La nueva interna no era tan tímida en la ducha
Llevaba tres años en la clínica privada y dos sosteniendo un secreto que ya no era tan secreto. El doctor Morán, mi superior directo, y yo coincidíamos en su despacho casi todas las semanas con la puerta cerrada y el teléfono en silencio. Así habían llegado los ascensos, las guardias mejores y, también, una cierta fama incómoda entre las enfermeras antiguas. Yo no la negaba. Tampoco la confirmaba.
Aquel martes habíamos empezado con prisa. Él estaba sentado en su sillón y yo a horcajadas sobre él, todavía con el uniforme blanco a medio desabrochar, cuando el teléfono sonó. Su hija pequeña se había caído del columpio del colegio. Tuvo que salir corriendo. Me dejó con la respiración entrecortada, el labio mordido y un ardor que no se iba a apagar solo en el resto del turno.
—Después seguimos —me prometió antes de cerrar la puerta.
Después siempre era nunca.
Bajé al cuarto de descanso, ese cubículo angosto al final del pasillo de enfermería donde nos cambiábamos, dormíamos cuando había guardia larga y nos duchábamos. A esa hora no debería haber nadie. Habían llegado dos internas nuevas ese mes, Lucía y Mariana, las dos recién salidas de la universidad, las dos bajo mi supervisión. Lucía tenía veintiuno y una manera de moverse como si todavía no terminara de entender lo que el espejo le devolvía. Caderas anchas, cintura corta, unos pechos grandes que el uniforme apenas disimulaba.
Cerré la puerta del cuarto con pestillo —o eso creí— y me desnudé sin perder tiempo. Estaba tan excitada que pensaba terminar lo del despacho yo sola, bajo el chorro tibio de la ducha. Dejé la ropa doblada sobre el banco y caminé descalza hacia el baño. La toalla la había olvidado en mi locker, dos pasillos más allá. No me importó.
—¡Perdón!
Me giré con el corazón en la boca. Lucía estaba parada en el umbral, los ojos abiertos, el uniforme manchado de algo amarillento en la pechera. Olía a vómito. Tenía las mejillas encendidas y el labio mordido, como si estuviera a punto de pedir disculpas por algo que no había hecho.
—No vi nada, jefa, perdón… solo venía a cambiarme, un paciente me ensució entera, vengo más tarde…
—Tranquila —le dije, sin moverme—. Aquí nos vemos desnudas todo el tiempo. Es lo normal. Pasa.
—¿Seguro? Es que…
—Lucía. Pasa. Y dime Daniela, no jefa.
Cerró la puerta detrás de ella. Se quitó la ropa manchada con cuidado, como si quisiera tocarla lo menos posible. Quedó en ropa interior. El sostén blanco le quedaba apretado; cuando se lo desabrochó, sus pechos cayeron pesados y ella se cubrió de inmediato con las dos manos. Sus manos eran chicas. Sus pechos, no. Por más que apretara las palmas contra el cuerpo, los pezones se le escapaban entre los dedos.
Después se quitó el calzón rojo de algodón. Tenía vello púbico, no mucho, un triángulo oscuro que se tapó enseguida con la otra mano. Yo no tenía nada. Llevaba años depilada por costumbre.
—Entrá conmigo —le dije, abriendo la puerta de cristal—. Es ancha, cabemos las dos.
Dudó un segundo. Entró.
***
El agua caía tibia entre las dos. Yo estaba contra la pared del fondo y ella en la parte de adelante, todavía con una mano cubriéndose el sexo y el otro brazo cruzado sobre los pechos. No me miraba.
—¿Te da vergüenza el vello? —le pregunté, alcanzándole el champú—. No tiene por qué. Yo me depilo porque me resulta más cómodo, nada más.
—Es que… —se rio, nerviosa, sin soltar el brazo del pecho— te miro a vos y me siento un Chewbacca. ¿No tendrás una afeitadora desechable?
—Tengo. Pero antes mírate bien. Estás muy bien así.
Le pasé los dedos por encima del pubis, como quien comprueba la textura de una tela. Un roce corto. Ella se quedó inmóvil. Demasiado quieta.
—¿Ves? Se siente lindo también con vello —dije, retirando la mano más despacio de lo necesario—. ¿Te lavo el pelo?
—Eh… sí. Gracias. Y préstame la afeitadora igual, dale, hoy quiero salir de acá distinta.
Le pasé la afeitadora azul que guardaba en la repisa. Se giró para apoyarse contra el azulejo y empezó a depilarse con cuidado, una pierna apoyada en el borde del banquito del baño. Yo, atrás, le enjuagué el cabello largo hasta que el agua salió limpia. Sus pezones, que antes se le habían escondido del frío inicial, ahora estaban totalmente erectos por las gotas tibias que le caían por delante. Eran enormes. Retraídos cuando estaba relajada y, al endurecerse, parecía que querían escaparse de su propio cuerpo.
Quería tocarlos. No lo disimulé bien.
—Lucía… ¿puedo tocártelos? Yo siempre quise tener pechos así. Los míos son chiquitos, los tuyos parecen otra cosa.
Soltó una risa corta sin dejar de mirar la maquinita.
—Mis amigas siempre me los tocan, no me molesta. Pero con cuidado en los pezones, ¿eh? Los tengo muy sensibles.
Le puse las dos manos por detrás, abarcándola desde la espalda. Eran blandos, tibios, mucho más pesados de lo que aparentaban. Apreté un poco. Después un poco más. Se me iba la mano sola: los amasaba, los dejaba caer, los recogía, jalaba los pezones entre el índice y el pulgar. Ella había dejado de afeitarse. Tenía la cabeza echada hacia atrás, apoyada en mi hombro.
—Daniela… —murmuró—. Me estás apretando fuerte. Pero… no pares.
***
Soltó la afeitadora. La oí caer sobre el plástico del piso de la ducha. Después agarró una de mis manos con las dos suyas y empezó a bajarla, despacio, por su vientre. Yo no opuse resistencia. Cuando llegamos al pubis recién afeitado, la piel estaba lisa, suave, todavía caliente por el filo. Más abajo, los labios estaban hinchados y mojados, y no era por el agua.
—¿Te gusta cómo se siente recién afeitada? —preguntó, todavía sin mirarme.
—Te metiste en problemas, Lucía.
Le metí dos dedos. Salió un gemido corto, ahogado, como si lo hubiera estado conteniendo desde el momento en que pisó la habitación. Adentro estaba caliente, apretada y mucho más resbalosa de lo que el agua justificaba. Llevaba un rato así. Quizás desde antes de cruzar la puerta.
—Tocame vos a mí —le pedí.
Se dio vuelta. Me miró por primera vez sin esconder nada. Tenía los ojos más oscuros que un minuto antes. Se arrodilló sin pensarlo, me separó las piernas con las dos manos y apoyó la boca abierta directamente contra mi sexo. Sin tantear, sin titubeos.
—Linda zorrita tiene la jefa —dijo entre lamidas—. Pensé que iba a tardar más en comérmela. Pero la vine a buscar desde el primer día.
—¿Eres lesbiana? —jadeé.
—Soy lo que me sirva.
Levantó la cara un segundo, sonriendo.
—El doctor Morán también lo intentó conmigo en su despacho la semana pasada. Le dije que era lesbiana. Le terminé chupando la pija igual. Me eligió por eso.
Algo se me apretó en el pecho. No eran celos. Era algo más parecido a una risa amarga.
—¿Sabes que conmigo está él también? —le dije, agarrándola del pelo mojado—. Que mi puesto vino así. Que en este mismo turno terminé en su sillón y casi me coge ahí mismo si no le hubieran llamado.
—Entonces somos dos zorras. —Volvió a bajar la cabeza—. Yo me acuesto con él para subir y contigo por placer. Mejor reparto no se puede.
***
Me hizo terminar contra la pared del baño con dos dedos adentro y la lengua trabajando como si me conociera desde hacía años. Tenía experiencia. Mucha. No era la inocente que el uniforme blanco pretendía vender. Apreté la mano contra el azulejo frío para no caerme; las rodillas me temblaron de un modo que ya había olvidado.
Después fui yo. La llevé a la cama del cuarto de descanso, esa cama angosta de sábanas baratas, le abrí las piernas y le hice lo mismo que ella me había hecho a mí, despacio, sin apuro, hasta que apretó las rodillas contra mi cabeza y dejó de respirar por un segundo entero. Cuando subí a lamerle los pechos —para entonces yo ya estaba obsesionada con ellos— pasó algo que no esperaba. Apreté el pezón con la boca y salió leche. Tibia, dulce, mucha.
—Tengo un hijo de dos años —me explicó, riendo, cuando se le pasó el primer susto—. Parto natural. A veces todavía me baja. Perdón.
—No pidas perdón.
Me llené la boca con su leche, subí, la besé fuerte y se la pasé adentro mientras le metía los dedos otra vez. Le gustó tanto que arqueó la espalda contra el colchón y me pidió, en un susurro, que me sentara encima de su cara. Le hice caso. Apoyé el sexo sobre su mentón y la dejé hacer. Tenía la lengua larga, paciente, y un ritmo que parecía estudiado. Terminé otra vez. Quizás dos. Perdí la cuenta cuando dejó de importar.
Mariana, la otra interna, podía aparecer en cualquier momento. Esa parte lo hacía mejor. Esa tarde, por suerte, ninguna otra mujer empujó la puerta.
***
Pasaron meses desde aquel turno. El doctor Morán terminó invitándola a su departamento, igual que hizo conmigo en su momento. Sé que fueron. Sé lo que pasó allá, porque ella misma me lo contó al día siguiente, desnuda en mi cama, mientras se reía con la cara hundida en la almohada. Quizás mi puesto tenga las horas contadas, pero no me importa demasiado: no me molestaría compartirlo con Lucía si llega a eso. Lo nuestro siguió, dos o tres veces por semana, en la pieza del fondo, en mi casa cuando mi novio salía de viaje, una vez en el auto de ella, frente al río, con los vidrios empañados.
Lo de Mariana es otra historia que algún día contaré. Bastará con decir que cierta madrugada las tres terminamos compartiendo la misma cama angosta del cuarto de descanso, y que ninguna llamó a la puerta antes de entrar.
Hace poco, Lucía me invitó a un club privado de la zona norte. Me explicó la propuesta con una sonrisa que ya conocía: íbamos a ir como pareja de lesbianas. Yo nunca había pisado un lugar así. Acepté antes de pensarlo. Lo que pasó esa noche también lo voy a contar otro día. Lo único que puedo adelantar es que desde entonces dejé de medir cuántas mujeres pasaron por mi cama en el último año. Hubo tríos. De los dos tipos. Hubo una bartender flaca que me persiguió tres semanas hasta que cedí en el baño de su trabajo.
A veces, cuando me ducho sola en el cuarto de descanso, me acuerdo del primer día. De la cara de Lucía en el umbral. De las disculpas que no tenía que pedir. Y pienso que quizás siempre fui esto y nunca lo había sabido. O que siempre lo supe y nunca me animé.
Da igual.
Ahora ya lo sé.