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Relatos Ardientes

Lo que pasó con la madre de mi amiga aquella noche

Aquel viaje no estaba en mis planes. Camila me había llamado un viernes por la tarde, casi llorando, para pedirme que me escapara a su casa el fin de semana. Vivía en un pueblo a tres horas de la mía, en una de esas calles donde las cortinas se mueven cada vez que pasa un coche desconocido. No le pregunté qué le pasaba. Cargué una mochila con lo justo y subí al autobús de las ocho.

Cuando llegué, entendí enseguida. Su padre llevaba tres días bebiendo sin parar. Se había encerrado en el garaje a maldecir el mundo y de vez en cuando salía a buscar más vino, sin mirar a nadie, arrastrando los pies. Camila me abrazó en la puerta y me susurró un «perdón» que sonaba a derrota.

—Mi madre está fatal —me dijo en voz baja, mientras me llevaba a la cocina—. Llevan días sin hablarse. Si te quedas, tal vez no peleen esta noche.

Conocía a Marta de las pocas veces que había venido antes. Era una mujer de cuarenta y cuatro años, callada, con esa belleza tranquila que se va asentando con los años. Llevaba el pelo castaño recogido en un moño descuidado y unas pantuflas que arrastraba por el pasillo. Cuando me vio en la cocina, me sonrió como si yo fuera la única buena noticia del día.

—Qué bueno que viniste, hija. Esta casa necesitaba otra cara.

Camila preparó algo para cenar y comimos las tres en silencio, escuchando los golpes del padre en el garaje. A las diez, él subió, pasó junto a nosotras sin decir palabra y se encerró en el dormitorio matrimonial. Marta no se movió. Se quedó con la taza vacía entre las manos, mirando un punto fijo de la mesa.

—Esta noche duermes conmigo —me dijo Camila—. Le pedí a mi madre que se quede en mi habitación contigo. Yo me quedo en el sofá, por si él baja otra vez.

No protesté. La habitación de Camila era estrecha y la cama, de una plaza y media. Marta no dijo nada. Se levantó, dejó la taza en el fregadero y caminó al baño.

A las once y media yo ya estaba acostada, del lado de la pared, con las sábanas hasta el cuello. Hacía frío. Esa clase de frío de pueblo que se mete por las rendijas de las ventanas viejas. Cerré los ojos y escuché la puerta del baño abrirse. Después, los pasos descalzos. Después, la cama hundiéndose a mi lado.

Marta se metió bajo las sábanas y suspiró largo, como si llevara cargando ese suspiro todo el día.

—Gracias por estar aquí —murmuró—. No sé qué haría sola en esta cama esta noche.

Me quedé quieta. Más por nervios que por sueño. Marta llevaba un camisón de seda celeste, tan fino que en la penumbra se transparentaba todo. Le veía la forma de los pechos pesados bajo la tela, el contorno oscuro de los pezones, la curva del vientre. Tragué saliva. Sentí un calor en la cara que no tenía nada que ver con las sábanas.

Llevaba años pensando en mujeres sin animarme a tocar a ninguna. Tenía novios, salía con chicos, fingía. Pero por las noches era otra cosa. Y en esa cama, con Marta a treinta centímetros de mí, todo lo que había imaginado mil veces parecía estar pasando en cámara lenta.

Me giré hacia ella, despacio. La luz del farol de la calle entraba por la persiana y le dibujaba franjas en la cara. Tenía los ojos cerrados, pero no dormía. Lo sabía por la forma en que respiraba. Corta. Atenta.

Le puse la mano sobre el brazo. Por encima de la seda. Apenas un roce.

Marta no se movió.

Le pasé los dedos por el hombro y bajé hasta el costado de un pecho. La seda crujía bajo mi mano. Sentí el pezón endurecerse contra la tela. Me detuve ahí. Le abrí la palma sobre el pecho entero, lo apreté con suavidad, y me incliné un poco hasta tener mi boca cerca de su oído.

—¿Te gusta? —susurré.

No me contestó. Pero tampoco me apartó la mano.

Volví a apretar. Esta vez con más decisión. Le rocé el pezón con el pulgar, le deslicé la tela contra la piel.

—¿Quieres que siga?

—Sí —dijo ella, con una voz que no le reconocí. Más grave. Más quebrada.

***

Me levanté en silencio y caminé a la puerta. Pasé el cerrojo. Era un cerrojito viejo, de esos que apenas sirven, pero igual me dio una calma rara escuchar el chasquido. Volví a la cama y me arrodillé al lado de Marta.

Le subí el camisón hasta la cintura. Ella levantó la cadera para ayudarme, sin decir nada, como si ya hubiéramos hecho esto otras veces. Tenía la piel tibia, suave, con esa textura que solo tienen las mujeres que llevan años cuidándose en silencio. No llevaba ropa interior. Le pasé los dedos por el muslo, despacio, y sentí cómo se le abrían las piernas casi por reflejo.

Tenía la vagina mojada. Lo noté antes de tocarla, por el olor que subía de las sábanas. Le pasé un dedo por los labios, lento, y ella soltó un gemido contenido, mordiéndose la mano.

—Shhh —le dije—. Tu marido está al fondo del pasillo.

—No me importa —contestó.

Bajé la cara entre sus piernas. Nunca antes había probado a una mujer. Me había imaginado el momento mil veces, pero la realidad era otra cosa: el calor, la sal, la forma en que las caderas de Marta empezaron a moverse contra mi boca a los pocos segundos. No tuve que hacer mucho. Ella me guiaba con una mano en la nuca, suavemente, y yo aprendí en tiempo real lo que le gustaba: la lengua plana, el ritmo lento, los círculos justo arriba del clítoris.

Se vino en mi boca a los pocos minutos. Sin gritar. Sin avisar. Solo un temblor largo en los muslos y una mano apretada contra la pared para no hacer ruido. Cuando levanté la cabeza, tenía los ojos llenos de lágrimas.

—Hacía años —susurró—. Hacía años que no me pasaba esto.

Me subí encima de ella y la besé. Tenía gusto a sí misma en mi boca y a ella no pareció importarle. Me devolvió el beso con una intensidad que no esperaba, abriéndome los labios con la lengua, agarrándome la nuca como si tuviera miedo de que me fuera.

Me sacó la camiseta. Después el pantalón corto. Me dejó completamente desnuda y se quedó mirándome unos segundos, en silencio, con una expresión que mezclaba ternura y hambre.

—Tienes un cuerpo precioso —me dijo.

Bajó la boca a mis pechos. Los chupó despacio, con paciencia, alternando entre uno y otro. Llevaba diez minutos haciéndolo cuando me di cuenta de que estaba al borde del orgasmo solo con eso. Le clavé los dedos en el pelo y arqueé la espalda contra el colchón.

—Marta, así no aguanto.

Se rió por lo bajo. Una risa ronca, satisfecha, completamente nueva en ella.

—Mejor —dijo.

***

Me empujó hasta dejarme acostada de espaldas y se acomodó entre mis piernas. Las abrió bien. Me tomó un tobillo y se lo puso sobre el hombro. Entendí lo que quería hacer un segundo antes de que lo hiciera: pasó una pierna por debajo de la mía, encajó su vagina contra la mía y empezó a frotarse despacio.

Nunca había sentido nada así. La piel mojada contra la piel mojada, el ritmo lento y firme de sus caderas, el peso entero de su cuerpo apoyado en el mío. Cada vez que se movía, me arrancaba un sonido nuevo de la garganta. Le tapé yo misma la boca con una mano para no despertar a la casa.

Marta cerró los ojos y aceleró. Tenía la frente perlada de sudor y el camisón de seda hecho un bollo entre las sábanas. Cuando me vine, lo hice con todo el cuerpo, en una contracción larga que me dejó sin aire. Ella se vino casi al mismo tiempo, mordiéndose el labio inferior, sin soltar mi pierna.

Nos quedamos un rato así, pegadas, escuchando nuestras respiraciones bajar poco a poco.

—Mira la hora —murmuró.

Giré la cabeza hacia la mesita de noche. Las tres y cuarenta y cinco. No me lo creía. Había pasado casi tres horas dentro de esa cama y me había parecido un instante.

—No quiero parar —le dije.

—Yo tampoco.

Me dio la vuelta. Me puso a cuatro patas, con la cara contra la almohada, y se acomodó detrás de mí. Sentí su vagina caliente apoyarse contra mi muslo, después subir hasta encontrarse con la mía. Empezó a frotarse otra vez, esta vez desde atrás, agarrándome de la cintura con las dos manos.

Le miré la cara por encima del hombro. Tenía una expresión nueva, casi feroz. Nada que ver con la mujer apagada de la cocina. Marta se mordía el labio y movía las caderas con una decisión que me dejaba sin palabras. Llegó al orgasmo así, agarrándome fuerte, sin hacer ruido. Yo me vine pocos segundos después, con la almohada entre los dientes.

Caímos boca arriba, las dos sin aire. Marta buscó mi mano debajo de las sábanas y entrelazó sus dedos con los míos. Me besó el hombro. Me besó el cuello. Me besó la boca otra vez, más largo, más lento, como si quisiera memorizarme.

—Baja un poco —me pidió en un susurro—. Quiero algo más.

Me deslicé entre sus piernas otra vez y, mientras le pasaba la lengua, sentí cómo ella me agarraba la cabeza y me guiaba con la respiración. Después me hizo dar la vuelta y me devolvió el favor: me lamió primero la vagina, despacio, y después subió un poco más, hasta lugares donde nadie me había puesto la lengua antes. No la frené. Hubiera sido capaz de cualquier cosa esa noche.

Nos dormimos cerca de las cinco, una pegada a la otra, sin acordarnos siquiera de subirnos la ropa. Cuando abrí los ojos a las nueve, Marta ya no estaba. Las sábanas todavía tenían su olor.

Bajé a la cocina. Camila preparaba café como si la noche anterior no hubiera sido nada. Marta estaba en la mesa, leyendo el diario. Cuando me vio entrar, levantó la vista apenas un segundo y me sonrió. Una sonrisa chiquita, cómplice, que solo yo entendí.

—¿Dormiste bien? —preguntó Camila, sirviéndome una taza.

Marta esperó mi respuesta con los ojos clavados en el diario.

—Como nunca —dije.

Y era verdad.

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Comentarios (4)

SafoXXI

Dios que inicio tan bueno!!! quiero la continuacion ya

Cris_lectora

Me gusto mucho, se nota que esta bien escrito. Por favor que haya segunda parte!

Zapatilla

jajaja la situacion del marido borracho es perfecta, tremendo relato

Valentina_85

Esto es basado en algo real? porque se siente muy autentico, en el buen sentido jajaja

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