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Relatos Ardientes

Mi mejor amiga del gimnasio cruzó la línea esa noche

Eran amigas desde hacía cuatro años, desde que coincidieron por casualidad en la misma clase de spinning de los miércoles. Mariana tenía veintinueve, Camila treinta. Las dos solteras, las dos con cuerpos que el espejo del vestuario les devolvía con cierta sorpresa cada vez: piel canela, hombros torneados, caderas anchas que no se podían disimular ni debajo de la ropa más holgada. Cuando salían a tomar algo después de entrenar, los hombres se cansaban de mirar y ellas se cansaban de fingir que no lo notaban.

Esa noche cenaron en un japonés del barrio. Pidieron vino tinto, aunque no pegaba con el pescado crudo, y se rieron de eso y siguieron pidiendo. A la segunda botella, la conversación dejó de ser sobre el trabajo, sobre exnovios o sobre lo que pasaba en el grupo de WhatsApp del gimnasio. Empezaron a hablar más bajo. Empezaron a mirarse más tiempo del necesario.

—¿Te acuerdas de la vez del año pasado, cuando nos quedamos hasta tarde en el sauna? —preguntó Camila, jugando con el borde de la copa.

Mariana se acordaba perfectamente. Se acordaba de la toalla mal anudada, de las piernas cruzadas, de la conversación que se había quedado en la mitad de una frase.

—Me acuerdo —dijo, sin desviar la vista.

—No te dije nada, pero esa noche llegué a mi casa y no pude dormir.

El mesero se acercó a preguntar si querían postre. Camila negó con la cabeza sin dejar de mirar a Mariana y pidió la cuenta. Cuando salieron a la calle, el aire frío les puso la piel de gallina debajo de las chaquetas. Camila vivía a tres cuadras. Llegaron a su edificio caminando rápido, sin hablar, como si supieran que cualquier palabra podía romper el hechizo.

El elevador era estrecho. Se quedaron de pie, una frente a la otra, sin tocarse. Mariana sentía el corazón en la garganta y un calor que le bajaba directo entre las piernas. Camila tenía los labios entreabiertos y la respiración pesada. Cuando se abrió la puerta del piso siete, salieron sin decir nada y caminaron por el pasillo en fila, una detrás de la otra, como si el cuerpo de la otra quemara demasiado para mirarlo de frente.

***

El departamento olía a vela de higo y a la ropa limpia colgada en el balcón. La puerta apenas se había cerrado cuando Camila la empujó contra la madera con las dos manos, y antes de que Mariana pudiera reaccionar ya tenía la boca de su amiga sobre la suya.

No fue un beso suave. Fue una boca abierta, una lengua que entraba sin pedir permiso, dientes que se enganchaban con el labio inferior y tiraban un poco para soltar después. Mariana sintió cómo le temblaban las rodillas. Las manos de Camila bajaron por su espalda hasta agarrarle las nalgas, las apretó con fuerza, la levantó un poco contra la puerta. Mariana respondió empujando la pelvis hacia adelante, buscando el roce, encontrándolo, y un gemido bajo se le escapó dentro de la boca de su amiga.

—Llevo dos años queriendo hacer esto —dijo Camila contra su cuello, mordiéndole la piel debajo de la oreja—. Desde la primera vez que te vi cambiarte en el vestuario. Esas mallas negras que usabas… me iba a casa y no podía pensar en otra cosa.

Mariana cerró los ojos. Le costaba hablar.

—Yo también… cada vez que salías de la regadera con la toalla mal puesta… me odiaba por mirarte así.

—No te odies más.

Camila le quitó la chaqueta de un tirón, después el suéter, después la camiseta interior. Mariana llevaba un sostén de encaje negro que esa mañana se había puesto sin pensar mucho en por qué, y que ahora le parecía la decisión más reveladora del día. Camila lo miró un segundo entero, sonrió de medio lado y lo desabrochó por la espalda con la habilidad de alguien que lo había hecho mil veces.

Cuando los pechos de Mariana quedaron al descubierto, Camila se detuvo. Los miró como se mira algo que llevas mucho tiempo imaginando y que de pronto está ahí, real, al alcance de la mano. Los tomó con las dos manos, los sostuvo, los apretó suavemente. Después bajó la cabeza y le pasó la lengua por un pezón en círculos lentos.

Mariana se mordió el labio para no gritar. El cuerpo entero le temblaba.

—Más fuerte —pidió, con la voz ronca.

Camila la complació. Le mordió el pezón con más fuerza, lo dejó marcado, después succionó hasta que Mariana sintió esa corriente que iba directo al clítoris y le hacía abrir las piernas sola. La otra mano de Camila trabajaba el otro pecho con una mezcla de delicadeza y crueldad que Mariana no había recibido nunca de ningún amante.

***

Camila se arrodilló frente a ella sin dejar de mirarla. Le desabrochó los jeans, se los bajó junto con la ropa interior de un solo movimiento. Mariana se quedó apoyada contra la puerta, las piernas un poco abiertas, sintiendo el frío del aire en una zona que ya estaba caliente y húmeda desde el restaurante.

Camila no se apuró. Le besó el interior de los muslos primero, despacio, subiendo. Cuando llegó al centro, pasó la lengua una sola vez, larga, plana, desde abajo hasta arriba. Mariana enterró las manos en el cabello de su amiga y echó la cabeza hacia atrás contra la puerta.

—Por favor —murmuró.

Camila sonrió contra su sexo y entonces sí empezó en serio. Lamidas rápidas sobre el clítoris, después la lengua adentro, después dos dedos que entraban con facilidad porque Mariana llevaba ya una hora mojada sin saberlo. Camila encontró ese punto que ningún hombre le había encontrado a Mariana en años y lo presionó con los dedos curvados hacia arriba mientras la boca seguía trabajando sin descanso.

Mariana sintió cómo se le iba el suelo. Las piernas le temblaban tanto que tuvo que apoyarse en los hombros de Camila para no caerse. Una de sus manos buscó el respaldo de la silla más cercana y se aferró ahí, los nudillos blancos.

—Me voy a venir… Camila… me voy a venir…

—Vente en mi boca —dijo Camila, sin separarse mucho—. Quiero sentirlo.

El orgasmo la atravesó como una ola que no había sentido nunca antes. Mariana gritó sin importarle si los vecinos la escuchaban. Las caderas se le movían solas contra la cara de Camila, los dedos de su amiga seguían entrando y saliendo, alargando el placer hasta que tuvo que pedirle que parara porque era demasiado.

***

Camila se levantó, se limpió la barbilla con el dorso de la mano sin dejar de sonreír, y la llevó al sillón del salón. La acostó ahí, le besó la boca con su propio sabor todavía en la lengua, y Mariana descubrió que probarse a sí misma en otra mujer era una de las cosas más turbias y más excitantes que había hecho jamás.

—Ahora yo —dijo Camila, empezando a quitarse el vestido.

Lo dejó caer al suelo. No llevaba sostén. Sus pechos eran más pequeños que los de Mariana, pero firmes, con pezones pequeños y muy oscuros, y a Mariana le dieron ganas de incorporarse para morderlos antes incluso de tocarlos. Camila llevaba unas bragas blancas de algodón que contrastaban con su piel canela y que estaban tan empapadas que Mariana podía ver la mancha sin acercarse.

Camila se quitó las bragas y se subió encima del sillón, una pierna a cada lado del cuello de Mariana, las manos apoyadas en el respaldo. Mariana levantó la cabeza para alcanzarla y, cuando lo hizo, supo que ya no había marcha atrás en nada de lo que estaba pasando.

El sabor de Camila era distinto al suyo. Más salado, más concentrado, más a sudor de gimnasio que a perfume. Mariana cerró los ojos y se concentró en lo que su amiga le iba indicando con la pelvis: dónde, con qué ritmo, cuánta presión. Cuando encontró el punto exacto, Camila empezó a balancearse encima de ella, despacio al principio, después más rápido, los muslos cerrándose alrededor de la cara de Mariana, los gemidos volviéndose más agudos.

—Así… así… no pares… no pares…

Mariana le clavó las uñas en las nalgas y la atrajo todavía más contra su boca. Le metió la lengua tan profundo como pudo, después subió de nuevo al clítoris y lo succionó sin tregua. Camila se vino con un grito que pareció arrancarle algo del pecho. Su cuerpo entero se tensó y después se desarmó, cayendo hacia adelante, apoyándose en el respaldo del sillón con los brazos temblando.

***

Se quedaron así un rato largo, sin hablar, escuchándose respirar. Después Camila se dejó caer de lado sobre el sillón, junto a Mariana, y le acomodó un mechón húmedo detrás de la oreja con una ternura que no encajaba del todo con lo que acababan de hacer.

—¿Estás bien? —preguntó.

Mariana se rio. Una risa baja, todavía sin aire.

—Estoy mejor que bien.

—¿Te quedas?

—¿Tú qué crees?

Camila la besó otra vez, despacio ahora, sin urgencia, como si quisiera memorizarle la boca con calma. Cuando se separaron, las dos sabían que el lunes en el gimnasio iban a tener que aprender a mirarse de otra forma. O quizá de la misma forma de siempre, esa que llevaba dos años existiendo pero que nadie había nombrado en voz alta.

—¿Sabes qué? —dijo Camila, los dedos perdidos en el pelo de Mariana.

—¿Qué?

—Que esto no se acaba esta noche.

Mariana le pasó una mano por el costado, le encontró la cadera, la apretó.

—Eso espero.

Camila apagó la lámpara de la mesita. La luz que entraba del balcón les dibujaba los cuerpos en azul. Mariana se acomodó contra el pecho de su amiga y se dejó llevar por un cansancio que no tenía nada que ver con dormir.

—Otra vez —murmuró contra la piel de Camila—. Pero ahora despacio.

Camila, sin contestar, le buscó la mano debajo de la manta y se la guió hasta entre las piernas. Mariana sintió cómo su amiga ya estaba lista otra vez, otra vez mojada, otra vez abierta, y entendió que esa primera noche iba a ser larga.

Afuera empezaba a llover. El reloj de la cocina marcaba la una y media. Ninguna de las dos lo notó.

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Comentarios (5)

roxana_uy

increible como dos años de tension se resuelven en un parrafo. Me encanto, de verdad.

Lectora_K

Buenisimo!!! Me quede con ganas de mas, hay segunda parte??

MarisolRio

Se hizo cortisimo. Necesito saber que paso despues de esa noche

Anabela_Ros

Me recordo a algo que vivi hace años jaja. Esos momentos no se olvidan nunca

LectorFiel_09

Muy buen relato, me gusto la forma de ir construyendo la tension sin apuro. Se nota que hay oficio

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