Mi compañera de piso me esperaba sin nada debajo
Llegué a casa pasadas las once. El máster me había robado la tarde entera, el turno de la cafetería el resto de las fuerzas, y lo único que quería era dejarme caer en mi cama sin desvestirme siquiera. Tiré las llaves en el cuenco de la entrada y la luz del salón me detuvo antes de poder huir hacia mi cuarto.
Marina estaba ahí, tumbada en el sofá, con un libro abierto sobre el pecho y una camiseta vieja que apenas le tapaba lo imprescindible. La calefacción del piso era una broma —fuera nevaba por primera vez en años— y, sin embargo, ella iba así, con las piernas cruzadas y la piel a la vista desde la mitad del muslo.
—Llegas tarde —dijo sin levantar la vista.
—Llegamos las dos tarde a todo, últimamente.
Sonrió de medio lado y bajó el libro. Entonces lo vi: la camiseta blanca, fina, marcando dos puntos exactos donde el frío y algo más le habían endurecido los pezones. No me di cuenta de que la miraba hasta que ella ladeó la cabeza.
—¿Tan mal está la cosa? —preguntó.
—¿El máster?
—La cara que traes.
Me quité el abrigo y el jersey. Me dejé caer en el sillón de enfrente, no en el sofá con ella, porque algo me decía que sentarme a su lado no era buena idea esa noche. Tres meses compartiendo piso. Tres meses notando que mi mirada se quedaba más tiempo del necesario cada vez que salía del baño envuelta en una toalla. Tres meses de excusas para tocarla en el hombro al pasar, para reírme demasiado fuerte de sus chistes malos, para preguntarme cómo sería besarla.
Marina descruzó las piernas. Muy despacio. Las volvió a cruzar al revés. Y yo me quedé mirando un instante de más, porque entre uno y otro movimiento entendí dos cosas a la vez: la primera, que no llevaba nada debajo. La segunda, que tampoco le importaba que yo lo viera.
—¿Sabes qué? —dije, y mi voz salió más ronca de lo que pretendía—. Llevo meses sin tocarme. Ni una vez. Es como si se me hubiera olvidado.
Ella se mordió el labio. Le sostuve la mirada.
—Pues quizá deberías acordarte —respondió.
Se acomodó. Levantó una rodilla. Apoyó el talón en el borde del sofá y dejó que la camiseta se le subiera lo justo. No tuve que adivinar nada. La luz del flexo del rincón le caía oblicua sobre el muslo y, más arriba, todo brillaba húmedo, como si llevara un buen rato pensando en esto antes de que yo entrara por la puerta.
—¿Vas a quedarte ahí mirando? —preguntó.
—Por ahora, sí.
—Quítate algo, al menos.
Me saqué la camiseta sin pensarlo demasiado. El sujetador después, porque me apretaba y porque quería que ella me viera. Mis pezones reaccionaron al aire frío en el acto. Marina respiró hondo, una sola vez, como si le costara controlar lo que su cuerpo le pedía.
—Sigue —murmuró.
Me bajé los vaqueros y me los quité. Las medias se fueron con ellos. Me quedé en bragas, sentada en el sillón, con las piernas separadas un poco más de lo necesario y las manos sobre los muslos, sin saber qué hacer con ellas.
—Eso también —dijo.
Obedecí.
—Como un espejo —le propuse—. Lo que tú hagas, lo hago yo.
Marina sonrió como si llevara años esperando esa frase. Apoyó la mano izquierda en su pecho izquierdo, sobre la tela de la camiseta, y empezó a pellizcarse el pezón a través del algodón. Yo hice lo mismo. Sentí el tirón seco, el escalofrío que bajaba en línea recta hasta el bajo vientre, y entendí cuánto tiempo llevaba castigándome sin querer.
—Más fuerte —pidió.
Apretó. Apreté. Tiró del pezón hasta que la camiseta se le levantó del pecho, hasta que el algodón cedió y todo quedó a la vista. Yo no llevaba nada que cediera, así que el dolor me llegó directo. Solté un sonido bajo, un gemido que no había planeado.
—Así —susurró—. Quiero oírte.
Su otra mano bajaba ya por el vientre. Lo hacía despacio, sin prisa, dibujando una línea con la uña desde el ombligo hasta donde yo aún no la miraba del todo, porque me daba miedo que si la miraba ahí perdiera la cabeza. Pero ella siguió bajando. Y yo seguí bajando. Y al mismo tiempo, en la misma habitación, nuestras manos llegaron al mismo destino.
Marina pasó los dedos sobre el clítoris y echó la cabeza hacia atrás. El sofá soltó un crujido pequeño. La oí decir algo en voz muy baja, una palabra que no entendí, un fragmento de algo que quizás era mi nombre.
Yo me toqué. Hacía tanto que nadie me había tocado que el primer roce me arrancó un sonido que ni siquiera reconocí como mío. Estaba empapada. Más de lo que recordaba haber estado nunca. Los dedos resbalaban solos.
—Despacio —pidió—. Quiero ver cómo lo haces.
Reduje el ritmo. Abrí más las piernas. Levanté la barbilla. Quería que me viera entera, que me viera bien, que no se perdiera ni un detalle de lo que llevaba meses imaginándole hacerme. Marina se incorporó un poco. Estiró las piernas hacia adelante y las separó más. La camiseta se le enrolló debajo de los pechos y por primera vez la vi entera, así, brillante y abierta y sin pudor.
—¿Lo ves bien? —me preguntó.
—Te veo.
—Demuéstramelo. Métete los dedos cuando yo me los meta.
Dos. Tres. Cuando ella los hundió, yo los hundí. El sonido de su mano resbalando dentro de ella fue uno de los más obscenos que he escuchado en mi vida: un chasquido húmedo, rítmico, espeso. El mío sonaba parecido. Lo sentíamos las dos. Yo apretaba con la otra mano un pecho, ella el suyo. Los gemidos empezaron a superponerse. Era como mirarse en un espejo deformado, en el que el reflejo iba siempre medio segundo por delante o por detrás de ti.
—¿Te falta poco? —le pregunté.
—No te pares.
—Avísame cuando…
—Avisa tú primero.
Me reí, una risa entrecortada que se deshizo en otro gemido. Bajé la mano libre. Me di una palmada en el muslo interior, una de esas que dejan marca, porque necesitaba algo que me anclara, algo que me empujara hacia el filo. Marina vio el gesto y, sin pensarlo, se imitó a sí misma: se dio una palmada en su propio muslo, fuerte, con la palma abierta, y soltó un gemido tan grueso que sentí cómo se me cerraban los muslos por instinto.
—Mírame —le pedí.
—Te miro.
—Vente conmigo.
—Sí.
Sus dedos empezaron a moverse más rápido. Los míos también. La habitación entera olía a nosotras y a calefacción y al té que ella se había dejado a medias sobre la mesa. Yo no apartaba la vista. No podía. Cada vez que ella echaba la cadera hacia adelante, yo la imitaba, y el sillón crujía debajo de mí como si quisiera advertirme de algo que ya era demasiado tarde para evitar.
—Dilo —le pedí.
—¿Que diga qué?
—Mi nombre.
Lo dijo. Lo dijo dos veces. Lo dijo una tercera mientras el orgasmo le subía por las piernas, le tensaba el vientre y la dejaba clavada en el sofá con un grito ronco que me reventó por dentro. Yo me corrí encima de mi propia mano un segundo después, como si su placer hubiera empujado el mío, como si me hubiera estado esperando para soltarse del todo.
Nos quedamos quietas. Las dos. Respirando alto. Yo con las piernas todavía abiertas y la cabeza apoyada contra el respaldo del sillón, ella con la camiseta enrollada bajo los pechos y los dedos brillantes todavía dentro de sí misma.
—Joder —dijo al fin.
—Joder —repetí.
—Ven aquí.
—No puedo.
—Sí puedes.
Pude. Me levanté con las rodillas temblando, crucé los dos metros que nos separaban y me dejé caer de rodillas frente al sofá. Le aparté la mano con cuidado. Le besé el muslo primero, despacio, mientras ella se reía con la voz rota y me hundía la mano en el pelo. Cuando bajé la cabeza, ella levantó la cadera para encontrarse conmigo a medio camino.
—Llevo tres meses esperando —dije contra ella.
—Yo llevo más.
La probé despacio, como quien no quiere terminar nunca. Sabía a sal y a algo más, a algo que no había probado nunca antes y que decidí, en ese mismo instante, que iba a ser mi sabor preferido. Marina cerró los muslos contra mi cara durante un segundo, luego los abrió otra vez, luego me empujó la nuca hacia abajo como si tuviera miedo de que parase.
No paré. No iba a parar. Llevaba tres meses sin tocarme y noventa días enteros pensando exactamente en esto, en cómo sabría, en cómo sonaría cuando se corriera dentro de mi boca, en si me dejaría seguir después o me apartaría con vergüenza. No me apartó. Cuando el segundo orgasmo le llegó —menos ruidoso, más largo, más profundo—, me quedé ahí, con la mejilla apoyada en su muslo, oyéndole el corazón a través de la piel.
***
Cuando levanté la vista, hora y media después, Marina se había quedado dormida en el sofá, con la camiseta arrugada hecha una pelota a sus pies y mi cabeza apoyada en su vientre. Fuera seguía nevando. Dentro, por fin, ya no tenía frío.
Le pasé la yema del dedo por el labio inferior, muy despacio, para no despertarla. Sonrió en sueños. Yo me quedé ahí, mirándola, hasta que las luces del salón se apagaron solas y la oscuridad nos cubrió a las dos a la vez.
Mañana habría que hablarlo. Mañana habría que decidir qué éramos a partir de ahora, si compañeras de piso, si amigas con algo más, si esto otro que todavía no tenía nombre. Pero esa noche, con su respiración acompasada contra mi mejilla, no me hacía falta saberlo.
Ya lo descubriríamos juntas.