Convencí a mi mejor amiga de quedarse a dormir
Me gustan los hombres. Tengo un novio al que adoro, al que deseo y con el que llevo casi tres años. Pero desde hace mucho hay una fantasía que no se me va de la cabeza, y tiene nombre y apellido: Renata Quiroga, mi mejor amiga desde el colegio. Tomás, mi novio, lo sabe todo y de hecho me confesó hace meses que le encantaría vernos. Así que estuve dándole vueltas a cómo hacer para que ella diera el primer paso, o al menos no se asustara cuando lo diera yo.
Después del beso de la fiesta de su cumpleaños, decidí que la siguiente jugada era invitarla a casa un fin de semana entero. No iba a ser la primera vez que se quedaba a dormir, lejos de eso. Pero esta vez yo la iba a mirar distinto, y eso lo cambiaba todo.
Le escribí por mensaje preguntándole si quería venir a ver una serie el viernes. Me contestó al instante, encantada, y me propuso una de vampiros que tenía a medias. Le pedí que llegara temprano, a las tres de la tarde. Pasé toda la semana caliente, tocándome a escondidas, pensando en su boca, en sus muslos morenos, en aquella escena imaginada en la que ella se hundía entre mis piernas y dejaba de ser mi amiga para ser otra cosa.
***
El viernes llegó con un calor pesado que solo amplificaba mi ansiedad. Renata apareció a las tres y diez, con su mochila al hombro y el pelo recogido en una cola alta. Mis padres la recibieron como siempre: con un abrazo y un par de bromas sobre lo grande que está. Llevamos tantos años de amistad que en mi casa ya es una hija más.
—Vamos a ver series, mami —dije, jalándola hacia mi habitación—. No nos molesten.
—Tranquilas, nenas. Cualquier cosa, me avisan —contestó mi madre desde el sillón.
En mi cuarto, Renata acomodó sus cosas con la naturalidad de quien sabe dónde va cada cosa. Sacó su pijama y la dejó doblada sobre la silla. Yo conecté la computadora a la tele y le pasé el control del ratón.
—Voy a darme una ducha rápida. Tú busca la serie.
—Vale.
Salí del cuarto con la toalla bajo el brazo y deliberadamente sin pijama limpia. Quería volver mojada, en toalla, frente a ella. Quería ver cómo reaccionaba.
Cuando regresé, ella ya estaba acostada en mi cama, con la pijama puesta y un cuenco de palomitas apoyado en el regazo. Cerré la puerta con seguro. Sin darle muchas vueltas, abrí el cajón, dejé caer la toalla al suelo y me vestí frente a ella con calma, dándole tiempo a que mirara si quería.
—Oye, qué desfachatez —dijo con una risa nerviosa, desviando la vista a la pantalla. Pero la pesqué dos veces mirándome de reojo.
—¿Qué? No es la primera vez que me ves desnuda, ¿o sí?
—No, pero antes no me sonreías así.
Me reí y no le contesté. Me puse una camiseta larga, sin ropa interior debajo, y me tiré a su lado en la cama. Bajamos las luces y le di al play.
***
La serie no me importaba nada. Los primeros veinte minutos hice como si la siguiera, pero en realidad solo registraba a Renata: la forma en que tenía las piernas cruzadas, la mano metida en las palomitas, sus pechos extendidos a los lados por la posición. Bajo la tela de la pijama se le marcaban los pezones, todavía dormidos, apenas en relieve. La luz azul de la pantalla le pintaba la cara y le dejaba la boca entreabierta cuando se concentraba.
—¿Qué tal la serie, te gusta? —me preguntó sin sacar los ojos de la pantalla.
—El vampiro está bueno —contesté con sinceridad—. Y la protagonista también.
Me miró sonriendo, y por un segundo demasiado largo se me fueron los ojos a sus labios. Cuando volví a la pantalla supe que se había dado cuenta.
Acerqué el cuenco de palomitas a su lado, lo dejé sobre su muslo y apoyé la cabeza en su pecho como hacíamos desde los quince años. Pasé el brazo por encima para coger palomitas y, en el camino, le rocé el costado del seno. No reaccionó. Tomé un puñado y se lo llevé a la boca; le pasé el pulgar por el labio inferior con la excusa de limpiarle la sal.
—Estás cariñosa hoy, Cami —dijo, conteniendo una risita.
—Puede ser.
Seguí. Le acaricié el brazo con la yema de los dedos, lento, y la piel se le erizó. Bajé la mano hasta el abdomen, sobre la tela, dibujando círculos. Cada tanto subía, casi rozando el borde inferior de los pechos, y volvía a bajar. Su respiración se aceleraba, milímetro a milímetro. La tenía exactamente donde quería: tensa, esperando.
Levanté la cabeza para mirarla. Tenía los ojos clavados en la pantalla con una concentración fingida que me hizo gracia. Probé suerte: subí la mano y le pasé el dedo, apenas, por encima del pezón. Le tracé círculos por sobre la tela hasta que se le endureció bajo mi tacto. Sentía mi propia humedad acumulándose sin que yo hubiera hecho nada por mí.
Le apreté el pezón con suavidad. Ella no me dijo nada, así que metí la mano por debajo de la camiseta y se lo agarré directamente. Se le escapó un suspiro bajísimo, contenido.
—¿Estás segura, Cami? —La voz le tembló.
—Yo, segurísima. ¿Tú?
—Es que…
—Si te incomoda algo, paro ya. Te lo juro. Solo te quiero hacer sentir bien.
Me miró fijo, asintió una sola vez, y eso fue todo lo que necesité. Algo hizo click adentro de mí.
***
Me incorporé y me subí encima de ella, una pierna a cada lado de su cintura. Le levanté la camiseta hasta el cuello. Sus pechos quedaron a la vista, redondos, oscuros, perfectos. Me incliné y le pasé la lengua por uno mientras le apretaba el otro con la mano. Suspiraba intentando no hacer ruido. Mis padres estaban dos puertas más allá y eso, lejos de cortarme, me encendía más.
Cambié de pecho, lo mordí, lo chupé fuerte buscando dejarle una marca. Cuando levanté la vista, tenía los ojos cerrados y la boca entreabierta. Subí a besarla. Le mordí el labio. Ella me mordió a mí. Empezamos a jugar con las lenguas y pensé, atravesada de calentura, que una boca que besaba así no podía hacer otra cosa que comer rico.
Bajé la mano hasta el short de su pijama, después por debajo de la cintura, y le toqué por encima de la ropa interior. La tela estaba empapada. La humedad me llegó a los dedos sin esfuerzo.
—Estás chorreando, Renata —le murmuré al oído.
—Cállate —se rió entre jadeos—. Puede ser que…
Le corrí la tela a un lado y le pasé los dedos directamente. Hice círculos sobre el clítoris, apenas tocándola.
—¿Qué cosa puede ser?
—Puede ser… que…
—Dime —insistí, y le metí un dedo. Resbaló como si estuviera diseñado para eso.
—Es que… te quería desde aquel beso —soltó al fin, y cuando le metí un segundo dedo se le escapó un jadeo más alto de lo que ninguna de las dos hubiera querido.
—Baja la voz, amor. Mis padres.
Movía la mano cada vez más rápido. El único sonido del cuarto era el chapoteo de su sexo y nuestras respiraciones cortadas. Yo nunca había estado con una mujer, pero la estaba tocando como me gusta que me toquen a mí. Era extrañamente fácil.
—Quiero probarte —le dije. Le di un beso corto y saqué los dedos. Un hilo brillante quedó conectándola conmigo por un instante.
Me bajé al suelo y la jalé hacia el borde de la cama. Le saqué el short y la ropa interior de un tirón. Me arrodillé entre sus piernas y la miré: brillaba entera. Empecé despacio. Le pasé la lengua de abajo hacia arriba, terminé en el clítoris, le di chupones suaves, lamidas planas, mordiscos cortos. Le volví a meter los dedos, esta vez curvándolos hacia arriba, buscando ese punto que sé que existe porque yo también lo tengo.
—Tápate la boca —le pedí sin levantar la vista—. ¿Te gusta?
—¿Tú qué crees? Estoy a punto, Cami, estoy a punto.
Aceleré. Chupé más fuerte, le di una mordida apenas en el clítoris y sentí cómo se cerraba alrededor de mis dedos. Su cuerpo entero se sacudió. Los gemidos se le ahogaban contra el dorso de su mano. Yo no paré ahí. Seguí, alargándole el orgasmo hasta que me empujó suavecito.
—Cami, basta, basta, no aguanto.
Subí a besarla. Tenía el sabor de ella todavía en la boca y se lo pasé. Ella me agarró del cuello y me lo devolvió.
—Joder, qué bien lo haces —murmuró—. Tu primera vez con una chica y ya me quieres matar.
—Tengo profesora particular —bromeé, y se rió contra mi boca.
Le acaricié el pelo unos segundos. Después, sin dejar de mirarla, le tiré la pregunta que venía guardando.
—¿Te animas a algo? Quiero grabarnos un poco. Solo para mí.
—Uy… No sé…
—Y para Tomás. Le rompería la cabeza. Ya sabes cómo es con esto.
Se quedó pensando un par de segundos, con esa media sonrisa que pone cuando va a aceptar algo que en teoría no debería.
—Está bien. Pero mi cara no se ve. Y borras todo después.
—Te lo juro.
Me levanté, agarré el móvil y lo apoyé en la cómoda apuntando hacia la cama, lejos. Me aseguré de que solo entraran nuestros cuerpos, no las caras. Volví. Me acomodé sobre ella, una pierna entre las suyas, la otra cruzada, y empecé a moverme buscando el ángulo. Al principio se sentía raro, torpe; después, cuando los sexos hicieron contacto y empezaron a deslizarse uno sobre el otro, dejé de pensar.
Era una de las sensaciones más raras y más buenas que había tenido en la vida. Nuestros flujos se mezclaban y todo sonaba húmedo. En mi cabeza ya estaba viendo la cara de Tomás cuando le mandara el video. Renata me agarró del trasero, me dio una palmada y me mordí el labio para no gemir alto. Le pedí que abriera la boca y le escupí. Después abrí yo la mía y ella, riéndose, me devolvió la cortesía.
—Me voy a venir —le anuncié, las caderas yendo más rápido de lo que podía controlar.
—Ven encima de mí. Conmigo.
Se incorporó un poco. Me puso las manos en los pechos y me apretó los pezones con esa exactitud que solo otra mujer puede tener. Nos besamos al ritmo del movimiento. Sentí el momento justo en que los dos cuerpos se contrajeron casi a la vez. Yo temblé entera. A ella se le escapó un gemido más alto de lo que ninguna de las dos hubiera querido. No paré. Seguí moviéndome, buscando otro orgasmo, alargándole el suyo. Ella chillaba bajito, sobreestimulada, y cuando vino el segundo mío casi me caigo encima.
Quedamos así, una sobre la otra, deshechas. Después de unos segundos nos largamos a reír sin poder evitarlo, porque no había otra manera de procesar lo que acababa de pasar. Me bajé, fui hasta el móvil y lo apagué.
—Espero que te guste, Tomi —le dije al lente, con la cara llena de saliva y de Renata. Saqué la lengua. Corté. Vi un par de segundos del resultado y me reí—. Me veo bien.
—Modesta —se burló ella desde la cama, y se tapó con la sábana.
Me acerqué a besarla y se apartó riendo.
—Para, Cami, me dan ganas de nuevo. Y siento que ya fue mucho por hoy. ¿Podemos dormir un rato? Otro día repetimos, te lo prometo.
—Te tomo la palabra. Otro día te toca a ti.
Fuimos al baño a asearnos en silencio, evitando hacer ruido en el pasillo. Volvimos al cuarto y nos acostamos abrazadas, con la serie de vampiros congelada en la pantalla. Renata se durmió primero, con la respiración pesada contra mi cuello. Yo me quedé un rato más mirando el techo, pensando en lo que iba a contarle a Tomás cuando se despertara y en lo poco que me arrepentía.
Al día siguiente, mis padres nos saludaron con la misma naturalidad de siempre en el desayuno. Ninguna de las dos rompió la cara. Mientras hablábamos de cosas triviales, yo le pasaba la mano por el muslo a Renata por debajo de la mesa, y juro que en algún momento estuve a punto de meterle la mano en el short ahí mismo, con mi madre sirviendo café.
Otro día les cuento lo que pasó el sábado por la noche. Hubo Tomás. Hubo cámara. Hubo otras cosas. Pero esa historia es para más adelante.