Mi mejor amiga me pidió un beso en Nochevieja
Camila y Renata se conocieron en el aula 4B del colegio, cuando todavía usaban falda hasta la rodilla y compartían los auriculares de un walkman en los recreos. Veintidós años después, una vivía en Sídney y la otra en Madrid, pero seguían viajando una a casa de la otra cada verano austral. Para Renata, escapar del invierno europeo en diciembre se había vuelto un ritual sagrado.
Camila acababa de cumplir treinta y cuatro. Renata tenía treinta y tres. Ninguna de las dos tenía hijos, ambas se cuidaban con devoción y ambas, cuando se miraban al espejo, todavía se gustaban. En octubre, Camila se había disfrazado de Gatúbela para una fiesta de Halloween en Bondi y había subido las fotos a Instagram. Renata las había guardado en una carpeta privada del teléfono. No se lo había contado a nadie, ni siquiera a sí misma del todo.
Los rasgos de Camila recordaban a los de Mónica Bellucci joven: pelo negro largo, ojos profundos, una boca grande que sonreía de costado. A Renata, en cambio, le decían constantemente que se parecía a una actriz inglesa de cine independiente, esa de pómulos altos y aire melancólico. Una camarera en Barcelona le había pedido un autógrafo una vez, convencida de haberla reconocido.
Lo que las unió en el colegio fue la música de los ochenta. Camila escuchaba a New Order hasta gastar los casetes; Renata se sabía de memoria cada surco de Depeche Mode. A una le obsesionaba Madonna; la otra defendía a David Bowie como si fuera de su familia. En la vida adulta el catálogo se amplió: los viajes, el vino, los restaurantes pequeños donde el camarero te llama por tu nombre y los hombres bien afeitados que las miraban en los aeropuertos.
Renata siempre había visto a Camila como una diosa. Carisma, presencia, esa forma de entrar en un bar y hacer que tres mesas giraran la cabeza al mismo tiempo. Camila, en cambio, decía de Renata que era la inteligente, la del humor afilado, la que terminaba todas las discusiones con una frase que dejaba a la otra sin réplica. Las dos habían tenido parejas largas. Las dos llevaban más de un año solas y empezaban a sospechar que eso no era ningún drama.
***
La cena de Nochevieja la habían preparado a medias en la cocina del apartamento de Camila, frente al puerto. Pasta fresca, langostinos al ajillo, demasiada salsa, demasiado pan. Sobre la mesa, dos botellas de blanco ya vacías y una tercera empezada. El balcón daba al norte y, a lo lejos, las luces de los barcos se mecían contra el cielo violeta del verano austral.
—Otra copa —dijo Camila, y se la sirvió sin esperar respuesta.
—Vas a matarme.
—Es Nochevieja, mujer. No seas aburrida.
Renata sonrió. Estaba descalza, con un vestido de algodón blanco que se le pegaba a la espalda por el calor. Camila llevaba unos shorts mínimos y una camiseta sin mangas. Cada vez que se inclinaba para servir, Renata bajaba la mirada y la subía después, como una niña que cree que nadie la ha visto.
A medianoche subieron a la azotea del edificio con la botella y dos copas. Los fuegos artificiales sobre el puente duraron casi quince minutos. Renata gritaba como una adolescente. Camila, a su lado, le rodeó la cintura con un brazo y la apretó contra su cadera. No dijeron nada. No hizo falta.
Cuando bajaron al apartamento, se desplomaron en el sofá riendo, con los rímeles corridos y los cabellos pegados a la sien por el sudor. La música seguía sonando bajita: un disco viejo que Camila había puesto antes de la cena.
—Pídeme algo —dijo Renata, dejando la copa en la alfombra.
—¿Cualquier cosa?
—Cualquier cosa.
Camila se quedó un segundo callada, mirándola. Después se acercó tanto que Renata sintió el calor de su aliento contra el pómulo.
—Quiero un beso.
Lo dijo así, sin más, con la voz un poco rota por el vino.
Renata pensó que sería un pico. Algo breve, casi torpe, de esos que se dan las amigas cuando han bebido y al día siguiente se ríen del recuerdo. Se inclinó esperando ese roce.
No fue eso.
La boca de Camila se encontró con la suya y la empujó a otra dimensión. Los labios eran tibios, flexibles, hambrientos sin prisa. Cuando deslizó la lengua, Renata la recibió, la rodeó, la dejó hacer. Notó la mano de Camila bajando por su nuca, después por el cuello, descansando por fin sobre el pecho izquierdo a través del algodón del vestido. La palma se cerró suave, midiendo.
Renata se separó dos centímetros, lo justo para respirar.
—No deberíamos —murmuró, sin convicción.
—No deberíamos hacer muchas cosas —respondió Camila, y volvió a besarla.
Esta vez fue Renata la que llevó la mano a los pechos de Camila. Llevaba años imaginándolo desde aquella foto de Gatúbela. Camila tenía la piel sensible, olor a vainilla, los pezones pequeños y rosados endureciéndose contra la tela fina de la camiseta. Renata podría haber escrito una sinfonía entera sobre ese momento.
—Espera —dijo Camila de golpe.
Renata levantó la cabeza, desorientada, mirándole la cara en forma de corazón. Camila tenía esa sonrisa burlona suya, esa que en el colegio anunciaba siempre una idea peligrosa.
—¿Tienes vibrador?
Renata se rio, una risa nerviosa, casi infantil.
—En el cajón de la mesilla. El de abajo.
—Quédate aquí. Quítate la ropa interior.
Camila se levantó del sofá con la naturalidad de quien lleva ensayada la escena en la cabeza desde hace meses. Renata se mordió el labio, levantó las caderas y deslizó la ropa interior hasta los tobillos. La dejó caer al suelo. El vestido le subió hasta los muslos cuando volvió a cruzar las piernas.
Oyó pasos en el corredor. Un cajón que se abría y se cerraba. El murmullo de las uñas pintadas de rojo de Camila sobre la madera. Y, por fin, el zumbido. Bajo, regular, prometedor.
***
Camila volvió a la sala con el vibrador en la mano y los ojos brillantes. Se arrodilló frente a Renata, le abrió las rodillas y la besó en la boca otra vez, despacio, antes de cualquier otra cosa.
—Date la vuelta —ordenó—. Apóyate en el respaldo.
Renata obedeció sin pensarlo. Apoyó las manos sobre el sofá, las palmas hundidas en el cojín, y se dejó colocar como una muñeca cara. El vestido le subió por completo. La brisa que entraba por la ventana abierta le rozó la piel desnuda y se le erizó hasta el cuello.
—No te toques hasta que yo te diga —murmuró Camila, detrás de ella.
Renata cerró los ojos. Sintió la mano firme de Camila apoyarse en la parte baja de su espalda, guiándola, ajustando el ángulo. Luego, el zumbido empezó a acercarse. Primero contra el muslo. Después contra el vientre bajo. Después, justo encima del clítoris, apenas un roce, lo suficiente para que Renata soltara el aire entero de los pulmones.
—Abre más las piernas —dijo Camila con la voz baja.
Renata las abrió. Plantó los pies en el suelo y arqueó la espalda. El olor de su deseo, mezclado con el de Camila, llenaba el aire fresco de la noche de Sídney. En algún apartamento del edificio, alguien seguía celebrando con música a todo volumen, pero allí dentro lo único que se oía era el zumbido y la respiración entrecortada de Renata.
—Ahí —jadeó—. Ahí, justo ahí.
—¿Subo la potencia?
Renata asintió con la cabeza pegada al cojín, frenética. Empujó las caderas hacia atrás buscando más. El vibrador subió un nivel y la sensación se le multiplicó por dentro, no solo en la piel: era algo más profundo, una vibración que le bajaba por las piernas y le subía por la columna a la vez.
Camila mantenía el ritmo con paciencia, sin moverse, sin apartar la mano de la espalda de Renata. La sujetaba como quien sostiene a alguien al borde de algo.
Renata empezó a frotarse contra la cabeza del vibrador casi sin darse cuenta. No podía evitarlo. La acción le daba placer de la forma más exquisita y, al mismo tiempo, la hacía desear todavía más: más fuerte, más rápido, más adentro. Las paredes internas se le contraían en oleadas rítmicas, deliciosas, ajenas a cualquier voluntad.
En algún momento empezó a oír gemidos. Graves, profundos, intercalados con otros más agudos y suplicantes. Al principio pensó que venían de Camila, detrás de ella. Luego oyó la voz de su amiga murmurando, con una ternura inesperada:
—Eso es. Tómalo. Tómalo todo.
Y entonces se dio cuenta de que los gemidos eran suyos. Que llevaba minutos quejándose como un animal y no se había escuchado.
Camila ajustó el ángulo del vibrador un milímetro. Encontró el punto exacto, ese al que Renata sola nunca llegaba con la misma precisión. Renata movió las caderas con una concentración casi animal, sincronizando cada vaivén con el zumbido. Lo único que tenía que hacer Camila era sostener. Sostener el vibrador en ese ángulo el tiempo que su amiga le permitiera.
Renata estalló en estrellas.
Todo el cuerpo se le tensó al mismo tiempo. El grito que soltó no se parecía a ninguno que se hubiera escuchado antes. Cada célula le hormigueaba. El zumbido se le amplificó en los oídos hasta volverse blanco, hasta no oír nada más, hasta que el sollozo final se deshizo en un ronroneo largo que la fue dejando blanda contra el respaldo del sofá.
Camila apagó el vibrador. Se quedó quieta detrás de ella, todavía con la mano sobre la espalda, esperando.
—Ven aquí —pidió Renata sin abrir los ojos.
Camila la rodeó por la cintura y se acomodó a su lado. Las dos en el sofá, mirando el techo, con la respiración descompasada y la piel pegajosa.
—Llevaba años queriendo hacer eso —dijo Camila.
—Yo también.
—¿Por qué no lo dijimos antes?
Renata se rio bajito, una risa cansada y feliz.
—Porque éramos tontas.
Fuera, un último fuego artificial despistado estalló sobre el puerto. Camila se estiró hasta la mesa baja, encontró el mando de la música y subió el volumen. Sonaba una canción vieja de los ochenta que las dos se sabían de memoria. En el estribillo, la voz de la cantante repetía algo sobre amigas que se besan y son la mejor compañía del mundo.
Las dos se rieron al mismo tiempo.
Camila apoyó la cabeza en el hombro de Renata. Era el primer minuto del año nuevo en Sídney, mucho antes de que la luz del sol austral entrara por la ventana, y ninguna de las dos tenía la más mínima intención de dormir todavía.