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Relatos Ardientes

La modista, mi madre y el vestido sin tirantes

Carla colgó el teléfono dando un saltito que hizo crujir las tablas viejas del descansillo. Diego acababa de invitarla a la fiesta de fin de curso y, por primera vez en meses, sintió que la última semana en el instituto iba a terminar con algo digno de recordar.

—¡Mamá! —gritó bajando los escalones de dos en dos—. ¡A que no adivinas quién me acaba de invitar!

Lucía, su madre, estaba doblando toallas en el sofá. Levantó una ceja con esa sonrisa irónica que siempre le ponía cuando quería pincharla.

—A ver, déjame pensar. ¿Mateo, el de matemáticas?

—No, mamá. Diego —respondió Carla con un suspiro teatral—. Diego, el que viene del pueblo, el que toca la guitarra, el que tú dices que tiene cara de no haber pisado un libro en la vida.

—Ese mismo. —Lucía se encogió de hombros con falsa inocencia—. Bueno, pues felicidades, cariño. ¿Y qué piensas ponerte?

Esa era justamente la pregunta. Carla se sentó en el brazo del sofá y enredó un mechón entre los dedos.

—Necesito un vestido. Uno bonito, mamá. De verdad. Diego y otros tres chicos van a alquilar un coche y quieren que vayamos todos juntos.

—Mañana iremos a ver a Mariela —la cortó su madre antes de que terminara—. Hace siglos que no la veo, y su boutique sigue siendo la mejor de la zona. Seguro nos hace precio.

Carla asintió y volvió a subir las escaleras corriendo. Esa noche apenas durmió.

***

La boutique de Mariela estaba al final de una calle angosta del barrio antiguo, entre una librería de viejo y una mercería que olía a alcanfor. Por fuera no parecía gran cosa: una puerta de madera oscura y un escaparate con dos maniquíes vestidos para una boda invernal. Por dentro era otra historia.

—¡Lucía, por fin asomas la cara! —Mariela apareció entre dos percheros con una sonrisa enorme—. ¿Cuántos años hace, siete, ocho?

—Demasiados —respondió su madre dándole dos besos sonoros—. ¿Te acuerdas de Carla?

Mariela se giró hacia ella y la miró de arriba abajo sin prisa. Carla, que llevaba unos vaqueros y una camiseta blanca, se sintió de pronto como si entrara en una piscina vacía.

—La última vez que la vi tenía coletas y le faltaba un diente —dijo Mariela tendiéndole la mano—. Mira en lo que te has convertido. Encantadora.

—Gracias, señora —respondió Carla bajando la mirada.

—Mariela, por favor. Lo de señora me hace vieja, y todavía no estoy lista para eso.

Lucía rio y le explicó lo del baile, lo del vestido especial, lo del último curso. Mariela escuchó asintiendo y, cuando terminó, miró a Carla directamente a los ojos.

—¿Tú qué tienes en mente, cariño? Dime sin vergüenza. Si no me lo dices tú, no voy a adivinarlo.

Carla buscó la aprobación silenciosa de su madre antes de hablar.

—Algo sin tirantes. Que se vean los hombros.

—Buena chica. Una mujer que sabe lo que quiere. Por aquí.

Mariela las guio hasta el fondo de la tienda, donde un perchero alto sostenía vestidos de gala apretados como pétalos de una misma flor. Sacó tres, los descartó, sacó otros dos, y al final eligió uno blanco con un fajín negro en la cintura, cubierto de bordados diminutos que parecían arañas tejiendo.

—Este —dijo levantándolo—. No hay otro como este en toda la provincia. Pruébatelo.

Carla miró alrededor buscando el probador.

—No hace falta. Voy a echar el pestillo de la puerta principal y te cambias aquí mismo. Estamos las tres en familia.

Antes de que pudiera protestar, su madre asintió. Mariela ya estaba en la puerta echando el cerrojo.

***

Carla se desabrochó los vaqueros con dedos torpes. La camiseta cayó al suelo, los pantalones siguieron al mismo destino. Quedó en bragas y sujetador, sintiéndose más expuesta de lo que esperaba, y empezó a sacar el vestido de la percha.

Mariela volvió en ese momento y se detuvo en seco.

—Espera, espera. Así no funciona. Es un vestido sin tirantes. Con el sujetador puesto no podemos juzgar nada. Quítatelo, anda.

Carla abrió la boca para decir algo, pero su madre se le adelantó.

—Tiene razón, Carla. ¿En qué estabas pensando? Quítatelo y déjate de remilgos.

Sintió el calor subiéndole por el cuello. Llevó las manos a la espalda, desabrochó el cierre y dejó que la prenda resbalara por sus brazos hasta el suelo. Cuando se enderezó, sus pechos quedaron al aire frente a las dos mujeres mayores.

Mariela soltó un silbido bajo, casi un susurro.

—Vaya, Lucía. Tu hija tiene unos pechos preciosos. Y mira esos pezones, rosados, perfectos. ¿De dónde le viene?

—De mi madre —respondió Lucía con naturalidad—. En mi familia somos todas así. Pezones grandes, claros, siempre dispuestos.

—Se nota. —Mariela dio un paso hacia Carla, lo justo para que pudiera olerle el perfume de jazmín—. ¿Puedo hacerte una pregunta personal, cariño?

—S-sí.

—Este chico que te lleva al baile. Diego, ¿no? —Mariela acercó la mano y, sin avisar, le rozó la curva del pecho derecho con la yema de los dedos—. Es un chico. Y los chicos, en el coche, después del baile, intentan meter la mano debajo del vestido. ¿Tú quieres que cuando lo haga encuentre las bragas y el sujetador de algodón que llevas hoy? ¿O quieres que se le caiga la mandíbula?

Carla apretó los muslos sin poder evitarlo. Notó la mano de Mariela seguir acariciándola con un ritmo lento, casi distraído, como si estuviera comprobando la textura de una tela cara.

—N-no sé. Mamá, ¿tú qué...?

—Mariela tiene razón —dijo Lucía sin apartar la mirada—. Diego no se va a quedar en las manos, Carla. Te va a quitar el vestido entero, y va a poner la boca donde quiera. Si vas con la lencería que llevas, le rompes el momento.

Mariela asintió como si la conversación hubiera quedado zanjada.

—Antes incluso del vestido, hay que ocuparnos de lo de abajo. Quítate las bragas.

No tuvo tiempo de responder. Mariela enganchó los pulgares en el elástico y tiró hacia abajo en un solo movimiento. Carla se quedó completamente desnuda en medio de la tienda, con el aire fresco erizándole la piel del estómago.

***

Mariela se apartó un paso, ladeó la cabeza, y arrugó la frente con la expresión de una sastra que descubre un defecto en una costura.

—Lucía, mira esto. Mira lo que tiene aquí.

Su madre se acercó. Carla quiso cerrar las piernas, pero Mariela la detuvo con la palma de la mano apoyada con suavidad en el muslo.

—Tiene demasiado vello —dijo Mariela tranquilamente—. Y va a llevar la braga más pequeña que tengamos en la tienda. Eso no puede ser. Si Diego baja la cabeza, se le va a quedar el pelo entre los dientes. Hay que afeitarla.

—¿Ahora? —preguntó Lucía.

—Ahora. Tengo cuchillas nuevas en el baño. Yo me afeito todos los meses. La boca lo agradece, créeme.

A Carla le ardía la cara. Quiso protestar, pero algo en la voz de Mariela —tranquila, técnica, casi maternal— le quitó las palabras. Su madre ni siquiera la miraba ya. Miraba a Mariela.

—Vamos.

***

El baño estaba al fondo, detrás de una cortina de cuentas que tintineó cuando pasaron. Era pequeño, con un espejo grande y una silla plegable apoyada contra la pared. Mariela la abrió en el centro y le dio una palmadita al asiento.

—Siéntate. Abre.

Carla obedeció. Mariela llenó un cuenco con agua tibia, mojó una esponja, y se arrodilló entre sus piernas. La esponja recorrió el vello con un calor blando, paciente, que le hizo soltar un suspiro demasiado largo para el silencio en el que cayó.

Mariela levantó la vista hacia ella y sonrió.

—Estás muy mojada, cariño. Y no es solo el agua. ¿Te das cuenta?

Carla no respondió. Lucía, que había seguido a la puerta y se apoyaba contra el marco con los brazos cruzados, sonrió también.

—No tienes que avergonzarte —dijo su madre—. A todas nos pasa.

—Tu hija necesita un poco más que un afeitado —dijo Mariela sin dejar de mirar el sexo de Carla—. ¿Tú qué dices?

—Digo que tú sabes lo que haces. Yo me quedo a mirar.

Esto no está pasando, pensó Carla. Esto no puede estar pasándome a mí.

Y antes de que pudiera terminar la frase mental, Mariela bajó la cabeza y le puso la boca encima.

***

Fue un choque tan súbito que Carla soltó un grito agudo y se aferró al borde de la silla. La lengua de Mariela trazaba círculos lentos, deliberados, sin tocar todavía el centro. Empezó por los pliegues exteriores, los recorrió con una paciencia que parecía cruel, y solo después, cuando Carla ya estaba moviendo las caderas hacia adelante sin pedir permiso, la lengua se hundió.

—Madre mía —murmuró Carla con la voz ronca—. Madre mía, mamá, mamá...

—Estoy aquí, cariño —respondió Lucía. Y Carla, al abrir los ojos, vio que su madre tenía la mano dentro de los pantalones. Se la frotaba sin disimulo, los ojos fijos en la boca de Mariela trabajando entre sus piernas.

—Cómesela bien —dijo Lucía con un tono que Carla nunca le había oído—. Enséñale lo que es.

Mariela respondió con un gemido apagado contra su sexo. Sostenía los muslos de Carla con las dos manos, abriéndolos sin permitir que se cerraran, y la lengua entraba y salía con un ritmo que ya no tenía nada de técnico. Carla sintió el cosquilleo empezar en las pantorrillas, subir por los muslos, instalarse en el bajo vientre como una corriente eléctrica que crecía y crecía sin encontrar salida.

—Voy a... —jadeó—. Mariela, voy a...

—Hazlo. Encima de mí.

Carla cerró los ojos y se dejó ir. Las caderas se le levantaron solas de la silla, el grito le salió desde algún punto que no conocía, y el orgasmo la atravesó con una intensidad que la dejó temblando varios segundos después, con la frente apoyada en el hombro de Mariela y la respiración entrecortada.

Desde el marco de la puerta, Lucía dejó escapar un gemido propio. Carla giró la cabeza justo a tiempo para verla apretar los labios y morderse la lengua para no gritar más fuerte.

***

Hubo un silencio largo. Mariela se enderezó despacio, se limpió la boca con el dorso de la mano, y miró a Lucía como pidiéndole permiso para hablar.

—No quiero parecer lo que soy —dijo con una sonrisa torcida—, pero a mí también se me ha puesto difícil.

Sin esperar respuesta, se quitó la falda y las bragas. Se sentó en la silla en el sitio que Carla acababa de dejar libre. Tenía el sexo tan hinchado que parecía una flor abierta a contraluz, brillante bajo la lámpara amarilla del baño.

—Mamá... —empezó Carla.

—Ve —respondió Lucía antes de que terminara la frase—. Ve y devuélvele el favor. A partir de hoy no hay vergüenza en esta familia.

Carla se arrodilló frente a Mariela. Nunca había hecho aquello, no sabía por dónde empezar, no sabía si iba a saberle bien o mal o a nada. Pero el olor a jazmín mezclado con algo más íntimo le subió por la nariz y le quitó el miedo. Acercó la boca y la apoyó. Mariela se estremeció entera.

Lo demás vino solo. La lengua encontró sin pedir permiso un punto duro que Mariela movía contra ella, y Carla aprendió en tres minutos lo que llevaba años imaginando sin saberlo. La modista se aferró a los pelos de su nuca con las dos manos y la guio, le marcó el ritmo, le dijo en voz baja qué hacer y qué no. Cuando Mariela se corrió, fue con un grito largo que rebotó en los azulejos y que Lucía, todavía apoyada en la puerta, recibió como si fuera ella misma quien acababa de terminar.

***

Veinte minutos después, ya con el sexo liso como Mariela había pedido y las mejillas de un rojo que tardaría horas en bajarse, Carla volvió a probarse el vestido. Le quedaba perfecto. Mariela dio una vuelta a su alrededor, ajustó un pliegue en la cadera, marcó con un alfiler dos puntadas pequeñas en el escote.

—Ya está. Diego va a perder la cabeza. Y no será por el vestido.

Carla se rio sin querer. Su madre la miraba desde el otro lado de la tienda con una expresión nueva, ni de madre exactamente, ni de cómplice, sino de algo entre las dos. Una sonrisa que Carla iba a tardar en descifrar.

—¿Sabes qué me gusta de tu tienda, Mariela? —dijo Carla mientras se ajustaba el bajo.

—¿Qué te gusta, cariño?

—Que es una tienda de servicio completo.

Mariela soltó una carcajada que hizo temblar las pulseras en sus muñecas.

—Eso me lo apunto. Y, mira, te propongo algo. Un día a la semana, después de clase, te vienes y me ayudas en la tienda. Tengo clientela muy específica, mujeres como nosotras, y a algunas les vendría bien una probadora joven. Te pago bien. El vestido, por supuesto, va de regalo.

Lucía levantó una ceja. Carla la miró de reojo, esperando.

—Cuando ella quiera —respondió su madre—. Pero el resto de los días, los servicios los doy yo en casa.

Las tres se rieron al mismo tiempo. Mariela les abrió la puerta, descorrió el cerrojo, y la calle del barrio antiguo volvió a entrar con su olor a alcanfor y a pan recién hecho, como si nada hubiera pasado.

Carla salió con la bolsa del vestido al hombro, todavía caminando con cuidado, todavía sintiéndose líquida por dentro. Diego, pensó, iba a tener que esforzarse mucho para estar a la altura de la noche que ya le había empezado sin él.

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Comentarios (4)

MaluR_23

increible... me quede sin palabras al final 😍

Sonia_Reyes

Por favor que haya una segunda parte, este relato se quedo corto y quede con ganas de mas!!

RominaViajes

Que buen relato, me encanto desde el principio hasta el final

Valentina_mx

me recordo a algo que pase una vez y nunca olvide... tremendo como despertaste ese recuerdo jaja

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