Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Mi vecina madura me invitó otra vez a su casa

Hacía casi tres semanas que no me cruzaba con Adriana. Vivíamos en el mismo edificio, una arriba de la otra, y entre su empresa de logística y mi rotación nueva en el laboratorio, los pasillos se habían convertido en pura coincidencia perdida. Por eso, cuando aquella mañana de martes la vi en la parada del colectivo con un saco azul y los labios pintados, sentí algo más parecido a un cosquilleo que a un saludo.

—Marina, nena, ¡estás divina! —dijo, dándome dos besos sonoros—. ¿Y qué hacés que nunca aparecés?

—Lo mismo te iba a preguntar. ¿Café?

Me dijo que no tenía tiempo, que llegaba tarde a una reunión, pero que el viernes empezaban mis vacaciones y quería que la pasara por su departamento. Cervezas, picada, lo que quisiéramos. La forma en que me apretó el brazo cuando lo dijo no fue casual. Yo le contesté que sí antes de que terminara la frase.

Los tres días se me hicieron larguísimos. La última vez que había estado con ella, en agosto, había sido mi primera vez con una mujer. Una sola tarde, un sofá, una ventana abierta y un descubrimiento que todavía me visitaba en sueños. Después, cada una había vuelto a su vida sin hablarlo, como si lo nuestro hubiera sido un paréntesis que ninguna de las dos sabía cómo retomar.

Llegué a su puerta a las siete en punto del viernes. Me había puesto una pollera negra corta y una blusa blanca con un escote más generoso de lo que solía usar. Cuando abrió, me miró de arriba abajo sin disimulo.

—Pasá, vecina. Te esperaba.

Adriana llevaba un vestido cruzado color borgoña, ajustado en la cintura y suelto en las piernas. El pelo recogido en un rodete bajo, con dos mechones sueltos enmarcándole la cara. Tendría unos quince años más que yo, y se notaba, pero se notaba a su favor. Cada arruga al sonreír, cada curva de su cadera, parecía dicha con intención.

—Ponete cómoda en el living, voy a buscar las cervezas.

Me senté en el sofá grande, el mismo de agosto. Me acordaba de cada cuadro de la pared, de la luz que entraba por la ventana del balcón, del olor a sándalo que tenía toda la casa. Volvió con dos botellas heladas y se sentó pegada a mí, tanto que nuestras piernas se tocaban en toda su extensión.

Hablamos del trabajo, de su jefe nuevo, del gimnasio que yo había dejado, de las vacaciones que ella se quería tomar en octubre. La segunda cerveza la bebí más rápido que la primera. La tercera ya no me acuerdo cuándo apareció.

—¿Y el sexo, Marina? —preguntó de repente, con esa media sonrisa que le conocía—. Contame algo bueno.

—Nada bueno. No salí con nadie desde…

—¿Desde agosto?

Asentí. Bajé la mirada al pico de la botella.

—¿Con ningún chico?

—Con ningún chico.

—¿Y con alguna chica?

Levanté los ojos. Ella ya me estaba mirando.

—Con ninguna chica. Vos fuiste la única.

Adriana dejó la cerveza sobre la mesa baja. Despacio, sin sacarme los ojos de encima, me corrió un mechón de la cara y deslizó la mano por mi cuello hasta la nuca. No me besó enseguida. Se quedó así, sosteniéndome la mirada, como dándome la última oportunidad de irme. No me moví.

Cuando finalmente se acercó, lo hizo lento. Primero el labio inferior, después el superior, después la lengua entrando con calma. Mi mano fue sola a su muslo y subió hasta el borde del vestido. Ella sonrió dentro del beso.

—Te estuve pensando —me dijo contra la boca—. Demasiado.

—Yo también.

Me recostó casi acostada en el sofá, y se acomodó arriba mío con una rodilla entre mis piernas. Me desabrochó la blusa botón por botón, sin apuro, mientras me besaba el cuello, el hueco de la clavícula, el nacimiento del pecho. Cuando me bajó el corpiño y atrapó un pezón con la boca, escuché mi propio gemido como desde lejos.

—Sos preciosa —murmuró—. Tan blanca, tan suave.

Me levantó la pollera y corrió la bombacha hacia un costado. Tenía dos dedos esperando. Cuando los sintió, se rió bajito.

—Estás empapada, nena. ¿Hace cuánto que no…?

—Hace mucho. Hace agosto.

Se deslizó hacia abajo. La pollera ya era un cinturón de tela en mi cintura. La bombacha quedó tirada en alguna parte del piso. Cuando su boca llegó entre mis piernas, agarré con fuerza el respaldo del sofá y cerré los ojos.

Hacía dos cosas que ningún hombre me había hecho nunca. Primero, no apurarse. Segundo, escuchar. Cada movimiento de mi cadera, cada cambio en mi respiración, lo leía y respondía. Cuando me arqueaba, bajaba el ritmo. Cuando me tensaba, aceleraba. Era como si tuviera un mapa de mí que yo misma no había terminado de dibujar.

Me vine con la boca apretada contra mi propio brazo, ahogando un grito que de todas formas se escuchó.

—Te gustó —dijo, no como pregunta.

—Mucho —susurré, con la garganta seca.

Adriana se incorporó y se sentó sobre sus talones. Se sacó el vestido por la cabeza en un solo movimiento. Debajo no llevaba nada más que una bombacha negra de encaje. Sus pechos eran grandes, blandos, con los pezones oscuros y firmes. La cintura le marcaba una curva pronunciada hasta la cadera.

—Te toca, vecina.

—Yo nunca…

—Lo sé. Por eso te toca.

Me agarró de la mano y me llevó al dormitorio. Caminaba adelante con un contoneo que era más afirmación que coqueteo. Sabía que la estaba mirando. Sabía exactamente qué quería que mirara.

Se acostó boca arriba en la cama, las piernas un poco abiertas, y se sacó la bombacha de un tirón. Me hizo señas con un dedo.

—Vení. Despacio. No tengas miedo.

Me acosté entre sus piernas con el corazón latiendo en los oídos. El olor era distinto al de un hombre, más limpio, más íntimo. Saqué la lengua y la pasé, primero apenas, después con más confianza. Ella respiró hondo.

—Ahí. Justo ahí.

Hice lo que me había hecho a mí. Escuché. Aprendí. Cuando se arqueó, fui más despacio. Cuando se quedó quieta, busqué de nuevo el ritmo. Le metí un dedo, después dos, sin dejar de moverme con la boca. La oí gemir con esa voz ronca que no le había escuchado nunca.

—Ay, Marina, así, no pares…

No paré. La sentí cerrarse alrededor de mis dedos, contraer las piernas a los costados de mi cara, soltar una palabrota que tampoco le había escuchado. Cuando se aflojó, levanté la cara y me la encontré sonriendo con los ojos cerrados.

—Aprendés rápido, nena.

***

A la medianoche estábamos en la ducha. El agua caliente nos caía encima mientras nos jabonábamos una a la otra, dos cuerpos resbaladizos que se buscaban con los dedos sin urgencia, como si tuviéramos toda la vida. Adriana me metía la mano entre las piernas debajo del chorro y yo se la metía a ella, y entre besos llenos de agua nos prometíamos otra vuelta más sin decirlo con palabras.

Salimos arrugadas y rojas. Nos secamos con la misma toalla. Desnudas, bajamos a la cocina y picoteamos lo que había quedado: queso, aceitunas, un trozo de salame que ella me dio a mordiscos directamente de su mano. Abrimos otra cerveza. Adriana se movía por su cocina como por su propio cuerpo, con una calma que era casi orgullo.

—¿Te quedás a dormir? —preguntó sin mirarme, cortando una rodaja de pan.

—No sé si tengo cómo volver a esta hora.

—Tenés cómo. Pero quedate igual.

—Me quedo.

Sonrió sin levantar la vista.

—Falta una cosa antes de dormir. Vení.

Me llevó de la mano de vuelta al dormitorio. De un cajón de la mesa de luz sacó una caja de zapatos, y de adentro un consolador doble, largo y curvo, que me hizo abrir los ojos.

—Esto no estaba en agosto.

—Esto lo compré pensando en agosto.

Me reí, pero el calor me volvió de golpe a la cara. Me explicó cómo nos íbamos a acomodar. Ella se puso en cuatro al borde de la cama. Yo me puse de la misma manera detrás, encajando una punta en mí y la otra dentro de ella. Cuando empecé a moverme y sentí mis caderas chocar contra las suyas, una corriente eléctrica me subió por la espalda.

En el espejo del armario nos veía. Sus nalgas anchas temblando contra las mías, mi pelo cayendo sobre la cara, sus manos aferradas a las sábanas. Aceleré.

—Así, Marina, así, dale —decía entre jadeos—. Cogeme bien.

—¿Te gusta?

—Me encanta. No pares.

Cambiamos. Nos acostamos boca arriba y trenzamos las piernas una contra la otra, con el consolador entre las dos. Empujábamos al mismo tiempo y se sentía como si nos cogiéramos las dos a la vez. La cama crujía. Las dos gemíamos con los ojos cerrados. Yo le agarraba un pecho, ella me agarraba el muslo, y el calor se nos iba acumulando en el vientre sin tregua.

—Me vengo —dije.

—Yo también. Esperá.

—No puedo esperar.

—No esperes.

El grito fue de las dos al mismo tiempo. Sentí el cuerpo entero contraerse, los dedos de los pies clavarse en la sábana, una ola caliente y larga que me dejó sin aire. Adriana se rió con la voz quebrada, con los ojos llenos de lágrimas de placer.

Nos quedamos así, enredadas, hasta que el consolador se aflojó solo y cayó entre las dos. Después, en silencio, ella se acercó y me apoyó la cabeza en el pecho. Le pasé un brazo por la espalda. El sudor se nos enfriaba sobre la piel y ninguna tenía ganas de moverse para apagar la luz.

—Vecina —dije al rato.

—¿Mmm?

—Si esto va a ser cada tres semanas, no aguanto.

Se rió bajito, sin abrir los ojos.

—Que sea cada viernes. Empezando por el que viene.

—Hecho.

Me besó la frente. Yo me acomodé un poco más cerca. Antes de dormirme pensé que mis vacaciones recién empezaban, y que iba a ser muy difícil volver al laboratorio el lunes siguiente.

Ver todos los relatos de Lésbicos

Valora este relato

Comentarios (5)

SofiRios22

Que relato tan bueno!!! me enganche desde el principio y no pude parar de leer.

Nicky_BA

La tension que se siente entre ellas es increible. Espero la segunda parte!!!

matiasok

fuego total jaja

GabrielaN

Que lindo como describiste ese momento, se siente muy real. A mi me pasa algo parecido con una amiga y ahora no voy a poder verla igual jajaja. Muy bueno en serio.

PatoNocturno

excelente!!

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.