Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Lo que pasó con Mariana en mi asiento trasero

Conocí a Mariana en una red social, en esa cuenta anónima donde compartía relatos cortos, fotos sueltas y pensamientos que iban subiendo de tono según avanzaba la madrugada. Sin proponérmelo, fui atrayendo a gente con gustos parecidos a los míos. Entre toda esa gente, un día apareció ella.

Lo nuestro no tuvo nunca nada que ver con el romanticismo. Desde el primer mensaje supe que lo que había entre las dos era otra cosa: química directa, conversaciones que se calentaban en cuestión de minutos y un par de sesiones de sexting que me dejaban con el pulso desbocado y la respiración entrecortada. No éramos amigas. Hablábamos casi todos los días. Había encontrado en ella esa mezcla rara de complicidad y deseo que casi nunca aparece en las apps.

Era una noche fría de diciembre, en ese hueco extraño entre Nochebuena y Fin de Año, cuando los días parecen estirarse como chicle y nadie sabe muy bien en qué fecha vive. Llevaba toda la tarde en el sofá, cubierta con una manta, repasando el chat mientras afuera el viento golpeaba los cristales. El piso estaba en silencio. Mis padres se habían ido a casa de mi tía hasta el sábado. Yo había dicho que prefería quedarme.

Le mandé un audio. Me respondió con otro. Comentábamos las cenas familiares interminables, los regalos absurdos, cómo el alcohol siempre termina sacando lo peor o lo mejor de los tíos políticos. La charla era ligera, pero, como siempre con ella, fue subiendo. Una insinuación. Un emoji. Una pregunta que ya no se podía contestar sin desvestirse un poco por dentro.

En un momento dado, surgió el tema del lugar donde vivíamos. Las dos hablamos con cautela, soltando detalles pequeños, casi pidiendo permiso para confirmar. Pero los detalles encajaban demasiado bien. La misma ciudad. El mismo barrio. La curiosidad pudo más que la prudencia.

—¿En serio? —escribí.

—En serio.

Fue una de esas coincidencias que te dejan riéndote sola en el salón. De ahí pasamos a imaginar cómo sería vernos en persona. Sugerí algo tranquilo, un café por la mañana, una caminata por el centro. Ella respondió con un emoji que no dejaba lugar a interpretaciones. Algo más intenso. Algo de madrugada. Algo que también, no voy a mentir, llevaba semanas queriendo.

Las horas volaron mientras planeábamos un encuentro casual, sin compromisos ni expectativas. La conversación se desplazó hacia los mensajes calientes de semanas atrás, los que habíamos guardado y releído más de una vez. Reíamos. Nos provocábamos. Cada audio era una bofetada de calor en mitad del invierno.

Y entonces, casi en un impulso, ella me mandó su dirección.

—Ven, si te atreves —escribió, seguido de un guiño.

No lo pensé dos veces. Me puse un abrigo grueso sobre el pijama, agarré las llaves del coche y bajé al portal. Hacía un frío de cuchillo, de esos que cortan al respirar.

***

El trayecto fue corto, pero cada semáforo en rojo se me hacía eterno. Mis dedos tamborileaban sobre el volante. El corazón me latía en la garganta. En el fondo de la cabeza, una vocecilla me preguntaba si sabía realmente lo que estaba haciendo, si era seguro, si tenía sentido. Tenía un plan de emergencia armado en el móvil por si acaso: una amiga avisada, una ubicación compartida, una palabra clave. Pero ese tipo de razonamientos pierden fuerza cuando el cuerpo ya tomó la decisión por una.

Cuando llegué, le envié un mensaje avisándole de que estaba afuera. Era un edificio de apartamentos discreto, con dos farolas amarillas iluminando la acera. La calle estaba completamente vacía, algo lógico para esas fechas. La gente estaba en sus casas, durmiendo, discutiendo con la familia política, viendo películas malas. Yo, en cambio, estaba a punto de hacer algo muy distinto.

Pasaron unos minutos. Vi salir del portal a una mujer alta, con el pelo negro largo cayéndole sobre los hombros, exactamente como aparecía en las fotos que me había mandado. Iba envuelta en un abrigo oscuro hasta las rodillas y caminaba con esa seguridad que no se aprende: o la tienes o no la tienes. La luz de la calle le dibujaba el contorno de la cara, le marcaba la sonrisa traviesa, le subrayaba algo más en la mirada.

Se acercó a la ventanilla. La bajé un par de dedos. El aliento le formó una pequeña nube blanca.

—¿Camila? —preguntó.

—Esa soy yo —respondí.

Rodeó el coche, abrió la puerta del copiloto y se deslizó dentro sin decir una palabra más. Cerró con cuidado, como si supiera que cualquier ruido podía romper el hechizo. Olía a perfume cálido y a algo más íntimo, jabón quizá, piel recién lavada. Nos miramos. Y eso fue todo lo que hizo falta.

Apagué la luz interior del coche. Me incliné hacia ella, ella se inclinó hacia mí, y nuestros labios se encontraron en un beso que llevaba semanas esperando salir. No fue tímido. Fue hambriento desde el primer segundo, urgente, como si las dos hubiéramos pulsado el mismo botón al mismo tiempo. Su lengua buscó la mía sin rodeos.

Las manos de Mariana se enredaron en mi pelo. Las mías se metieron por debajo de su abrigo, encontraron la curva de su espalda y subieron por encima de la camiseta, sintiendo el calor a través de la tela fina. El beso se profundizó. Yo no recordaba haber besado así a nadie en mucho tiempo, con esa mezcla de prisa y precisión, como si supiéramos exactamente lo que la otra necesitaba sin haber hablado nunca de eso.

—Atrás —murmuró contra mi boca.

Nos contorsionamos entre los asientos delanteros, riéndonos por lo ridículo de la maniobra, golpeándonos las rodillas con el cambio de marchas. Una vez en el asiento trasero, todo fue distinto. Había espacio. Había permiso. Había una urgencia que ya no necesitaba esconderse detrás de ningún emoji.

Ella se quitó el abrigo y lo tiró sobre el reposacabezas. Debajo llevaba una camiseta ajustada de manga larga que le marcaba el cuerpo entero. Yo me desabroché el mío y lo dejé caer al suelo. El frío del exterior se había quedado del otro lado de las ventanillas. Adentro, el aire ya era espeso, casi húmedo, cargado con nuestra respiración.

Sus dedos bajaron por mi cuello, trazando líneas que me erizaban toda la piel. Llegaron a mis pechos por encima de la tela del pijama. Los acariciaron al principio con suavidad, casi con respeto, después con una firmeza que me arrancó un gemido que no pude contener. Le metí la mano por debajo de la camiseta, sentí el calor de su vientre, subí hasta sus senos. No llevaba sujetador. Sus pezones ya estaban duros bajo mi palma.

Le quité la camiseta. Me quité la chaqueta del pijama. Quedamos cara a cara, semidesnudas, en el asiento trasero de mi coche, en una calle solitaria de nuestra ciudad, a las dos de la madrugada de un día cualquiera entre fiestas. Si lo pienso ahora, todavía no sé en qué momento perdimos del todo la cabeza.

Sus besos bajaron por mi cuello, mordisquearon la línea de la clavícula, recorrieron el escote hasta llegar a mis pechos. Su lengua dibujó círculos sobre la piel mientras su mano libre se aventuraba entre mis muslos, buscando, encontrando. Cuando me tocó por encima del pantalón del pijama, la tela ya estaba húmeda. Mariana se rió contra mi pecho.

—Estabas igual de impaciente que yo —susurró.

No respondí. No hacía falta. Le tiré de los vaqueros con los dos botones de un tirón, ella me ayudó con los míos. Las prendas quedaron tiradas entre la consola, los rincones del coche, el suelo. Cualquier orden lógico se había evaporado en cuanto la luz interior se había apagado.

Nos enredamos. Piernas con piernas, manos sobre manos, bocas buscando bocas y cuellos y hombros y la línea interna de los muslos. Sus dedos encontraron mi centro y empezaron a moverse en círculos lentos que me hicieron arquear la espalda contra el cristal frío de la ventanilla. Yo respondí explorando entre sus piernas, sintiendo lo mojada que estaba, dejándome guiar por su respiración cada vez que daba con el ritmo que la encendía.

Cruzamos las piernas con torpeza al principio, después con más decisión. Sus fluidos me dejaron un rastro tibio a lo largo de la pantorrilla. Cuando nuestros centros por fin se encontraron, las dos soltamos a la vez un sonido que estaba entre el suspiro y la risa nerviosa.

Empezamos a movernos. Despacio. Después con un ritmo que iba creciendo solo, sin que ninguna lo dictara. Los cristales se empañaron rápido. De vez en cuando, las luces de un coche que pasaba por la calle barrían el interior del nuestro y dejaban dibujadas por un segundo nuestras siluetas pegadas. Nos importó tan poco que casi me dieron ganas de reír en mitad de todo.

***

El placer era lo único que existía dentro de aquel asiento. Sus gemidos en mi oído. El calor de su cuerpo contra el mío. Sus uñas marcándome la espalda. La forma en que las dos nos mecíamos como si el coche entero hubiera entrado en el ritmo con nosotras. Era una mezcla tan absurda y tan perfecta que me costaba creer que estuviera pasando de verdad.

Llegamos al final casi a la vez. Un estallido compartido, ruidoso, descontrolado, que nos dejó temblando con los cuerpos llenos de pequeños espasmos y los corazones golpeando contra las costillas. Mariana se desplomó sobre mi pecho. Le pasé una mano por la espalda, despacio. Ella dibujaba patrones distraídos sobre mi piel mientras intentábamos recuperar el aliento.

Nos quedamos así un buen rato. No sé cuánto. Lo suficiente para que las ventanas siguieran empañadas y las marcas de nuestras manos quedaran impresas en los cristales como huellas de un crimen menor.

Luego, sin palabras innecesarias, se incorporó. Buscó su ropa entre los rincones del coche, fue vistiéndose despacio. Yo la miraba. Cuando terminó, se inclinó, me dio un beso suave en los labios y abrió la puerta. Salió a la calle helada con la misma sonrisa traviesa con la que había entrado.

—Buenas noches, Camila —dijo, y cerró.

La vi cruzar la acera, meter las llaves en el portal, desaparecer detrás del vidrio sin mirar atrás. Conduje de vuelta a casa en silencio. Eran las dos y media de la madrugada. El eco de lo que acababa de pasar me seguía resonando en la cabeza, en el cuerpo, en la piel.

Había sido intenso. Liberador. Una válvula de escape perfecta para todas esas ganas acumuladas que no sabía dónde poner.

Sabía que había encontrado algo: una fuente de sexo sin complicaciones, sin expectativas, sin compromisos. Quizá en el futuro se transformaría en otra cosa, quizá no. Por ahora, me bastaba con sonreír al recordar su tacto, ya en mi cama, en el silencio de la casa vacía, con el pijama del revés y la garganta seca.

Antes de quedarme dormida, miré el móvil. Ya tenía un mensaje nuevo suyo.

«Mañana también estoy libre».

Sonreí. Apagué la pantalla.

Valora este relato

Comentarios (4)

Luciana_pc

increible, me dejo sin palabras!!

PatriciaON

Por favor que haya segunda parte, quede re enganchada y se me hizo cortisimo

SolEdith_77

jaja me recordo a algo que me paso hace tiempo, esas cosas pasan mas de lo que la gente cree. Buen relato!

Fer_Night

y como termino la noche?? jaja eso es lo que quiero saber

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.