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Relatos Ardientes

Lo que vi en las duchas del gimnasio esa mañana

Pocas personas saben lo que ofrece un gimnasio si una sabe mirar. No hablo del ejercicio, aunque eso también esté bien. Hablo de todo lo demás, de lo que pasa cuando una mujer se desnuda delante de otras como si nada y deja que el vapor lo confunda todo.

Voy a un complejo grande del centro, uno de esos sitios que parecen una pequeña ciudad. Al entrar te recibe un mostrador y, detrás, tres pasillos. El del medio conduce a las salas de máquinas y a la zona de pesas. El de la derecha lleva al vestuario masculino, que jamás he visto y que jamás veré. El de la izquierda, el que a mí me interesa, lleva al vestuario femenino.

El vestuario es una sala cuadrada y enorme, con paredes de azulejo crema y casi cien taquillas pintadas de un color granate apagado. En el centro hay bancos largos para sentarse, y en una esquina una camilla que nadie usa. De allí salen dos puertas: una da a la piscina, que es mixta, y la otra a las duchas. La sala de las duchas es lo que más me gusta de todo el lugar.

Cuarenta duchas, diez por pared, sin mamparas ni cortinas. Si te metes ahí, estás obligada a que el resto te vea. En el centro, una sauna acristalada por los cuatro lados, con bancos de madera oscura por dentro. Es un acuario al revés, pensé la primera vez. Quien está dentro no mira hacia afuera, sino hacia adentro. Y quien está fuera, si tiene los ojos donde toca, lo ve todo: los coños abiertos cuando alguien se sienta con las piernas separadas, los pezones erizados por el contraste del vapor con el aire, los culos apoyados contra la madera dejando marca de sudor.

El día del que quiero hablar fui a primera hora. Suelo ir por la mañana porque hay menos gente, lo que es una manera elegante de decir que las pocas que hay están en su mejor versión: tranquilas, ensimismadas, sin prisa. Estuve una hora con las pesas, sudé lo suficiente para tener excusa, y me metí al vestuario. Me desnudé delante de mi taquilla y, en lugar de ponerme el bañador para la piscina, me envolví en una toalla pequeña y pasé a las duchas.

Cuando entré, había seis cuerpos repartidos por la sala. Conté antes de calcular cualquier otra cosa. Es una manía mía.

Cuatro eran señoras de unos sesenta años, juntas en un rincón, comentando vidas ajenas con esa naturalidad que sólo se tiene cuando una ha cumplido lo suficiente para no avergonzarse de nada. No las miré demasiado. Lo digo sin maldad: no me llaman la atención los cuerpos así, no me despiertan nada. A ellas les daba igual la mirada de cualquiera, lo cual, en el fondo, es lo que más envidio.

La quinta era una morena de unos treinta años, alta, con el pelo largo y mojado que se le pegaba al pecho y le tapaba los pezones como dos cortinas estratégicas. Cuando se giró hacia mí, sonrió. Le devolví la sonrisa con la educación justa, pero seguí mirándole la espalda mientras se enjabonaba. Tenía un tatuaje pequeño en el hueso de la cadera que no pude descifrar, y cuando se agachó a coger el gel el culo se le abrió lo justo para verle el coño desde atrás, con los labios hinchados y una raja rosada que brillaba bajo el agua.

La sexta era la única de mi edad. Rubia, alta, con el pelo recogido en un moño flojo del que escapaban mechones por todas partes. La miré una vez. Y otra. Y entonces decidí, sin pensarlo demasiado, ocupar la ducha de al lado.

—Hola —dije, abriendo el grifo.

—Hola —respondió, sin sorprenderse ni esconderse.

Se llamaba Aitana. Tenía ojos color miel, no de un marrón cualquiera sino de ese ámbar que cambia con la luz. Su boca era pequeña y carnosa, con el labio inferior un poco más grueso que el superior. Lo mordía cuando me escuchaba. Sus tetas eran más grandes de lo que esperaba para un cuerpo tan delgado, redondas, con pezones pequeños y rosados que se le pusieron duros en cuanto el agua dejó de caerle por encima. El vello del coño lo llevaba afeitado por completo, y cuando se inclinó a buscar el champú vi entre sus muslos una línea perfecta, simétrica, con los labios menores asomando apenas, rosados y brillantes de agua, invitando a que una lengua los recorriera de arriba a abajo.

Si me besaras ahora, no diría nada. Si me abrieras las piernas y me metieras la lengua ahí mismo, tampoco.

Pensé eso y enseguida me asusté de haberlo pensado. Tengo veintidós años y nunca he estado con nadie, ni hombre ni mujer. No por convicción, sino por una mezcla de timidez y mala suerte que me ha terminado convirtiendo en una espectadora profesional de la vida de los demás.

Hablamos durante mucho tiempo. Aitana estudiaba Bellas Artes en la universidad pública, vivía con dos amigas en un piso compartido cerca de la facultad, y al parecer no se cortaba un pelo a la hora de contar lo que hacía cuando salía. Me habló de un chico con el que follaba dos veces por semana sin compromiso —«tiene la polla curva, hacia arriba, y me toca justo donde hay que tocar», dijo, riéndose, mientras el agua le chorreaba entre las tetas—, de una compañera de clase con la que había tenido algo durante un cuatrimestre entero —«nos comíamos el coño la una a la otra hasta que se nos dormía la lengua»—, de una fiesta en la que terminó en un baño con dos personas a las que apenas conocía, una chupándole las tetas y el otro follándola por detrás contra el lavabo. Lo contaba todo como quien describe lo que ha desayunado: sin alardear, sin filtros, sin bajar la voz aunque las señoras del rincón podían oírla perfectamente.

—¿Y tú? —me preguntó.

—Yo no tengo mucho que contar.

—¿Nada?

—Nada de nada. Ni una polla, ni un coño, ni una lengua. Nada.

Se rio, no con burla sino con esa ternura que sólo se permite quien ya ha vivido bastante para saber que la inexperiencia también es una cosa interesante. Se pasó las manos por el pelo, se aclaró el último jabón, y al hacerlo arqueó la espalda de forma que las tetas se le levantaron hacia mí, con los pezones apuntándome directamente. Cerró el grifo y me miró un instante más de lo necesario. Bajó los ojos por mi cuerpo, se detuvo en mis tetas, siguió hasta mi coño y volvió a subir despacio, como si me estuviera midiendo. Yo apenas podía respirar.

—Si alguna vez quieres empezar por algo —dijo—, ya sabes dónde encontrarme. Vengo casi todas las mañanas. Y te aseguro que la primera vez que alguien te chupe el coño no se te olvida.

Se envolvió en la toalla, sonrió otra vez y se marchó al vestuario.

Yo me quedé bajo el chorro un rato más. La piel se me había puesto roja, y no del agua. Tenía un calentón que me dolía físicamente, como una contractura en mitad del vientre, y notaba el coño hinchado, empapado de algo que ya no era agua. Sin pensarlo demasiado, salí de la ducha, crucé los dos pasos que me separaban de la sauna y entré.

***

El cristal estaba ya empañado por dentro. Cerré la puerta a mi espalda y sentí que el aire caliente me envolvía como una manta. Me senté en el banco superior, apoyé la espalda contra la madera, separé las piernas todo lo que me dio el cuerpo y dejé que el vapor hiciera el resto. La madera me quemaba un poco el culo, pero me gustaba ese calor por debajo. Sentía cómo el sudor y otra cosa más espesa se me juntaban en el pliegue de los muslos y bajaban despacio.

Pensé primero en la morena del tatuaje, en cómo le caía el pelo sobre los pezones y en la forma en que se había agachado para enjabonarse los muslos, dejando ver ese coño hinchado y rosado desde atrás. Me imaginé metiéndole la cara ahí, chupándoselo por detrás mientras ella se aguantaba contra los azulejos, gimiendo bajito para no llamar la atención de las señoras. Pensé en Aitana, en su boca pequeña y carnosa, en la línea limpia de su coño afeitado, en la posibilidad de pasarle la lengua por encima sin pedir permiso, sólo porque sí, porque ella lo había sugerido sin sugerirlo del todo. Me la imaginé arrodillada entre mis piernas, mirándome desde abajo con esos ojos ámbar, separándome los labios del coño con los dedos antes de escupirme encima y bajar la lengua a lamer.

Me llevé la mano derecha al coño. Estaba empapado, y no era el vapor. Me pasé los dedos por encima primero, de arriba abajo, notando lo hinchado que estaba todo, lo abierta que ya estaba yo sin haber hecho nada. Empecé con dos dedos, despacio, dibujando círculos sobre el clítoris hasta que la respiración se me cortó. Con la otra mano me apreté una teta, me pellizqué el pezón, me lo retorcí hasta que el pinchazo me llegó directo al vientre. Cerré los ojos. A través del cristal empañado se intuían figuras moviéndose en la sala de las duchas, sombras desnudas que iban de un grifo a otro, y yo me las imaginaba a todas mirándome, viéndome hacer lo que estaba haciendo, viendo cómo una desconocida se abría de piernas en una sauna a las nueve de la mañana y se metía los dedos hasta el fondo.

Bajé la mano, junté el corazón con el índice y me los metí de golpe. Los sentí entrar hasta los nudillos, apretados, resbaladizos. Empecé a bombearlos despacio, sacándolos casi enteros y volviéndolos a hundir, con el pulgar apoyado en el clítoris. La madera del banco crujía cada vez que movía las caderas. Se me escapó un gemido bajito, apenas un aire, pero suficiente para asustarme yo misma.

Eso fue lo que me llevó al borde la primera vez. La idea de ser vista. No la realidad, todavía no, sólo la posibilidad de que alguien, cualquiera, apoyara la cara en el cristal y me viera con los dedos metidos hasta dentro, follándome sola como una perra en la sauna del gimnasio.

Y entonces se abrió la puerta de la sauna.

***

Entraron cinco chicas a la vez. Cinco. Calculé sin abrir los ojos, por el sonido de las toallas al caer sobre los bancos. Tendrían más o menos mi edad, hablaban en susurros excitados sobre un cumpleaños del fin de semana anterior, alguien que se había liado con quien no debía, otro que había acabado en urgencias por mezclar pastillas con whisky. Aparté los dedos de dentro del coño con la urgencia de quien retira la mano de una llama, y bajé el brazo despacio, rezando por que nadie oliera lo que se me había pegado a la piel.

Me sonrieron al verme, sin saber lo que acababan de interrumpir. Yo les devolví una sonrisa tensa, crucé las piernas para esconder lo que era imposible de esconder —el coño rojo, hinchado, chorreando por dentro de los muslos— y me dediqué a mirar las gotas que rodaban por el cristal.

El problema fue que el calentón no desapareció. Al contrario. Estar rodeada de cinco cuerpos desnudos y jóvenes, con tetas de todos los tamaños repartidas por los bancos, coños afeitados y coños con vello a medio metro de mi cara, oler ese champú de coco que usan todas las chicas de veinte años mezclado con el sudor de sus axilas, escuchar de fondo el ruido del agua en las duchas y, sobre todo, saber que a tres metros de mí seguía habiendo cuatro señoras, un techo y nada más, me dejó al borde de algo que era difícil de sostener. Una de las chicas, morena de pelo corto, estaba sentada justo enfrente de mí, con las piernas ligeramente abiertas, y desde donde yo estaba se le veía el coño perfectamente, con los labios menores oscuros asomando entre los mayores como una flor a medio abrir. Cada vez que se reía las tetas le rebotaban.

Estuve allí dentro diez minutos más. Lo cronometré por el reloj de la pared, que se intuía borroso a través del vapor. Las chicas seguían hablando, ahora de un viaje que querían hacer en verano a una isla pequeña del sur. Yo, sentada en el banco superior, con las palmas apoyadas en la madera y el clítoris latiéndome como un segundo corazón, con el coño tan hinchado que sentía la sangre bombeándome ahí abajo, supe que no iba a aguantar.

Me levanté, abrí la puerta de la sauna y salí.

***

Las señoras seguían en su rincón. Habían pasado de hablar de sus hijos a comentar la subida de la luz, lo cual me pareció una transición razonable. Ninguna me miró cuando crucé la sala desnuda, con la toalla colgando del brazo en lugar de envolviéndome, con las tetas al aire y un hilo brillante bajándome por dentro del muslo derecho. Pero las cuatro estaban frente al cristal de la sauna, y yo me quedé exactamente entre ellas y las chicas de dentro.

Apoyé la espalda en la pared de azulejo frío. El contraste con el vapor que llevaba pegado a la piel me hizo soltar un suspiro. Me abrí de piernas apoyando un pie contra la pared, doblando la rodilla, dejando el coño completamente expuesto hacia la sauna, hacia las señoras, hacia quien quisiera mirar. Y entonces, sin pensarlo más, me metí los dedos.

Fueron tres esta vez. Entraron sin resistencia, hasta el fondo, con un ruido húmedo tan claro que estuve segura de que las señoras lo habían escuchado. Los saqué y los volví a meter, curvándolos hacia arriba, buscando ese punto de dentro que había leído mil veces en internet y que nunca había encontrado sola. Con la otra mano me froté el clítoris en círculos rápidos, apretados. La cabeza se me fue hacia atrás, golpeó el azulejo, y me dio igual. Se me escapó un gemido, esta vez ronco, largo, imposible de disimular.

Los moví una vez, dos, tres, cuatro, cinco, y todo se me vino encima en una contracción que me sacudió desde los talones hasta la nuca. Sentí cómo el coño se cerraba alrededor de mis dedos, apretándolos, expulsándolos casi, y cómo se me escapaba un líquido caliente por dentro de los muslos, manchando el azulejo del suelo. No fue un chorro como los había imaginado leyendo cosas en internet, pero tampoco fue sólo la humedad del placer. Fue algo en medio, tibio, espeso, que me chorreó por la pierna hasta el tobillo y dejó un charco pequeño a mis pies. Suficiente. Suficiente para que cualquiera que mirase supiera exactamente lo que acababa de pasar.

Me quedé un momento así, con los dedos todavía metidos, respirando con la boca abierta, sintiendo cómo el coño me palpitaba alrededor de ellos con las últimas sacudidas. Los saqué despacio, brillantes, y sin darme cuenta me los llevé a la boca. Me chupé mi propio sabor delante de las señoras.

Cuando abrí los ojos, las cuatro me estaban mirando.

Una de ellas, la más bajita, la del pelo blanco recogido en un moño tirante, levantó una ceja y sonrió. No fue una sonrisa de escándalo, ni de reproche, ni siquiera de complicidad. Fue la sonrisa de alguien que entiende exactamente lo que acaba de ver y que, treinta años atrás, probablemente hizo lo mismo en otra sauna con otro azulejo.

—Hija —dijo otra, la del pareo verde—, mira que sois jóvenes. Y qué buena mano te has dado, criatura.

Las otras dos se rieron por lo bajo. No con maldad. Con una especie de nostalgia que casi me dio ternura.

Recogí la toalla del suelo, me envolví como pude —aunque la tela se me pegó enseguida al coño empapado— y caminé hacia la puerta del vestuario con las piernas todavía temblando, notando cómo seguía escurriéndome algo por dentro. Antes de cruzar el marco, me giré una última vez. Dentro de la sauna, las cinco chicas seguían hablando del viaje a la isla. No habían visto nada.

Y eso, descubrí al rato, mientras me secaba el pelo delante del espejo con la luz cruda del vestuario, era exactamente lo que más me molestaba.

***

Aitana me esperaba en la zona de las taquillas, vestida ya, con el pelo todavía mojado y una sudadera azul marino que le quedaba grande. Cuando me vio salir de las duchas levantó la vista del móvil y me hizo un gesto con la barbilla.

—Te he esperado —dijo, como si fuera lo más normal del mundo.

Le sostuve la mirada un segundo más de lo que mi timidez habitual me hubiera permitido. Algo había cambiado dentro de mí en los últimos veinte minutos. Algo pequeño, pero suficiente.

—Has tardado más de la cuenta —añadió, sin acusación.

—He tenido que terminar una cosa.

Sonrió, y esta vez la sonrisa fue distinta. Bajó los ojos a mi entrepierna, donde la toalla se había abierto un poco al sentarme, y volvió a subir. Sabía. No sé cómo, pero sabía.

—¿Sola? —preguntó, bajito.

—Sola.

—La próxima no hace falta.

Se me cerró la garganta. Apuntó su número en una servilleta que sacó del fondo del bolso, me la dio y se levantó para marcharse. Al pasar por delante de mí se inclinó, me apartó el pelo mojado del cuello y me susurró al oído, con los labios rozándome la piel:

—La próxima te la como yo. Despacio. Hasta que no puedas ni cerrar las piernas.

Me pasó la lengua por el lóbulo, muy corta, casi un accidente, y se apartó como si nada.

—Mañana a la misma hora —dijo desde la puerta.

Asentí sin decir nada, con el coño otra vez latiendo por debajo de la toalla. Cuando se fue, miré la servilleta. Tenía el número escrito en boli azul y, debajo, una palabra: «cuando quieras».

Guardé la servilleta en el fondo de la mochila, cerré la taquilla y me senté un momento en el banco. Las señoras del moño y del pareo verde pasaron por detrás de mí camino de la salida. Una me tocó el hombro al pasar, sólo un instante, sólo para decirme:

—No te avergüences, hija. Eso también es bonito. Y con compañía, más.

Y se fueron.

Yo me quedé sentada en el banco un rato más. Las luces del vestuario zumbaban un poco, y en la sauna se oía aún la risa amortiguada de las cinco chicas. Pensé en Aitana, en su lengua rozándome el oído, en la servilleta, en mañana. Pensé en lo que vendría si la llamaba y en lo que vendría si no lo hacía. Pensé en su boca pequeña abriéndose sobre mi coño, en sus dedos entrando donde sólo habían entrado los míos, en la primera lengua ajena que probaría por dentro. Pensé que llevaba veintidós años siendo espectadora y que quizá había llegado el momento de cruzar al otro lado del cristal.

Pero antes, eso sí, vendría mañana. Y mañana, sabiendo lo que ahora sabía, no iba a quedarme dentro de la sauna. Mañana iba a dejar que Aitana me arrodillara donde le diera la gana.

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Comentarios(9)

Matias_cba

Tremendo relato, que morbo!!! Segui subiendo mas asi

NachoBaires

Por favor decime que hay una segunda parte, no puede quedar asi con tanta tension acumulada

LoboGris88

Me hizo recordar algo parecido que me paso en el vestuario de la pileta municipal jajaja, esos momentos quedan grabados para siempre

LectorCR

Uno de los mejores que lei aca en mucho tiempo. Bien narrado y sin ser burdo. Excelente!

FelipeR_lector

Cuanto de esto es real? tiene demasiados detalles para ser pura invencion jajaj

Mauri_Cba

La tension que se arma es increible, te atrapa desde el primer parrafo y no te suelta

PlayaVieja2021

Me gusto mucho como esta contado, te mete en la escena sin ser explicito. Eso lo hace mas morboso todavia. Esperando el proximo relato!

RocioBA

y yo que creia que el gimnasio era el lugar mas aburrido del mundo jajaja

koque56

La descripcion del ambiente esta muy lograda, se ve que conoces el lugar bien. Sigue asi

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