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Relatos Ardientes

La amiga de Naia sacó un cinturón fucsia del baúl

Lara cerró los ojos un instante y dejó que la boca de Naia trabajara sobre su clavícula. La habitación olía a perfume barato y a sudor, una mezcla extraña que la encendía más de lo que estaba dispuesta a admitir. Naia mordía con torpeza, con esa urgencia de quien todavía no ha aprendido a contenerse, y Lara tuvo que separarla unos centímetros para mirarla a los ojos.

—Más suave —le dijo, sin soltarle la nuca—. No es una pelea.

Naia bajó la cabeza, avergonzada. Tenía las mejillas tan rojas como las pecas que le cubrían el escote, y a Lara le hizo gracia esa manera que tenía de pedir disculpa con todo el cuerpo. La besó en el labio inferior, esta vez despacio, y notó cómo la otra se relajaba bajo sus dedos. Naia respiraba con la boca abierta. La camiseta se le había subido hasta las costillas, y el sostén, descolocado, dejaba ver el borde de un pezón.

—Espérame aquí. Vuelvo en un minuto.

—¿A dónde vas?

—A buscar algo.

Lara se incorporó de la cama y se metió en el baño sin cerrar del todo la puerta. Naia escuchó correr el grifo y, después, el ruido de un baúl que se abría. Se quedó tumbada bocarriba, mirando el techo y palpándose el vientre por encima de la ropa. Tenía la respiración acelerada y un nudo en la entrepierna que no sabía cómo nombrar. Nunca había estado con una mujer. Llevaba semanas dándole vueltas a lo que sentía cuando Lara la miraba en la biblioteca, o cuando le pasaba un apunte sin necesidad real de hacerlo. Esa tarde, después del segundo café, había aceptado subir a su cuarto sin tener idea de qué iba a hacer cuando llegara.

Creo que huelo bien, pensó, llevándose disimuladamente la nariz al hombro. Espero estar bien.

Se quitó el resto de la ropa antes de que Lara volviera. Le pareció absurdo haber esperado tanto. Cuando la puerta del baño se abrió, Naia ya estaba desnuda y de rodillas sobre el colchón, intentando aparentar una confianza que no tenía.

Lara entró con un cinturón en la mano. Un cinturón fucsia, casi del mismo tono que el flequillo rosa que le caía sobre el ojo izquierdo. Tenía dos puntas: una más larga y otra más pequeña.

—¿Qué es eso? —preguntó Naia, abriendo mucho los ojos.

—Un arnés.

—¿Y eso cómo funciona? ¿Una punta por delante y la otra por detrás?

Lara dejó escapar una risa que sonó grave.

—No, niña. No hoy, por lo menos. Una parte va dentro de mí, y la otra dentro de ti. Y solo por delante.

—Ah.

—Pero me gusta tu forma de pensar. —Lara le acarició la mejilla con dos dedos antes de inclinarse a besarla—. Algún día.

Naia tragó saliva. Lara tenía la voz más grave que cualquier chica que hubiera conocido, y cada vez que bajaba el tono se le movía algo por dentro. Estiró la mano para tocar el juguete, pero Lara lo apartó con un movimiento rápido y lo dejó sobre la mesita de noche.

—Despacio. Antes quiero ver si lo aguantas.

***

Lara se desnudó sin ceremonias y se subió a la cama. Naia se dejó caer sobre la espalda y abrió las piernas casi por instinto, sin saber muy bien si estaba haciendo lo correcto. Lara le sonrió. Le pasó las dos manos por los muslos, abriéndolos un poco más, y se inclinó a besarle el esternón. Naia tensó el abdomen al sentir los labios bajar hasta sus pechos.

—Tienes unas pecas preciosas también aquí —murmuró Lara contra su piel.

Naia no supo qué contestar. Suspiró cuando una lengua tibia le rodeó un pezón, y volvió a suspirar, más fuerte, cuando los dientes apenas le rozaron. Lara la chupaba con calma, como si tuviera todo el tiempo del mundo, y Naia sintió por primera vez esa noche que estaba goteando entre las piernas.

—Quiero probarlo —dijo, con la voz rota.

—Aguanta.

Lara deslizó una mano entre los muslos de Naia y empezó a recorrer los labios con dos dedos. Notó la humedad enseguida y se le escapó un suspiro propio. Naia estaba mojada, mucho más de lo que ella habría imaginado. La pelirrosa cogió el arnés con la otra mano y pasó la punta pequeña por la entrada, midiendo el grosor contra el cuerpo de la otra. No era un dildo enorme, pero para alguien que no había tenido nunca nada dentro podía resultar incómodo.

—Si te duele me dices, ¿vale?

—Vale.

Empujó despacio. Esperaba resistencia, pero la punta se hundió con facilidad. Naia gimió hacia arriba, sorprendida más que adolorida, y le apretó la muñeca a Lara por puro reflejo.

—¿Te duele?

—No… creo que no.

Lara le besó la ingle y siguió empujando hasta el fondo. Empezó a moverlo, despacio al principio, mientras observaba la cara de Naia. Las cejas fruncidas, la boca entreabierta, la frente perlada de sudor. Aquello no era dolor. Aquello era otra cosa. Lara sintió que se le encharcaba el sexo y aceleró un poco el ritmo solo para ver qué pasaba.

Naia se mordió el labio.

***

Lara retiró el dildo para darle un respiro. Se enderezó, sentada sobre los talones, y empezó a ajustarse el arnés en las caderas. Naia la miraba desde abajo sin decir nada. Tenía la respiración entrecortada y los pezones tan duros que le dolían. Lara estiró la mano hasta la mesita, cogió un bote de lubricante y se mojó el dildo con la palma. Después volcó otro poco entre las piernas de Naia y empezó a frotarla en círculos sobre el clítoris.

Naia gimió más agudo, dejando caer la cabeza de lado.

—Joder, Lara…

—Aguanta un poco más, niña.

Lara le metió tres dedos sin avisar. Naia se tensó, pero abrió las piernas en lugar de cerrarlas. No había queja, no había molestia. La pelirrosa interpretó ese silencio como permiso. Sacó los dedos, le sujetó las corvas con las dos manos y le abrió las piernas hasta donde pudo. Se inclinó sobre ella, colocó la punta del dildo justo donde tenía que estar y dejó caer las caderas.

Naia gritó. No de dolor, sino de sorpresa. La cosa entraba con un ritmo distinto al de los dedos, más implacable, y por un segundo intentó cerrar las rodillas. Lara apretó más el agarre y le susurró al oído:

—Quieta. Respira.

Naia respiró. Lara empujó hasta el fondo y se quedó allí un instante, dándole tiempo a acostumbrarse, antes de empezar a moverse. Las primeras embestidas fueron lentas, casi exploratorias. Lara apoyó los codos a los lados de su cabeza y la besó en la mejilla con una ternura que la sorprendió incluso a ella misma. No quería ir a tope todavía. Quería que aquello le gustara. Quería que volviera.

Pero Naia, debajo, había empezado a moverse a su favor.

Lara aumentó la cadencia. Bajó la cara para besarla en la boca, metiéndole la lengua hasta el fondo, y Naia le devolvió el beso con un hambre que no había mostrado antes. Cada embestida le arrancaba un jadeo. En algún momento, Lara cambió ligeramente el ángulo de las caderas y oyó cómo a Naia se le quebraba la voz. Allí. Justo allí. Lo repitió. Lo repitió otra vez. Naia se aferró a sus antebrazos, clavándole las uñas, y Lara entendió que aquel rincón concreto de su cuerpo era el que pedía cada empujón.

***

Lara se incorporó de pronto. Flexionó las rodillas sobre el colchón y la agarró de la cintura con las dos manos, levantándola unos centímetros. Aquella nueva posición le permitía dar más fuerte y más profundo. Naia abrió la boca y dejó escapar un gemido largo, casi animal, que se le rompió en mitad de la garganta.

—Voy a… —empezó a decir, pero no terminó.

Lara la observaba fascinada. Le veía botar los pechos a cada empujón, le veía la barbilla levantada, los ojos cerrados, la piel pecosa cubriéndose de un rubor irregular. La penetró más rápido. No le hacía falta marcar el ritmo: el cuerpo de Naia lo marcaba por ella, contrayéndose y retorciéndose. Apenas habían pasado treinta segundos desde el cambio de postura cuando notó que la cintura que sujetaba empezaba a temblar bajo sus manos.

Naia gimió una última vez, más agudo, más quebrado. Le clavó las uñas en los antebrazos hasta dejarle marca y se quedó muy quieta. Lara sintió el dildo salir más resbaladizo de lo que había entrado, manchado de un líquido blanquecino que le salpicó los muslos en pequeñas gotas. Su niña se estaba corriendo.

Sonrió.

—Joder, mírate.

Naia no respondió. Tenía la vista perdida en algún punto del techo y respiraba como si acabara de subir cuatro pisos corriendo. Lara la soltó de la cintura, sacó despacio el dildo y le metió tres dedos de golpe. Naia abrió los ojos de par en par, pero no la apartó. Le agarró la muñeca y, sin decir nada, suspiró.

—Si te vieras la cara… —murmuró Lara.

Volvió a sacar los dedos. Le levantó una pierna y se la cargó al hombro, sin esperar reacción, y volvió a empujarse dentro. Naia gritó. Esta vez había algo distinto: el cuerpo, en lugar de cerrarse, se abrió a recibirla. Lara folló entonces con la rabia contenida de un rato entero. La cama crujía. El arnés hacía un sonido líquido cada vez que chocaba contra ella, y a Lara aquel sonido la encendió todavía más. Apretó el muslo de Naia entre los dos brazos, clavó las rodillas en el colchón y empezó a ir tan fuerte como pudo.

Naia llegó por segunda vez sin avisar. Más rápido que la primera. Empezó a gemir como si se quebrara, retorciendo el cuerpo entero, agarrando las sábanas con los puños y arqueando la espalda. Lara, jadeando ya con su voz más grave, sintió que ella misma se venía abajo. Se le aceleraron los suspiros, se le entrecortó la respiración, y se corrió escuchando los gritos de la otra antes que por ninguna otra razón.

La pierna que tenía atrapada se sacudió con un espasmo que tardó en irse. Lara siguió moviéndose despacio, hasta el fondo, hasta que el temblor se calmó del todo. Después sacó el dildo y le acarició los labios con la punta, suavemente.

—Te has corrido un montón —dijo, sin esconder el orgullo.

Naia tenía los ojos cerrados y la boca abierta. Respiraba como si tuviera que recordar cómo se hacía.

Bajo sus cuerpos había una aureola húmeda sobre la sábana. Lara se inclinó, le besó la sien, y se dejó caer a su lado.

—¿Vas a sobrevivir?

Naia tardó en contestar. Cuando lo hizo, lo hizo con una voz que apenas le salió.

—Si me das un minuto.

Lara se rio bajito. Le pasó una mano por el vientre, lentamente, disfrutando de los temblores que aún le quedaban. Le acarició el muslo, le pasó el pulgar por una peca del costado.

—Tenemos toda la noche.

Naia abrió un ojo. Después el otro. Miró a Lara con una expresión que la pelirrosa no había visto antes en nadie: una mezcla de cansancio, agradecimiento, y algo que se parecía mucho a un apetito nuevo.

—Vale —dijo Naia—. Pero esta vez quiero estar yo arriba.

Lara levantó una ceja, divertida.

—Mira tú, la niña ya aprende.

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Comentarios (6)

ClaritaOK

Tremendo relato!!! me atrapo desde la primera linea, no pude parar de leer

Karlita_88

Por favor que haya segunda parte, quede con ganas de mas. Esa escena inicial no me la esperaba para nada jaja

LectoFan92

Me encanto como esta escrito, se siente tan real sin ser burdo. Seguí publicando!

RocioBaires

Buenisimo, me recordo a una situacion que vivi hace años con una amiga. Que recuerdos... jaja

ValentinaRK

La tension que se va construyendo es increible, lo lei de un tiron sin darme cuenta. Espero que haya mas historias así de bien logradas.

Luna87

jajaja la reaccion de Naia me mato, tremendo

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