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Relatos Ardientes

La rubia del gimnasio me llevó a su recámara

Después del nacimiento de mi segunda hija decidí inscribirme a un gimnasio del barrio. Quería recuperar la figura, pero sobre todo necesitaba salir un poco de la casa. Hacía meses que mi rutina se reducía a cambiar pañales y dormir en pedazos. Mi marido me empujó a hacerlo y, con el tiempo, resultó ser una de las mejores decisiones del año.

A ella la vi la primera semana. Una rubia alta, de piernas largas y unas caderas que se moldeaban perfectas dentro de la malla. Tenía los senos grandes, los hombros firmes de quien lleva tiempo entrenando y una mirada que parecía siempre estar evaluando algo. Coincidíamos a la misma hora porque las dos preferíamos el gimnasio vacío de las nueve de la mañana, cuando ya casi todos se habían ido al trabajo.

—Disculpa, ¿vas a usar este aparato? —me preguntó la tercera vez que nos cruzamos.

Así empezó todo. En menos de un mes éramos amigas. Camila era divorciada, tenía un niño de cuatro años y, según me confesó una tarde mientras nos estirábamos en la colchoneta, llevaba dos años sin nadie estable en su cama. «No es por falta de oferta —me dijo riendo—, es que la oferta es mediocre».

Compartíamos máquinas, nos turnábamos los discos, nos contábamos chismes de la sala. Y empecé a notar algo. Cuando yo levantaba peso o me agachaba, su mirada se quedaba más tiempo del que debía sobre mi pecho. Yo entreno con un top sin sostén porque tengo los senos chicos y no necesito más. Camila lo registraba cada vez. Una vez, dos veces, diez veces.

Tampoco se me escapó que sus manos, cuando me sostenía la cintura durante una sentadilla, subían un centímetro de más al terminar la serie. Rozaba los costados de mis senos «sin querer». Yo no decía nada. Me decía a mí misma que no quería arruinar una amistad que se sentía sincera, que no todo en mi vida tenía que terminar en cama.

Pero algo crecía debajo de esa decisión.

Una mañana de jueves, mientras yo hacía press en banca, ella se paró detrás de la barra para asistirme. Sentí sus manos en la cintura, firmes, como cualquier asistencia. La diferencia fue que, en la última repetición, esas manos resbalaron hacia arriba y sus pulgares se cerraron sobre mis pezones a través de la tela. No fue accidente. Fue una decisión.

Apoyé la barra en los soportes y giré la cara hacia la suya. Estábamos frente al espejo, y en el reflejo vi cómo se había puesto colorada hasta las orejas.

—¿Te gustan? —le susurré—. Apriétamelos más fuerte.

Camila apretó. Lo hizo casi sin pensarlo, como un reflejo. Después se separó de mí como si el contacto la quemara y empezó a deshacerse en disculpas. Que no sabía qué le había pasado. Que se sentía pésimo. Que por favor no se lo contara a nadie.

—Camila, tranquila —le dije, riendo bajito para sacarle la tensión—. No pasó nada malo. Me gustó. ¿A ti?

Bajó la mirada. Asintió.

A partir de esa mañana cambió todo, aunque por fuera siguiera igual. Empezamos a desayunar juntas dos o tres veces por semana al salir del gimnasio. Hablábamos de nuestros hijos, de los exmaridos, de la sensación de haber perdido el control del propio cuerpo durante años. Y de a poco, casi sin darme cuenta, le fui contando partes de mi vida íntima que normalmente reservo para muy pocas personas.

Le confesé que mi marido y yo éramos pareja abierta. Que habíamos pasado de las fantasías a la práctica hacía tres años. Que asistíamos a fiestas privadas, a casas de matrimonios como nosotros, y que cada quien tenía la libertad de compartir su cuerpo con quien quisiera dentro de un acuerdo claro.

Sus ojos se hicieron enormes. Me miró como si le hubiera revelado un secreto de Estado.

—¿Y cómo es eso? —preguntó.

Se lo expliqué con calma. Me confesó que siempre había tenido la curiosidad y que su exmarido jamás lo habría aceptado. Que ahora, sola, no se atrevía a buscarlo por su cuenta. Que nadie le parecía suficientemente seguro.

Para mí, Camila era un misterio. Una mujer guapísima, llena de vida, con un cuerpo que detenía conversaciones cuando entraba a un lugar, y sin nadie en su cama desde hacía dos años. Hasta que la conocí mejor lo entendí: era exigente hasta lo enfermizo. La típica que si la abordas en la calle te manda a volar antes de que termines la primera frase. Tenía un caparazón grueso.

Pero conmigo no.

Otra mañana, en la sala de pesas, decidí devolverle el gesto. Ella estaba haciendo press militar sentada en el banco. Yo me paré detrás como asistente. Subí las manos por sus costados y le cubrí los senos. Le apreté los pezones a través del top mientras le hablaba al oído frente al espejo.

—Tienes unas tetas preciosas. Algún día te las voy a chupar enteras.

Casi tira las pesas. Las dejó en los soportes con un golpe seco y se rio nerviosa.

—Lorena, qué cosas dices —murmuró sin atreverse a mirarme directamente.

—No estaría mal, ¿no? —insistí.

Dudó dos segundos. Después bajó la vista al suelo y dijo:

—No, no estaría mal.

***

Salimos del gimnasio. En el estacionamiento, mientras buscaba las llaves, me animé.

—¿Tu casa o la mía?

Me miró. Recorrió mi cuerpo de arriba abajo sin disimular, igual que un hombre mira a una mujer en la calle. Por primera vez desde que la conocía, me sentí estudiada.

—La mía. Tengo que pasar a recoger a Lucas al preescolar. Aprovechas y lo conoces.

Subí a su auto. Manejó con una mano en el volante y la otra entrelazada con la mía sobre la palanca. No hablamos mucho en el camino. No hacía falta.

Recogimos al niño, llegamos a su casa y la empleada se lo llevó a bañar y a darle de comer. Camila y yo nos sentamos en la sala, cada una con un vaso de jugo. Saqué el teléfono y le dije que quería enseñarle fotos de mis hijas. Se sentó pegada a mi muslo en el sillón para verlas.

—Mira, esta es Antonia, la mayor —pasé la foto—. Y esta es Renata, la chiquita.

Renata salía en brazos de un hombre. La piel de la bebé era oscura, mucho más oscura que la mía. Camila se quedó callada un instante.

—Está hermosa, pero…

No terminó la frase.

—¿Te sorprende? —le dije divertida—. Mi marido no es el padre biológico de Renata. Es de Damián.

Le mostré una foto de Damián y mía. Estábamos en una terraza en Cuautla, en una reunión privada que organizó una pareja amiga. Yo estaba desnuda. Él también. Le tenía una mano sobre el pecho y yo le agarraba el sexo, los dos riéndonos a la cámara como cómplices.

Los ojos de Camila se quedaron pegados a la pantalla. Los iba moviendo entre el cuerpo de Damián y el mío. No supo qué decir durante varios segundos.

—Qué cuerpo tienes —dijo al fin, en un susurro—. Y qué velluda, mujer. —Soltó una risita y me devolvió el teléfono—. Yo siempre quise estar con un negro como ese. Eres una valiente. ¿Y tu marido no te dice nada?

—Mi marido lo eligió conmigo. Llevamos así desde antes de Antonia.

Me tomó la mano y se puso de pie tirando de mí.

—Vamos a la recámara. Quiero que me cuentes más.

Las dos sabíamos que era el pretexto. Le sonreí y me dejé llevar.

***

Cerró la puerta con seguro. Apoyó la espalda contra la madera y me miró un momento sin moverse, como pidiéndome permiso para algo que no terminaba de creerse.

—Eres una mujer mucho más atrevida de lo que pareces —dijo—. Cuando te conocí en el gimnasio me pareciste tranquila. Casi tímida. Yo…

Le puse el dedo en los labios.

—Shhh.

Me acerqué despacio y la besé. Camila abrió la boca enseguida y dejó que mi lengua se acomodara contra la suya. La sentí temblar. Después me apartó con suavidad.

—Quiero que nos bañemos antes. Una por una. Tú primero. Quiero que lo importante pase aquí, en la cama. No en la regadera.

Entendí. Me metí al baño, me duché rápido y salí desnuda a la habitación. Ella me esperaba sentada al borde del colchón. Su mirada me recorrió completa. No dijo nada. Se levantó, me pasó al lado rozándome el brazo y se encerró ella en el baño.

Me acosté boca arriba en su cama y esperé.

Cuando salió, estaba envuelta en una toalla blanca. Se paró frente a mí.

—Lorena, nunca he estado con otra mujer —dijo, mirándome a los ojos—. Esto es nuevo para mí. Tú eres la primera.

Me senté en la cama y le tendí la mano. Adentro me hervía algo que hacía años no sentía: el privilegio de ser la primera. La responsabilidad de hacerlo bien.

Camila dejó caer la toalla.

Su cuerpo era todo lo que ya había imaginado bajo la ropa de gimnasio, pero mejor. Piernas firmes, torneadas, con esa línea de músculo en el muslo que solo se consigue con años de constancia. Nalgas paradas, redondas, justo del tamaño de mis manos. Y los senos. Los senos eran grandes, llenos, con una caída natural que me dejó sin palabras. Pero lo que más me sorprendió fueron los pezones. Yo, no sé por qué, había imaginado pezones rosados, casi blancos, como el resto de su piel. Y eran lo contrario: marrón oscuro, casi del color del café tostado, con la areola perfectamente redonda. El contraste con su piel clara era una bomba.

Se acostó a mi lado. La sentí temblar otra vez.

—Tranquila —le dije al oído, y empecé a besarle el cuello—. Solo somos tú y yo. Relájate.

Le cubrí un seno con la mano y se lo apreté despacio. Bajé la boca y le tomé el pezón entre los labios. Ella suspiró profundo, agarrándome la cabeza con una mano. Cambié de seno. Cambié otra vez. Le mordí el contorno de la areola con los dientes muy suaves, lo suficiente para hacerla saltar.

A los pocos minutos, Camila estaba haciendo lo mismo conmigo. Tímida al principio, después con más decisión, más hambre. Cuando me chupó el pezón izquierdo y me lo soltó solo para soplar encima, lo entendí: esto no era una primera vez de quien tantea. Era una primera vez de quien llevaba años imaginándolo.

—Eres buena —le dije con la voz quebrada—. Eres muy buena.

La empujé boca arriba y me coloqué sobre ella. Le mamé los senos otra vez, ahora con calma, una areola entera dentro de la boca. Sus caderas se levantaban solas buscando algo. Bajé una mano entre sus piernas y la encontré completamente mojada.

—Espera —dijo de repente.

Se estiró hacia el buró y abrió el cajón. Sacó un dildo doble, largo, de silicona morada. Lo dejó sobre la cama, entre las dos.

—Esto lo compré pensando en ti —me confesó—. Llevo meses tocándome con él pensando en este momento.

Me quedé en silencio un segundo. Después le solté la risa más sincera del día.

—Camila, eres mejor de lo que pensaba.

Acomodamos el dildo entre nuestras piernas, una en cada extremo, y empezamos a movernos despacio buscando el ritmo. Las dos teníamos las caderas alzadas, las manos en las tetas de la otra, los ojos cerrados de concentración. Ella se mordía el labio inferior, igual que cuando pensaba en el gimnasio.

Subimos el ritmo. Empezó a gemir alto, sin contenerse.

—Shhh —le tapé la boca con la mano, divertida—. Te van a oír desde la sala.

Me lamió la palma de la mano y siguió. Pegué mi pelvis contra la suya, sentí el dildo recorrernos a las dos al mismo tiempo y el orgasmo me subió como una corriente. Vi a Camila contraerse, arquearse, abrir los ojos enormes en el momento exacto. Las dos nos vinimos juntas, con la respiración hecha pedazos.

Nos quedamos abrazadas sobre la cama, sudadas, riéndonos como adolescentes.

Y mientras le acariciaba el pelo y la sentía respirar contra mi hombro, una idea me empezó a dar vueltas. Una idea que tenía que ver con Damián, con un hotel discreto que conocemos en el camino a la costa, y con la cara que iba a poner Camila la primera vez que lo viera entrar en la habitación.

Pero esa, pensé, es una historia para otra mañana.

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Comentarios (4)

MiraCeles

Increible!! me encanto, que calor hace leyendo esto jaja

Valentina_mdp

Por favor que haya segunda parte, justo cuando se ponia mejor termino. Quede con ganas de mas!!

NestorPY

jaja una amiga mia del gym me conto algo parecido hace unos meses. Esas cosas pasan mas seguido de lo que uno cree. Buen relato

Pame_cba

tremendo, 10 puntos. Sigue publicando!

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