.
—Hay que probar más —contesté.
No sé de dónde me salió la voz. Ella se rio sin sonido, con los hombros, y se levantó. Me dio la mano. Yo la agarré sin mirar a los demás.
Caminamos por el pasillo hasta su cuarto. Atrás se escuchaba un alboroto que era mitad festejo y mitad sorpresa. Tobías gritó algo que no llegué a entender. Mariana cerró la puerta con el pie sin soltarme la mano.
***
Su cuarto era el más ordenado de la casa. Tenía una cama de dos plazas con un acolchado gris, una pared cubierta de libros de medicina mezclados con novelas, y una lámpara de pie en el rincón que daba una luz cálida, baja.
—Esperá —dijo ella—. Antes de seguir... ¿está todo bien?
La miré. Tenía los ojos brillantes pero la voz firme. Era esa Mariana de los exámenes orales, la que sabía exactamente qué responder y cómo.
—Está todo bien —dije—. ¿Y vos?
—Yo nunca... —empezó—. Pero te miro desde hace tiempo. Hace mucho tiempo.
Esa confesión me sacudió más que el beso. Llevaba años fantaseando con ella y no se me había ocurrido nunca que la cosa pudiera ser mutua.
La abracé. Por un momento no fue erótico, fue otra cosa, una especie de alivio. Después la besé de nuevo, más despacio, y empecé a desabrocharle el vestido por la espalda. El cierre bajó lento, diente por diente, y la tela se deslizó por sus hombros hasta caer alrededor de sus pies. No llevaba corpiño.
Tenía los pechos grandes, redondos, con la piel un tono más claro donde no le había llegado el sol del verano. En el medio, justo entre los dos, tenía un tatuaje pequeño, una hoja de roble dibujada con tinta negra.
—¿De qué es? —pregunté.
—Larga historia —dijo, y me agarró la cara con las dos manos para que dejara de mirar el dibujo y volviera a mirarla a ella.
La empujé suave contra la cama. Se sentó en el borde y yo me arrodillé en el piso. Empecé por el cuello, bajando con la boca por la clavícula, por el esternón, hasta llegar a sus pechos. Le pasé la lengua alrededor de un pezón y después lo mordí muy despacio. Ella soltó un suspiro corto, casi un quejido.
Seguí bajando. La piel de su abdomen olía a una crema con vainilla. Le besé los costados de las costillas, el ombligo, el hueso de la cadera. Cuando llegué al borde de su bombacha, levanté la vista. Ella tenía los ojos cerrados, la cabeza echada hacia atrás, las manos agarradas al borde del acolchado.
—¿Puedo? —pregunté.
—Por favor —dijo.
Le bajé la última prenda con los dientes y se la saqué con las manos. Estaba completamente depilada. Me quedé un segundo mirando, con la cara a unos centímetros de su sexo, escuchando cómo se le aceleraba la respiración solo por la pausa.
La acaricié primero con los dedos, despacio. Estaba mojada, muy mojada, y eso me prendió a mí más que cualquier otra cosa. Pasé la lengua de abajo hacia arriba, una sola vez, lento, y la sentí estremecerse entera. Después empecé a jugar.
Hice círculos pequeños alrededor del clítoris, sin tocarlo del todo. La dejaba pedir. Cuando empezaba a respirar más fuerte, yo bajaba a la entrada, le hacía un poco de presión con la lengua y volvía a subir. Esa tortura le sacaba unos gemidos roncos que se ahogaban contra su propia mano, porque se la había puesto sobre la boca para no gritar.
—No te tapes —le dije, levantando un segundo la cabeza—. La música los tapa a todos.
Me hizo caso. Soltó la mano y dejó que los gemidos salieran sin filtro.
Volví a bajar. Esta vez fui directa al clítoris, con la lengua plana, presionando con un ritmo regular. Le metí dos dedos. Le costó un poco al principio; estaba muy estrecha. Después se abrió y empezó a empujarse contra mi mano.
—Más —pidió.
Le agregué un tercer dedo. Estaba caliente por dentro, contraída alrededor de mis dedos, y cada vez que yo curvaba la mano hacia arriba la sentía tensarse entera. La lengua arriba, los dedos adentro, su mano libre agarrada de mi pelo. La habitación olía a perfume, a sudor y a algo más, algo dulce y salado a la vez.
Cuando se vino, lo hizo con un grito que no tuvo cómo disimular. Sus piernas se cerraron alrededor de mi cabeza, su espalda se arqueó, y yo seguí, despacio, hasta sentir cómo las contracciones se calmaban.
Me dejé caer al lado de ella sobre la cama. Estaba transpirada, con el pelo pegado a la frente y una sonrisa que no le había visto nunca. Me corrió el flequillo con el revés de los dedos.
—Decime que no fue idea del fernet —murmuró.
—No fue idea del fernet —dije.
Nos quedamos un rato así, abrazadas, sin hablar. Después no me acuerdo en qué momento exacto nos quedamos dormidas. La música de afuera se fue apagando, las voces se hicieron más bajas, alguien cerró la puerta de calle al irse.
***
Me desperté con el sol entrando por la rendija de la persiana. Mariana seguía dormida contra mi hombro, con el brazo cruzado sobre mi cintura. La puerta del cuarto se abrió sin ceremonia.
Era Renata, la tía de Mariana, que evidentemente había venido a buscar algo y no nos esperaba. Se quedó parada en el umbral, mirando la escena: dos chicas desnudas tapadas a medias con la sábana, ropa tirada por el piso, una botella vacía de agua sobre la mesita.
Me quise morir. Le tiré del brazo a Mariana, que abrió los ojos despacio.
Renata levantó las cejas, miró a su sobrina y se rio. Una carcajada corta, divertida, sin rastro de juicio.
—¿Qué tal la noche, nena? —dijo, mirando a Mariana.
Mariana se sentó en la cama, tapándose con la sábana. Estaba colorada pero no avergonzada.
—La mejor de mi vida, tía —contestó, y a mí me pasó una mano por debajo de las sábanas hasta apretarme la mía.
Renata se rio más, cerró la puerta y se la escuchó alejándose por el pasillo. La oí canturreando algo en la cocina.
Hoy es sábado de nuevo. Mariana me escribió hace una hora preguntándome a qué hora paso. Hay otra reunión. Llevo dos horas mirando la pantalla y pensando que todavía falta demasiado para la noche.