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Relatos Ardientes

Lo que pasó en el probador con la capitana

Aquel curso era mi segundo año de Comunicación Audiovisual en Valencia. Marina y yo nos habíamos conocido en una optativa de Actividad Física que elegimos casi por descarte, y desde el primer día supe que esa chica no se parecía a ninguna otra que yo hubiera tratado. Era alta, casi uno ochenta, con esa estructura larga de quien jugó al fútbol desde niña. Hombros anchos, brazos firmes con las venas dibujadas en el antebrazo, muslos potentes que se marcaban cuando llevaba el chándal del equipo universitario. El pelo corto, despeinado a propósito, y una gorra ladeada hacia atrás que rara vez se quitaba.

Yo, en cambio, era todo lo contrario. Pelo largo castaño, vaqueros ajustados, sudaderas anchas que tomaba prestadas de mi novio. Llevaba casi dos años con Daniel, un chico tranquilo que estudiaba Derecho y que respondía a todo con un «como tú quieras, mi amor». Nunca, ni de broma, se me había pasado por la cabeza estar con una mujer. Pero Marina era insistente como nadie y, sin que yo me diera cuenta, llevaba meses metiéndose en mi cabeza con cada roce, cada mirada y cada comentario subido de tono.

Un viernes salí de un examen larguísimo de Historia del Cine con la espalda destrozada y un único objetivo: meterme en la cama del colegio mayor y no salir hasta el lunes. Marina me interceptó en el pasillo, apoyada en la pared como si llevara horas esperándome, con esa media sonrisa que me ponía nerviosa sin saber por qué.

—Venga, te llevo al centro comercial. Necesitas un vestido para tu cita de mañana con Daniel —dijo, agarrándome la mochila sin pedir permiso.

—Marina, en serio, estoy muerta. Otro día.

—Ni de coña. Una hora y te invito a un helado. No seas aburrida.

Cedí, como cedía siempre con ella. Su energía era arrolladora, y aunque jamás lo habría reconocido en voz alta, me gustaba la sensación de no decidir, de dejarme llevar por alguien tan seguro de sí mismo. Cogimos el metro hasta una tienda enorme en pleno centro, una de esas con luces frías y música electrónica machacando los altavoces.

Marina se movía por los percheros como si fueran suyos. Sacaba prendas sin mirar la talla, las colgaba de su brazo, descartaba otras. En menos de diez minutos tenía un montón de tops imposibles, una falda que apenas tapaba nada y un vestido negro corto, ceñido, con un escote en pico que bajaba hasta donde no debía.

—Pruébate esto —me ordenó, plantándomelo en las manos.

—¿Estás loca? Daniel no me deja salir con eso ni a la esquina.

Se acercó tanto que sentí su aliento en la oreja. Olía a colonia masculina, a algo cítrico y limpio.

—Entonces más razón para que te lo pruebes —murmuró—. Métete en el probador y déjate de tonterías.

Suspiré y me metí en una de las cabinas del fondo. Eran enormes, con espejos en tres paredes y una cortina pesada que no terminaba de cerrar del todo bien. Me quité los vaqueros y la sudadera, me quedé en sujetador y braga sencilla de algodón, y me puse el vestido. Era peor de lo que imaginaba. La tela se pegaba a las caderas, el escote dejaba a la vista la mitad del pecho y la espalda quedaba al aire. Me sentí ridícula y, al mismo tiempo, ridículamente atractiva.

—¿Marina? Ven a ver, anda —llamé bajito.

Entró sin avisar. Cerró la cortina de un tirón y, de pronto, el probador se hizo diminuto. Se colocó detrás de mí, plantó las manos en mis hombros y me miró en el espejo, de arriba abajo, con una calma que me incomodó más que cualquier comentario.

—Joder —dijo, en voz muy baja—. Tienes que comprártelo. Sí o sí.

Sus dedos fingieron ajustar las tiras del vestido y se quedaron ahí, demasiado quietos, rozando mi piel con una lentitud que no era casual. Sentí un escalofrío que me bajó por la columna.

—Es demasiado escotado —protesté, intentando dar un paso al lado.

Pero ella se pegó más, su pecho firme contra mi espalda, su barbilla apoyada un segundo en mi hombro.

—Eso es justo lo bueno —murmuró, esta vez con voz más grave.

Sus manos bajaron por mis brazos en una caricia que ya no podía disimularse. Me giré, intentando reírme, intentando ponerle freno.

—Marina, tengo novio. Lo sabes. Para ya.

Ella se rio con esa risa ronca, segura, que tantas veces le había oído soltar en el campo.

—Ya lo sé, tranquila, solo estoy mirando. ¿Nunca has tenido curiosidad? ¿De cómo sería con una tía? Nosotras sabemos mejor dónde tocar.

Antes de que yo respondiera, sus labios rozaron mi cuello. Un beso húmedo, breve, apenas un segundo, que me dejó la piel erizada hasta el ombligo.

—¡Marina! —susurré, empujándole el pecho con las dos manos—. Estás loca, sal de aquí.

Pero Marina era pesada como un muro. No se movió. Sus manos se cerraron en mi cintura con esa fuerza tranquila de quien sabe que no le vas a parar.

—Un beso, mujer. Uno solo. Para que veas que no muerde. Daniel no se va a enterar.

—No, Marina. Esto no está bien.

Mi voz, lo recuerdo todavía, sonaba poco convencida hasta para mí misma. Ella se inclinó despacio, dándome todo el tiempo del mundo para apartarme. No me aparté.

***

Sus labios tocaron los míos, suaves, casi tentativos. Mantuve la boca cerrada por orgullo, no por convencimiento, las manos apoyadas todavía en sus hombros como si fuera a empujarla en cualquier momento. Ella insistió, dibujando mis labios con la lengua, pidiendo paso sin prisa. Una mano me subió a la nuca y aflojó la tensión con un masaje suave. La resistencia me duró diez segundos. Abrí la boca y la lengua de Marina entró en la mía como si llevara meses esperando esa autorización.

El beso se volvió hondo, denso, mojado. Sus dientes me mordieron el labio inferior y un sonido grave se me escapó de la garganta sin que pudiera frenarlo. Cuando se separó, jadeábamos las dos.

—¿Lo ves? No ha sido tan grave —dijo, con esa sonrisa ladeada.

Quise reaccionar. Negué con la cabeza, busqué la cremallera del vestido, le dije que parara. Marina me sujetó por las caderas y me miró a los ojos en el espejo.

—Espera. Déjame ayudarte a quitártelo.

Sus manos subieron el bajo del vestido a un ritmo enloquecedor, rozándome los muslos por dentro, como si estuviera midiendo cuánto aguantaba yo antes de rendirme del todo.

—Marina, suéltame —protesté, pero la voz se me había vuelto un susurro.

—Un poco más. Si me dices que pare, paro. Te lo juro.

Mentía y las dos lo sabíamos. Pero la cortina del probador parecía haber sellado el mundo fuera y, en aquel cubículo de espejos, lo único que existía era su voz en mi oreja y el latido absurdo que me había arrancado del estómago.

—Vale —cedí—. Un poco. Pero si te digo que pares…

—Paro. Te lo prometo.

De un tirón, el vestido salió por encima de mi cabeza. Me quedé en sujetador y braga frente a tres espejos que multiplicaban mi imagen y la suya, arrodillada delante de mí. Marina me sujetó las caderas con sus manos grandes y me besó el vientre, despacio, dibujando círculos con la lengua alrededor del ombligo. No me lo puedo creer, no me lo puedo creer, pensaba yo, y aun así no me moví.

Sus dedos engancharon el elástico de la braga y bajaron la tela centímetro a centímetro, hasta que cayó al suelo en silencio. El aire fresco del probador me golpeó entera. Marina levantó la mirada un instante, esa sonrisa pícara, y volvió a inclinarse hacia mí.

—Estás empapada —murmuró—. Tranquila, anda. Voy a cuidarte.

***

Su lengua me tocó por primera vez con un lametón largo, lento, que me arqueó la espalda contra el espejo helado. Me tapé la boca con las dos manos para no gritar. Marina no tuvo piedad. Separó mis pliegues con los dedos, los exploró sin prisa, subió a rodear el clítoris en círculos pequeños, succionó con una fuerza que me hizo doblar las rodillas. Metió un dedo, luego dos, curvándolos hacia arriba mientras la boca seguía trabajando sin descanso.

Mis piernas temblaban tanto que tuve que apoyarme en sus hombros para no caerme. Mis manos, que al principio habían fingido apartarla, acabaron hundidas en su pelo corto, empujándola más contra mí, contradiciendo todo lo que mi boca había dicho cinco minutos antes.

—Marina… joder… no pares…

Ella gruñó contra mi sexo y la vibración me atravesó entera. Sus dedos se movían rápido ahora, con un ruido húmedo que en el silencio del probador sonaba escandaloso. Estaba a punto de correrme cuando me agarró por la cadera y me giró suavemente, hasta que quedé de espaldas, la frente apoyada en el espejo, las manos abiertas contra el cristal.

—Déjame probar todo de ti —dijo, con voz ronca.

Hundió la cara entre mis nalgas. Sentí su lengua caliente recorrer un sitio que jamás nadie había tocado, un círculo lento, húmedo, paciente. Me tensé de golpe.

—Marina, eso no… espera —protesté, intentando cerrar las piernas.

—Tranquila —murmuró—. Confía en mí, vas a flipar.

Su lengua insistió, presionó un poco más, mientras dos dedos volvían a entrar en mí por delante y se movían rápido. La sensación era nueva, prohibida, ajena a cualquier cosa que hubiera vivido con Daniel en dos años. Al principio me resistí, mordiéndome la mano. Después dejé de resistirme. El placer subió como una marea desde dos sitios a la vez hasta que me arrasó. Me corrí gritando contra mi puño, las piernas convertidas en gelatina, el espejo empañado por mi aliento. Marina siguió lamiendo suave hasta que terminé de temblar y casi me echo a llorar de pura sensibilidad.

***

Cuando me recuperé, ella ya estaba de pie, limpiándose la boca con el dorso de la mano, con esa actitud chulesca que me volvía loca y que entonces, por primera vez, reconocí como tal.

—¿Te ha gustado, eh? —preguntó.

Solo pude asentir. Me besó otra vez, fuerte, y esta vez yo le devolví el beso con un hambre que no me reconocía. Probé mi propio sabor en su lengua y, en lugar de darme asco, me dio ganas de más.

Mis manos, temblorosas todavía, le subieron la camiseta. Su cuerpo era impresionante: los abdominales marcados, la piel morena, los pechos pequeños y firmes bajo un sujetador deportivo negro. Le quité el sujetador con torpeza y le besé los pezones, los mordí con cuidado, como había sentido que le gustaba a ella minutos antes. Marina gimió grave y me clavó los dedos en la nuca.

Se sentó en el pequeño banco del probador, se quitó los pantalones cargo y la ropa interior de un par de tirones y abrió las piernas. Me miró en silencio. Yo estaba ya de rodillas antes de que terminara la frase.

Al principio fui tímida. Lamí despacio, probando un sabor salado y dulce a la vez, intentando recordar todo lo que ella había hecho conmigo. Marina me guio en voz baja, con paciencia, una mano en mi nuca empujándome al ritmo que necesitaba.

—Más fuerte ahí, sí… mete la lengua dentro.

Obedecí. Chupé su clítoris hinchado, metí dos dedos como ella había hecho, los curvé hacia arriba buscando ese punto que me había vuelto loca. Cuando vi cómo se arqueaba, me animé y bajé un poco más. Imité lo que ella me había hecho a mí, con la punta de la lengua. Marina jadeó fuerte, sorprendida.

—Joder… sigue.

Sus caderas empujaron contra mi cara. Sus gemidos se volvieron animales, las dos manos hundidas en mi pelo. Cuando se corrió, sus muslos me apretaron la cabeza con tanta fuerza que pensé que iba a quedarme sin aire. No me importó.

Después no fuimos capaces de parar. Marina me levantó del suelo, nos quedamos de pie las dos, sudadas, despeinadas, y se pegó a mí buscándome la entrepierna con la suya. Sus manos se cerraron en mi culo y me apretaron contra ella. Nos movimos así, frotándonos en un ritmo desordenado, besándonos con desesperación, mordiéndonos los labios, gimiendo en la boca de la otra. El probador entero olía a sexo, a colonia rota, a sudor.

El último orgasmo nos llegó casi a la vez. Tuvimos que mordernos el hombro mutuamente para no gritar. Nos quedamos abrazadas un minuto largo, los corazones desbocados, riéndonos por lo bajo como dos críticas que acabaran de hacer algo verdaderamente prohibido.

***

Después nos vestimos a toda prisa. Yo no podía mirarme en el espejo sin enrojecer. Marina me arregló el pelo con las manos, me dio un beso rápido en la frente y abrió la cortina como si nada. Salimos juntas, pagué el vestido —compré aquel maldito vestido que jamás me puse delante de Daniel— y nos sentamos en una mesita de la heladería del centro comercial sin apenas hablar. Solo nos mirábamos, con esa media sonrisa de quien sabe algo que nadie más sabe.

Seguí con Daniel un tiempo más. Hasta intenté convencerme de que aquella tarde había sido una locura puntual, una curiosidad satisfecha de una vez por todas. Pero Marina se había convertido ya en mi adicción. Cada vez que la veía aparecer por el campo de fútbol con la camiseta sudada y la gorra ladeada, sentía la garganta seca y las piernas flojas, como si volviera al probador y ella estuviera otra vez detrás de mí mirándome en el espejo.

Nunca se lo conté a nadie. Daniel se enteró meses después, a su manera, cuando lo dejé sin demasiadas explicaciones. Lo de Marina y yo duró todo aquel curso y parte del siguiente, hasta que ella se fue de Erasmus y la vida nos separó sin demasiado ruido.

Aquella tarde en el probador, sin embargo, no se me olvidó nunca. Fue mi primera vez de verdad, la única que recuerdo con cada detalle. Y, desde luego, no fue la última.

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Comentarios (5)

MiriamPlaya

increible!! me lo lei de un tiron sin darme cuenta

CarmenD

Necesito la segunda parte ya, por favor. La tension que genera es tremenda, me quede con ganas de mucho mas.

SandraRdz

Me recordo a algo que me paso con una compañera hace años... esa incomodidad que de repente deja de serlo. Muy bien escrito, se siente autentico.

VeronicaR77

se hizo corto!! quede con ganas de mas :)

NadiaB_lect

Lo que mas me gustó es como describis esa mezcla de nervios y curiosidad al mismo tiempo. No es fácil transmitir eso sin que suene forzado. Esperando con ansias la continuacion.

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