La alumna que me enseñó a desear a una mujer
Me llamo Elena Mora. Cuarenta y un años, casada desde los veintisiete, profesora de Literatura en el Instituto Cervantes desde hace catorce. Si alguien me hubiera descrito en enero lo que iba a vivir antes del verano, habría pensado que estaba equivocado de persona.
Soy morena, pelo largo que llevo recogido casi siempre en un moño apretado, y gafas de pasta negra para leer y para la pizarra. Tengo caderas anchas, pechos grandes, la figura de quien ha dejado de pelear con su propio cuerpo hace tiempo. Me visto bien dentro de lo que permite el sueldo de funcionaria: faldas de tubo hasta la rodilla, blusas de seda, algún blazer oscuro. Me gusta que me miren. Lo reconozco sin demasiada culpa.
En el aula soy estricta. No hay aprobados regalados en mis clases, y lo que pide el programa lo pide el programa. Mis alumnos lo saben desde el primer día de curso. También lo saben sus padres, los que han venido a quejarse y se han ido con las mismas notas que llevaban al entrar. No cedo. O no cedía. Esa distinción importa.
El calor de junio ese año llegó pronto y con ganas. El último viernes de curso, con las actas casi cerradas, me quedé en el despacho hasta tarde organizando los documentos para la junta de evaluación del lunes siguiente. La mayoría de los alumnos ya habían recogido sus cosas. Los pasillos estaban casi en silencio. Yo tenía el ventilador apuntando a la silla y una pila de exámenes sobre la mesa que no terminaba nunca.
Nadia llegó sin avisar.
***
Nadia Cortés tenía veinte años y llevaba dos en mi asignatura. Había repetido primero de bachillerato el año anterior, por razones que yo nunca llegué a conocer del todo. No era una alumna problemática en el sentido habitual: no interrumpía, llegaba puntual, no daba guerra. Pero era intermitente. Semanas en que tomaba apuntes con cuidado y hacía las lecturas, seguidas de semanas enteras en las que parecía estar en otro sitio completamente, mirando por la ventana con esa expresión tranquila y algo ajena que tenía.
Era alta y delgada, con el pelo oscuro cortado muy corto, casi rapado en los laterales y un poco más largo arriba. Los rasgos eran afilados, la mandíbula marcada, los ojos oscuros y directos. Se movía despacio, con una seguridad en sí misma que no era fanfarronería sino algo más difícil de describir, algo que a ratos me resultaba desconcertante para alguien de su edad. Ese día llevaba vaqueros oscuros y una camiseta blanca de manga corta. No traía mochila. Solo las llaves en la mano.
Llamó con los nudillos dos veces y asomó la cabeza.
—¿Puedo pasar, señorita Mora?
—Adelante.
Se sentó en la silla frente a mi mesa y me miró sin rodeos. No había rastro de los nervios que solía ver en los alumnos que venían a discutir notas.
—He visto el cuatro. Creo que hay algún error.
Aparté los documentos que estaba revisando y saqué su examen del montón.
—No hay ningún error, Nadia. El análisis del poema está incompleto. Te pedí estructura métrica, recursos literarios y contextualización histórica. Desarrollaste los recursos con bastante solvencia, eso es cierto, pero el resto lo dejaste en dos líneas. Y la pregunta de redacción tiene problemas serios de cohesión. —Giré el folio hacia ella—. Puedes comprobarlo tú misma.
Ella miró el papel durante unos segundos. No apartaba la vista del examen, pero yo tenía la impresión de que no estaba leyendo.
—Me bloqueé —dijo al fin—. En el examen me bloqueé. Lo sé hacer, pero ese día me bloqueé.
—Puede ser. Pero el examen evalúa lo que aparece en el papel, no lo que hay detrás.
—Si suspendo, mis padres me sacan del instituto. Me pongo a trabajar y no acabo el bachillerato.
—Si quieres, puedo hablar con ellos. Explicarles que el problema es puntual, que el resto del curso ha mejorado.
—No cambiaría nada. —Una pausa corta—. ¿No hay nada que puedas hacer tú directamente?
La pregunta flotó en el aire. Era directa, sin adornos, y los dos sabíamos lo que implicaba. Yo puse el examen de nuevo sobre la mesa y la miré.
—Mis calificaciones reflejan el trabajo del alumno. Nada más. Lo siento, Nadia.
Ella asintió muy despacio, como si estuviera procesando algo que ya esperaba. Se levantó de la silla.
Pensé que se marchaba. Me equivoqué.
***
En lugar de dirigirse a la puerta, dio la vuelta a la mesa con calma. Yo giré la silla para seguirla con la mirada, sin entender lo que estaba pasando.
—¿Qué estás haciendo?
—Tienes los hombros completamente agarrotados —dijo, con una tranquilidad que me desconcertó—. Se nota desde que entré.
Antes de que pudiera responder, puso las manos sobre mis hombros y empezó a presionar con los pulgares a ambos lados del cuello. Encontró el nudo que tenía debajo de la nuca con una precisión que no esperaba. El alivio fue inmediato, físico, completamente traicionero.
—Nadia, esto no es apropiado.
—Solo un momento —dijo, sin levantar las manos.
Sus dedos trabajaban despacio, con una presión calculada que seguía los músculos desde el cuello hasta los trapecios. Yo miraba la pantalla apagada del ordenador y trataba de mantener la postura, pero algo en mí empezaba a ceder sin que lo hubiera decidido.
—Llevas demasiada tensión encima —murmuró—. ¿Cuándo fue la última vez que alguien te tocó sin pedirte nada a cambio?
No respondí. Era una pregunta extraña y la respuesta honesta no era buena. Hacía meses que mi marido y yo no follábamos. Puede que un año. No lo había contado y no quería contarlo. Sentí calor en la nuca cuando me di cuenta de que había pensado la palabra follar dentro de mi propio despacho, con una alumna detrás de mí presionándome los hombros.
—Quítate la blusa —dijo en voz baja—. Así puedo llegar mejor a los omóplatos.
La frase tendría que haber terminado con un no rotundo y con ella fuera de mi despacho. Pero me quedé quieta unos segundos demasiado largos, y en esos segundos algo se decidió por mí, o decidí yo sin reconocerlo del todo. Me desabroché la blusa botón a botón y la dejé sobre la mesa. Me quedé en el sujetador y volví a mirar hacia adelante.
Las manos de Nadia volvieron a mis hombros, ahora sobre la piel directamente. Más cálidas de lo que esperaba. Sus pulgares siguieron el borde de los omóplatos y bajaron por los laterales de la espalda con una lentitud deliberada. Yo empezaba a aflojar a pesar de mí misma, a pesar de todo.
Cuando sus dedos llegaron al elástico trasero del sujetador y lo desabrocharon con un gesto limpio y decidido, no dije nada. Podría haberlo dicho. No lo dije.
***
Se colocó frente a mí. La miré.
Tenía los ojos oscuros y una expresión tranquila, sin urgencia. No sonreía. Mis pechos quedaron al descubierto y yo no hice nada por cubrirme, lo cual me dijo algo sobre mí misma que prefería no procesar en ese momento. Los pezones se me habían puesto duros solos, sin permiso, y ella los miró como quien reconoce un trabajo ya empezado.
Se quitó la camiseta con un movimiento rápido, casual, como quien lleva toda la vida haciéndolo. El torso liso, los pechos pequeños con los pezones oscuros y erectos, un tatuaje fino en la clavícula derecha que no le había visto nunca. Sin prisa. Sin teatralidad. Se desabrochó también el botón del vaquero, dejando la cremallera medio bajada, y ese gesto pequeño me contrajo algo por dentro.
Se inclinó hacia mí.
—Para —dije. Lo dije en voz baja y sin convicción.
Su boca rozó la mía apenas, sin presionar. Esperó. Y entonces fui yo la que cerré la distancia.
El beso fue largo y callado y luego dejó de ser callado. Su lengua entró en mi boca despacio y yo la recibí, la busqué, la mordí un poco. Sus manos me sostuvieron la cara un momento, luego bajaron al cuello y luego a las tetas. Me las agarró enteras, con las palmas abiertas, sopesándolas, y soltó un ruido bajo, apreciativo, con la boca todavía pegada a la mía.
—Joder, qué tetas tienes —murmuró—. Llevo dos años imaginándomelas.
Me pellizcó los pezones con los dedos, primero suave y luego más fuerte, girándolos entre el pulgar y el índice hasta que se me escapó un gemido corto. Los tenía anchos y oscuros, y ella los miraba como si fueran comida. Bajó la boca, cerró los labios en torno a uno y chupó fuerte, con lengua, marcando un ritmo que yo sentí directamente entre las piernas. Cambió al otro sin soltar el primero, aplastándolo entre los dedos mientras lo mamaba.
—¿Quieres que pare? —preguntó, con la boca todavía cerca.
—No —dije.
Me chupó las tetas durante largo rato, alternando entre los dos pezones, mordiéndolos suavemente y luego lamiéndolos para calmar la mordida. Yo tenía las bragas empapadas ya, lo notaba pegajoso contra el asiento, y ella lo sabía perfectamente. Sus manos seguían moviéndose, explorando la curva de mis costados, la cintura, la parte baja de la espalda. Metió una mano bajo la falda, subió por el interior del muslo y cuando llegó al borde de las bragas, se rió por lo bajo.
—Estás chorreando, Elena.
Fue la primera vez que me llamó por mi nombre. Y me lo dijo con dos dedos apretando por encima de la tela mojada, buscando la forma del clítoris a través del algodón. Cerré los ojos y separé un poco más las piernas sin poder evitarlo. Yo había dejado de pensar en el examen, en las actas, en la junta del lunes. Solo existía el calor de su boca en mis pezones, sus dedos rozándome el coño por encima de las bragas, y el ruido sordo del ventilador en la esquina.
—Eres preciosa, ¿lo sabes? —dijo en voz baja, casi para sí—. Y estás deseando que te folle. Se te nota todo.
No respondí. Pero la atraje hacia mí y la besé de nuevo, mordiéndole el labio inferior, y le llevé la mano por dentro del elástico de las bragas hasta que sus dedos me tocaron directamente, piel contra piel. Ella soltó un suspiro cuando encontró lo mojada que estaba.
***
Me quitó la falda y las medias arrodillándose para bajarlas despacio, sin prisa. Las bragas siguieron el mismo camino, pegajosas, y ella las levantó un momento a la altura de su cara antes de dejarlas caer al suelo, mirándome mientras lo hacía. Me sonrojé hasta la nuca. El cuero frío de la silla contra la parte posterior de mis muslos era lo único que me anclaba al despacho, al instituto, a la realidad concreta de lo que estaba ocurriendo. La miré desde arriba mientras ella me miraba desde abajo, y en ese instante entendí que no tenía ningún control sobre nada de lo que estaba pasando, y que eso no me asustaba tanto como debería.
Abrió mis rodillas con las manos y empezó a besar el interior de mi muslo derecho. Lento. Muy lento. Luego el izquierdo, trazando líneas con la lengua que iban subiendo por centímetros, sin llegar nunca del todo, haciendo que yo llevara las caderas ligeramente hacia adelante sin darme cuenta. Cuando estaba a un dedo del coño, se retiró y volvió a empezar desde la rodilla. Lo hizo tres veces. A la tercera se me escapó un gemido de frustración y ella se rió.
—Pídelo.
—Nadia, por favor.
—Pídelo bien.
Cerré los ojos. Me daba vergüenza y a la vez me ponía muchísimo.
—Chúpame el coño. Por favor.
Yo sujetaba el borde de la silla con las dos manos.
Cuando su lengua llegó adonde tenía que llegar, cerré los ojos y dejé escapar un jadeo largo que sonó demasiado alto en el despacho vacío. Nadia me abrió los labios con dos dedos y pasó la lengua entera, plana, desde abajo hasta el clítoris, muy despacio. Repitió el gesto tres, cuatro veces, hasta que yo estaba levantando la pelvis buscándole la boca sin ningún tipo de disimulo.
Nadia no tenía prisa y sabía exactamente lo que hacía. Alternaba presión directa sobre el clítoris con movimientos laterales, se retiraba cuando yo empezaba a perder el control y volvía cuando el pulso se me calmaba un poco. Metió la lengua dentro, dura y ágil, y luego la sacó para chuparme el clítoris con los labios cerrados en torno a él, tirando suavemente. Yo tenía una mano agarrada al respaldo y la otra le había ido a parar sola a la nuca, aplastándole la cara contra mí sin ningún tipo de decoro.
—Así —le dije en voz baja, sin reconocerme—. Ahí, no pares.
Ella se rió con la boca pegada a mi coño y la vibración me atravesó entera. Metió un dedo. Luego dos. Curvados hacia arriba, buscando el punto exacto por dentro y encontrándolo a la primera. Los movió despacio, sacándolos casi del todo y volviendo a meterlos hasta el fondo, mientras seguía chupándome el clítoris arriba. Empecé a temblar en los muslos.
No era la primera vez que alguien me había tocado así, pero era la primera vez que alguien lo hacía con esa concentración total, como si no hubiera nada más importante en el mundo que ese despacho y ese momento. Como si comerme el coño fuese algo que llevaba años planeando y que estaba disfrutando personalmente cada segundo.
Afuera, en el pasillo, alguien pasó hablando por teléfono. El sonido llegó amortiguado, lejano, perteneciente a otro plano de existencia. Yo me mordí el labio para no hacer ruido y me tapé la boca con la mano libre. Nadia levantó los ojos hacia mí sin dejar de lamerme, y esa imagen, sus ojos oscuros sobre mí desde abajo, la boca brillante, los dedos entrando y saliendo, me llevó al borde.
—Por favor —pedí en algún momento. No me importó el tono ni quién era yo en esa silla—. Por favor, más fuerte, córreme.
Ella subió el ritmo, añadió un tercer dedo y empezó a bombear con fuerza, con la palma golpeándome el pubis en cada embestida, mientras me chupaba el clítoris con más presión. El orgasmo llegó sin previo aviso: largo, profundo, con esa clase de intensidad que no deja posibilidad de fingir ni de contener del todo. Se me escapó un grito ahogado y tuve que apretar la mano contra la boca con fuerza para no ser escuchada en medio pasillo. El coño se me contrajo alrededor de sus dedos en oleadas y noté cómo lo empapaba todo, cómo me chorreaba por dentro de los muslos hasta el asiento. El cuerpo siguió temblando durante varios segundos después de que todo se calmara.
Ella no sacó los dedos hasta que dejé de temblar. Los sacó despacio, brillantes, y se los llevó a la boca sin dejar de mirarme. Los chupó uno a uno, hasta el nudillo, limpiándolos.
—Sabes de puta madre —dijo.
Tardé un buen rato en poder hablar. Tenía el pecho subiendo y bajando, el pelo pegado a la sien por el sudor, y no era capaz de cerrar del todo las piernas. Ella todavía estaba entre ellas, sentada sobre los talones, mirándome como quien ha terminado un trabajo bien hecho.
Antes de que yo pudiera decir nada, se puso de pie, se bajó del todo la cremallera del vaquero y me cogió una mano. Me la llevó por dentro del pantalón, por dentro de las bragas, hasta que mis dedos tocaron directamente lo mojada que estaba ella también. Estaba empapada. Ardiente.
—Tócame —dijo—. Ahora tú.
La miré desde la silla, todavía sin aliento, y le hundí dos dedos sin previo aviso. Ella soltó un jadeo, se agarró al borde de mi mesa con una mano y separó las piernas. Empecé a moverlos dentro, buscándole el mismo ángulo que ella me había buscado a mí, con el pulgar apretándole el clítoris en círculos. Se me estaba corriendo encima de la mano en menos de un minuto, con los ojos cerrados y la boca abierta contra mi hombro, mordiéndome despacio para no gritar. Cuando terminó de temblar, se quedó apoyada sobre mí un momento, la respiración pesada contra mi cuello.
—Joder —murmuró—. Llevaba dos años esperando esto.
***
Nadia se apartó al fin, recogió la camiseta del suelo y se la puso. Se abrochó el vaquero con calma, se pasó la mano por el pelo corto para colocárselo, se limpió con el dorso de la muñeca el brillo que aún tenía alrededor de la boca. Yo seguía en la silla, medio desvestida, con la cabeza apoyada en el respaldo y los ojos todavía cerrados.
—Creo que deberíamos dejarlo aquí por hoy —dijo.
Abrí los ojos.
—La nota, Elena. —Dijo mi nombre de pila con una naturalidad que me sorprendió—. Un aprobado justo. Nada más. No quiero que nadie sospeche nada.
Tardé un segundo en entender lo que acababa de decir. Luego entendí todo a la vez: el pestillo de la puerta que yo no había visto echar, las persianas que alguien había bajado sin que me diera cuenta, la manera en que fue escalando todo paso a paso, con paciencia, sin forzar ningún momento, hasta que yo ya no tenía dónde retroceder.
Y que yo lo había dejado ocurrir. Con cada botón de la blusa desabrochado, con cada segundo de silencio cuando debería haber dicho que no, con cada vez que había separado más las piernas en lugar de cerrarlas, lo había dejado ocurrir.
—Tendrás tu aprobado —dije.
Nadia asintió. Cogió las llaves de la esquina de la mesa y se dirigió a la puerta. Antes de salir, se volvió un momento.
—Por cierto. Te llevo deseando desde el primer día que entré a tu clase. Todo el curso pensando en cómo te quedaría la falda subida hasta la cintura. Pero eso ya lo sabías.
Cerró la puerta con suavidad.
Me quedé sola. El ventilador zumbaba en la esquina. Afuera, el sol de junio entraba por los bordes de las persianas y trazaba líneas de luz sobre el suelo. Todavía notaba la humedad entre los muslos y el olor de las dos en el aire. Tardé varios minutos en ponerme la blusa, ajustarme la falda, recolocarme las gafas, volver a ser la señorita Mora.
Puse un cinco en el acta de Nadia. Un aprobado justo, como ella había pedido. Nadie preguntó nada en la junta del lunes.
Lo que no puse en ningún acta es lo que aprendí aquella tarde: que lo que una cree sobre el deseo resulta, a veces, ser mucho más estrecho que la vida real. Que hay cosas que una profesora de Literatura tendría que haber entendido mucho antes, leyendo entre líneas los textos que llevaba años explicando. Que los capítulos más importantes no se leen. Se viven.